Revista de Humanidades n.º 54: 25-51
ISSN 0717-0491, versión impresa
ISSN 2452-445X, versión digital
DOI: https://doi.org/10.53382/issn.2452-445X.1031
revistahumanidades.unab.cl
La memoria está adelante:
la transformación del lenguaje como esperanza en la
producción poético-musical de Mauricio Redolés
Memory Lies Ahead: The
Transformation of Language as Hope in Mauricio Redolés’s Poetic-Musical
Production
Alejandra
González Celis
Pontificia
Universidad Católica de Chile
Av. Vicuña
Mackenna 4860, Santiago, Chile
asgonzac@uc.cl
ORCID: 0000-0001-5422-0840
Claudio
Guerrero Valenzuela
Pontificia
Universidad Católica de Valparaíso
Avenida El
Bosque 1290, Viña del Mar, Chile
claudio.guerrero@pucv.cl
ORCID: 0000-0002-2882-3952
Resumen
En este
artículo se postula que en la producción poético-musical de Mauricio Redolés la memoria se construye como una forma de
resistencia que hace comparecer al presente de manera crítica como potencia
creadora de sentido. Se plantea que el poeta-músico propone un contra-archivo polifónico, humorístico y esperanzador que
logra utilizar la memoria en la construcción de algo que siempre resulta nuevo:
la imaginación de un lenguaje que expresa y se opone a las contradicciones,
fisuras y derrotas del Chile de la dictadura y posdictadura.
Palabras claves: Mauricio Redolés, contraarchivo, memoria,
poesía chilena.
Abstract
This text argues that in the poetic-musical work of Mauricio Redolés, memory is constructed as a form of resistance that
allows the present to be summoned critically as a creative force of meaning. It
is proposed that the poet-musician offers a polyphonic, humorous, and hopeful
counter-archive that succeeds in using memory to build something that is always
new: the imagination of a language that both expresses and opposes the
contradictions, fractures, and defeats of Chile under dictatorship and
post-dictatorship.
Keywords:
Mauricio Redolés, Counter-Archive, Memory, Chilean
Poetry.
Recibido: 03/11/2025 Aceptado: 22/04/2026
Una
poética con luz propia
En este
artículo, postulamos que en la obra poético-musical de Mauricio Redolés la escucha, el acontecimiento y el humor permiten
construir una historia a contrapelo de la oficialmente trazada por la dictadura
y los gobiernos de la posdictadura, configurando una
memoria que se resiste a la lógica de la discursividad de los vencedores para
hacer comparecer al presente la posibilidad de un futuro-otro que se ansía.
Esto se articula al concepto de contra-archivo que
permite comprender el movimiento creador que realiza la memoria. Para tal
efecto, y junto con revisar la recepción crítica de la obra de Redolés, nos centraremos especialmente en dos producciones:
el disco Bello barrio (1987) y el libro de memorias Algo
nuevo anterior (recuerdos) (2017),
sin perjuicio de hacer mención a otros momentos de su producción. Tanto en la
creación poético-musical como en la escritura memorística encontraremos la
elaboración de un archivo-otro que disputará los sentidos comunes construidos
en el Chile de las últimas cuatro décadas, por quien consideramos una de las
poéticas más originales del período, una poética que brilla con luz propia.
La
trayectoria poético-musical de Mauricio Redolés
(1953) ha generado diversas producciones que han marcado el imaginario cultural
nacional de los últimos cuarenta años, a partir de sus múltiples facetas como
músico y poeta, pero también como expreso político y exiliado en Inglaterra. Redolés era estudiante de derecho en la Universidad de
Chile, sede Valparaíso, y militaba en las Juventudes Comunistas al momento del
golpe militar en septiembre de 1973. Fue expulsado del país en 1975, tras dos
años de reclusión en diversos espacios de la región de Valparaíso. Cabe
consignar aquí, también, las circunstancias de sus comienzos escriturales en
cautiverio y su primera aparición pública durante su apresamiento en la cárcel
de Valparaíso, cuando en un acto le canta a los otros
presos las canciones “Los momentos” de Los Blops,
“Nuestro México, febrero 23” del folklore mexicano, popularizada en Chile por
Inti Illimani, y “Qué pena siente el alma” de Violeta Parra (García, Canción
valiente 205). La Nueva
Canción Chilena fue de vital importancia para la formación y desarrollo
artístico de Redolés, como el propio autor lo
consigna en diálogo con Palominos y Ramos, junto con la idea de una
autoeducación o permanente inquietud por comprender la realidad, siendo
estudiante secundario a fines de los años sesenta, ante la ausencia absoluta de
talleres literarios, artísticos o musicales en los que canalizar su incipiente
interés por la música y la literatura (374 y ss.).
Su carrera
en Chile comienza en 1985 cuando empieza a componer su primer álbum, Bello
barrio. Poesía y rock
(1987), iniciando un camino que nunca dejará de ligar la escritura con la
composición musical, como ha hecho notar Soledad Bianchi (“Mauricio Redolés”; Errancias), para quien es inseparable la doble
figura de poeta-cantante / cantante-poeta. Posteriormente a este álbum-debut,
editará los discos Química (de la lucha de clases) (1991), ¿Quién mató a
Gaete? (1996), Bailables de Cueto Road (1998), Cachai
Reolé? (2008), One,
Two, Tres, Cuatro (2013), Quiero seguir
continuando (2020) y Redolés lavanda (2024), obras que pueden considerarse
como otra forma de registro de una literatura viva y siempre en proceso. De
hecho, como señala Bianchi –acaso la primera figura crítica que pondera su
obra–, sus textos poéticos “fueron escritos para ser dichos, para ser oídos,
para ser cantados o recitados en voz alta” (Errancias 37), reafirmando un hecho ineludible a
la hora de abordar el trabajo creativo del autor que liga la oralidad con la
escritura y la poesía con la música. Una anécdota escrita por José Miguel Varas
resume de muy buena manera esta singular conjunción poético-musical, luego de
haber asistido como espectador a un concierto en el Teatro Novedades de calle
Cueto, en el barrio Yungay de Santiago:
Nadie que lo haya
escuchado puede imaginarse la manera de cantar de este poeta. Canta a grito
pelado, susurra, envuelve en poesía las peores ordinarieces, como decía mi tía Ciela, pasa de un tono grave, de locutor, hasta un agudo
que para los pelos saltando a la garrocha cuatro octavas como si tal cosa. (Si
se hubiera dedicado a la ópera). Y el público saltaba, aplaudía, vitoreaba,
coreaba (se sabían la letra de sus poemas y de sus canciones) y exigía Quién
mató a Gaete. Esa noche en el Novedades. (35)
Poeta-músico
o músico-poeta, la base de su trabajo creativo es una escritura oralizada, donde “las vocalizaciones atonales o el ruidismo son protagónicas” (González 233). Escuchar (y leer) sus poemas es
asistir a un espectáculo de
Desarmonías,
vibraciones inestables y afinaciones cambiantes que se emparentan con la
sensibilidad cruda y descuidada del rock, pero fundamentalmente con la
agresividad disruptiva del punk: destruyendo la línea melódica del poema
mediante la celeridad rítmica y la ruptura de la sintaxis. (233)
Situación
lírica que acentúa el carácter fronterizo –y en cierto modo marginal respecto
de la más seria tradición de la poesía chilena– del autor.
Entre la
lista de publicaciones escritas por Mauricio Redolés
destacan los poemarios Notas para una contribución a un
estudio materialista sobre los hermosos y horripilantes destellos de la
(cabrona) tensa calma
(1983), publicado en Budapest y a decir de Varas “un libro irreverente y casi
blasfemo” (35); Chilean
Speech (1986), publicado en Londres; Tangos (1987), su primera impresión chilena; y,
la antología Estar en la poesía o el estilo de mis matemáticas (2000) y que sería modificada para
publicarse nuevamente solo como El estilo de mis matemáticas (2017). Junto con eso, es central el
inclasificable libro de memorias, anotaciones y crónicas Algo
nuevo anterior (recuerdos)
(2017), objeto importante de este estudio. Estas últimas publicaciones, poco
después de haber sufrido un accidente cerebro vascular que casi le da muerte[1],
podrían considerarse dos textos centrales que rescatan gran parte de su
trayectoria escritural, colaborando en volver a situar en papel la complejidad
de su trabajo creativo.
Hay un
texto, sin embargo, habitualmente no considerado que se titula Los
versos del sub-teniente o teoría de la luz propia (2011), que Mauricio Redolés
Candia publica en LOM con el nombre de Marcelo Reyes Khandia.
La opción del heterónimo remite, inevitablemente, a un poeta que cita con
frecuencia: Fernando Pessoa. Se trata de 47 poemas, algunos de los cuales están
incluidos en la antología de 2017. Como fiel reflejo del juego lúdico que
propone la poética de Redolés, haciendo sorna de las
configuraciones del campo poético nacional y sus tradicionales modos de
enunciación, leemos en la solapa una falsa biografía del poeta Reyes Khandia, a quien se le atribuye haber nacido en Antofagasta
en 1933 y haber abrazado la lucha armada como resistencia a la dictadura, lo
que también permite enlazarlo con Roque Dalton, otro poeta al cual alude el
autor reiteradamente:
Hijo de un exonerado
de ferrocarriles y de una profesora normalista. En 1951 ingresa a la fenecida
carrera de Pedagogía en Portugués del Instituto Pedagógico de la Universidad de
Chile. Se retirará de esta carrera meses después para desaparecer de toda vida
pública y dedicarse a tiempo completo a su sola pasión: la poesía. Marcelo
Reyes K. compartió un tiempo con la diáspora chilena recorriendo Buenos Aires,
Lisboa, Sao Paulo, Estocolmo, Amsterdam, Barcelona,
París y Newcastle, lugar este último donde colaboró asiduamente con el poeta
escocés Ian Baldrich. Reyes Khandia ha participado en
importantes eventos culturales como el I Encuentro de Jóvenes Creadores en
Literatura de España (Madrid, 1975), la II Bienal de Arte Joven de Buenos Aires
(1976), y el I Festival de Poesía Latinoamericana de Estocolmo (1981). M. R. K.
ha sido durante años un caso especial dentro de la poesía chilena actual.
Cronista cultural de fuste y polemista de nota, colaboró durante años con la
revista argentina La Bicicleta, y la revista peruana El
Análisis. (Los
versos, solapa)
Nos
detenemos en extenso en el caso, puesto que nos parece un muy buen ejemplo de
la luz propia con que el autor ha perseguido alumbrar permanentemente su
trabajo creativo, removiendo el campo cultural con ingenio, irreverencia, humor
y creatividad y construyendo un pasado ficcionado que
es también el pasado que podría ser futuro. Como dice en los últimos versos de
este libro: “faltaba luz / y tuve que explicarla / con mis manos” (107). Este
texto se sitúa en la larga tradición de falsas biografías o biografías ficcionadas que alteran fechas, nombres, lugares o
situaciones, y que, a decir de Amaro, funcionan como “una elaborada forma
crítica, a veces paródica, a veces irónica, no solo de la literatura o de la
biografía misma, sino también de las formas del poder y la posibilidad de
subvertirlo” (El espejo 16). La literatura redolesiana (música y
obra escrita) está dedicada a eso: a subvertir lo real, a desafiar la pesada
materialidad, a usar la risa como posibilidad de decir todo aquello que no se
puede decir. Cantará también cuando la forma escrita no alcance, se escribirá
cuando la música no sea necesaria. Reafirmando lo anterior, encontramos en la
contratapa una falsa crítica, firmada por Laszlo Leibach, “poeta húngaro avecindado en nuestro país entre
los años 1966 y 1973” (Los versos, contratapa) y, a manera de prólogo, una
falsa carta dirigida al editor de la supuesta destinataria de los versos. El
caso, sin duda, recuerda al libro de Pablo Neruda Los versos
del capitán (1952),
publicado también de manera anónima, pero despojado absolutamente de la
solemnidad que rodea a esa publicación. Por último, dado que el libro en sí
mismo da para un estudio, cabe señalar la filiación que esta poética entronca
desde sus primeras páginas con, por ejemplo, la poética de Juan Luis Martínez
al situar, en su interior, unos cuadros que simulan el espacio de dos
fotografías “aparecidas en la revista española La Pantera
Programática en el año
1991, en que puede apreciarse en el círculo a Marcelo Reyes Khandia”
(9). Los recuadros, por cierto, están en blanco.
Los
comentarios de la crítica especializada y de la prensa periódica confluyen en
destacar, asimismo, otros dos grandes aspectos: por una parte, el humor ácido,
jovial y agudo a la vez, escéptico e irónico, de absoluto desparpajo del
poeta-músico que lo vuelve una figura ineludible y controversial (Bianchi,
“Mauricio Redolés”; Varas; García, “Todo cabe”; Nómez; Amaro, “Una vida”; y Pinos, entre otros), y, por
otra parte, el especial modo de usar el lenguaje (González), a tal punto que en
su poesía, “los versos adquieren un carácter epifánico,
iluminan un aspecto nuevo de la realidad, singular o mínimo quizás, pero
revelador” (Solari 10). Ambos elementos permiten relacionar su producción
estética con la tradición de la antipoesía de Parra,
pero también con otras formas de creación como la de Raúl Ruiz, al “extremar el
absurdo y llevarlo a un grado inusitado” (Bianchi, “Mauricio Redolés” s.p.), que hace que el
mundo referenciado sea al mismo tiempo realista, identificable o reconocido,
junto con ser de innegable autenticidad, pero también puesto en duda por el
repliegue irónico que sirve de contraste.
La primera
recepción crítica de su obra la escribe Bianchi, quien en la señera y
visionaria antología poética que publica en Rotterdam bajo el sello Ediciones
del Instituto para el Nuevo Chile, Entre la
lluvia y el arcoíris. Algunos jóvenes poetas chilenos (1983), ubica a Redolés
junto a otros quince poetas: Eduardo Parra, Juan Armando Epple,
Gonzalo Millán, Javier Campos, Miguel Vicuña, Gustavo Mujica, Raúl Zurita,
Carlos Trujillo, Gregory Cohen, Roberto Bolaño, Erick Polhammer,
Jorge Montealegre, José María Memet, Bruno Montané y
Bárbara Délano, la única mujer del grupo. Todos nacidos entre 1943 y 1961,
Bianchi denomina a este grupo como una “generación dispersa”, al ser poetas
atravesados por el golpe de estado de 1973, que es un momento determinante para
sus trayectorias, ya que se estaban iniciando en la escritura. Dadas las
circunstancias históricas, la mayoría de ellos tuvo que desarrollar su trabajo
en el exilio, mientras otros soportaron el vendaval de una cruenta dictadura,
teniendo que vivir la condena de un ominoso insilio.
En uno y otro caso, ahora disgregados y fragmentados, estos poetas, aun en su
heterogeneidad, tuvieron que desarrollar estrategias de sobrevivencia en
contextos adversos siendo, especialmente para los poetas exiliados, ocasión
para explorar nuevos lenguajes.
En un gesto
crítico importante, Bianchi solicita a cada poeta un texto de presentación para
acompañar los poemas que conforman la antología. En el de Redolés,
titulado “Especie de poética mía” –firmado en Londres en septiembre de 1979–,
reconoce una variedad de influencias, entre las cuales destaca la de Nicanor
Parra, y da cuenta de estas inscripciones histórico-contextuales en el origen
de su escritura:
¿La poesía? ¿la
prosa? todo junto, yo escribo poesía, prosa, lleno formularios, hago informes
políticos y canciones, escribo artículos, cartas y recados, todo junto. […] La
poesía ya vivía conmigo cuando llegué al exilio, al siempre huir de todas
partes que es estar yendo siempre al encuentro (como dice el abuelo). (Redolés, “Especie de poética mía” 174-75)
Esta mezcla de
formas de escritura y estilos es, justamente, una característica que
tempranamente se manifiesta en el trabajo creativo del autor y que será una
insistencia a lo largo de su trayectoria artística. Un tipo de creación
estética que es también una política y una epistemología.
Otra parte
de la crítica ha hecho notar aspectos disímiles, pero igualmente importantes
del universo redolesiano. Uno de ellos es la
asimilación y apropiación creativa de la cultura y lengua anglosajona, como
expresión del “bilingüismo forzado de los exiliados” (Binns 137) o de “un bilingüismo manchado, ya
por un spanglish bizarro, ya por un habla lunfarda o un argot juvenil tribalizado” (González 228) que deja impregnada en su habla
una huella, “una impronta libertaria [que se contrapone] al corsé poético
chileno” (228). Es más:
la escenificación de
la prosodia, la rehabilitación del fraseo, en suma, la re-instalación de la
oralidad […] colocó al autor en el interregno del rapsoda extemporáneo, del
aedo inoportuno e hizo que fuera procesado rápidamente como una anomalía en la
escena literaria local una vez arribado de su exilio. (228)
Esta
condición de anómalo ha sido, quizás, una de las causas de la escasa atención
crítica que el lenguaje del poeta ha tenido hasta hoy en comparación con el
universo anecdótico y celebratorio del autor como personaje. Y es que parece
que el desborde redolesiano no ha sido capturado por
una crítica incapaz de observar la obra del artista como una totalidad.
Un elemento
que sí se ha hecho notar en la obra de Redolés es la
presencia de una nostalgia (Urzúa) que estaría inserta en el cruce –irresuelto,
conflictivo– entre dictadura y posdictadura, como
manifestación de una democracia fallida o que no satisface a los sujetos que
habitan la ciudad, el bello barrio, sometida a profundas transformaciones
económicas, sociales y arquitectónicas. Ambos elementos constitutivos de su
poesía se entienden como consecuencia de la experiencia londinense del autor
durante una década, en plena etapa creativa de juventud y de búsqueda de una
lengua propia, y el posterior retorno a Chile en 1985, problemático y complejo,
obligado a abrirse un espacio en medio de la nada[2].
Esta nostalgia, sin embargo, la entendemos –a diferencia de Urzúa– más como
potencia creativa que como restauración de un tiempo perdido, más como rebeldía
que como inacción contemplativa. Una nostalgia que consiste en traer una y otra
vez al presente el futuro que no se está teniendo, constituido por un pasado
que se tuvo y que se inventa también a partir del deseo de subvertir la
destrucción que impuso la dictadura.
Es
importante hacer esta diferenciación que de hecho el propio Redolés
se ha encargado de aclarar:
no es que VINIERA al
bello barrio porque el bello barrio anida en uno, si uno así lo quiere, y si no
lo quiere, uno lo expulsa de sí y puede de a poco transformar algo bello en
algo horrorosamente feo. El bello barrio es metafísico, no está y está y por lo
tanto también es dialéctico. (Redolés, “El
horroroso”)
Esto es
precisamente lo que nos interesa indicar aquí y que ha destacado la crítica
reciente –principalmente en los textos ya citados Amaro, Pinos y González–,
pero que todavía nos parece insuficiente: la necesidad estética y vital de
llevar a cabo un ejercicio de la memoria como operación crítica del tiempo
histórico concebido siempre desde un presente que está proponiendo un futuro.
Aspecto que se expande, especialmente, a partir de las dos publicaciones de
Lumen de 2017 y que situaron al autor en una esfera pública algo más amplia que
los habituales circuitos por donde había transitado su trabajo creativo, así
como a partir de la reedición de su disco inaugural Bello
barrio el mismo año
2017, tres décadas después de su primer registro.
Según
nuestra lectura, este problema se relaciona con la forma en que el autor opera
con la memoria en tanto trabajo crítico fundamental, que funciona no como
registro melancólico de un pasado, sino como productividad crítica del aquí y
ahora, un pasado que se hace presente, un pasado-presente, y que permite
someter a juicio las fisuras de la historia del Chile reciente precisamente
para la construcción de un Chile diferente, un Chile que no está. Nuestra
lectura –como señalamos al comienzo– es que esta forma de operar de la memoria
hace de su trabajo creativo una forma poética para los otros, donde la escucha,
el acontecimiento, el humor, permiten construir una historia a contrapelo de la
historia oficialmente trazada por la dictadura y los gobiernos de la posdictadura, donde la memoria es una forma de resistencia
a la lógica de la discursividad de los vencedores y una manera de hacer
comparecer al presente para otorgar posibilidad a ese futuro que se ansía. El
poeta-músico propone, así, otra forma de archivo, un contra-archivo
que da expresión a la polifónica coralidad de voces
que habitan un Chile profundo, y que se expresa –entre otros medios– a través
del absurdo, el chiste y el recuerdo aparentemente casual o anecdótico y, por
qué no decirlo, un recuerdo que se inventa.
Ese
pasado que vuelve
Entre medio de
las canciones que ofreció durante un concierto en Viña del Mar[3]
junto a su hijo Sebastián Redolés y Taku Tricot, Mauricio Redolés volvió a recordar una conocida anécdota, entre las cientos a su haber, que podríamos titular “Coopera”. El
relato, breve, aparece en Algo nuevo anterior (recuerdos) de la siguiente manera:
Los torturadores de
la Academia de Guerra Naval en Valparaíso nos gritaban desesperados cuando nos
quedábamos en silencio en los interrogatorios: “¡Coopera, huevón, coopera!”. En
el campo de concentración de Colliguay, donde íbamos a dar la mayor parte de
los presos políticos de Valparaíso y alrededores, un equipo de baby fútbol que
participaba de un campeonato interno se llamaba “Los Coopera Huevón Coopera”, y
el grito de guerra era: “¡Coopera Huevón!”, gritaba uno, “¡Coopera!”,
contestaba el resto, así tres veces y al final todos al unísono: “¡Co-Pe-Ra-Hue-Von-Co-Pe-Ra!”. (24)
El relato
nos parece significativo en varios sentidos. Al menos, en cómo –para soportar
la rutina de los apremios ilegítimos– los golpes y luego lo inimaginable, el
humor constituye un mecanismo de sobrevivencia, un contraquiebre
respecto de los fines que persigue la tortura que intenta, justamente, quebrar
a las personas. Una función similar del lenguaje a contrapelo se da en la
canción “Triste funcionario policial”, incluida en el disco Bello
barrio (1987). Allí Redolés había anotado por primera vez esta misma frase
(“coopera”), centro de su relato, entre los versos entre angustiados y
sarcásticos que se preguntan: “¿Qué será de mi torturador? / Lo dejé un día de
marzo / Veinte años van desde entonces”. La voz se sacude, irónicamente, de la
condición dicotómica de víctima/victimario, para centrarse en la burocrática y
oscura figura del agente de la Central Nacional de Informaciones (CNI). El
nadie, el mínimo y burocrático torturador que al final ya golpeaba con desgano,
es el centro de la pregunta retórica del hablante, desplazando la pregunta por
los detenidos desaparecidos (¿dónde están?) por el qué será de la ignominiosa
vida de quien lo apremió, actualizando y resignificando, a su vez, el
tradicional tópico literario de la poesía lírica renacentista, el melancólico ubi sunt, que aludía a un tiempo pasado mejor,
que ya no está.
Ese tiempo que evoca Redolés, del cual ya han
pasado intemporalmente veinte años, no es otra cosa que una hipérbole que fija
el hecho en la memoria, lo eterniza como evento traumático y configurador de la
experiencia. Mas, si consideramos la referencia temporal de manera literal, el
acontecimiento remitiría a un contexto previo a la dictadura. Podríamos hacer
una conexión sarcástica, más bien, con el enunciado “que veinte años no es
nada” del tango Volver (1934) de Carlos
Gardel y Alfredo Le Pera. Parte del estribillo dice así: “Volver / Con la
frente marchita / Las nieves del tiempo platearon mi sien / Sentir / Que es un
soplo la vida / Que veinte años no es nada / Que febril la mirada / Errante en
las sombras, te busca y te nombra”. En relación con esta forma musical,
recuérdese el poemario Tangos (1987) o canciones
como “Los tangolpiando” del disco Redolés y los Ex Animales Domésticos en Shile (2019). Como ya se
ha esbozado, cabe destacar que la mezcla de formas musicales en su producción
–al ya aludido tango, podríamos agregar el blues, el rock, el bolero, el
corrido, la cumbia, el folk o el punk– es otra de las características cruciales
de su híbrido y multifacético repertorio artístico.
Ahora bien,
el qué será desplaza el tiempo hacia adelante, hacia un presente sin fin, al no
haber suficiente verdad, justicia ni reparación. Como una figura que transita
el presente, el torturador se vuelve un sujeto enigmática
en medio de “toda esta lesera” del final de la canción, un ser sin rumbo que
personifica tanto el sinsentido del apremio ilegítimo como su impunidad. Pero,
además, el poeta –Redolés– está muerto: “soñará con
muertos como yo”. Es un muerto que reflexiona, que habla y que nos habla allí
desde su guitarra en el escenario. El torturado, el desaparecido, es un
muerto-vivo; el torturador, en cambio, es un vivo-muerto, convertido en un
anónimo ridiculizado: “estará viejito en un hospicio”. En la inversión, la
creación permite resituar al personaje, otorga justicia al mismo tiempo que nos
enrostra la falta de ella.
La
repetición en distintos momentos del enunciado “coopera, huevón, coopera” en
una canción, en un libro de memorias o en forma de anécdota en medio de un
recital es algo que no resulta menor. Da cuenta de una memoria privilegiada que
apunta, anota y recuerda con insistencia, sin dejar que el pasado deje escurrir
lo importante. Como señala Bianchi, “Redolés se
apropia de la memoria y la ‘moldea’, y la hace presente, y la respeta y la
altera, con fantasía, imaginación y no pocos trazos de ficción” (“Mauricio Redolés”). Pero en ese mismo ejercicio de moldeamiento y
apropiación esta memoria revela, también, la profundidad de las heridas. Y da
cuenta de un procedimiento de resistencia: la poesía como disidencia. En ese
sentido, y tal como Walter Benjamin plantea en sus
“Tesis de filosofía de la historia”, Redolés se
propone pasar “el cepillo a contrapelo” (46) a la historia, para relevar, por
sobre la historia oficial, la voz de los vencidos. Es así como la poesía
sentencia una última palabra que viene a sustituir el pobre y triste
espectáculo del lenguaje del funcionario estatal para dar cuenta de otra verdad
donde incluso el humor –negro– es posible en medio del horror. Se trata de
palabras que “buscan alentar el recuerdo de las víctimas, llamarnos a evitar que
caigan al olvido y con ello desaparezcan del todo” (Pinos).
El episodio
funciona, así, como un fáctico ejercicio que se niega a la prohibición del
recuerdo dictaminado por la dictadura, la damnatio
memoriae[4], tópico latino que Redolés
actualiza de la apropiación y enseñanzas que toma del repertorio de la Nueva
Canción Chilena como la primera manifestación cultural nacional, de vocación
latinoamericanista, que se propuso de manera programática dar cuenta de las
contradicciones estructurales de nuestro país y que desembocará rápidamente en
la playlist de la llamada vía chilena al socialismo,
el programa político de la Unidad Popular encabezado por Salvador Allende. La damnatio memoriae que durante el largo período de la dictadura se dictaminó a la canción
con afinidades socialistas en nuestro país es subvertida aquí por Redolés de manera rebelde, imponiendo lo contrario: la
obligación de recordar, la importancia de no olvidar y de recordar lo que
importa: aquello que se vincula con el futuro que se desea (justicia, sin
torturados, ese bello barrio). El pasado que vuelve, visto así, se torna un
acto de protesta contra el dictamen de un gobierno que cooptó a la sociedad a
dar vuelta la hoja y no seguir mirando a las luchas del pasado, como parte del
proceso de reconversión nacional. Redolés condena la
condena, imponiendo así una doble negación, estrategia habitual de su proceso
creativo de desobediencia que le permite, a su vez, hacer ingreso del humor
como desvío de sentido.
La condena
de la condena o, lo que es lo mismo, ir en contra de la prohibición de la
memoria, le permite a Redolés desobedecer “para
inventar otra cosa” (Didi-Huberman 436). Ese gesto
fundante es el que permite hacer ingresar en su universo hasta las cosas más
inverosímiles o absurdas, haciendo de la risa un poderoso efecto de sentido que
posibilita restar de gravedad al recuerdo:
Excavar en un
material y sacar de él a la superficie algo precioso, para lanzarlo como se
lanza una antorcha, una piedra, una flor, una imagen, un escrito, el propio
cuerpo. Es el incesante movimiento de los sublevados. Estar en el presente,
pero en la intranquilidad. (436)
Ese pasado
que vuelve, por tanto, que viene cargado –ante todo– de felicidad, una risa,
una mueca de alegría, una animación que envuelve de sano entusiasmo cada
acontecimiento, incluso los más cruentos, revela una identidad siempre
dispuesta a ver las cosas más desde el optimismo que desde el pesimismo, con
más fe en las bondades del ser humano que en sus falencias y mezquindades. Es
decir, articulando una poética plenamente inserta en el presente, consciente de
su pasado del cual es heredero. En este plano, como ya se hizo notar, los
equívocos y ambigüedades del lenguaje, los juegos de palabras, la fijación por
el significante antes que por el significado, y, el
bilingüismo, son puntos de fuga que permiten articular este proceso de pasar el
cepillo a contrapelo, deteniéndose en el reverso de la historia:
Estando detenido en
la Academia de Guerra Naval, tirados en el suelo y con la vista vendada,
escuché conversar a dos de los prisioneros que estaban al lado mío. Como nos
prohibían hablar, la conversación era en voz muy baja y a altas horas de la
noche. Uno le dijo al otro: “La mala cueva mía de haber caído preso justo ahora
que me iba a casar”. El otro le dijo: “Yo ando por las igua”.
Su interlocutor le preguntó: “¿Andas por La Ligua?”. “No”, respondió el otro:
“Ando por las igua”, subiendo un poco el tono de voz.
El otro le volvió a decir: “¿Qué tiene que ver La Ligua?”. El interlocutor y
los que estábamos cerca reímos de buena gana en el Palacio de la Tortura. (Redolés, Algo nuevo 168).
Ese pasado
que retorna es, en el acto de desobediencia, un pasado invertido que se vuelve
jovial en el presente del recuerdo. Como si el tiempo no hubiese marchitado
nada. Todo lo contrario: mientras más se recuerda, más brilla el pasado en un
presente siempre eterno. No pudieron hacer desaparecer la risa, mataron,
torturaron, pero ahí está el poeta riendo porque así seguirá, porque eso quiere
para todos. De ahí lo nuevo anterior. Ante la prohibición de hablar, Redolés responde con la risa como diciendo: no nos pudieron
callar, no nos pudieron sacar la alegría, no nos pudieron derrotar del todo.
Ante todo, pongo delante la imaginación. Lo nuevo siempre estuvo y seguirá
estando. El poeta entonces reorganiza la estructura y propone otro orden, en el
que hay una humanidad que ríe, se burla, canta y ama y, por
sobre todo, crea entre la represión la violencia y la crueldad. Esa
posibilidad, ese caos es, entonces, la posibilidad de otra realidad política.
Ese
presente que inquieta
Si hay algo que
Redolés ha hecho siempre y muy bien es poner título a
las cosas. A los poemas, a las canciones, a sus libros, a las personas, a sus
bandas. Es un gran nombrador. Elige las palabras con
tal cuidado y claridad que el acto de nombrar es el de un bautizo. Esto tiñe de
actualidad cada una de sus intervenciones. La cosa ya no sigue siendo la misma,
es traspasada por el nombre a un nuevo estado de situación, un algo distinto,
nuevo, siempre una promesa, un destino mayor, ya no se puede renunciar a ello. Algo
nuevo anterior produce
el mismo acto performativo: una luz aparece y algo queda oscurecido. Esto es
nuevo y a la vez anterior. Es algo que es nuevo y fue anterior. Memoria y
futuro se entrelazan, visto así, al ritmo de la banda sonora de Redolés. En ese sentido, las ideas que expresa Pilar Calveiro en “La memoria como futuro”
resultan atingentes para
pensar esta escritura. Calveiro cuestiona las
memorias que se vuelven rígidas o monumentales, que en lugar de abrir el futuro
lo clausuran al convertir el pasado en dogma o en identidad fija y desde allí
plantea que la memoria
es una acción en el presente: su sentido está orientado hacia la transformación
futura, donde el pasado se reactualiza según las luchas del presente y las
apuestas por el porvenir.
Leemos
entonces Algo nuevo anterior y una serie de preguntas emergen: ¿qué memoria es
esta que se acaba de leer? ¿Por qué cada uno de estos relatos nos son tan
conocidos? ¿Qué hay de quien lee en estos recuerdos? ¿Qué une esta memoria con
el presente al que asistimos? ¿Por qué aparece ahora? ¿Por qué deben aparecer
ahora? ¿Qué sentido tiene esta memoria?
Una posible
respuesta la hallamos en el hecho de que estos textos no son solo recuerdos,
entendidos como eventos planos o resultado de un proceso de melancolización.
Ahí está el pasado biográfico y el Chile del pasado que nunca estuvo, porque no
tuvo posibilidad de ser inscrito en una historia oficial. Es el Chile de las
pequeñas cosas, de aquello que se decidió no recordar porque no era importante.
El archivo que constituye Redolés se guarda para
indagar en lo que se quiere ser y hacer. Se trata de memorias fragmentarias
(Amaro, “Una vida”), a veces anecdóticas y casuales, que se erigen como
contraparte a esa versión de la historia como archivo, la versión de una
historia que debe respetarse, guardarse, esperar que se llene de polvo. El
riesgo de la sacralización que ve Calveiro en el
concepto de testimonio. A esa forma de archivo, Redolés
propone un contraarchivo. Un archivo alterado que
rompe con la idea lineal del tiempo, en efecto, el contraarchivo
o archivo alterado, sería –en términos de Castillo– una práctica de inscripción
que introduce una disrupción en el cuerpo del archivo, trastocando la
legitimidad de la palabra dominante para sostener otro tipo de legitimidad.
Esta incisión archivística tiene como consecuencia la perturbación del régimen
de la política y la literatura, al regirse por una cualidad performativa,
incómoda, que se propone desviar la centralidad de todo archivo oficial.
Entendido así, como un contraarchivo, la poética redolesiana moviliza una “retórica de la emancipación”
(Castillo 53) al estar contenida en las lógicas de dominio que la historia
oficial decreta, pero sacudiéndose permanentemente de ella como forma
político-estética de la rebeldía. En este sentido, una inscripción contra-archivística provoca un cambio de orientación, un
descentramiento o traslación cuyo punto de origen necesariamente es la historia
pasada por el cepillo de una memoria inquieta e insatisfecha.
Así, estos
recuerdos no van hacia atrás, sino más bien hacia delante, hacia un adelante
que se decide construir, precisamente, porque pretenden establecer una marca
distintiva, la marca de una historia común, un lazo. El lector queda unido a
esa historia porque desea lo mismo (olvidar algo y recordar otra cosa) y ya no
puede separarse. No importa si no se vivió en calle Andes, no importa si no se
militó en el Partido Comunista y, por lo tanto, nunca se tuvo que salir de ahí.
No importa si nadie nos exilió en Inglaterra, no importa si no se estuvo preso
en la cárcel de Valparaíso, no importa si no se han hecho talleres en las
cárceles, no importa si no se han recorrido las calles de la mano de un hijo
llamado Sebastián, no importa si no se ha tenido una banda o varias bandas, no
importa nada de eso “si yo la quiero y usted me quiere, no importa oh” (El
estilo 168). Porque,
aunque se esté preso en la cárcel, aunque se torture y se desaparezca, y el
país se desangre, un compañero le toma el pantalón roto a otro y decide
coserlo. Y eso es lo que deseamos. Porque “que estemos presos no significa que
tengamos que estar vestidos de harapos, atenta contra nuestra dignidad” (Algo
nuevo 152). Porque se
necesitan –pareciera apuntar Redolés– la dignidad y
el respeto, aquí, allá y acullá, como gesto humanitario de lo poco humano que
nos va quedando.
Esta
memoria de contrapunto está llena de actos, de ejercicios que implican traer
estas escenas y olvidar otras y, gracias a eso, configurar una memoria llena,
repleta de futuro. El psicoanalista Roberto Aceituno, en su texto Memoria
de las cosas (2013) dice
que “no hay memoria sin olvido” (36). Olvida Redolés
precisamente para generar esta memoria. Salta las fechas, avanza y retrocede.
No es Funes el memorioso, que tullido y encerrado no puede olvidar nada. No
hay aquí un afán de relatar los hechos calcadamente
como fueron, no hay una intención de declarar un estado objetivo de la
historia. Muy por el contrario. Risa, ternura y tristeza por igual son los
elementos constitutivos del aquí y ahora de sus relatos porque “no hay historia
sino del presente” (Aceituno 36). No es el Chile que ya fue el que aparece. No
es el Chile que nos han contado una y otra vez para que lo creamos a pies
juntillas y no podamos imaginarnos nada diferente. No es el Chile del don
Francisco de Sábados Gigantes y de la Teletón en una pantalla de televisión. Es, en
cierto modo, un Chile actual, cotidiano, palpable en cada esquina. Es el Chile
de don Francisco que está tomando taxi con un maletín en la mano, “el año 65 o
66” (Redolés, Algo nuevo 15). Es el don Francisco que parece que
le gustó “Nutrias en abril” y que mandó a su productor, el señor Domínguez, a
que Redolés cantara en el programa. “Debe haber sido
el año 1987 cuando recibí una llamada telefónica que me pareció una broma”
(219), escribe Redolés. Y la broma, en verdad, estaba
detrás de Domínguez quien, como un símil de Eichmann en la maquinaria de muerte
alemana, se comporta como un simple funcionario de la dictadura a quien nada le
importa cuando Redolés contestó que “había visto en
Televisión Nacional el rostro de Karin Eitel, una
joven mujer que se veía llena de miedo, tal vez por haber sido torturada,
respondiendo al interrogatorio de un agente de la CNI” (219). La explicación,
cortada por Domínguez con un rotundo “¡Ah! No me interesa nada de lo que me
estás diciendo” (219), da cuenta de las permanencias, todavía, de ese pasado en
el Chile actual, anestesiado, amnésico, banal.
De hecho,
el libro de memorias de Redolés está lleno de este
tipo de personajes, quienes son expuestos de manera aséptica para recalcar,
todavía más, la calaña de su estatura moral. Otro ejemplo lo brinda un oficial
del Cuartel de Investigaciones, en el invierno de 1975, cuando Redolés y su compañero de celda son invitados,
extrañamente, a ver un partido de fútbol por televisión luego de haber estado
dos meses encerrados en un calabozo, sin luz natural. En el entretiempo, el
oficial les dice: “Lo que son las cosas, cabros. El 73 mandé a fusilar a tantos
compañeros de ustedes y yo mismo les disparé en la nuca a varios, y hoy día
podemos mirar juntos el fútbol” (186). Al igual que en el caso anterior, el
enunciado relumbra seco, abrumador, directo, como si estuviese siendo enunciado
en un aquí y ahora, en un Chile que no ha dejado de existir.
Es por esto
que la escritura de Redolés pareciera estar dirigida,
fundamentalmente, a los perdedores de la historia –retomando las ideas de Benjamin– para revelar un presente incómodo y que se
necesita transformar, en la medida en que recobrar la memoria permite inscribir
un futuro donde esos perdedores puedan aparecer como protagonistas. Dice Benjamin:
“Solo tiene derecho a encender en el pasado la chispa de la
esperanza aquel historiador traspasado por la idea de que ni siquiera los
muertos estarían a salvo del enemigo, si este vence. Y este enemigo no ha
dejado de vencer” (45). Es tarea de quien recuerda, entonces, poner a salvo a
los silenciados, devolverles su voz, rescatarlos de la continua y transhistórica opresión. Como el protagonismo de un poeta
que tuvo la capacidad de decir que no a Sábados
Gigantes, quizás el
programa televisivo del período dictatorial que mejor marca, simbólicamente, un
statu
quo normalizante,
higiénico y entretenido de un presente que no permitía mirar atrás y que cada
sábado, en cada transmisión en vivo, no hacía otra cosa que consolidar el
triunfo de los vencedores[5].
Porque la banalidad del mal (Arendt) consiste también en eso, en hacer el
trabajo sin preguntarse para qué y a quién le estás dando de ganar. En no
correr ni un mínimo riesgo, en acomodarse, en estar todo el día viendo la
televisión o mirar para el lado cuando despiden al compañero de trabajo. En
aprovechar la primera de cambio para explotar al resto, total a todos los están
explotando. “Mi único lenguaje es el burocrático” (Arendt 78), llegó a decir
Eichmann en su juicio por los crímenes de guerra nazis. Contra todo eso, Redolés dice no. Y en cambio, propone también la ternura
como una forma de contrarrestar esas fuerzas avasallantes de la historia:
Eran los años
sesenta, yo tenía nueve o diez años, y a veces, con mi padre, mientras
caminábamos por las calles del norte del barrio Yungay, se escuchaba el motor
de un avión. Mi padre se detenía. Atardecía en Santiago. Miraba hacia el cielo.
Entrecerrando los ojos, buscaba las luces del aparato.
Me decía: “¿Para
dónde irá ese avión?, ¿irá hacia Copiapó?” Siempre se preguntaba si el avión en
cuestión iba hacia esa ciudad, donde él había vivido entre sus veinte y treinta
años aproximadamente. ¿Se preguntaba si el avión viajaba hacia su pasado?
Se quedaba largo rato
conmigo tomado de la mano. Luego hacía otra pregunta: “¿Qué irá pensando el
piloto?” Con cada avión eran siempre las mismas preguntas. Yo lo amaba. (Algo
nuevo 201)
Hay en la
poética de Redolés la memoria de una ética que está
viva. Es la ética de los chistes, de los gestos, de los gatos, la ética de
pensar un libro como algo colectivo, a contrapelo del individualismo
neoliberal, aunque el mundo se esté cayendo a pedazos. Y todo se da de manera
alternada, yendo hacia atrás y hacia adelante, a los años de prisión, al tiempo
de los padres, al exilio, a su propio tiempo como padre de un niño de cinco
años. Dice Calveiro muy sabiamente:
[L]a memoria trae
fragmentos, relatos muchas veces inconexos, desordenados o reordenados, que se
niegan a dejarse desvanecer y reaparecen insistentemente, cuestionando a veces
el relato histórico, y en otras señalando sus carencias. La memoria ordena, pero
lo hace de una manera distinta al relato histórico. Trae al presente las
ofensas, las heridas, para impedir su “desaparición” e interrumpir, de alguna
manera, la impunidad del poder. Intenta otras explicaciones, rescata aristas
desaparecidas o disimuladas y, al replantear el pasado, hace una lectura
distinta del presente y proyecta o desea otro futuro. (65)
La obra de Redolés nos trae permanentemente otro país y nos lo deja
ver. Un país potencial, no tan distinto al que tenemos, porque se trata de lo
que está ahí, a la vista. El país que todavía somos y queremos ser en las
casas, en las escuelas, en las cárceles, en las conversaciones con los amigos,
con los niños, con los viejos, cuando se logra tener una conexión que nos hace
ser seres humanos. Cuando nos apretamos, cuando nos miramos, cuando ponemos la
tetera, cuando acercamos una silla. Un país –pareciera decirnos Redolés– cuya ética intenta trocar a la de los vencedores,
buscando apuntar sobre aquello “que no puede decirse de otro modo” (Aceituno
37), sino que “como imagen, como figura, como espacio imaginario” (39) que
inscribe lo real como presente inquietante de la memoria.
Conclusiones
no conclusivas
La producción
poético-musical de Redolés es una de las más
originales que se han creado en el Chile de las últimas cuatro décadas. Quien
lee su poesía o escucha su música podrá experimentar lo mismo que se aprecia
cuando se conversa profundamente con alguien: la alegría, la pena, las ganas de
salir corriendo a escribir, las ganas de ponerse a cantar, a pintar, a
fotografiar, a abrazar a los hijos, a hacer una huella al mundo. La posibilidad
de tener experiencia en un país que pareciera intentar arrebatárnoslas todas.
La producción poético-musical de Redolés pareciera
ser reflejo de un modo de vida que implica ligar memoria y futuro, cariño y
respeto, gravedad y humor. Política así con P mayúscula porque la creación se
ha vuelto el partido que ha forjado y al que se le debe todo y desde donde
ordena al resto para que se pidan sus canciones y se recitan sus versos.
“Poesía política del contragolpe” denominó Sergio Mansilla a aquellas poéticas
de los años setenta y ochenta que se negaron a transar con el poder. Si bien no
ubica a Redolés en el grupo de poetas estudiados por
tratarse de un acotado corpus de trabajo de una zona geográfica específica del
sur de Chile, la noción es ampliable a otros poetas –como los que formaron
parte de la antología de Bianchi–, para quienes, claramente, el registro
poético de negación y rebeldía encaja con la resistencia “a negociar con el
nuevo escenario ideológico, con los nuevos límites del lenguaje y la
imaginación” (Mansilla 138) que impuso la dictadura y que permanece, bajo otras
formas, tal vez algo diluidas pero igualmente fuertes, en los tiempos posdictatoriales.
Como sujeto
incrustado en varias épocas y temporalidades, en varias lenguas y registros
textuales, el contragolpe de Redolés resulta
particularmente potente al considerar la memoria, en su trabajo creativo, como
un pasado-presente indisoluble, un continuum que articula críticamente la historia de
modo que pueda hacer implosionar todo posible límite impuesto al lenguaje y a
la imaginación. Lejos de una sedante nostalgia, entonces, su propuesta estética
remueve el estado de cosas articulando un lenguaje que se niega,
permanentemente, a la domesticación. Hace uso del lenguaje y de la música con
un afán de desorden, de caos creativo, como cuando escuchamos en la canción
“Química” inserta en Química (de la lucha de clases) (1991): “Yo prefiero el caos a esta
realidad tan charcha”.
La
resistencia al presente se expresa en el conjunto de la obra de Redolés en una alegre indocilidad respecto del pesado
pasado, en la formulación
de otro recuerdo que posibilita un presente que se oriente hacia un futuro
diferente. En su gesto de desobediencia, al convocar a la imaginación, la
lengua aparece en su obra más viva, más ingeniosa, más sugerente, engarzando y
confundiendo con esto los diferentes Chile que le ha tocado vivir para erigir
uno, finalmente, cotidiano, palpable, recogible en la
calle o en el periódico. De este modo, la poética de Redolés
se erige lejos de toda hegemonía, lejos de todo poder cristalizante,
en las antípodas de la discursividad oficializante y,
por ende, sin pretensión de anclar una única verdad al posicionarse en un común
en el que no resulta difícil reconocerse. Su contra-archivo,
visto así, es la potencia de algo que está y que tiene poder de transformación
al mirar no tanto hacia el pasado, más bien al futuro.
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“Vamos bien… Mañana, mejor!” https://www.youtube.com/watch?v=
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Rocinante, n.º 19, 2000, p. 35.
[1] “Eran las ocho de la
mañana del 31 de agosto del año 2016 y yo me aprestaba a dormir. Me metí a la
cama y encendí un cigarrillo. De pronto mi mano izquierda cayó sobre mi muslo,
lo sentí fofo y tibio. Pensé: ‘Hay una bolsa de agua caliente en la cama’ y me
di cuenta de que mi muslo no sentía mi mano. Poco a poco la mitad izquierda de
mi cuerpo empezaba a pesarme. Estoy haciendo un ataque cerebrovascular, pensé.
Y así era” (Redolés, Algo nuevo 133). Nótese la lúcida descripción de detalles con que el poeta
narra los acontecimientos que casi le dan muerte. Esta es una característica
primordial atribuible a su escritura.
[2] En una entrevista, el
autor señala: “aquí partí de cero y la primera persona que me abrió las puertas
fue René Largo Farías en su peña ‘Chile ríe y canta’. Para mí fue un gran
honor, aunque había muy pocas personas, porque sentí que era una buena manera de
empezar. Sentí que esa peña era la que había lanzado a Mercedes Sosa y en
alguna medida también habían trabajado Violeta Parra, Patricio Manns y Víctor
Jara, los más grandes de la música chilena” (“Las pasiones” 7). La Peña se
reabrió en 1985, en plena dictadura; había funcionado con éxito durante el
período de la Unidad Popular. Largo Farías murió asesinado en octubre de 1992.
Al igual que Redolés, había vivido diez años en el exilio, pero en México.
Nótese, asimismo, los referentes musicales que cita Redolés, todos ligados a
las reivindicaciones culturales, políticas y sociales de los años sesenta y
setenta, los que se mezclarán en su trabajo creativo con la tradición del rock
británico asimilada por el autor, junto con otra multiplicidad de tradiciones.
[3] Sábado 6 de septiembre
de 2025, El Baúl Café.
[4] “El término damnatio
memoriae (latín para ‘condena de la memoria’)
refiere a la práctica, durante el Imperio Romano, de la prohibición del
recuerdo de una persona (habitualmente emperadores rechazados por el Senado)
que ha perdido la gracia de los espacios de administración del poder político.
La declaración de la prohibición del recuerdo se acompaña con la destrucción de
todo soporte material que documente la existencia del individuo ‘olvidado’, en
un intento de borrar su existencia de la historia oficial” (Palominos y Ramos
246-47). Recuérdese el acto público de quema de libros y discos oficiado por
militares a las afueras de la Remodelación San Borja, en pleno centro de
Santiago, el 23 de septiembre de 1973, mismo día en que muere, en
circunstancias todavía no aclaradas del todo por la justicia, Pablo Neruda. El
acto remite, a su vez, a la quema de libros antialemanes llevada a cabo por
miembros del Partido Nacional Socialista la noche del 10 de mayo de 1933 en
Berlín.
[5] Uno de los eslóganes
recurrentes de la propaganda dictatorial señalaba: “Vamos bien… Mañana mejor!”,
entre los innumerables ejemplos que se pueden dar. Una tanda de comerciales de
diciembre de 1980 de Televisión Nacional, en medio del popular programa humorístico
dominical Jappening con Ja, muestra la factura y naturaleza de dicha publicidad:
https://www.youtube.com/watch?v=ht7DFwiVVBA (3:58-5:02).