Revista de Humanidades n.º 54: 197-222
ISSN 0717-0491, versión impresa
ISSN 2452-445X, versión digital
DOI: https://doi.org/10.53382/issn.2452-445X.1037
revistahumanidades.unab.cl
Sobre el concepto de vanguardias
simultáneas
en los escritos de Andrea Giunta[1]
On the concept of
simultaneous avant-gardes
in Andrea Giunta’s texts
Pablo
Berríos González
Universidad de
Talca
Instituto de
Estudios Humanisticos Juan Ignacio Molina
Av. Lircay s/n, Talca, Chile
pablo.berrios@utalca.cl
ORCID:
0000-0002-0535-636X
Resumen
Este artículo
aborda el concepto de vanguardias simultáneas rubricado por Andrea Giunta,
historiadora del arte y curadora argentina. En primer lugar, se explora su
sustento teórico, delineando su evolución y formación. Luego, se proponen tres
aspectos clave para definir las vanguardias simultáneas, que permiten
comprender la complejidad y amplitud: la dimensión temporal, la geopolítica y
el lenguaje visual. Finalmente, se presenta una crítica al concepto,
considerando nociones como vanguardia o la dinámica centro-periferia,
fundamentales para comprender su enfoque.
Palabras clave: Andrea Giunta,
vanguardias artísticas, vanguardias simultáneas, arte latinoamericano,
vanguardia latinoamericana.
Abstract
This article focuses on the concept of simultaneous avant-gardes
developed by Andrea Giunta, an Argentine art historian and curator. Firstly,
the theoretical foundation of this concept is explored, delineating its
evolution and formation. Subsequently, three key aspects are proposed to define
simultaneous avant-gardes: the temporal dimension, geopolitics, and visual
language, elements that allow us to comprehend the complexity and breadth of
this concept. Finally, a critique of the concept of simultaneous avant-gardes
is presented, considering certain conceptualizations of the avant-garde and the
center-periphery dynamics, which are fundamental to understanding its approach.
Keywords:
Andrea Giunta, artistic avant-gardes, simultaneous avant-gardes, Latin American
art, Latin American avant-garde.
Recibido: 02/10/2024 Aceptado: 05/05/2025
1. Introducción
Desde el cambio
de milenio ha acontecido una actualización de la vanguardia en el panorama
latinoamericano, a partir de las escrituras sobre artes[2]
que analizan las condiciones históricas que determinan la inserción de las
artes continentales en el sistema internacional. Si bien desde su aparición a
principios del siglo XX la
vanguardia ha sido objeto de diversas valoraciones y calificaciones, desde la
década de 1960 ha ganado mayor densidad en tanto un campo de tensiones que
define claves de comprensión para el desarrollo del arte en América Latina. Más
aún, desde la década de 1980, la vanguardia ha motivado relecturas teóricas e
historiográficas que aquilatan tanto el momento vanguardista original, de hace
más o menos un siglo, como el de los sesenta y sus proyecciones, a partir de su
comprensión en clave de modernización, política y/o elemento diferenciador de
las artes latinoamericanas en el panorama internacional.
Ahora bien,
esta última reformulación teórica se enmarca en la
renovación conceptual e intelectual que enfrentan dichas escrituras en América
Latina (Mosquera 12), en sintonía con el ciclo de mundialización capitalista y
las transformaciones en la producción de conocimientos (Flores y Mariña 244). Asimismo, es resultado de la crisis epistémica
que afecta al sistema artístico internacional desde la década de 1980,
particularmente a la concepción modernista de la historia del arte (Belting 87-89), transformada estructuralmente a causa de
nuevas correlaciones de fuerzas centro-periferia relacionadas con el
“despliegue de teorías que reflexionaban de manera crítica sobre la diferencia
y la otredad” (Piñero 245).
Las
conceptualizaciones vanguardistas que se plantearon a fines del siglo XX se
presentan como un ámbito de
disputas ideológicas donde convergen y divergen distintas tendencias respecto
de los elementos que constituyen histórica y geoculturalmente
al fenómeno artístico latinoamericano, entre otros la colonialidad,
la relación local-internacional, la perspectiva centro-periferia o la
singularidad latinoamericana. A pesar de las diferencias relativas entre estas
distintas posiciones, recogen críticamente el papel subordinado, derivado,
periférico y/o atrasado al que la historia modernista ha relegado las vanguardias
artísticas latinoamericanas en la construcción de esa propia historia.
En este
sentido, el concepto vanguardias simultáneas introducido por la historiadora
del arte y curadora argentina Andrea Giunta es una de las propuestas
interpretativas que ha cobrado relevancia en América Latina durante la última
década. A partir de un desarrollo teórico-metodológico en que se cuestiona el
modelo dominante de la historia del arte moderno, basado en el difusionismo de
rasgos estilísticos metropolitanos hacia las periferias (Giunta, Contra
24), Giunta propone un
modelo histórico-teórico que abre la vanguardia en cuanto fenómeno global a un
nuevo entendimiento y que, consecuentemente, presenta desde la noción de
simultaneidad. En este artículo proponemos una lectura teórica del concepto
vanguardias simultáneas, relevando la trayectoria argumental, sus ejes
propositivos, así como los rendimientos y limitaciones que presenta.
Para ello
se despliegan tres apartados. El primero propone el posicionamiento formativo
del concepto, que comprendemos como resultado de reflexiones derivadas de un
proyecto historiográfico sobre el arte moderno desde América Latina,
identificando sus trazas y las trayectorias mediante las que el concepto se fue
formulando. En el segundo apartado se exponen los elementos conceptuales para
nosotros constitutivos de las vanguardias simultáneas, organizados según lo
temporal, lo geopolítico y el lenguaje visual. En la última sección se lleva a
cabo una crítica al concepto identificando los puntos que consideramos
necesarios de establecer y esclarecer para dimensionar los alcances que la
propuesta reviste.
El artículo
identifica los fundamentos teóricos del concepto vanguardias simultáneas de
Andrea Giunta con el propósito de dimensionar su rendimiento para la historia
del arte en Latinoamérica, a partir de su alcance y las condiciones de
producción en las que se inserta. En este sentido, el artículo busca trazar las
distintas dimensiones por las que el concepto transita, su historicidad y las
relaciones que entabla con el pensamiento latinoamericano, en general, y las
reflexiones sobre arte, en particular.
2. Trayectoria y conformación de las
vanguardias simultáneas
El concepto de
vanguardias simultáneas es introducido en el texto “Adiós a la periferia.
Vanguardias y neovanguardias en el arte de América
Latina” (Giunta), parte del catálogo de la exposición “La invención concreta.
Colección Patricia Phelps de Cisneros”, en el Museo Nacional Centro de Arte
Reina Sofía en 2013. Este concepto ha circulado en textos posteriores, como su
libro ¿Cuándo comienza el arte contemporáneo? (Giunta 2014), el Glosario de Arte
Chileno Contemporáneo de 2019 bajo la entrada “vanguardia simultánea” (2019), hasta formar la base teórica
del libro Contra el canon. El arte contemporáneo en un mundo sin
centro (Giunta 2020).
Teniendo en
cuenta esta circulación es posible indicar que en distintos momentos de la
escritura de Giunta se encuentran elementos que prefiguran el concepto y que,
desde esta perspectiva, es viable considerarlo a partir de una trayectoria que
desemboca en su articulación de 2013. En este sentido, Giunta delinea por lo
menos desde mediados de la década de 1990 algunos elementos que tomarán cuerpo
en el concepto en cuestión, bajo un proyecto sobre las condiciones
teórico-historiográficas del arte latinoamericano en la historia del arte
moderno.
Por ello
consideramos que un primer momento de esta trayectoria es la ponencia “América
Latina en disputa. Apuntes para una historiografía del arte latinoamericano”
(Giunta 1996), presentada en Oaxaca durante la reunión de críticos e
historiadores “Una nueva historia del arte en América Latina”, organizada por
Rita Eder en el marco del proyecto “Los estudios de arte desde América Latina:
temas y problemas” de la UNAM. En esa reunión presentaron la experta mexicana, Aracy Amaral (Brasil), Ticio Escobar (Paraguay), Gerardo
Mosquera (Cuba), Gabriel Peluffo (Uruguay), Serge Guilbaut (Francia), Ida Rodríguez Prampolini
(México).
La
intervención de Giunta se centra en el problema de lo que significa para la
historia del arte latinoamericano la invariabilidad de los relatos que la
organizan. Estos últimos se sustentan desde fines de la década de 1950 en la
selección de repertorios,
ordenamientos e interpretaciones, de modo tal que para la autora en las
“exposiciones organizadas […] y en los libros editados sobre arte
latinoamericano, puede rastrearse un conjunto de ideas rectoras que siguen, en
gran parte, pautando las historias más recientes” (Giunta, “América Latina” 2),
ideas que operan desde elecciones temáticas y cronológicas que recortan zonas
en común entre distintas tendencias (15) y que conforman el canon
latinoamericano.
Esto tiene
como resultado el predominio tanto sobre artistas como sobre obras de una
perspectiva particularista, cuya aplicación a los procesos artísticos
latinoamericanos tiene como consecuencia la generalización de estos y la
homologación historiográfica de sus diversas tendencias. Giunta agrega que
tanto la generalización como la homologación de las historias locales y/o
nacionales, trasladadas a la historia del arte latinoamericano en conjunto,
desvanecen los contextos en que las prácticas se desenvuelven, que en última
instancia brindan su densidad histórica a las obras (15), viéndose
comprometidas así tanto la lectura de las últimas como las tramas históricas en que se organizan.
La autora
señala que un modo de afrontar el particularismo y la generalización, en tanto
estrategias discursivas de elaboración historiográfica, se encuentra en el
posicionamiento de las “redes que en diversos tiempos delimitaron formaciones
artísticas e intelectuales ‘a distancia’” (15). Esto permite a Giunta relevar
los vínculos entre productores y afrontar estas interacciones desde los
lenguajes artísticos, aunque no solo desde la perspectiva centro-periferia,
sino también desde las relaciones efectivamente existentes entre los artistas
de América Latina (15-16).
En
síntesis, Giunta posiciona en este escrito algunos elementos conceptuales
fundamentales de las vanguardias simultáneas, a saber, la crítica a las
narrativas historiográficas dominantes en el arte latinoamericano, que
reproducen el modelo difusionista modernista; los particularismos y su
extrapolación en generalizaciones; las homologaciones entre tendencias
artísticas que desconocen sus contextos y; por último, las redes intelectuales
centro-periferia e intraperiferias.
Un segundo
momento lo encontramos en la tesis doctoral de Giunta, Las
artes visuales en la Argentina de los años sesenta. Interrelaciones entre
vanguardia, internacionalismo y política (1999), y en su reversión como libro, Vanguardia,
internacionalismo y política. Arte argentino en los años sesenta (2008). Ambos trabajos proponen una
definición de vanguardia cuyos elementos contextuales específicos responden al
desarrollo histórico del propio campo cultural en el que se despliega, siendo
el caso aquí el arte argentino de la década de 1960.
A partir de
esta respuesta histórica o contextual Giunta posiciona estratégicamente, como
factores determinantes para las modulaciones que la vanguardia pueda asumir en
cada caso, el reconocimiento de las condiciones y singularidades materiales de
enunciación y producción, mostrando que al ser
relevadas desde esa especificidad, aquellas condiciones y modulaciones buscan
tensionar las conceptualizaciones vanguardistas dominantes y/o centrales.
De ello da
cuenta Giunta en su rastreo de las denominaciones de uso en la Argentina de los
sesenta –arte nuevo, arte de avanzada o arte de exportación, entre otras– que
apuntan precisamente a un vanguardismo apegado a su propio tiempo y a las
nociones de novedad que motivaban a los artistas, quienes aspiraban a “un arte
sin referentes, acomodando este carácter de producto único al objetivo de
generar una cultura de calidad que permitiera subvertir las desiguales
relaciones de intercambio con los centros” (Giunta, Vanguardia 125). Esta pretensión permite a la
autora pensar estas versiones vanguardistas desde dos perspectivas: por un
lado, como una manifestación de la modernización artística que actualiza en sus
propios términos el campo y, por otra, como una expresión o anticipación
artística de las relaciones generales de producción entre centros y periferias.
Es
justamente a partir de una comprensión desigual del intercambio global que
Giunta tensiona las lecturas dominantes, en especial la de Bürger
al conceptualizar la vanguardia como estadio autocrítico del subsistema social
artístico (60-70). Si bien ella reconoce que las claves de “anticipación y el
profetismo” son esenciales para la conceptualización dominante (Las
artes 14), reconoce
asimismo que el caso argentino se debe principalmente a lo institucional, donde
en última instancia se estrella con la autonomía, un elemento modernista
igualmente determinante (Las Artes 16; Vanguardia 29).
La lectura
institucional del arte argentino de los sesenta que realiza Giunta abre
precisamente el cuestionamiento de la universalidad de las conceptualizaciones
vanguardistas dominantes. En efecto, elabora una perspectiva más dinámica que
releva sus particularidades y contradicciones, a lo largo de su propio
desarrollo y variedad de versiones globales (Las artes 14; Vanguardia 28-29). Particularidades y
contradicciones que incluyen conexiones e intercambios, siempre a la luz de
cada singularidad contextual, de la que las conceptualizaciones dominantes
eurocéntricas no dan cuenta, por cierto. La autora ofrece estos argumentos en
una presentación de 2002 (Giunta, “Actualidad”) que retoma el antiinstitucionalismo como un eje transversal a las
conceptualizaciones dominantes, identificándolo como un problema debido
mayormente a la historicidad de las últimas que, en
el caso de Bürger, se anclaría a la experiencia
post-68 y su radicalidad antiinstitucional. Este
anclaje para Giunta implica una “perspectiva limitada que oscurece todos
aquellos matices que la vanguardia tuvo que redefinir para ser latinoamericana”
(“Actualidad” 142).
De hecho,
si se sigue el argumento de Giunta al observar el campo cultural
latinoamericano de los veinte y sesenta, puede ser que el entramado
institucional no sea lo suficientemente robusto como para que el antiintitucionalismo sea una clave conceptual e
historiográfica fundamental. En tal sentido, considerando las condiciones
contextuales regionales, la autora se pregunta “¿hasta qué punto no es posible pensar que la
organización de instituciones no fue, también, un gesto de vanguardia?” (143).
Esta contradicción entre concepto y fenómeno propone la elaboración de unas
claves interpretativas indeterminadas que tensionan aquellas totalizaciones
metropolitanas retroactivas y proyectivas que, en última instancia, impiden el
reconocimiento de la heterogeneidad fenoménica o casuística –paradojalmente–
del concepto de vanguardia, como sucede sin ir más lejos con América Latina.
Giunta
advierte posibilidades similares en algunas investigaciones (143) reñidas con
el concepto eurocentrado –en el sentido que le otorga
Chakrabarty de sujeto privilegiado de la historia
(57)–. Este subordina las experiencias no centrales y que incumplen las
expectativas dominantes, reduciéndolas con “nociones de copia, de desarrollo epigonal o de estilo derivativo” que “no dan cuenta del
lugar activo que Latinoamérica tuvo en la construcción de la modernidad y […]
en el itinerario de las vanguardias históricas” (Giunta, “Migración” 14).
Con lo
anterior queda en evidencia el largo proyecto historiográfico de Giunta, que en
este caso habilita el concepto de vanguardias simultáneas. Este trayecto está enmarcado en una mirada
global, a través de diferentes momentos de la historia vanguardista
latinoamericana, orientado precisamente a abrir el concepto eurocentrado
y considerar, por ejemplo, los múltiples registros periféricos contra las lógicas evolucionista y
difusionista (Giunta y Flaherty 126). Bajo esta perspectiva, la experiencia
latinoamericana sigue otras motivaciones y ritmos al momento de la invención y
de la resolución de problemas artísticos, que por haber desinteresado a las
conceptualizaciones dominantes requieren nuevos tratamientos historiográficos.
3. Elementos conceptuales de la vanguardia
simultánea
A continuación,
señalamos los elementos más relevantes del concepto de vanguardia simultánea en
torno al eje temporal, geopolítico y del lenguaje visual. Estos, si bien
tematizan dimensiones distintas, son abordados formando la matriz conceptual,
asumiéndose previamente las dificultades que conlleva aislar las diferentes
dimensiones como propuesta interpretativa.
Para el eje
temporal, Giunta releva dos consideraciones: primero, una de orden cronológico,
que delimita los momentos de emergencia vanguardista en su simultaneidad y
particularidades; segundo, una temporalidad que contrapesa el principio de
linealidad subyacente a la historia dominante. Principio, por cierto, tomado de
Foster (2001) y Buchloh (2004), en especial de
aquellos planteamientos sobre la vinculación de vanguardias históricas y neovanguardias, sobre la base respectivamente de la acción
diferida y extensión inmediata o desarrollo lógico.
El elemento
cronológico señala el límite inicial de las vanguardias simultáneas hacia el
fin de la Segunda Guerra Mundial, gracias a una articulación global del sistema
artístico que conllevó
“la reactivación generalizada y simultánea de las estrategias de las
vanguardias” y demostró “que el arte puede activar […] el presente” (Giunta,
“Adiós” 105). Con el fin de este conflicto, con una Europa “exhausta” y
“destruida” (47), fueron desarrollándose globalmente ciertas condiciones
materiales, históricas y de lectura que facilitaron distintos acercamientos a
la vanguardia histórica, por ejemplo, “hacia grados de productividad o
consecuencias que hasta entonces habían quedado en suspenso” (105).
Giunta se
centra en la rearticulación de las relaciones culturales para establecer este
marco cronológico, que se retrotrae exclusivamente hacia el arte porque –tal
como ella destaca– las nomenclaturas para designar el tiempo de la historia del
arte no necesariamente coinciden con las nomenclaturas para el tiempo de la
historia (Giunta, ¿Cuándo? 9). Asume entonces un diferencial
estratégico para situar el comienzo del arte contemporáneo como marco para la
instalación de la simultaneidad. En este sentido, la contemporaneidad actúa en
tanto nuevo marco receptivo y nueva concepción temporal que rompe con la
evolución propugnada por el arte moderno en relación con la conquista de la
autonomía del lenguaje (9).
Esto último
da pie al segundo elemento de este eje, la crítica a la linealidad temporal,
uno de los componentes del modelo modernista dominante según Giunta (9). Una
vez conquistada la autonomía del lenguaje en la modernidad, el arte deja de
evolucionar (10) y puede volver sobre sí mismo para desatar nudos problemáticos
irresueltos en esa conquista. Se trata en este sentido de una relación crítica
del presente con el pasado, mediante las imágenes temporales que las obras
reelaboran diferidamente y que las terminan por transformar en un repositorio
disponible para la interpelación. Así es posible actualizar interpretativa y críticamente el sentido de la imagen cada vez
que se vuelve a ella (“Imágenes” 19), haciendo saltar distintas modulaciones
que no necesariamente las imágenes guardan en su interior. Por el contrario,
estas le son adheridas como extensión lógica en su propio despliegue histórico
y establecimiento cultural, que propician “un campo de teorías y experiencias
que actúan como elementos subversivos en un tiempo y lugar específicos”
(“Adiós” 106).
Consideramos
que esta comprensión de la temporalidad histórica del arte moderno a partir de las
estrategias de lectura de las vanguardias y neovanguardias
de Buchloh y Foster, le permite a Giunta proponer una
estructura a contrapelo de sus versiones dominantes. Esto lo desarrolla
principalmente considerando que la reconstrucción de un tiempo histórico desde
las imágenes, en la que los artistas que habían asumido el desafío moderno
podían activar “el imaginario de un vacío que podía ser saltado en todo espacio
cultural en el que se asumiese la tarea de activar un arte de vanguardia”
(117).
Esta
crítica a la temporalidad lineal modernista tiene como efecto una espacialización que a su vez lleva a una reconsideración de
las condiciones geopolíticas del desarrollo artístico moderno y las oposiciones
duales centro-periferia, original-copia o progreso-retraso que de ellas
derivan. Por tanto, la crítica a dicha temporalidad va acompañada de una
crítica a la difusión espacial del mismo en términos geopolíticos y geoculturales.
Giunta
afirma que suspender la lectura evolutiva modernista abre paso a la
simultaneidad como modelo historiográfico, cuestión que tiene repercusiones
geopolíticas. Si desde la década de 1930 la narración sobre la modernidad
europea fue desplegada en “libros y catálogos con complejos índices y cuadros
sinópticos” que fijan “el orden, características y genealogía del arte moderno”
(111) en grandes enclaves metropolitanos, esta narración simultánea se basa en un proyecto de expansión
colonial y civilizatorio (111) que sitúa el eje euronorteamericano
como foco moderno y vanguardista, según el “tradicional esquema que hace de
Nueva York el centro hegemónico al que se traslada la vanguardia parisina
durante la Segunda Guerra Mundial” (Contra 46).
Con el contramodelo simultáneo, y aunque producto de las propias condiciones
modernistas de desarrollo, las formas vanguardistas pueden accionarse en
distintos espacios, provocándose la dispersión y recomposición del lenguaje
artístico en distintos puntos del planeta, que desde el fin de la Segunda
Guerra Mundial permiten “la idea de un pasado artístico que podía armarse en
los nuevos contextos, y también aquellos en los que habían surgido, de una
manera diferente” (“Adiós” 111). Si en la dimensión temporal es eliminada la
progresión evolutiva, en la dimensión espacial lo son los centros hegemónicos
según el modelo difusionista del arte moderno. En este sentido, y al no estar
limitadas por un solo centro hegemónico, el desarrollo de las vanguardias
“podía suceder en todos aquellos lugares en los que se hubiese asimilado de la
lección de la modernidad. En todas partes y al mismo tiempo” (111).
La espacialización geopolítica vanguardista visibiliza el
proceso de articulación de una red de centros no organizados jerárquica ni
concéntricamente, sino de manera simultánea, en los que se “retoma, repite,
investiga, amplía y reconceptualiza el repertorio de las vanguardias históricas
en función de una multiplicidad de presentes” (117). Esto, hacia las décadas de
1960 y 1970, establece escenas de diálogos regionales e internacionales a
partir de las condiciones contextuales de cada uno de estos centros (117).
Así, la
trama de dispersión simultánea no se dio exclusivamente con el éxodo desde París a Nueva York. También son
relevantes en estas redes globales de vanguardia y/o neovanguardia
intervenciones y procesos ubicados en São Paulo, Ciudad de México o Buenos
Aires, con los que “el arte se articuló en distintas metrópolis del mundo a
partir de esquemas semejantes a los que funcionaron en los centros” (Giunta, Contra 24).
El tercer y
último eje, el del lenguaje visual, logra comprenderse a partir de las
propuestas anteriormente presentadas, particularmente porque Giunta articula
aquí una perspectiva especifíca. Ella plantea que, desde la interpretación crítica de
la temporalidad lineal de la historia del arte y su dispersión espacial, se
levantan elaboraciones y exploraciones heterogéneas en términos del lenguaje,
pues los artistas de todas partes comprendieron la lógica intrínseca del arte
moderno y, por tanto, “en cualquier territorio podía surgir la innovación, la
respuesta a un problema irresuelto, incluso nunca vislumbrado por sus
antecesores” (Giunta, “Adiós” 109). Esto se presupone a partir del contexto
bélico en el que “el legado del arte moderno debía ser salvado y también
continuado” (Contra
15).
Giunta
destaca que las primeras experiencias simultáneas en América Latina se
realizaron a partir “de formas que provenían de complejos materiales visuales y
de estrategias culturales muy diversas” (46), a la vez que generaron vínculos
con otras áreas de producción de conocimientos (47), lo que propende hacia una
lectura contextual y particularizada de las obras dadas las tramas
constitutivas que las articulan y sustentan.
Al situar
contextualmente las vanguardias latinoamericanas como la extensión lógica de
las vanguardias históricas europeas, Giunta propone que el asunto se
desenvuelve con la generación de lenguajes visuales locales a partir de sus
propios sustratos culturales, en relación crítica con sus antecesores. De este
modo, se establecen diálogos tanto con el repertorio vanguardista histórico
como con los escenarios locales en los que se desarrollan, los “que no se
expresaron desde nociones como ‘derivativo’, ‘copia’ o ‘dependencia’, sino que
se generaron desde la idea de la contribución a una preocupación compartida:
cómo realizar un arte innovador, original, de vanguardia” (16).
Teniendo en
cuenta estos tres elementos conceptuales básicos, las vanguardias simultáneas
se centran en una interpretación para la historia del arte desde las
vanguardias a escala global, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, que
desregula “el poder normativo del centro” (18). En este sentido, este concepto
“permite destacar otra articulación histórica que […] no ignora las relaciones culturales con los
centros euronorteamericanos, pero al mismo tiempo
destaca lo específico y situado” (19) en las que la vanguardia releva sus
formas locales y que tensiona críticamente las nociones de centro y periferia.
4. Crítica al concepto vanguardias
simultáneas
La propuesta de
Giunta presenta aspectos problemáticos. En este sentido, nos apoyamos en el
planteamiento de Koselleck (2012), quien subraya la
importancia de la estructura repetitiva del lenguaje como precondición para la
emergencia de lo nuevo y su comprensión en el discurso histórico (30), aspecto
que se proyecta en el contexto de la vanguardia que aquí se expone. El análisis
de estas problemáticas se lleva a cabo desde enfoques complementarios. En
primer lugar, se caracterizan algunas de las conceptualizaciones previas sobre
la vanguardia, resaltando los elementos con los cuales la autora establece un
diálogo teórico. En segundo lugar, se presenta la perspectiva geocultural desde la que se enfatiza la importancia de la
autonomía del arte como un principio fundamental para las prácticas
vanguardistas y sus interpretaciones históricas. Estos dos enfoques nos
permiten identificar los movimientos realizados por Giunta para configurar su
concepto: por un lado, la consideración de las conceptualizaciones previas de
la vanguardia como una totalización y, por otro, el abandono del esquema
centro-periferia y la eliminación de la dependencia como aspecto fundamental en
esta relación.
En torno al
problema de la conceptualización, cabe destacar que la vanguardia ha tenido
múltiples tratamientos y acercamientos. En este sentido, es necesario
esclarecer las dimensiones que el concepto perfila, que condicionan la ruptura
con el pasado y la tradición artística como el elemento común a todas sus
variantes. Advirtiendo esto, es posible posicionar diversos autores en núcleos
conceptuales diferentes según los énfasis distintivos que les permiten el
establecimiento de claves específicas para conceptualizar la vanguardia.
Entre estos
consideramos una vertiente que elabora la vanguardia con énfasis en lo
conceptual, destacando su caracterización histórica y sus orígenes en el campo
militar, la traducción que se realiza en la arena política, desde el
radicalismo revolucionario y su adopción en lo artístico, desde el cual surgen
los distintos elementos conceptuales que caracterizan a la vanguardia, tal como
la presentan Poggioli (1968) y Calinescu
(2003).
Otra
vertiente se basa en la contradicción existente entre las fuerzas productivas y las relaciones de
producción en la sociedad moderna, que se expresa artísticamente a partir de la
crisis de su función social, donde la vanguardia representa el momento de
autodisolución del arte moderno y que en él opera el riesgo constante de
transformarse en regresión formal. Esta tendencia grosso modo subyace a las conceptualizaciones de
autores como Adorno (2004 y 2008), Bürger (1997), Debord (2003), Enzensberger
(2007), Foster (2001) o Jappe (2014).
Una tercera
vertiente es la que conceptualiza la vanguardia retomando el eje de
contradicción entre arte y sociedad, pero llevándola hacia el ámbito de las transformaciones
que operan en el campo de la técnica y las operaciones ideológicas que se
entablan dialécticamente entre ambas. En esta tendencia el factor técnico es
decisivo para la organización conceptual del arte moderno, de la cual la
vanguardia es un tipo de respuesta particular a la transformación de la base
material, como lo plantean Benjamin (2003 y 2018), Hobsbawn (1998 y 2006) y Huyssen
(2006).
Una cuarta
vertiente es la que conceptualiza la vanguardia desde los problemas de la
cultura en la sociedad, condicionadas por la base material, particularmente la
industrialización decimonónica y sus repercusiones en la concepción de la
cultura y el arte como disciplinas espirituales. A pesar de sus
contraposiciones, las perspectivas de Greenberg (1979) y Ortega y Gasset (2017)
transitan esta vertiente.
Teniendo
estas conceptualizaciones a la vista –que no son las únicas– y la amplitud de
registros que abarcan ¿cuáles son para Giunta las conceptualizaciones de la vanguardia
con las que dialoga la vanguardia simultánea? En este sentido, recoge parte del
planteamiento de Bürger sobre la institución-arte
(Giunta, “Adiós” 111), pero solo a nivel del aparato distributivo y del estatus
del arte en la sociedad burguesa, sin relevar lo central de esta tesis, la
contradicción entre fuerzas productivas y relaciones de producción en tal
sociedad, que encuentra con las vanguardias la forma autocrítica a esa
contradicción con miras a la superación (aufheben) de lo artístico y con ello de la
sociedad burguesa en su conjunto.
En este
sentido, las vanguardias simultáneas de Giunta presentan más bien un enfoque
historiográfico que no resuelve el problema de la conceptualización
vanguardista, ya que equipara la teorización con su modalidad histórica
dominante, la que en última instancia reproduce las condiciones de colonialidad entre centros y periferias. Esto se expresa en
que la autora carga su lectura hacia la conceptualización de la historia del
arte moderno y su teleología de la expansión del canon, como lo expone Barr con
su mapa del arte moderno (101).
Si el
asunto cruza por la representación histórica y las inscripciones que en ella se
realizan, ¿cómo conceptualizar la vanguardia artística latinoamericana a partir
de sus propias claves contextuales y las particularidades que se desarrollan no
solo desde la posguerra sino desde las primeras décadas del siglo XX? Este
sería uno de los flancos que el concepto de vanguardia simultánea de Giunta
deja abierto, pues requiere entablar un diálogo no solo con la historia del
arte moderno, sino con la historia del arte en Latinoamérica y sus relaciones
con esa historia dominante, más acá de las representaciones derivativas, retrasadas o
periféricas a las que el
arte latinoamericano ha sido reducido.
En esta
senda, encontramos apuestas afines anteriores, tanto en la propuesta de Gullar en Vanguarda e subdesenvolvimento (1969) como en la de Traba en Arte
latinoamericano actual
(1972), que ensayaban conceptualizaciones para el arte brasileño y
latinoamericano, respectivamente, donde lo semiótico cobra protagonismo en
cuanto que estrategias codigofágicas, siguiendo a
Echeverría (2000). En este sentido, estas dos propuestas pueden ser leídas
desde el mestizaje cultural como respuesta histórica a las condiciones de
dominación colonial, en la que se elabora semióticamente el código del
dominador por parte del dominado a través de su devoración, transformándolo y
refundándolo según sus propios intereses y expectativas críticas para la
constitución de su identidad sui generis (Echeverría 51-52).
Leídas
desde esta óptica, las apuestas de Gullar y Traba
abogan por el reconocimiento de las condiciones y relaciones en que se
establece la vanguardia según los diferentes grados de dependencia
latinoamericana, indefectiblemente sobredeterminada
por las relaciones moderno-capitalistas y coloniales a partir de la
articulación entre lo nacional, lo internacional y lo universal.
En este
sentido, según la crítica a la simultaneidad que para Giunta recae en la
representación histórica jerarquizada modernista, conceptualizar la vanguardia
en Latinoamérica –y en las periferias, por extensión– debe incluir sus
condiciones histórico-culturales como determinaciones internas y externas,
destacando las condiciones de traducción –codigofágica
en este caso– que se desarrollan entre los movimientos y momentos de
vanguardia, en que priman condiciones diferenciadas de la modernización
capitalista del siglo XX, pero que, necesariamente, componen un horizonte
civilizatorio común (Echeverría 34).
Por lo
anterior extraña que Giunta no profundice en la relación de capitalismo y
conceptualización vanguardista, crucial para la última, incluso desde la posición que ella
asume hacia la especificidad como un elemento imprescindible de la
simultaneidad. En este sentido, Giunta sobrepone la innovación del lenguaje
como condición de esta última, dejando de lado la caracterización contextual
que ella misma plantea, precisamente porque le da primacía al elemento
artístico de las vanguardias por sobre las relaciones de producción y
reproducción que las condicionan y prefiguran.
Esto da pie
al segundo tópico de esta parte del artículo, el abandono estratégico por
Giunta del esquema centro-periferia y la obliteración de la dependencia como
elemento fundante de este binomio. Consideramos que la autora rearticula la
matización culturalista o literaria de este concepto central en la teoría
latinoamericana, pues, por un lado, toma el planteamiento de Sarlo (2020), en el que se destaca la modulación o
apropiación local o periférica de la modernidad en los comienzos del siglo XX,
y, por otro, expande la propuesta de Richard (1998) en torno a la
rearticulación de la relación centro-periferia dada la “proliferación de
márgenes” que genera “discontinuidades en la superficie de representación del
poder cultural” y que conlleva una fragmentación “del trazado de autoridad
metropolitano” (247).
Para
Richard este descentramiento del centro modifica la estructura de jerarquía y
subordinación que “bajo la ideología contestataria de las teorías del
subdesarrollo, oponían centro y periferia como localizaciones fijas y
polaridades contrarias, rígidamente enfrentadas entre sí por antagonismos
lineales” (247). Así da paso a “un modo más fluido y transversal debido a la
nueva condición segmentada y diseminada del poder (translocal)
de los medios y de las mediaciones” (247), posicionando el debate centro-periferia
hacia la representación cultural, su escenificación y la producción de
conocimiento, en tanto relaciones antagónicas entre centros y periferias.
Esta
caracterización de las teorías del subdesarrollo como ideologías contestatarias
de Richard, que sirve de base a Giunta, responde a un enfoque en que la
determinación material es reemplazada por la determinación cultural que se
juega en el terreno de la representación. En este sentido, las teorías del
subdesarrollo, en sus diferentes postulados y perspectivas, como plantea Katz a
partir del “enfoque de la dependencia” (12), presentaban una articulación
sistémica que condicionaba la existencia de centros y periferias a partir de
una totalidad histórica –por ejemplo, en la perspectiva de Prebisch
(2012), en la estructura metrópoli-satélite de Gunder Frank (1970) o en el subimperialismo de Marini (1977)– articulada como sistema
mundial que producía intercambios desiguales o dependencias.
Este giro
hacia lo cultural y representacional es más bien el resultado en la crítica de
artes latinoamericana que, desde los años ochenta, deslegitima las lecturas
sistémicas que se establecieron en los sesenta y setenta, producto de los
fracasos de los experimentos revolucionarios, la instalación de las dictaduras
y el ascenso del neoliberalismo en la región (Mosquera 11-13). En este aspecto
podemos afirmar con Allende (2022) que la posición de Giunta sobre el binomio
centro-periferia se desligaría de la posición activa que tiene en el
planteamiento de la modernidad periférica de Sarlo,
para relevar y determinar las relaciones de subordinación como el resultado de
“una falta de ‘sofisticación, excepcionalidad y
complejidad’ que le aduce el centro que denomina la ‘periferia’” (Allende 13).
En ese sentido, la vanguardia simultánea plantea un problema de enfoque
cultural pero desligado de su relación histórica, que en última instancia se
decide en el asunto de la representación y del poder de enunciación; a la vez
que le permite obliterar y no desarrollar vínculos con la dependencia,
capitalismo, imperialismo o el colonialismo, este último tratado de manera
superficial, sin ir más lejos.
Demostración
de esto es cuando Giunta propone que “si el arte latinoamericano es periférico
respecto del europeo, el europeo lo sería respecto del africano” (Giunta, Contra 23), evitando la discusión sobre el
colonialismo y la expansión capitalista como factores determinantes en esta
relación interpretativa (Allende 13), porque se resuelve en los lenguajes
artísticos y no en las relaciones geopolíticas y geoculturales
en que los primeros tienen lugar, particularmente destacada en la posición contextualista que Giunta plantea como base de las
vanguardias simultáneas.
Por último,
la conceptualización de la vanguardia simultánea propuesta como modelo teórico
para interpretar la historia del arte a nivel global desde la Segunda Guerra
Mundial, surge desde dos ámbitos: primero, desde la autonomía del arte, ya que
es en la producción de imágenes donde se desarrolla la simultaneidad, pero,
paradójicamente, elimina de su propuesta las condiciones materiales de
producción y las relaciones sociales de reproducción. Segundo, es un problema
de representación historiográfica que se soluciona con este modelo a
contrapelo, particularmente desde una articulación de la contemporaneidad en la
que la iluminación del pasado lo corregiría al incluir simultáneamente los
fenómenos vanguardistas a nivel global, tal como Giunta indica para relevar las
especificidades y las relaciones que entre ellas se establecen.
5. Conclusiones
El concepto de
vanguardias simultáneas rubricado por Andrea Giunta hace parte de las
propuestas que obedecen a la reconsideración global del fenómeno vanguardista y
sobre las condiciones epistemológicas de la historia del arte desde América
Latina. A partir de las perspectivas desarrolladas en este artículo, sin
embargo, resulta necesario el aquilatamiento de los postulados que a través de
su concepto se despliegan, precisamente para reconocer su procedencia y los
alcances que reviste en el escenario latinoamericano de producción de
conocimientos sobre artes y su inserción en el sistema internacional.
Por lo
anterior, someter a crítica un concepto implica reconocer tanto sus fortalezas
como las debilidades de su formulación, principalmente para dimensionar las
características y las vectorizaciones que de él se desprenden, en el sentido de
reconstituir las tramas por las cuales se organiza. Asimismo, reconocer el
andamiaje teórico en el que se sustenta nos permite, por un lado, develar las
intencionalidades que en el concepto se juegan como insumo teórico-metodológico
y, por otro, insertarlo en las redes intelectuales con las que dialoga, las que
se tensionan con las nuevas propuestas de interpretación sobre debates que
tienen una larga duración en el panorama artístico –en este caso
latinoamericano– y que se abren a nuevas consideraciones en la pregunta sobre
la particularidad del arte en América Latina y sus relaciones con el sistema
internacional.
Esto no
sería exclusivamente un problema de la historia del arte moderno, de las
vanguardias o del arte latinoamericano en general. Es más bien una perspectiva
que hunde sus raíces en la concepción histórica sobre la condición inferior que
se otorga de América en el sistema-mundo moderno, que Gerbi
(1960) ha propuesto como una constante sistemáticamente desarrollada desde
Buffon a mediados del siglo XVIII, y que sirve de base para el eurocentrismo,
que en última instancia condiciona a la historia del arte moderno y sus
vanguardias.
Centrarse
en las condiciones de representación desigual que se dan en la historia del
arte moderno y que se traspasan a la de la vanguardia, tiene como limitante
considerar que su resolución cruza precisamente por una representación más
equitativa. Esto acarrea, como problema, retrotraerse al discurso eurocentrado que, en lo artístico, categorías como novedad,
originalidad o autonomía cobran nuevamente valor, pero desde una lógica
inversa, que termina por interceptar de nuevos modos las relaciones desiguales
del sistema-mundo moderno.
Por ello,
la conceptualización de las vanguardias a nivel global requiere de otras
determinaciones, que apunten a la sombra de lo artístico y que las sitúen como
fenómenos histórico-culturales acumulativos de experiencias críticas, a partir
de sus propios contextos, que no se agotan en los lenguajes artísticos. Estos,
al contrario, participan activamente en las propias condiciones de producción
cultural que los exceden. Una lectura semiótica de la traducción cultural, en
cuanto mestizaje de las formas como la que plantea Echeverría con la codigofagia, reconoce las variadas formas en que el dominio
en la modernidad capitalista actúa, que a un tiempo destaca las múltiples vías
de resistencia que generan agencias con dicho dominio y que, dado lo aquí
presentado, permitiría una lectura tanto de la historia del arte moderno y su
vanguardia que integre las relaciones de colonialidad
y dependencia que se establecen en el sistema artístico internacional, que
operan de manera heterogénea a partir de distintos grados de organización y de
inserción de sus actores, el que no se agota a partir de una representación
equitativa y que va más allá de lo artístico y lo cultural.
El concepto
de vanguardias simultáneas, de este modo, ofrece cierto potencial para una
posible reinterpretación tanto de los fenómenos artísticos de vanguardia como
de la historia del arte que los intercepta y dota de otras significaciones,
precisamente al otorgarle una densidad teórica que es necesaria evaluar como
planteamiento de una historia del arte a contrapelo de las lecturas dominantes
sobre este problema, el que exige, necesariamente, repensarlos a partir de las
conceptualizaciones que las historias del arte requieren para superar sus
propias contradicciones teóricas e historiográficas.
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[1] Este artículo es
resultado del proyecto ANID-Fondecyt de Iniciación 11220378 “Vanguardias
artísticas latinoamericanas en la escritura sobre artes plásticas y visuales
desde América Latina: caracterizaciones, conceptualizaciones y genealogías
(1960-2015)”.
[2] Utilizamos la categoría
escrituras sobre arte como una denominación teórico-metodológica de las
intersecciones entre discursos de la crítica, la curaduría, historia y teoría
del arte desde la particularidad que revisten en el campo cultural
latinoamericano desde la década de 1950.