Revista de Humanidades n.º 54: 293-318
ISSN 0717-0491, versión impresa
ISSN 2452-445X, versión digital
DOI: https://doi.org/
10.53382/issn.2452-445X.1042
revistahumanidades.unab.cl
Imágenes beatíficas y conventuales en
la figuración de ruinas en dos obras de José Donoso[1]
Beatific and monastic
images in the figuration of ruins in two works of José Donoso
Andrés
Ferrada Aguilar
Universidad de
Playa Ancha
Av. Playa Ancha
850, Valparaíso, Chile
aferrada@upla.cl
ORCID: 0000-0001-8863-5462
Resumen
Este artículo
indaga imágenes beatíficas y conventuales por medio de las cuales José Donoso
visualiza la condición ruinosa de un espacio oligarca y los personajes que lo
conforman en El obsceno pájaro de la noche (1970) y Conjeturas
sobre la memoria de mi tribu (1996). Lacerados por una voluntad de poder, los sujetos logran
enmascararse y escindirse provisionalmente de dicho dominio. Prevalece, sin
embargo, la sujeción a un espacio desacralizado y la figuración de
subjetividades en ruinas.
Palabras clave: José Donoso, Obsceno pájaro de
la noche, Conjetura de sobre
la memoria de mi tribu, ruinas.
Abstract
This article examines beatific and monastic images which allow José
Donoso to visualize the ruinous condition of an oligarchic space and the
characters that dwell in it in El
obsceno pájaro de la noche (1970) and Conjeturas sobre la memoria de mi tribu (1996). Lacerated by a form of
power, the subjects mask and free themselves provisionally from such a domain.
Ultimately; however, what prevails is their ruined subjection to a desacralized
site.
Keywords: José Donoso, Obsceno pájaro de
la noche, Conjetura de sobre
la memoria de mi tribu, ruins.
Recibido: 11/12/2024 Aceptado: 09/05/2025
1. Introducción
Este artículo
explora imágenes religiosas y beatíficas a fin de establecer sus relaciones de
sentido con la figuración de las ruinas en la escritura de José Donoso
(1924-1996). Nuestro objeto de estudio se articula así a partir de la conexión
y complementariedad, no del todo aparentes, entre un espacio de trascendencia y
una condición ruinosa. El corpus donde visualizamos estos nexos comprende El
obsceno pájaro de la noche (1970)
y Conjeturas sobre la memoria de mi tribu (1996). Ambas obras narran fricciones y
complicidades entre estas esferas siguiendo una inflexión argumental preciada a
Donoso: la crisis en que amos y sirvientes se asimilan a una compulsiva
dinámica de poder.
La crítica
en torno a la obra de José Donoso refleja, en la actualidad, enfoques que
abordan su escritura a la luz de indagaciones biográficas, genéticas, estéticas
e interdisciplinarias, entre otras. Al respecto, Grínor Rojo propone una tesis
interesante al argumentar que, si “la capa primera y encubridora de El
obsceno pájaro de la noche es
el grotesco, donde lo que prima es la distorsión escamoteante […], pudiera ser
que la segunda y tercera capas sean la autobiográfica y la metaficcional”
(238). A partir del grotesco, Rojo problematiza lo que, en último término,
concita su atención: la productividad de un discurso metaficticio. Sin embargo,
los alcances sobre la categoría del grotesco sobre la base de las
contribuciones de Wolfgang Kayser resultan significativos. Este autor piensa
que dicha categoría surge de una unión anómala de “dominios reservados a lo
instrumental, lo vegetal, lo animal y lo humano” (cit. en Rojo 234). Rojo se
pregunta sobre la posibilidad de otros órdenes. Y, en efecto, nos parece pertinente
acentuar, si no necesariamente una inflexión grotesca, la reciprocidad
licenciosa entre lo transcendente y lo secular; lo religioso y lo político en
las obras del presente estudio.
Conjeturas sobre la memoria de mi
tribu, por su parte,
ofrece un “ensamblaje discursivo” en el que se entrecruzan, indeterminan y
novelan las biografías del autor y de su familia (Ferrada 312). Enfatizando la
movilización de un pacto autobiográfico en las Conjeturas, Martín Lombardo concluye que la “figura
del escritor viene determinada por los residuos de las historias familiares y
se dirige hacia la construcción literaria a partir de esos materiales” (176).
Si bien estas historias no equivalen a un acopio de ruinas, sus residuos
representan no solo el devenir equívoco y fragmentario de las familias Donoso y
Yáñez, sino también su apropiación en la imaginación especulativa del autor. En
este sentido, conjeturar implica desistir de una reconstrucción certera del
pasado, optando, en cambio, y para beneficio de la novelación, por su
ambigüedad. Así, el parentesco de las Conjeturas con El obsceno
pájaro es mucho más
estrecho de lo que podríamos suponer, al punto de considerarlas obras
hermanadas: mientras la primera evidencia una compulsión hacia la
ficcionalización; la segunda consolida novelísticamente dicho afán.
Desde esta revisión, intentaremos demostrar que en El obsceno pájaro de la noche y en Conjeturas sobre la memoria de mi tribu santos y monjas
actúan en dos espacios de significación, el de la identidad y el de la máscara,
habitando el intersticio que une la modelación cartesiana del sujeto con su
descentramiento. A partir de aquí, las imágenes religiosas trascendentes como
las grotescas frondas de poder –por cuanto entrelazan a oligarcas y sirvientes
en ámbitos espirituales y escriturales secularizados– devienen figuración
ruinosa en el espacio novelesco de Donoso. Para la oligarquía esta degradación
representa la caída de un orden conformado “esencialmente con materiales
coloniales, sobre un molde de modernidad burguesa” (Morales 96); para los
sirvientes, la ruina insta subjetivaciones contrarias al modelo hegemónico.
En sus
tesis filosóficas de la historia, Walter Benjamin dedica una particularmente
acuciante para la visualización del pasado, y como umbral para debatir las
imágenes religiosas en la escritura de Donoso. Describe una acuarela de Paul
Klee (1879-1940), titulada Angelus Novus, donde un ángel “parece como si estuviese
a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están
desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas” (183). En
seguida, la imagen se interpreta alegóricamente, indicando que “este deberá ser
el aspecto del ángel de la historia” (183). Benjamin se apropia así del
contenido religioso del Angelus Novus y lo convierte en materia para la
interpretación de la historia moderna europea. En efecto, en la tradición judía
el Ángel Nuevo, o naciente, es una de las infinitas perfecciones creadas por
Dios para alabar con su canto al Todopoderoso, destinado luego a desaparecer
(González 6). En la tesis, en cambio, el Ángel representa una historia que
intenta, si no restaurar, al menos comprender la “catástrofe que amontona
incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies” (183). Es una
historia que resiste el avance de la modernidad como sino ineludible. Si para
el Judaísmo el Ángel Nuevo acepta extasiado su papel de siervo, y la
omnipotencia de su Hacedor, el ángel benjaminiano advierte su propia
historicidad, intentando “arrancar la tradición al conformismo que está a punto
de subyugarla”[2]
(180).
Donoso, por
su parte, posiciona la santidad y sus ritos en una cotidianeidad mundana y
prosaica. Esta secularización del espacio beatífico y, por extensión, del
ámbito de lo absoluto, se ha traducido “en una serie de intentos […] para
llenar el vacío fundamental dejado por la erosión de la teología” y el
“decaimiento de una doctrina cristiana totalizante”[3]
(Steiner 2). Desde luego, y sin proponer una recuperación teológica, la
narrativa donosiana sí aspira a vitalizar imágenes e imaginarios provenientes
de esta esfera. Dicha dinamización insta una crítica de ciertos nodos asociados
a la modernidad. La latinoamericana, por cierto, se manifiesta heterogénea
respecto de los espacios berlineses y parisinos en la crítica de Benjamin, y
adopta un matiz particular en la obra de Donoso. Es una modernidad donde los
signos urbanos y rurales solidarizan entre sí, escenificando la complicidad
entre patrones y sirvientes. Sobre este punto, Leonidas Morales simboliza la
muerte de la anciana en Coronación (1957) sopesando “la ausencia del sujeto
como identidad soberana, delimitada y centrada, o también, el espacio
desalojado por los mitos que se derrumban y esfuman” (96). Es un vacío que
afecta, por igual, a oligarcas y subalternos.
A
diferencia de la interpretación del Angelus Novus, la profanación de las imágenes beatíficas
en la escritura de Donoso propicia una lectura particularizada de las ruinas
del progreso histórico, que comienzan a fisurar cuerpos y subjetividades
identificables, y en espacios que destacan por su consistencia y cotidianeidad.
Tanto en El obsceno pájaro como en las Conjeturas santos y monjas dejan de representar la
historia a una escala occidental, y relucen, más bien, como ruinas mochas y
escolladas de ese progreso transculturizado en la sociedad chilena. O, más
bien, en un espacio literario en el que dicho cuerpo social se redefine
simbólicamente. Si Benjamin articula un ángel eurocéntrico, el trabajo de
Donoso advierte en la imagen religiosa claves para comprender el artificio de
los mitos y de su propia historia familiar.
Benjamin y
Donoso perciben en lo religioso pistas para sus lecturas filosóficas y
literarias de las condiciones ruinosas. A partir de este ámbito, ¿qué tienen en
común ángeles, santos y monjas? ¿Qué rasgo los convoca, pese a sus diferencias,
en el imaginario cristiano-católico? El ángel simboliza “lo invisible, las
fuerzas que ascienden y descienden entre el origen y la manifestación” (Cirlot
76). Desde este prisma deriva una semejanza notable: todos ellos comparten una
vocación sobrehumana. El crítico y el novelista, sin embargo, iluminan el
espacio terrenal que ocupan estas figuras. Benjamin alegoriza al ángel de la
historia, pero también lo humaniza, al punto de ver en su rostro el estupor
ante una inaudita acumulación de ruinas. Donoso, en tanto, acentúa el lugar que
ocupan las monjas, reales o impostoras, en la fronda oligárquica,
convirtiéndolas en el revés religioso de una servidumbre encarnada en huachas,
empleadas y ancianas.
En este
espacio ultraterreno emerge la condición ruinosa que remite al desmoronamiento
del poder y su regeneración. Las ruinas detentan índices de caducidad, pero
también un dinamismo histórico que la narrativa donosiana expresa en poéticas
de alteración y enmascaramiento. Otra dinámica, esta vez antagónica, es la que
Georg Simmel percibe entre el espíritu humano, constructivo y ascendente, y las
fuerzas de la naturaleza, destructivas y descendentes (380). Estas últimas
conceden a la ruina atributos estéticos y trágicos. El sujeto en ruinas, en
cambio, sobrelleva una penosa precariedad. En efecto, y como veremos más
adelante, Donoso corporiza la ruina tanto en los edificios conventuales como en
sus propietarios y empleados. Su obra redirecciona así el sentido primordial de
una ruina materializada hacia una decadencia personificada.
A pesar de
su aparente colapso, los objetos y sujetos arruinados continúan
resignificándose. Al respecto, resulta significativa la distinción de Ann
Stoler entre las ruinas como “sitios que condensan significados alternativos de
la historia”, y la “ruination”, actos que degradan cuerpos, espacios y
territorios en “un proceso corrosivo y sistemático que se proyecta al futuro”
(9). Desde un sitio donde la historia, la antropología y los estudios
audiovisuales coordinan una crítica poscolonial de las ruinas, el enfoque de
Stoler permite leerlas, ahora en la narrativa de José Donoso, no solo como
estratificaciones pretéritas, sino, y sobre todo, como enclaves metafóricos[4].
Es decir, en tanto construcciones que tensionan y trasladan el sentido de su
propio derrumbe a otras zonas de conflicto, como el descentramiento de la
subjetividad o la soterrada alianza de lo divino y lo temporal.
“En el
cuerpo de una ruina el pasado habita en sus residuos, pero ya no está
disponible, haciendo de la ruina un umbral especialmente poderoso para la
nostalgia” (7), afirma Andreas Huyssen. La nostalgia por un pasado inasible es,
quizás, la fuerza que anima los entumecidos huesos de las viejas en El
obsceno pájaro de la noche.
Es, sin embargo, un recurso insidioso. Añoran una sujeción que las redujo a
despojo y miseria. Los nexos entre ruina y nostalgia han sido ampliamente
documentados como parte de una crítica de la modernidad. Interesa, por lo
tanto, acentuar otra historia. Una en la que, como señala Huyssen, sea posible
advertir el carácter fundamentalmente ambiguo de las ruinas (12). En el marco
de este estudio, ese semblante está dado por dos circunstancias
interrelacionadas: la ruina se torna legible a partir de la convergencia de un
orden religioso y otro secular, expresando, desde ese encuentro, su capacidad
regenerativa.
2. El patio de Mudito
En Conjeturas
sobre la memoria de mi tribu, Donoso
muestra una predilección por historias de monjas y beatas. Obsesión que inspiró
el plan de una novela cuyo personaje central sería, precisamente, una monja. El
proyecto no se realiza, pero la imagen beatífica persiste y se materializa en
momentos clave de su narrativa, como en El obsceno
pájaro de la noche. Es
sobre estos episodios, interpretados como índices de una condición ruinosa, que
abordamos la siguiente discusión. Y sobre un espacio fundamental, la Casa de
Ejercicios Espirituales de la Encarnación de la Chimba.
En la casa
vive un grupo de monjas, huérfanas y ancianas que han servido a la familia
Azcoitía, y lo que allí ocurre da la impresión de suceder por última vez. La
casa se describe, además, como un edificio moribundo que legitima el pacto
entre una élite clerical y una oligarquía económica. La novela abre con la
muerte de Brígida, una de las empleadas, con lo que también se establecen nexos
entre los patrones y su servidumbre. Aquellos donan parte de su poder,
fingiendo una filantropía que acrecienta su dominio. Misiá Raquel, por ejemplo,
señala que
para cumplir con mi
promesa le cedí mi nicho en el mausoleo para que ella se vaya pudriendo en mi
lugar, calentándome el nicho con sus despojos para que los míos, cuando
desalojen los suyos, no se entumezcan, no sientan miedo. (El
obseceno 14)
Los
subalternos permiten así la productividad del poder, incluso en condiciones post
mortem. Sobre sus
despojos los oligarcas aseguran una pervivencia igualmente precaria. Cuando
Inés y Jerónimo de Azcoitía se casan, “fueron don Clemente y la Peta Ponce,
pugnando por prevalecer, los que los animaron, como titiriteros a sus monigotes
de cartonpiedra” (156). Patrones y sirvientes existen fruto del desgaste y la
ruina de otros. “Usted y yo”, afirma Mudito, “hemos venido a descuartizar a
esta Brígida viva, Madre Benita, repartirla, quemarla, aventarla, eliminar a la
Brígida que quiso perdurar en el orden de sus objetos” (24). Al igual que
Mariconilla en las Conjeturas, las viejas ofrecen el invaluable servicio
de ocultar la abyección de sus patrones.
El
patriciado criollo de los Azcoitía descansa sobre la “Capellanía fundada por el
padre de la religiosa cuya beatificación Inés intentó promover en Roma” (42).
Desde este territorio vinculado al coloniaje se intercambian y confunden, por
más de siglo y medio, lo místico y “la rudeza de lo político, de lo material”
(43). Ahora bien, el encierro de la niña beata en la Casa de la Encarnación es
simétrico al de Boy en La Rinconada, hijo monstruoso de Jerónimo. Beatas y
monstruos comparten, arquetípicamente, una naturaleza que los comunica con lo
sobrehumano. Lo mismo sucede con Marta en Conjeturas, tía abuela de Donoso que, asumiendo la
transgresión de su hermana, se enclaustra en el convento de las Capuchinas.
Beatificados y deformados, mediadores entre la carne y el espíritu, estos
sujetos prodigiosos constituyen el rostro de una alianza que permite la
consecución secular del poder. Cada nuevo testamento que traspasa la propiedad
de la casa a un nuevo Azcoitía desliza siempre la misma ideología,
que esta capellanía
sepultada en archivos, preocupación de tías beatas y primas pobretonas, vincula
y emparienta desde hace mucho tiempo a los Azcoitía con Dios, y que ellos le
ceden la
Casa, a cambio de que Él les conserves sus privilegios. (42)
Dijimos que
una oligarquía se regenera a partir de la imbricación que establece entre lo
secular y lo trascendente. Por otro lado, El obsceno
pájaro de la noche,
y otras novelas del
autor, encuentran en la esfera religiosa un soporte que advierte no solo una
condición ruinosa, sino la insistencia en una poética de transformación. Lo
religioso insta conflictos seculares y políticos, táctica por la cual se redice
el diseño cartesiano de la subjetividad. Sin ir más lejos, Mudito deviene
“séptima bruja” (41) en el espacio conventual de la Casa de la Encarnación.
Debido a que conoce muy bien su laberíntica arquitectura, apropiada para la
secreta crianza del “niño milagroso que va a nacer del vientre de la Iris”
(41), las viejas lo integran a su círculo mágico. “Voy disminuyendo poco a
poco. Puedo guardar mi sexo. Como he guardado mi voz. […] No existo, no tengo
voz, no tengo sexo, soy la séptima vieja” (107). Pero como confirmamos hacia el
final de la novela, esta integración no es más que un diestro, y siniestro,
amarre que destituye a Mudito y a Iris de sus existencias.
Reducido a
despojo, como los desperdicios que las viejas acumulan, Mudito detenta, no
obstante, el “reverso del poder” (57), una ruina que no deja de desmoronarse,
recordando “esa otra mitad de sus patrones, la mitad inútil, descartada, lo
sucio y lo feo” (55). Su potestad, al igual que el de las viejas, es el de
reflejar las ruinas sobre las cuales se construye el patrimonio de los
Azcoitía, desmintiendo el carácter prescindible de los sirvientes. La noción
misma de servidumbre articula la eficacia de una oligarquía. De este modo, y al
relacionar las ruinas del progreso y el ángel de la historia con otras tesis de
Benjamin, Mudito testimonia que todo documento de la cultura es, al mismo
tiempo, expresión de una barbarie (Benjamin 101). O, en su propia tesis, son
los servidores quienes finalmente “acumulan los privilegios de la miseria”
(55).
Lo mismo
sugiere la Casa de Ejercicios Espirituales de la Encarnación. Este espacio
insta ardides de enmascaramiento y desfiguración y, bajo este prisma, conviene
revisar su nombre. En la tradición judeo-cristiana, la Encarnación remite a la
realización del pacto entre Jehová y los hombres; la promesa de la salvación
encarnada en Jesús. “Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros” (Biblia
1207), según el evangelio de San Juan, 1:14. Sin embargo, las subjetividades de
la casa, obligadas o por voluntad propia, redicen el espectro de la
Encarnación. “El poder de las viejas es inmenso” (55), concede Mudito. La
fusión de la divinidad y la humanidad se suspende por efecto de la brujería y
la superstición. Los signos piadosos se invierten, y el misterio dogmático de
una Encarnación absoluta y unívoca se triza en múltiples formas.
Así, no
solo Mudito se fragmenta. “Iris también se ha transfigurado, suplantando una
encarnación con otra sin recordar nada de la anterior, como si su memoria
estuviera fabricada de una materia tan resbaladiza que las cosas no logran
adherirse a ella” (108). Y en medio de estas “vertiginosas mutaciones de
identidad se erige el dilema existencial del narrador mismo: Humberto Peñaloza,
en cuya mente escindida coexisten diferencia e identidad” (Juan-Navarro 76).
Recordando que el 25 de marzo es la fiesta de la Encarnación, una de las viejas
lamenta, “Qué pena que aquí en la Casa no la celebremos” (59). En este sentido,
la casa encarna las ruinas del olvido, aquello que se desvirtúa y que, al mismo
tiempo, conserva apenas el ritmo vital para la pervivencia de los Azcoitía. Por
otro lado, y siguiendo las imágenes del epígrafe de la novela, la casa y sus
moradores reflejan el portento nocturno que no finge, la pulsión animal que se
sobrepone a los mandatos divinos y oligarcas en la espesura de un “bosque
indómito donde el lobo aúlla y el obsceno pájaro de la noche parlotea” (9).
Los
ejercicios de sometimiento desacralizan el cometido de la casa, la elevación
del espíritu para alcanzar la visión beatífica que concede el conocimiento
directo de Dios. En un ritual de humillación, Mudito se convierte, al igual que
Mariconilla, en discípulo de un orden temporal. “El vómito de la Iris que
fregué en las baldosas de la cocina me ungió. Y lo guardo envuelto en un
estropajo, con mis libros y manuscritos, debajo de mi cama, donde guardan sus
cosas todas las viejas” (57). Sobre este punto, las alusiones escatológicas,
desde las descargas seminales a los fluidos menstruales, complementan la
obscenidad animalesca de la casa. Una vez fuera del cuerpo, y desactivados de
su función biológica, estos desechos se suman a los inventarios de las viejas
que, junto a “los ojos y las manos y las piernas [del] niño que la Iris lleva
en su vientre”, se atesoran en “un gran fondo común de poder que algún día,
quién sabe cuándo, quién sabe para qué, utilizarán” (56).
La casa
invierte, de este modo, el logos salvífico, encarnándolo en infinitesimales ejercicios
de poder entre los Azcoitía, la Madre Benita, las viejas y Mudito. Menos
evidente resulta el lugar de Iris y Boy en esta trama. Deshilachados y
marginados de la pugna central, deseables solo como instrumentos de
apropiación, ellos parecen fugarse de la retórica convencional del poder,
creando desde la ignorancia y la monstruosidad, respectivamente, un idioma
distinto. El cuerpo analfabeto pero fecundo de Iris, opuesto a la infertilidad
de Inés; y el deforme pero letrado de Boy, encarnan la negación de la verdad
absoluta del ser, constituyendo parte de una escisión. Sin embargo, este
“desgarro metafísico hecho al ser”, de acuerdo con Emmanuel Lévinas, “no puede
situarse en algún orden eterno substraído al tiempo” (52). Dicho de otro modo,
su separación no ocurre abstraídamente de sus circunstancias, sino que a merced
de un patronazgo biopolítico. Por otro lado, y si bien sujetos a la
esencialización del poder, Iris y Boy emergen complejos y poliformes, pues
también habitan el limbo obsceno de lo irracional. Como en Mariconilla de las Conjeturas,
que trepa los tejados
del Convento de las Capuchinas, prevalece en ellos algo animalesco y feral que
contradice el cálculo frío del poder.
Respecto
del nexo que Donoso establece entre un orden superior y su contraparte mundana
en El obsceno pájaro y en Conjeturas, las reflexiones de Giorgio Agamben sobre
los orígenes mistéricos de la novela resultan pertinentes. El autor señala que
“podemos ver en las novelas cómo una vida individual se une a un elemento
divino o, al menos, sobrehumano” (12), concluyendo que ellas representan, “al
mismo tiempo, pérdida y conmemoración del misterio” (13). De este modo, el
género actuaría como una forma capaz de reanimar la relación del ser humano con
“el recuerdo del fuego” (13). Un fuego que abraza la imagen del imbunche, el
chonchón y la ancestral perra amarilla que configuran el sustrato mítico de El
obsceno pájaro. Conforman,
también, subtextos que se entrelazan con las existencias históricas de Humberto
Peñaloza, Mudito y los Azcoitía. Las ruinas del tiempo y el sujeto, tal y como
se retratan en el espacio de la novela, no encuentran redención en la
divinidad, sino un antecedente que asegura su reproducción. De hecho, y debido
a que la esfera divina se invierte a favor de la efectividad del poder, la
ruina continúa su deterioro, pero también su eventual regeneración. Quizás el
sitio imaginativo más decidor de este proceso es el patio donde vive Mudito y
su conversión en Imbunche.
Cuando
Mudito conduce a las viejas a su patio, y oye sus exclamaciones, se da “cuenta
de que con solo eso, con abrirles la puerta al cementerio de santos rotos, las
había conquistado” (El obsceno 58). Quien antes ocupara un lugar
marginal en la fragua del poder, un simple testigo del aquelarre, se consagra
ahora como a un auténtico demiurgo. “Avanzaron gritando de alborozo entre San
Franciscos decapitados, San Gabrieles Arcángeles sin el dedo alzado, San
Antonios de Padua cojos y mancos, Vírgenes del Carmen, del Perpetuo Socorro, de
Lourdes, con las vestiduras desteñidas” (58). La santidad resquebrajada es una
metáfora espléndida, pues, si el patio de figurillas semeja un cementerio, ¿no
estamos acaso ante un osario en el que incluso las identidades de los santos se
confunden y metamorfosean? “Oye Amalia”, grita una vieja, “encuéntrame el otro
pedazo de la Inmaculada, va a ser difícil, aunque aquí hay una cabeza con
estrellas y quizás tenga algo que ver, no sé…” (59). Nuevamente, lo decisivo no
es recomponer las piezas, sino participar en su incesante (des)composición.
Oscurecer y relativizar aquello que, en la iconografía estatuaria religiosa,
remite al carácter invariable del ser iluminado una vez alcanzada la santidad.
Este
enmascaramiento, como indicamos, compromete incluso el misterio de la
Encarnación del Niño Jesús a través de las sucesivas reencarnaciones de Iris:
ella es Gina, la Pantera de Broadway, la novia del Gigante, la mamá de la vieja
Damiana y del niño milagroso que está por nacer. Mudito es quien, de hecho, se
disfraza con la cabeza de cartón piedra del Gigante en un acto que, al igual
que su ungimiento con el vómito de Iris, contradice el absoluto divino. “Me la
pones por encima, ritualmente, como el obispo mitrado coronando al rey,
anulando con la nueva investidura toda existencia previa, todas, el Mudito, el
secretario de don Jerónimo, el perro de la Iris, Humberto Peñaloza el sensible
prosista” (76).
A través de
este ardid, Mudito deviene Legión, la multitud que habita un solo cuerpo,
embarazando a Iris, haciéndole creer que es su novio Romualdo, quien
personifica al Gigante en el almacén donde trabaja. “Yo soy el padre del hijo
de la Iris. No hay milagro. Tengo algo que don Jerónimo, con todo su poder,
jamás ha logrado tener: esa capacidad simple, animal, de engendrar un hijo”
(79). En el plano de la intriga, el nacimiento de un niño concebido sin mácula,
milagro al que las viejas se aferran con esmero de brujas y beatas, se
desmorona por obra de una potencia sexual. La encarnación de Mudito en Gigante
descubre la farsa que las viejas han creado, ilusión que alimentan a fin de que
el niño “haga su voluntad y un día decida que ya está bueno de tanta muerte y
nos lleve a todas a la Gloria” (55).
La
ascendencia de Mudito sobre las viejas, su ungimiento y coronación, derivan
hacia el final de la novela en la más abyecta de las ruinas: su imbunchamiento.
Por lo mismo no extraña que esta deformación se realice en la capilla de la
casa, donde viejas y huérfanas se han trasladado como “refugiadas de un
territorio devastado por una catástrofe […] cada una con una bolsa que contiene
sus pertenencias más queridas que piensan llevarse al cielo” (435). Imbunchado,
Mudito ya no es capaz de ensayar sus múltiples máscaras por los pasadizos de la
casa y la novela: “sordo, ciego, mudo, paquetito sin sexo, todo cocido y atado
con tiras y cordeles, sacos y más sacos, respiro apenas a través de la trampa
de las capas sucesivas del yute” (441). Similar al ángel de la historia que
observa impotente el colapso, Mudito es testigo de cómo las viejas hacen
“desaparecer todos los rasgos de esta capilla donde se me rinde culto con la
primitiva liturgia de cuidarme y limpiarme y alimentarme y vestirme con la ropa
de Boy” (435). Si bien de un modo menos paralizante, en Conjeturas
Donoso sugiere para
Mariconilla una
forma análoga de animalización y silenciamiento, y también en una atmósfera
conventual que ratifica la pervivencia secular del poder.
3. El claustro de Mariconilla
A diferencia
del Obsceno pájaro, las Conjeturas presentan un estatuto genérico disperso,
constituido por biografías, crónicas y ficciones, dirigiendo la mirada del
lector no en uno u otro sentido, sino a su reciprocidad. José Donoso indica que
una de las razones que lo insta a escribir sobre una génesis familiar en Conjeturas, y sobre sus propios orígenes, es
precisar, o al menos vislumbrar, un lugar de pertenencia. El autor habla desde
un espacio literario que, creemos, es afín con un sentido de habitación
ontológica. “Desde el inicio”, señala, “me di cuenta de que todo consistía en
la herencia de una fisura, una pifia que destruía la perfección superficial de
toda visión, una fragilidad de la cual nacía el impulso a ser otra cosa, que en
mi caso era –como en tantos de la familia de mi madre– la ambición de
reencarnarme en escritor” (Conjeturas 17). Esta pifia ancestral lo ata a un
dolor, a “una conciencia de fisura social, un desorientador menoscabo de quién era
yo y quiénes mis padres”[5]
(17). El escritor, no obstante, redice creativamente esta dislocación,
sustituyendo la herencia de una mitología familiar, en apariencia coherente,
por una visión literaria. El “dolor causado por la ambigüedad social es uno de
los temas que en los novelistas han dado mayores frutos, una de las ‘fallas
geológicas’ con pedigree literario más sólido” (17), concluye.
A través de
este dolor observamos la subjetivación de Donoso en el arte de la palabra.
Menciona a “genios” de la novela moderna, como Henry James y Virginia Woolf,
capaces de articular obras sobre “esta pasión que hoy nos parece tonta,
anacrónica” (18). Sin embargo, Donoso reivindica este interés por la fisura
social a través de una variación relevante. Crea no solo personajes socialmente
fragmentados, sino identitariamente destituidos. Mudito y el Mocho en la novela
homónima comparten ambas formas de indeterminación. El problema social sería,
siguiendo esta lectura, síntoma de la siempre acuciante crisis del sujeto.
Ahora bien, en las Conjeturas la conciencia de una fisura motiva la
búsqueda de una genealogía, o habitación, con especulaciones sobre las familias
Donoso y Yáñez. Cada capítulo puede interpretarse como un ensayo que intenta
restaurar dicha fisura, en particular el penúltimo, “Los cueros negros”.
Centrado en
una tía abuela del autor, el episodio narra cómo Marta Donoso Henríquez se
convierte en Sor Bernarda. Intentando redimir el nombre de su familia,
vulnerado por la “inmundicia” y “degeneración” (209) de su hermana Eugenia,
Marta decide enclaustrarse en el convento de las Capuchinas de Santiago. Donoso
recopila datos familiares con el fin de suturar una fisura social, como nos
hace creer a través del tono autobiográfico de las Conjeturas.
Contrariamente, y sin
descartar este objetivo, se antepone el interés de innovar y novelar los
referentes. Insistiendo en un espacio literario que transforma los
antecedentes, Donoso problematiza la trama conjetural de la tía Marta con una
“vuelta de tuerca” al estilo de Henri James[6],
pero tensionada con su propia poética de enmascaramiento. Cuando Marta muere en
el convento, intentan sacarle el velo con el que se ocultó del mundo. “Sus
otras hermanas, desesperadas, lo jironearon, dejándolo hecho un harapo encima
de su cara, pero la muerta no lo soltaba” (260). Finalmente, se descubre un
rostro que, como diría Donoso, advierte otra máscara: la usurpación.
La
verdadera, aunque ilegítima, portadora del velo fue Mariconilla, empleada de
los Donoso Henríquez. Arrepentida de su decisión, y en vísperas de ser
encerrada en el convento, Marta se suicida. La madre dispone del cuerpo
diligentemente en un baldío extramuros de la ciudad, entre “montones de basura
en descomposición” (253) que sugieren la ruina de las clases desposeídas y de
su propia hija, convertida ahora en “un cuerpo yerto”, reducido a un
“envoltorio que se iba desarmando […] y desarticulando […] dando tumbos sobre
las piedras y sobre los despojos de objetos” (252-53). No solo eso, convence a
Mariconilla que tome el lugar de su hija. Al aceptar, se convierte en paradigma
de la fisura social; abandona el “patio de lo huachos” (192) y se arrima al
cuidado de terratenientes. Cae en un limbo tan ruinoso como el de la casa
patronal, transformándose inadvertidamente en un “instrumento de la clase
dominante” (Benjamin 178).
Aun cuando
reconocemos diferencias notables, creemos pertinente una lectura entre las
aproximaciones al pasado por parte de Walter Benjamin y José Donoso. Mientras
los acentos caen en una historia crítica de la modernidad y en una historia
familiar, ambos son conscientes de la imposibilidad de conocer el pasado “tal y
como verdaderamente ha sido” (Benjamin 178)[7].
Ello impulsa al filósofo a constelar y al escritor a ficcionalizar; ambos
asistidos por imágenes. De acuerdo a Sigrid Weigel, las imágenes movilizan “el
pensamiento de Benjamin, es decir, sus reflexiones teóricas”. Y al mismo
tiempo, la representación de estas imágenes “se traduce en figuras de
pensamiento” (100). Si bien el acceso al pasado se activa con recursos que
indagan la modernidad y el espacio narrativo, Benjamin y Donoso movilizan
imágenes de absolutos sobrehumanos para descifrar el vigor de las ruinas. Las
correspondencias entre capitalismo y religión, o la imagen dialectal del Angelus
Novus en las tesis
benjaminianas constatan este objetivo. En tanto, en la obra donosiana las
creaturas celestiales –sacras o profanas– y los mortales que anhelan su
proximidad comparten una vocación ruinosa.
La
atmósfera conventual del capítulo 7 es oportuna para dramatizar la ruina social
de Mariconilla. Al inicio, el autor indica que muchas “historias familiares se
ahogan en el pozo de la desmemoria tribal, reducidas a vestigios que carecen de
vocación para más” (Conjeturas 173). Intenta, por lo tanto, insuflar un
cariz imaginativo a los
rumores escuchados
junto a los braseros de mi niñez, en desmanteladas habitaciones donde los
espectros de gatos de otrora persiguen a los guarenes en el entretecho,
descascarando el yeso de las molduras y haciendo trepidar los cristales de los
feos retratos. (173)
Matizada
por los recuerdos, esta imagen es semejante a la del viejo convento en la calle
Rosas, “una construcción laberíntica y cancerosa, de corredores de adobe y
cuartos con poca luz, perteneciente a un Santiago muy primitivo, preminero,
preindustrial” (178). Sobresale una decrepitud que alienta una reflexión sobre
la falla, que no es otra que la que se imprime en el cuerpo de Mariconilla.
Ni siquiera
es necesario obligarla a que suplante a Marta, por cuanto se conmina a quien es
consciente de poseer derechos y hacerlos valer. Al interior del convento de las
Capuchinas, Mariconilla goza de cierta libertad, e incluso influencia respecto
de otras mochas. La paradoja es que, así como desconoce su derecho a disentir,
tampoco sabe que se ha convertido en otra mocha, en el convento y respecto de
sus patrones. Destinada a tareas menores, ella es sirviente en ambos espacios,
sin pertenencia jerárquica a ninguno de ellos. Importa, en este sentido, el
destello de una deformación. La etimología vincula a ‘mocho’ con ‘mutilado’ y
‘muchacho’ (Diez 309), términos que remiten a una subjetividad joven y trunca.
Así, Mariconilla comparte con Mudito, Humberto Peñaloza
y el Mocho una fisura
social, en tanto sujetos desclasados, además de una dislocación ontológica.
La fluidez
de la ambigüedad social, concede Donoso, escasea en la cultura marmórea
chilena, que favorece identidades inalterables. A su regreso al país en 1981,
extraña “la variedad de máscaras que uno podía conjugar [en el extranjero]”
(Donoso, Correr
253). Si bien provenientes de una sociedad monolítica, sus personajes se
enmascaran en un espacio literario que alienta “esa ‘fantasía’ de la que los
chilenos tanto desconfiamos” (Donoso, Artículos 210-11). Antes mencionamos la intención
de develar el destello de una deformación, aludiendo al pensamiento de Lévinas.
Piensa el crítico en un desvío u “otro modo que ser”, el cual, saliendo a la
luz, delata “el relampagueo de un destino que reina en la esencia y cuyos
fragmentos y modalidades, a pesar de su diversidad, pertenecen unos a otros”
(51). Como la subjetividad que abandona una esencia, el relámpago conmociona
súbitamente la noche soberana, apartándose de su hegemonía.
Para
Mariconilla, una vía de separación es habitar el plano de la impostura,
cubriendo su cara de por vida con un velo negro. Su padre explica esta
excentricidad aludiendo a que el convento le ofrecía a su hija todo lo que él,
un simple cochero, no pudo prodigarle (262). Usurpar a Marta, entonces,
pareciera compensar la ruina de sentirse mutilada y mocha en la casa patronal.
A partir de este desgarro sobrevienen sucesivos enmascaramientos. Transitar más
allá de la esencia, expresada en una voluntad de poder que se naturaliza a sí
misma y a su servidumbre, significa, también, revertir el sino de la ruina
social y ontológica. Mariconilla personifica a Marta, adoptando un nombre del
santoral católico, Sor Bernarda. Sirvienta, señorita, monja y santa se confunden
en una región de identidades espejeadas y veladas. Así como los lectores
advierten el súbito protagonismo de este personaje, Donoso percibe su
plasticidad y carga metafórica al interior de las Conjeturas.
Mariconilla
representa la forma en que Donoso conjetura y encubre una escritura que
transita por la autobiografía, la crónica familiar y la novelación. A un tiempo
personaje y metáfora, ella tensiona la convergencia entre referencialidad y
ficción. De este modo, lo que socialmente aparece como una condición ruinosa de
la identidad, en el espacio escritural de Donoso adquiere un valor inédito.
Como indica el autor, la falla geológica posee un pedigree que se superpone, incluso, a la fisura
de los mochos. Punto de fuga hacia la otredad y recurso literario, la ruina de
esta falla se produce, curiosamente, en el momento de su recomposición.
Antítesis de esta falla en las Conjeturas serían, justamente, las coyunturas que
atan los cabos sueltos del personaje y de la escritura.
Coherente
con su apego por las fallas, Donoso conjetura sobre su enigmática tía abuela,
alentando una narración incierta. Se pregunta si llegó a ser superiora de las
Capuchinas. Su posición habría sido ambivalente, debido a que todas las monjas,
“según su turno y obediencia” (218), han sido superioras. Pero debido a su
orgullo, ella habría sido rebajada al “puesto más mísero, más vil, en la cocina
o en sórdidas tareas de aseo” (219). Interesan también a Donoso “los castigos
autoinfligidos en ciertas comunidades religiosas” (220) para mancillar el
orgullo. Ofrecen, como Mariconilla, ideas para transformar el tono
autobiográfico de las Conjeturas.
En el
capítulo 7, y a modo de paréntesis, Donoso inserta un apartado que pareciera
desviarse de la trama. Fruto de su trabajo para la revista Ercilla, es un relato estremecedor sobre los
efectos del terremoto de Concepción en 1960. Este informe, sin embargo,
“resultó más literario y personal que periodístico y objetivo” (221). La
narración releva un estilo. Por otro lado, encarece el recuerdo de una falla
telúrica, en sincronía con la fisura social. Ambas condiciones ruinosas
potencian no solo una memoria, sino la posibilidad de novelarla. Entre las
imágenes de la catástrofe, Donoso recuerda “el horror humeante de las ruinas
del convento de clausura de las Sacramentinas de Concepción, un atisbo del
mundo al otro lado del torno, sobreviviendo apenas entre el pánico de los
escombros todavía fétidos e inestables, los terrones que se escurrían, el fango
y el humo” (222). Y entre estas ruinas vio “trabajar con la pala, la picota y
el chuzo a algunas endebles monjitas rescatando fragmentos de santos de yeso”
(223). La simetría entre estas imágenes de ruinas y el patio de Mudito, repleto
de figuras mancas y descabezadas, es parte de un entorno visual que se repite
en la escritura de Donoso.
El convento
de las Capuchinas en Santiago en el siglo XIX, y el de las Sacramentinas en
Concepción en el XX, se hermanan por medio de la falla o el desgarramiento de un orden,
signo ubicuo en la obra donosiana. Observamos, además, una resignificación del
espacio conventual: deja de ser escenario de la pugna entre el bien y el mal,
la salvación y la perdición, y se convierte en un sitio de flagelación
biopolítica. Siguiendo esta secularización, la comunidad religiosa asila en sus
confines, más allá del torno, a sirvientas e hijas destituidas. Sus
identidades, como sucede en el patio de los huachos de la casa patronal, se
confunden en los claustros, asistidas apenas por el envío anual de cueros de
oveja negra para sus penitencias (Conjeturas 219). Donaciones en dinero como las de
los Azcoitía a la Casa de Ejercicios Espirituales también son parte de esta
ventajosa complicidad. A cambio, las Capuchinas ofrecen, a través de Marta,
expiar una falta y el nombre de la familia. Y a Donoso, la posibilidad de
enmascarar a los personajes de sus conjeturas.
El edificio
de las Sacramentinas, sin embargo, se remece por una falla geológica que
arruina el espacio donde una oligarquía “aficionada a los santos, a los
sacerdotes y monjas” (Conjeturas 187) inscribe parte de su dominio. A esta
ruina se suma el “despojamiento de las Sacramentinas [que] no es la pobreza
estética de algunos espléndidos claustros europeos, sino una clausura
pavorosamente miserable, sombría y primitiva, donde parecen resonar los ecos de
gritos de dolor y sin otra luz que la del alma” (222). Efectivamente, la
crónica del terremoto resulta, a pesar de su apego documental, literaria y
personal. Describe la catástrofe con matices donde convergen la carencia
material y la fe. “Las celdas, ahogadas de escombros, de vigas quebradas, de
tejas rotas, de olor a cuerpos y a ropa desaseados, quedaron inhabitables”
(222). La pobreza real del convento se enuncia con una riqueza expresiva que
evoca desamparo y fragilidad.
Finalmente,
a medida que avanza la crónica entendemos mejor su relación con la conjetura
central del capítulo 7. Donoso visita en el hospital a la única monja herida,
que había “pasado varios terremotos en el viejo claustro de Concepción, pero
solo ahora, al cabo de setenta años, salía de donde había entrado en el siglo
anterior” (223). Su situación es similar a la de la tía abuela del autor. “¿Por
qué la tía Marta”, se pregunta Donoso, “provinciana, doméstica, campestre,
aspiró a esta exaltación, al diálogo de la mayor altura, eligiendo recluirse
para siempre detrás de un tupido velo negro?” (223). De este modo apreciamos
las relaciones de solidaridad entre un texto y otro. Desde la referencialidad,
la crónica nutre las especulaciones del capítulo sobre la tía Marta,
suministrando, al mismo tiempo, un contrapunto a la dimensión ficticia de las Conjeturas.
La lucidez de ese
espacio se complejiza, a su vez, con el acento a lo trascendental y su
ofuscamiento en la manifestación secular del poder.
4. Conclusiones
Esta indagación
permitió establecer cómo el espacio literario de José Donoso seculariza lo
trascendente en espacios ruinosos. Un eje que mantiene unidas ambas esferas es
la prevalencia de voluntades cuyas fricciones develan complicidad y la
subjetivación de sus protagonistas. Mudito y Mariconilla se encarnan en la piel
de un poder insidioso que, con gestos y discursos magnánimos, abre para ellos
una fisura a la desesencialización. En consecuencia, la ruina de los personajes
no radica en la ubicuidad del poder, sino en su sujeción a un deseo de
emancipación que subyace en el centro mismo de la oligarquía. Desde luego, las
ruinas proporcionan a Donoso una imaginería que alienta complejos entramados visuales, incluso
escenográficos y acústicos, especialmente en El obsceno
pájaro de la noche. No
obstante, y sin desmedro de lo anterior, el autor se desvía de la materialidad de la ruina,
condensando parte del andamiaje de sus narraciones en torno a un magma
escritural tanto o más
complejo: nos referimos a lo ruinoso, en tanto condición del sujeto y categoría
estética.
Desde aquí
apreciamos la repercusión de las ruinas en las subjetividades, mellando cuerpos
y deseos, por un lado; y escindiendo al sujeto del tutelaje patronal sin que
alcance una transformación ontológica, por otro. Con ello, la apuesta narrativa de Donoso
es afín con las filosofías que plantean la oscilación del sujeto entre esencias
constitutivas de sentido y las fisuras que habilitan el descentramiento de la
subjetividad. Pero Donoso no es filósofo. Su labor, lo ha dicho él mismo en distintos tonos, resiste
conceptuaciones tributarias de verdad: “Yo no soy una persona de absolutos para
nada” (Entrevista 115). En su imaginación, lo ruinoso ocupa un nivel estético tan
preciado como lo grotesco: la fatiga del adobe y los enlucidos en las añosas
construcciones conventuales son signo sensible que metaforiza el derrumbe de
Mudito, Iris, Mariconilla y las ancianas. Por medio de esta estética, en
conjunto con las imágenes beatíficas, lo ruinoso adquiere figuración narrativa y un relieve fuertemente
político. En este sentido, El obsceno pájaro y Conjeturas enuncian una de las derivas más
paradojales y políticamente productivas para sus personajes: esgrimir una
contraparte al poder al interior de su propia lógica dominante, a veces con sus
mismas estrategias, pero con la conciencia de una “veta marginal” y “cierta
trizadura” (Donoso, Entrevista 114).
Las
vanguardias históricas experimentaron con la plasticidad de artefactos bélicos
y ruinosos, ideando juegos metonímicos en los que el fragmento adquirió un fin
en sí mismo, interrogando la composición de la que formaba parte. Benjamin, en
tanto, consciente de la dialéctica que el arte establece con la sociedad, tensa
el fragmento, advirtiendo en él
un índice de la condición moderna del ser humano,
incapaz de redimirse a través del progreso. Al respecto, su lectura del Angelus
Novus es paradigmática. ¿Podemos decir lo mismo de la poética donosiana,
cada vez que se enfrenta a la emergencia de las ruinas? Su escritura ofrece
convincentes imágenes a favor. Una casa en llamas convertida en animita en Este
domingo,
el desgastado vestido de
la Manuela en El lugar sin límites y, como vimos, Mudito y su colección de santos mutilados
en El obsceno pájaro de la noche y Mariconilla en Conjeturas
funcionan, cada uno y en
conjunto, como elocuentes narrativas que problematizan la condición ruinosa del
sujeto. En este contexto, las ruinas se oponen al ejercicio abstracto de una
contemplación retrospectiva, o ser asimiladas exclusivamente a una fatigada
constelación de monumentos. Se integran, más bien, a un campo de tensiones
sacras y profanas; trascendentes y temporales, donde las subjetividades,
incluso arruinadas, ocupan un lugar en la pervivencia del poder.
Bibliografía
Agamben, Giorgio. El fuego y el relato. Ciudad de México: Sexto Piso, 2016.
Benjamin, Walter.
“Tesis de filosofía de la historia”. Discursos
interrumpidos I. Filosofía del arte y de la historia. Madrid: Taurus, 1989. 175-192.
Cirlot, Juan-Eduardo. Diccionario
de símbolos. Barcelona:
Labor, 1969.
Corominas, Joan. Breve diccionario etimológico
de la lengua castellana.
Madrid:
Gredos, 1987.
Diez, Friedrich. An Etymological Dictionary of The Roman Languages. Londres: Williams & Norgate, 1864.
Donoso, José. Artículos
de incierta necesidad. Editado
por Cecilia García Huidobro. Santiago: Alfaguara, 1997.
_. Conjeturas
sobre la memoria de mi tribu. Santiago: Alfaguara, 1997.
_. El obsceno
pájaro de la noche. Santiago:
Aguilar, 2008.
_. “Entrevista a José Donoso”.
Por Osvaldo y Gabriela
Obregón. América, 1990.
Donoso Serrano, Pilar. Correr el
tupido velo. Santiago:
Alfaguara, 2009.
Ferrada Aguilar, Andrés. “El espacio novelesco en Conjeturas de
la memoria de mi tribu
de José Donoso”. Universum, vol. 35, n.º 2, 2020, pp. 294-315.
Fontaine Talavera, Arturo. “Donoso en su taller”. Estudios
Públicos,
n.º 80, 2000, pp.
279-286.
García-Castro, Ramón. “Epistemología del closet de José Donoso en Conjeturas de
la memoria de mi tribu
(1996), El jardín de al lado (1981) y ‘Santelices’ (1962)”. Revista
Iberoamericana, n.º 198,
2002, pp. 27-48.
González, José.
“Paseos benjaminianos por los ángeles de Berlín”. Revista de
Literatura y Pensamiento,
2010, pp. 6-17.
Huyssen, Andreas.
“Nostalgia for
Ruins”. Grey Room, n.º 23, 2006, pp.
6-21.
Juan-Navarro, Santiago. “Locura, monstruosidad, escritura: Hacia un análisis genealógico de El
obsceno pájaro de la noche”.
Acta
Poética,
n.º 37, 2016, pp. 74-86.
Lévinas, Emmanuel.
De
otro modo que ser, o más allá de la esencia. Traducido por Antonio Pintor Ramos. Salamanca:
Sígueme, 1987.
Lombardo, Martín.
“Autobiografía, identidad y memoria familiar. Apuntes a Conjeturas
sobre la memoria de mi tribu de José Donoso”. Caracol, n.º 10, 2015, pp. 151-177.
Morales, Leonidas.
De
muertos y sobrevivientes.
Narración
chilena moderna.
Santiago: Cuarto Propio, 2008.
Rojo, Grínor. “El Obsceno
pájaro de la noche, de
José Donoso, ha cumplido cincuenta años”. La novela
chilena. Literatura y sociedad. Santiago: Ediciones UAH, 2022. 233-273.
Sagrada
Biblia. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2011.
Simmel, Georg. “The Ruin”. The Hudson Review, n.º 3, 1958, pp. 371-385.
Steiner, George. “Secular
Messiahs”. Nostalgia for The Absolulte. Ottawa: CBC, 1974.
1-11.
Stoler, Ann Laura, ed. “Introduction.
‘The Rot Remains’ From Ruins to Ruination”. Imperial Debris. On Ruins and Ruination. Duke: Duke University Press,
2013. 1-35.
Weigel. Sigrid. Cuerpo, imagen y espacio en Walter
Benjamin. Buenos Aires:
Paidós, 1999.
[1] Este trabajo profundiza
y actualiza planteamientos inéditos que el autor, en calidad de coinvestigador,
desarrolló en el Proyecto “Crítica y reflexión desde la poética de las ruinas
en la literatura latinoamericana”, CONICYT/REDI 170211 (2017-2019).
[2] La tesis 9 sobre el
ángel de la historia se complementa con tesis anteriores. En la número 6,
Benjamin rectifica la articulación histórica del pasado “tal y como
verdaderamente ha sido” (180). En lugar de una imagen prístina, el crítico
subraya el instante en el que sucumbimos a una voluntad de poder.
[3] Las traducciones de las
fuentes en inglés corresponden al autor del artículo.
[4] Interesa notar que las etimologías de
“metáfora” y de “ruina”–llevar más allá, “transportar” (Corominas 392), y caer
o precipitarse, “derrumbe” (Corominas 516)– coinciden en acentuar un
desplazamiento que transforma la fisonomía original de un sentido o un cuerpo.
[5] Otro modo de comprender
esta fisura es una sexualidad que Donoso habría intentado ocultar. Cuando en
las Conjeturas Donoso alude a sí mismo
como un “niño bien”, habría “estado hablando en clave, a la espera de que el
lector cuidadoso se dé cuenta que algo distinto (una sexualidad proscrita) es
el origen de esta fisura social” (García-Castro 30). Creo que si, como lectores, no advertimos este
código, o incluso si conscientes del mismo, lo llevamos a un segundo plano, la
riqueza de las Conjeturas permanece indemne. En este sentido, si admitimos la idea de una
escritura como disfraz, la obra de Donoso funciona como un velo que desdibuja,
primero, la verdad misma de la ficción.
[6] En su relato homónimo, The Turn of The Screw, James sugiere que el giro interpretativo
sobrepasa la trama. Ocurre –al igual que en las Conjeturas– cuando la narración se vuelve sobre sí misma, advirtiendo la
correspondencia entre ficción y realidad.
[7] La conciencia de un
pasado inasible y el cuestionamiento de la subjetividad cartesiana instan en
Donoso armar la memoria de su tribu desde fragmentos no necesariamente
ruinosos. Como indicara en sus talleres literarios, estas piezas constituyen un
“magma” (Fontaine 286) que expande conjeturalmente su obra. Con ello el autor
modela las movedizas ruinas de su tía abuela en un limo germinativo de
ficciones. De hecho, en sus diarios esboza planes para una novela cuyo magma es
una monja, en tanto personaje y metáfora. La novela no se publica tal y como se
había planeado, y cabe preguntarnos si las Conjeturas
no termina siendo esa anhelada obra.