Revista de Humanidades n.º 54: 373-400
ISSN 0717-0491, versión impresa
ISSN 2452-445X, versión digital
DOI: https://doi.org/10.53382/issn.2452-445X.1045
revistahumanidades.unab.cl
“¿Hay una
percepción del prójimo?”
Cuerpo y expresión en Ortega y Gasset
“Is there a perception of
the Other?”. Body and expression in Ortega y Gasset
Sergio
González-Araneda
Universidad
Alberto Hurtado
Facultad de
Filosofía y Humanidades
Alameda 1869,
Santiago, Chile
sgonzalez@uah.cl
ORCID: 0000-0003-2109-1389
Resumen
En el
presente artículo se propone revisar la relación entre la circunstancia
corporal y la percepción de la alteridad en tanto prójimo
en la filosofía de
Ortega y Gasset, especialmente en los textos Vitalidad,
alma, espíritu (1924), Sobre
la expresión fenómeno cósmico (1925) y La percepción del prójimo (1929). Partiendo de la definición del
cuerpo humano como expresión de una intimidad radicalmente propia, Ortega llega
a presentar la relación intersubjetiva como acontecimiento expresivo de una
estratificación personal. Con esto, se intenta vislumbrar una filosofía que
piensa la otredad no desde el sí mismo, esto es, el otro como hipótesis
analógica o como simple cuerpo animado. Desde un ejercicio hermenéutico del
cuerpo del prójimo, que expresa una vida radicalmente propia, Ortega y Gasset
propondrá un alma corporal gesticulante e interpretativa del mundo social
intersubjetivo.
Palabras claves: circunstancia,
cuerpo, expresión, otredad, Ortega y Gasset.
Abstract
This article aims to examine the relationship between bodily
circumstances and the perception of otherness in the philosophy of Ortega y Gasset, particularly in the texts Vitalidad, alma, espíritu (1924), Sobre la expresión fenómeno cósmico (1925) y La percepción del prójimo (1929). Based on the
definition of the human body as an expression of radical intimacy, Ortega goes
on to present the intersubjective relationship as an event that expresses a
personal stratification. With this, he seeks to uphold a philosophy that
conceives of otherness not from the self, the other as an analogical hypothesis
or as an animated body. Through a hermeneutic exercise of the other’s body,
which expresses a radically self-contained life, Ortega proposes a gestural,
interpretive bodily soul of the
intersubjective social world.
Keywords:
Circumstance, Body, Expression, Otherness, Ortega y Gasset.
Recibido: 01/03/2024 Aceptado: 25/04/2025
1. Introducción
En La
percepción del prójimo
(1929), Ortega plantea una descripción del prójimo en cuanto cuerpo que aparece
en el horizonte perceptivo del yo y del medio por el cual este cuerpo es
informado a nuestra experiencia viva. Ciertamente se trata de una problemática
central para su contexto filosófico y para las corrientes en que transitó el
escritor español, como la antropología filosófica, la fenomenología o la
hermenéutica[1].
En este contexto Ortega propone una aproximación al prójimo no como mera cosa
corpórea, sino como una intimidad encarnada radicada en su vida:
Entre las cosas
exteriores a nuestro yo, no todas son del mismo rango; hay, por lo menos, dos
linajes de ellas muy distintos entre sí. Hay las cosas corpóreas de nuestro
derredor y hay las otras personas, los otros yo, los prójimos. Nuestra
pregunta, formulada en su máxima sencillez, suena, pues, así: ¿cómo llegamos a
noticia de que frente y junto a nosotros existen otras personas? ¿Hay, además,
de la percepción externa y de la íntima, otra clase de fenómenos psíquicos en
que percibimos a los demás hombres, hay una percepción del prójimo? (La
percepción 156)
Ante la
interrogante del medio en que nos aproximamos al prójimo, Ortega lo distinguirá
no solo de la percepción de los objetos con que me encuentro en mi vida, los
útiles con que cuento en mi hacer práctico, sino también de la percepción
interior que cada individuo existente tiene de sí. Aparece, consecuentemente,
una tercera cuestión que para Ortega es el problema humano por excelencia (La
percepción 156), a
saber, ¿es posible y en qué condiciones informamos de un prójimo en tanto vida
radicalmente otra?
Para dar
respuesta a este problema es necesario analizar la comprensión orteguiana del
cuerpo, en la medida en que tanto el yo, la realidad radical que es mi vida,
como el prójimo habitan corporalmente un mundo circunstanciado. Nos
encontramos, señala Marías, instalados proyectivamente en el cuerpo, “a través
del cual acontece mi mundanidad concreta […] Todos mis proyectos parten de mi
instalación corpórea” (Antropología 179). En este contexto, la presente
investigación se propone:
(i) Analizar la noción orteguiana del cuerpo
como circunstancia más propia del yo, es decir, el cuerpo como propiedad
circunstancial en la cual se radica mi vida personal.
(ii) A partir de esto, exponer una vía
raciovitalista del cuerpo del prójimo que, tomando distancia de una
fenomenología estática, se abre como acontecimiento no aprehensible[2].
Esto es, el cuerpo del prójimo como índice de una interioridad desbordante.
(iii) Finalmente, revisar el cuerpo, la vida
radicada en una circunstancia encarnada, como expresión de una interioridad que
lo constituye como distinto a los otros cuerpos del mundo. Mejor aún, se
intenta delinear una hermenéutica del cuerpo propio, en cuanto su
característica esencial consiste en la expresión, la comunicación y la
interpretación del intus personal.
2. El cuerpo como circunstancia
La vida, el
sustrato auténtico y absoluto, es la realidad donde se radicalizan todas las
circunstancias y empresas propias del individuo humano. Ejemplo de esto resulta
ser la determinada nacionalidad que me ocupa o las leyes que rigen la sociedad
de la cual formo parte, circunstancias a las que el individuo llega y no tiene
más que ocuparse de ellas ventajosas o desventajosamente. Pero el individuo no
solo se encuentra con este tipo de circunstancias en la vida, sino también con
una particular circunstancia que se constituye como apertura íntima y directa
hacia el mundo, como circunstancia más próxima al yo: el cuerpo.
El cuerpo
constituye la circunstancia más directa de la cual el yo debe ocuparse, dado
que no solo es el medio desde el cual interactúa con las circunstancias que
conforman su mundo, sino que es el grado cero desde donde se reconoce como
distinto al resto de las cosas del mundo y distintas estas mismas cosas
(objetos, animales u otras personas). Así, “la circunstancialidad del hombre
tiene carácter corpóreo” (Marías, Introducción 358) cada vez que su ser es movilizado
por su cuerpo que le permite ocuparse, a la vez, de sí mismo y del mundo que le
rodea. Al respecto escribe Ortega:
El
mundo o circunstancia en que me encuentro sumido no es solo el paisaje que me
rodea sino también mi cuerpo y también mi alma. Yo no soy mi cuerpo, me
encuentro con él y con él tengo que vivir, sea
sano, sea enfermo; pero tampoco soy mi alma, también me encuentro con ella y
tengo que usar de ella para vivir, aunque a veces me sirva mal porque tiene
poca voluntad o ninguna memoria. (Meditación 339)
Lo dado inmediatamente al yo, la circunstancialidad patente que le rodea y
que este yo utiliza en todo momento es el cuerpo, polo desde donde ejecuta su
perspectiva vital, y el mundo, lo útil donde se ejecuta la perspectiva de cada individuo[3].
En palabras de Ortega: “Mi vida es contar yo conmigo y, a la vez, con algo que
no soy yo y que llamaremos lo Otro = circunstancia o Mundo” (Meditación 339).
A propósito de la circunstancia de la corporalidad, en Sobre la expresión fenómeno cósmico, texto fechado en agosto
de 1925, hallamos pistas sobre su sentido y, especialmente, sobre su latente
referencia hacia la vida, donde radica en tanto circunstancia expresiva. Ortega
afirma que “no vemos nunca el cuerpo del hombre como simple cuerpo, sino
siempre como carne; es decir: como una forma espacial cargada, cuasi
eléctricamente, de alusiones a una intimidad” (Sobre la expresión 580).
Esto se debe a que, en contraste con el mineral, la estructura del cuerpo
humano posee la capacidad de expresar, representar e interpretar. Por lo tanto,
el cuerpo humano enuncia una interioridad que será signo no solo de lo
identificado con la figura del alma, sino, antes que todo, signo de nuestro
suelo vital que nos permite dar cuenta del sentido de lo real. A diferencia del
mineral, el cuerpo humano siente sintiéndose:
El cuerpo humano
tiene una función de representar un alma; por eso, mirarlo es más bien
interpretarlo. El cuerpo humano es lo que es y, “además”, significa lo que él
no es: un alma. La carne del hombre manifiesta algo latente, tiene
significación, expresa un sentido. (580)
El cuerpo,
consecuentemente, representa el elemento circunstancial más próximo al yo, tan
próximo que en cada instante nos dejamos confundir y afectar por él. Podemos
sentir el mundo desde la circunstancia corporal, observarlo, definirlo,
mensurarlo. Por ello es preciso comprender que mediante la circunstancialidad
corporal el individuo se abre como perspectiva hacia el horizonte de
circunstancias que conforman su mundo[4].
En palabras de Marías, el cuerpo “ocupa un puesto excepcional, porque
precisamente ‘a través’ de él y en virtud de él me es presente el ‘mundo’ –del
cual, por lo demás, forma parte” (Introducción 359).
La
circunstancialidad de la estructura corporal permite comprender de mejor manera
el sentido y alcance de la célebre fórmula de Ortega: “yo soy yo y mi
circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo” (Meditaciones
del Quijote 322). La
circunstancia no solo es aquello que me rodea, planteado así, la circunstancia
no son solamente los contextos en los cuales el individuo habita y las cosas de
las cuales hace uso, sino también su propia estructura corporal. Por esto, la
vida tiene primacía respecto del propio cuerpo, así como de las demás
circunstancias, es decir, la estructura egológica, antes de ser polo donador de
sentido es realidad radicada en la vida. En este contexto, yo no soy mi vida
sino solo un ingrediente de ella; “yo radico en mi vida, soy una realidad
enraizada o radicada en ella. No hay que confundir, por tanto, al hombre que
soy yo con mi vida. Esta última me incluye tanto a mí como a mi circunstancia”
(Acevedo, Hombre 35).
Notamos que
la vida se encuentra amoblada de circunstancias que sin ser ella misma se
radicalizan y adquieren sentido allí. Mi vida individual consiste en esto, por
un lado, en mi circunstancia corporal mediante la cual me abro al mundo y, por
otro, en el tejido circunstancial que me rodea y envuelve. Así, Ortega dirá de
esta realidad radical que es, constitutivamente, mi vida, mi individual
perspectiva y particular experiencia vital desde donde accedo a un mundo
circunstanciado.
La verdad
de la realidad para mí es el enfoque desde donde accedo a ella, de modo que “el
perspectivismo [como señala Rábade] me impone la obligación de aceptar el
puesto fáctico que tengo para trasmitir a los demás el fragmento de verdad que
sólo desde donde yo estoy se puede captar” (75). Desde aquí se abre un punto
crucial, y es que el tejido de circunstancialidad dado actual e inmediatamente
a mi presencia, que a su vez siempre se encuentra circunstanciada, no remite
solo a mi individualidad vital, sino al conjunto de individuos radicados en
cuerpos propios que igualmente habitan circunstancialmente.
Es
importante este punto, en la medida en que la novedad del análisis orteguiano
no apunta hacia una reflexión del cuerpo como materialidad que interrumpe mi
horizonte perceptivo, sino, más fundamental, el cuerpo de cada yo individual se
presenta en un doble sentido: como materialidad orgánica de percepciones
externas, pero también como experiencia de interioridad, a modo de
autopercepción del yo como interior.
A esta
experiencia Ortega la llama intracuerpo, que no debe confundirse con la
sensación que afecta un agente externo al cuerpo propio (como el dolor que
siento al pinchar mi dedo con una aguja). El intracuerpo orteguiano corresponde
a una imagen interna que cada uno tiene de su propio cuerpo, y es sobre esta
imagen que se monta la vida psíquica y el nexo con el mundo exterior. Para
Ortega el intracuerpo significa el marco en el cual todo nos aparece.
Insistiendo en el hecho de ser el intracuerpo una imagen y, en este sentido,
esta imagen del interior del cuerpo es distinta para cada individuo (Orringer
23).
La cuestión
del cuerpo, entonces, supone plantear una distinción fundamental entre la
percepción externa que se puede obtener de un cuerpo en medio de otros cuerpos
(extracuerpo) y la percepción interna que cada uno tiene de sí, el intracuerpo
que informa de nuestra interioridad. Esta distinción constituye la
circunstancialidad corporal en la que se radica todo yo y plantea un desafío
respecto de la relación con el prójimo. Más precisamente, conduce a preguntarse
sobre el modo en que el intracuerpo está íntimamente relacionado con el
extracuerpo, dimensión a la que tenemos acceso perceptivo en tanto cosa
corporal en el mundo. En Vitalidad, alma, espíritu (1924) Ortega reflexiona extensamente
sobre esta cuestión:
¿No merecería la pena
de analizar, de describir con alguna minucia, cómo es para cada cual su cuerpo,
visto desde dentro, cuál es el paisaje interno que le ofrece? Por lo pronto, lo
que yo he llamado en mis cursos universitarios el intracuerpo no tiene color ni
forma bien definida, como el extracuerpo; no es, en efecto, un objeto visual.
En cambio, está constituido por sensaciones de movimiento o táctiles de las
vísceras y los músculos, por la impresión de las dilataciones y contracciones
de los vasos, por las menudas percepciones del curso de la sangre en venas y
arterias, por las sensaciones de dolor y placer, etc., etc. Nuestra vida
psíquica y nuestro mundo exterior se hallan ambos montados sobre esa imagen
interna de nuestro cuerpo que arrastramos siempre con nosotros y viene a ser
como el marco dentro del cual todo nos aparece. (456-457)
En este
sentido, Ortega advierte que la experiencia de la circunstancia corporal se
abre al mundo no solo como exterioridad con la cual mis sentidos interactúan,
por ejemplo, cuando veo aproximarse a un familiar y le extiendo mi mano para
saludarlo, palpando su mano tanto como él palpa la mía. Aparte de este contacto
mediado por el extracuerpo, deviene una experiencia mucho más compleja, una
instancia donde el yo como el otro –el familiar– participamos como vida
interior-subjetiva, como soledad radical que se filtra exteriorizándose. Y
resulta evidente, por ejemplo, que cuando apretamos nuestras manos ambos
tenemos certeza que no estoy apretando la mano de un maniquí, sino de un cuerpo
con un campo afectivo, un campo memorístico, un cuerpo volitivo, etc.
Se ofrece
en esta –y en toda– experiencia la dimensión interior latente en cada cuerpo
con el que el yo interactúa en la vida, incluido el cuerpo propio. Por esto,
Ortega insiste en que existe un doble sentido de la experiencia perceptiva: una
manifiesta con la que mensuro mi mundo circundante y una latente que muestra un
sentido interior de la experiencia. Al respecto, Ortega afirma:
Lo real tiene dos
haces: lo que de él aparece en la conciencia, lo que de él se
manifiesta y, además, aquello de él que no se manifiesta. Así un cuerpo físico
es esencialmente una dualidad: poseyendo tres dimensiones no puede
manifestarse, aparecer, sino en una serie sucesiva de coaptaciones (que en este caso llamaremos
percepciones) parciales, ahora de un lado, luego de otro, etc. Mas como tiene
profundidad, tiene un interior que habrá de irse a su vez manifestando
en series de percepciones hasta el infinito; de suerte que lo que él es como
realidad integral nunca pasará por completo a hacerse patente, a ser fenómeno,
a ser conciencia. (Sobre la expresión 254-255)
3. El cuerpo del prójimo
La experiencia
del cuerpo o, en lenguaje orteguiano, la experiencia que tiene el yo radicado
en la vida, se da en la dinámica de lo manifiesto y lo latente de toda
circunstancia que le rodea, incluido el prójimo. Por lo tanto, es preciso
replantear la pregunta inicial sobre la existencia de una percepción del
prójimo hacia una que interrogue el modo en que experimentamos al prójimo. Es
necesario, consecuentemente, un desplazamiento de la pregunta por el prójimo
que va desde una preocupación por el estatuto ontológico hacia una de tipo
onto-fenomenológico, en la medida en que se ofrece una descripción de la
experiencia del prójimo en tanto radicalmente otro. Aunque, valga decirlo, en
Ortega esta pregunta estrictamente es de tipo raciovitalista y por momentos
pragmática.
Antes del
qué, la pregunta apunta al cómo percibo el cuerpo exterior a la manera de
un prójimo. La cuestión no es menor, especialmente considerando que Ortega
intenta encontrar una respuesta distanciada de las principales propuestas de su
tiempo, como, por ejemplo, la síntesis analógica del Otro de la fenomenología
husserliana[5].
En virtud de esto, Ortega dedica un gran esfuerzo para sostener la unión entre
alma y cuerpo, en la medida en que son ingredientes estructurales del yo. De
ahí que proponga el lema de una nueva época filosófica (en la que él participa)
“‘O lo uno o lo otro’ –lema teatral, solo aprovechable para gesticulaciones. El
tiempo nuevo avanza con letras en las banderas: ‘Lo uno y lo otro’.
Integración. Síntesis. No amputaciones” (Vitalidad 455).
El cuerpo del prójimo, como todo cuerpo, estructuralmente es una
síntesis de alma y cuerpo, de interioridad y exterioridad o, como hemos
señalado, de una experiencia interior y particular y de una experiencia
exteriorizante, que dispone al yo como cuerpo perceptor y cuerpo percibido.
Para Ortega es importante la síntesis entre alma y cuerpo, debido a que
metodológicamente la unión alma-cuerpo conduce a una filosofía cuyo fundamento
está en el sustrato de la vida y, consecuentemente, es posible una circunstancialidad
que rodea al yo compuesto de alma y cuerpo. Evita, con ello, caer en dualismos
fuertes (como el esquema clásico del Descartes de Le Discours de la méthode (1637) y Méditations métaphysiques (1641)) o dualismos moderados
(como podría pensarse la época estática de la fenomenología husserliana)[6].
En este
contexto, Ortega defiende un alma carnal que es movilizada por una vitalidad
propia del yo circunstanciado. El filósofo español llega a señalar que la
vitalidad es el factor donde se funde lo somático con lo psíquico, lo corporal
y lo espiritual. De hecho “no solo se funden, sino que de ella emanan y de ella
se nutren. Cada uno de nosotros es ante todo una fuerza vital: mayor o menor,
rebosante o deficiente, sana o enferma” (Vitalidad 455). El resto de nuestra constitución
es dependiente de nuestra vitalidad, de este factor donde fluctúa el alma
corporal nutriendo la personalidad de cada yo:
Ese fondo de
vitalidad nutre todo el resto de nuestra persona, y como una savia animadora
asciende a las cumbres de nuestro ser. No es posible, en ningún sentido, una
personalidad vigorosa, de cualquier orden que sea –moral, científico, político,
artístico, erótico–, sin un abundante tesoro de esa energía vital acumulada en
el subsuelo de nuestra intimidad y que he llamado “alma corporal”. (460-461)
Ahora bien, cuando interactúo con el prójimo, por ejemplo, cuando aprieto
la mano de mi familiar y este, rebosante de júbilo, se abalanza contra mí para
darme un abrazo, advierto de él un alma corporal, diremos, llena de vitalidad.
Ocurre lo contrario, por ejemplo, cuando me encuentro enfermo, sufriendo de una
fuerte fiebre que mantiene mi alma corporal afectada. En ese caso mi yo estará
nutrido de escaza vitalidad, aunque aún así me mantendré como un sí-mismo, como un yo absoluta
y radicalmente yo, y lo mismo ocurre con el prójimo. En este punto, Ortega da
cuenta no solo de la vitalidad como factor de la persona, sino también de lo
que denominará espíritu.
El espíritu, a diferencia de la vitalidad, no se define como aquello que
nutre el alma corporal de cada persona, sino como el índice de autorreferencia
mediante el cual cada uno de nosotros se advierte como un yo para sí mismo.
Diremos, el espíritu es una especie de autopercepción que no deriva de un
ejercicio meramente racional, ni autopercepción postulada como entidad
metafísica, ni como sujeto trascendental que unifica las experiencias.
Intentando definir el espíritu desde su suelo metodológico, Ortega ha señalado
que este, el espíritu, se refiere
exclusivamente a
fenómenos que cada cual puede hallar en sí con la misma evidencia que ve las
cosas en torno. Llamo espíritu al conjunto de los actos mismos de que cada cual
se siente verdadero autor y protagonista. El ejemplo más claro es la voluntad.
Ese hecho interno que expresamos con la frase “yo quiero”, ese resolver y
decidir, nos aparece como emanando de un punto céntrico en nosotros, que es lo
que estrictamente debe llamarse “yo”. (461)
Ortega
llega a identificar el espíritu con el propio yo y, en este sentido, resulta
interesante notar que entre vitalidad y espíritu existe una reciprocidad
fundante de la experiencia personal. Mientras la vitalidad se identifica con
ser un componente subconsciente y latente, el espíritu es una especie de
reverso, un campo de actos instantáneos indicadores de un yo (462). Esto
resulta evidente en la medida en que el acusarse pensante y deseante (espíritu)
es insuflado por un factor de vitalidad que lo nutre. Como ya dijimos, cuando
estoy padeciendo una fuerte fiebre no solo tengo menos vitalidad, sino que
algunas tareas pueden presentarme mayor dificultad que cuando cuento con buena
salud, por ejemplo, concentrarme lo suficiente para resolver una ecuación de
segundo grado o devolver el fuerte abrazo que mi familiar me da al momento de
saludarme.
Entre
vitalidad y espíritu aparece una tercera capa en la estratificación de la
persona según Ortega. Esta tercera capa es lo que el filósofo español denomina
alma, refiriéndola como aquello que engloba al espíritu y, en este sentido,
adviene como fundamento que subyace al yo. El alma, como hemos señalado, no
debe pensarse desde un talante dualista, sino más bien al modo de componente de
la vida personal que permite dar cuenta de una intimidad radicalmente propia.
Ortega la caracteriza como
La región de los
sentimientos y emociones, de los deseos, de los impulsos y apetitos: lo que
vamos a llamar, en sentido estricto, alma. El espíritu, el “yo”, no es el alma:
pudiera decirse que aquel está sumido, y como náufrago, en esta, la cual le
envuelve y le alimenta. La voluntad, por ejemplo, no hace sino decidir,
resolver entre una u otra inclinación: prefiere lo mejor; pero no querría por
si nada si no existiese fuera de ella ese teclado de las inclinaciones, donde
el querer pone su dedo imperativo. (462)
Resulta
clave la estratificación de la persona planteada por Ortega, dado que, por un
lado, permite una descripción compleja y detallada del cuerpo en clave de
experiencia exterior manifiesta e interioridad latente. Por otra, ofrece una
alternativa a la cuestión que nos ocupa, es decir, dar cuenta del modo en que
experimentamos un cuerpo exterior como prójimo. El cuerpo que aparece en mi
experiencia como prójimo no solo es una exterioridad definida y manifiesta de
la cual recibo una experiencia perceptiva, ni tampoco es puramente una imagen
interior de sí misma. El cuerpo aparece como prójimo en la medida en que es una
compleja estratificación (vitalidad, espíritu, alma) anunciándose en el mundo,
así como yo me anuncio al otro.
Dicha
estratificación, consecuentemente, dona al cuerpo una carga expresiva
determinada que lo anima y lo moviliza en medio del mundo. En otras palabras,
gracias a esta estratificación es que un cuerpo deviene carne y, con ello,
expresión de una vida privada, una vida radicalmente otra. Esta carne se hace
en la medida en que señala una intimidad, un intus, cuyo “perfil, su talle entero, su ir y
venir, sus movimientos, su gesticulación, la mirada son ya expresión de ese
alguien que intuimos o presumimos y sobre el que se produce la genuina relación
social” (Brozas-Polo 182).
Entonces la
cuestión es la siguiente: “Cuando vemos el cuerpo de un hombre, ¿vemos un
cuerpo o vemos un hombre?” (Ortega, Sobre la
expresión 577). De
acuerdo con lo señalado, resulta evidente que cuando vemos a un hombre vemos el
cuerpo del hombre (como percepción externa), pero desde esa experiencia se
desencadena una serie de contenido tácito o, mejor aún, que se expresa mediante
esa percepción y que constituye a ese cuerpo como un hombre:
El hombre no es solo
un cuerpo [insiste Ortega] sino, tras un cuerpo, un alma, espíritu, conciencia,
psique, yo, persona, como se prefiera llamar a toda esa porción del hombre que
no es espacial, que es idea, sentimiento, volición, memoria, imagen, sensación,
instinto. (577)
La persona
es cuerpo expresivo, es materialidad orgánica permeada por un contenido de
latencia, por una dimensión interior que Ortega estratifica entre vitalidad,
espíritu y alma. El punto crucial que interesa acá es que advertir este cuerpo
es advertir más que un simple cuerpo, es experimentar carne expresiva. Por eso,
por ejemplo, mi experiencia del cuerpo mineral no es la misma experiencia que
tengo o potencialmente puedo tener de una carne expresiva, puesto que hay una
evidencia operando en una y en otra. Para el primer caso, el yo se encuentra
con un pragmata, un útil que es puramente exterioridad y, en el mejor de los casos,
posee una interioridad pobre que no acusa una dimensión animada[7].
Para el segundo caso, el yo acusa la percepción de un prójimo inmediatamente,
sin necesidad de una mediación reflexiva[8].
El prójimo adviene prerreflexivamente como carne que expresa una intimidad
radicalmente otra:
Lo interno de la
carne no llega nunca por sí mismo –y aunque la tajemos– a hacerse externo: es
radical, absolutamente interno. Es, por esencia, intimidad. A esta intimidad
llamamos vida. A diferencia de todas las demás realidades del Universo, la vida
es constitutiva e irremediablemente una realidad oculta, inespacial, un arcano,
un secreto. Por eso solo la carne, y no el mineral, tiene un verdadero
“dentro”. En el caso del hombre, esta intimidad de lo vital se potencia y
enriquece desmesuradamente merced a la riqueza de su alma. El hombre exterior
está habitado por un hombre interior. Tras del cuerpo está emboscada el alma. (Sobre
la expresión 578)
El cuerpo
del prójimo, entonces, aparece como catalizador de una “realidad oculta,
inespacial” que anima y conforma la vida íntima de la persona. Por esto, el
modo en que experimento al prójimo no sigue el de la experimentación de
cualquier cuerpo con el que topo en la vida práctica. La percepción del prójimo
es una percepción particular en la medida en que el contenido perceptivo
desborda hacia una sensibilidad apercibida, un contenido que se experimenta en
la medida en que se expresa desde este cuerpo del prójimo.
En relación
con esto, Julián Marías escribe que el modo característico del humano de estar
en el mundo y especialmente de estar intersubjetivamente es el de la
sensibilidad, que deja traslucirse corporalmente: “en cuanto cosa, el cuerpo es
‘opaco’; en cuanto cuerpo sensible, es un medio ‘transparente’ que me inserta
en el mundo” (Antropología 129). Es más, el traslucir del cuerpo sensible en
Marías, pero también en Ortega, determina el estatuto del cuerpo exterior al yo
como auténticamente un prójimo. En otras palabras, para Ortega no es adecuada
una presentificación imaginal de un alter ego, pues, cuando estoy frente a un cuerpo
sensible (en el sentido que hemos señalado de un cuerpo-carne, un alma
corporal, etc.) damos cuenta inmediatamente de un prójimo que se expresa
sensiblemente[9].
Acierta
Marías al escribir que “el sentido del prójimo, el sens
d’autrui, se funda en el
sens
intime; yo siento
inmediatamente al prójimo como un tú, no como un cuerpo, del mismo modo que me siento a mí” (Antropología 130-131). Si resiste el término, en
Ortega opera una conformación hermenéutica de la carne cada vez que tanto el yo
como el prójimo dan cuenta de sí y de otros a partir de la expresión de su
interioridad, de su auténtico traslucir(se), que es interpretado
intersubjetivamente:
Para que haya
expresión es menester que existan dos cosas: una, patente, que vemos; otra,
latente, que no vemos de manera inmediata, sino que nos aparece en aquella.
Ambas forman una peculiar unidad, viven en esencial asociación y como
desposadas, de suerte que, donde la una se presenta, trasparece la otra. (Sobre
la expresión 578)
La cuestión planteada como hipótesis de trabajo en la filosofía orteguiana
encuentra una pista en lo señalado, dado que del prójimo no percibo una
corporalidad localizada frente a mí, sino una vida interior, animada, que se
expresa corporalmente. El prójimo, entonces, podría plantearse como lo no
percibido de lo percibido, lo latente de lo manifiesto, lo que adviene como
pura expresión. En su célebre estudio acerca de la corporalidad en Ortega,
Orringer afirma que el autor de Historia como
sistema
está “hablando del cuerpo como expresión, el cuerpo no es mera
materia como lo es la de una realidad inanimada, el cuerpo vivo señala algo que
solo se presenta a través de él, el alma, lo vital” (26).
4. El cuerpo como carne expresiva
La novedad que se encuentra en Ortega radica en que el cuerpo no solo es el
grado cero de localización y orientación desde donde se enuncia el yo, sino,
antes incluso, el cuerpo es carne expresiva. En este sentido, habría que notar
que la localización del cuerpo como cosa en el mundo es derivada de una
cuestión primaria, a saber, el traslucir de lo interior en cada persona
(Russo). Aún mejor, mientras
cada cuerpo ocupa un espacio determinado en el mundo a partir de un grado cero
de orientación, el cuerpo ocupa un espacio solo a condición de expresarse como
siendo un sí mismo, como siendo un yo, una vida radicalmente propia. De allí
que el cuerpo sea “expresivo del alma, y a su vez, el alma es el configurador
del cuerpo” (Orringer 26).
Para Ortega, entonces, el cuerpo humano es fundamental y primariamente
carne expresiva, representativa e interpretativa de la interioridad personal.
Ortega es enfático sobre este punto:
El cuerpo humano
tiene una función de representar un alma; por eso, mirarlo es más bien
interpretarlo. El cuerpo humano es lo que es y, “además”, significa lo que él
no es: un alma. La carne del hombre manifiesta algo latente, tiene
significación, expresa un sentido. (Sobre la
expresión 580)
Resulta
metodológicamente importante notar que el cuerpo humano, la carne expresiva,
adviene como puente entre el traslucirse de la sensibilidad y la
exteriorización del aspecto corporal. En otras palabras, la carne nombrada por
Ortega es síntesis entre el extracuerpo y el intracuerpo, según lo señalado
anteriormente. No obstante, justamente porque es síntesis es que hay un
desborde de cualquier tipo de análisis dualista de la persona humana, del
prójimo encarnado frente a mí.
Es
importante señalarlo, puesto que para Ortega la percepción del prójimo, al ser
percepción, siempre es parcial, es decir, se da como experiencia unificada a
partir de escorzos a los cuales accedo perceptivamente. Por ejemplo, cuando
observo la planta que tengo frente a mí, no observo la totalidad de la
presencia de la planta, sino una limitada porción que depende de mi
localización espacial respecto de la planta. De modo que, si giro alrededor de
la planta, la levanto, veo incluso el trasfondo de su macetero, etc., tendré
una experiencia mayor del objeto planta.
En efecto,
toda percepción opera de este modo, incluida la percepción del prójimo, y, aún
más, opera así toda percepción posible de algún cuerpo que ocupe un espacio
determinado (el prójimo, pero también mi propio cuerpo). Entonces, cuando estoy
frente a un familiar que se dispone a darme un abrazo, yo no solo tengo certeza
de una masa corporal impenetrable que choca con mi cuerpo, sino también de una
interioridad que anima esta masa. El punto que interesa destacar a Ortega es
que en esta experiencia yo no doy cuenta de dos dimensiones diferenciadas, sino
que tengo experiencia de una síntesis que expresa una compleja estructura que
se muestra inacabada[10].
En La percepción del prójimo Ortega esclarece este punto central acerca de la
percepción del cuerpo humano:
¿Por qué percibimos
en cada momento ese trozo, y solo él, en tan determinada perspectiva? Sin duda
porque nuestro cuerpo –cosa entre cosas– ocupa un cierto lugar y en él recibe
unas ciertas influencias físicas que lo modifican. Entre el universo y nosotros
se intercala nuestro cuerpo como un cedazo o retícula que selecciona por medio
de sus sensaciones el cúmulo inmenso de objetos que integran el mundo. Pero ¿no
acontece lo propio en la percepción íntima? En cada momento no percibimos de
nuestro yo sino un corto número de pensamientos, imágenes y emociones que vemos
pasar como flujo de un río por delante de nuestra mirada interior. Y ese breve
trozo de nuestra persona se nos presenta destacando sobre el resto oculto de
nuestro yo total. El hombre que posee un gigante saber no percibe en cada
instante sino una mínima porción de él. (159)
La experiencia que el yo tiene del cuerpo del prójimo no puede prescindir
de su realidad interna. Esta realidad interna va anunciándose por el mundo,
expresándose por medio de los gestos como una metáfora encarnada que el cuerpo
lleva consigo. La realidad del cuerpo humano, consecuentemente, es proyectiva,
debido a que en él la presencia manifiesta está esencialmente referida a la
intimidad latente. Por esto resulta fundamental la definición orteguiana del
cuerpo como carne, para otorgarle una función simbólica y metafórica, donde ψυχή y σῶμα se encuentran en un mutuo juego de
latencias y superficies.
Debido a esto último, el planteamiento orteguiano toma distancia de dos
alternativas clásicas en torno a la percepción del prójimo. Estos
planteamientos, que Ortega no duda en llamar prejuicios, son los siguientes:
(i) el primer prejuicio consiste en atender al prójimo como un derivado de la
autopercepción que cada yo tiene de sí mismo. Esta alternativa queda encerrada
en un ejercicio hipotético donde el otro tiene un yo que lo anima puesto que
yo, que también soy un cuerpo como el otro, tengo un yo que anima mi cuerpo.
(ii) El segundo prejuicio, derivado del primero, consiste en creer que del
prójimo solo nos es dado primariamente la apariencia física de su cuerpo,
color, forma y movimientos, de suerte que la existencia de un yo en ese cuerpo
es siempre una añadidura que nosotros ponemos. Al respecto, sostiene Ortega:
Partiendo de tales
afirmaciones no llegaremos nunca hasta el prójimo: será este siempre un
fantasma que nuestro yo proyecta precisamente cuando cree recibir de fuera un
ser distinto de sí mismo. Viviría cada uno de nosotros arrojado dentro de sí
propio, sin visión ni contacto con el alma vecina, prisionero del más trágico
estilo, porque cada cual sería a la vez el preso y la prisión. (Sobre
la expresión 158)
La
propuesta orteguiana procura tomar distancia de ambos prejuicios, en la medida
en que el cuerpo de la persona que está frente a mí tiene un yo absoluta y
radicalmente propio que se expresa, gesticula, muestra un comportamiento
específico, preferencias, etc. (El hombre y la gente 138). Establecemos no solo una
percepción de este cuerpo prójimo, sino primariamente una comunicación de
sendas intimidades radicales.
El propio
Ortega, abriendo cierto análisis hermenéutico del cuerpo, ha puesto la atención
en la representatividad e interpretación que atraviesa la experiencia
perceptiva del otro. Esto, debido a que, como hemos señalado, el cuerpo al que
accede mi percepción se encuentra permeado por una intimidad. Mejor aún, el
cuerpo es una metáfora, una pantomima de nuestra alma y, en estricto rigor, de
la estratificación de la persona (“Vitalidad, alma, espíritu”)[11].
El filósofo español se ha referido, incluso, al cuerpo como exteriorización de
un hombre interior: “El hombre externo es el actor que representa al hombre
interior. Ciertamente que en nuestra figura y gestos no se deja ver toda
nuestra intimidad” (Sobre la expresión 179-180).
Lo notable
de la presentación de Ortega, es que la descripción de la circunstancialidad
corporal, ahora en cuanto carne expresiva, conduce a una filosofía que amplía
la cuestión de la soledad radical característica del raciovitalismo orteguiano.
Esto, por cuanto la expresión inherente al cuerpo humano supone una comunicación
interpretativa del prójimo, un constante desbordarse a sí mismo (como vida
radicalmente mía) para establecer un puente comunicativo con el otro que
asienta mis gestos, los rechaza, los responde, los supone, etc.
El pensador
búlgaro Lazar Koprinarov ha revisado el estatuto del cuerpo en la filosofía de
Ortega a partir del lenguaje, específicamente el cuerpo como gesticulación que
supone una dimensión intersubjetiva que interpreta al yo. Koprinarov afirma que
“Ortega interpreta el cuerpo humano como la condición y el cimiento de la
intersubjetividad. A través de su expresión el cuerpo fundamenta el modo de
manifestar el ‘yo’ para los Otros” (529). En este sentido, que el cuerpo sea
expresivo supone al prójimo como siendo desde el momento en que el yo da cuenta
de su imagen interior, de su sentirse interno. El prójimo, diremos, es
coextensivo al intracuerpo en la medida en que la constitución de ambos se da
por medio de la expresión y comunicación de los gestos:
El cuerpo humano es
la aspiración por expresarse –por darle salida a lo interno, por su
presentación en algo, que es entendible para aquellos que no son “mi cuerpo”.
Ortega advierte que la intimidad invisible e inaccesible “toma
cuerpo” y se hace
visible en la forma de gesticulación –en la cual están incluidos “no solo los
movimientos de las manos, brazos y piernas, sino también las leves
modificaciones del tono muscular en ojos, mejillas etc.”. La gesticulación
acompaña al lenguaje. Es más, según Ortega el lenguaje ha surgido de ella y
junto con ella. (530)
Es claro
que el problema es considerablemente mayor, por lo pronto habría que dar cuenta
del modo en que la soledad radical que indica mi vida se pone en juego a partir
de una intersubjetividad fundante del lenguaje. Con esto, cabría la
interrogante acerca de la naturaleza de ese lenguaje y, desde luego, de la
génesis del sentido a partir de un análisis que desplaza la soledad radical y
en su lugar coloca la comunicación de los yoes. Ambos problemas exceden los
objetivos trazados en este artículo, por lo demás, revisar el estatuto del
cuerpo en tanto carne y, con ello, dar cuenta de una novedad orteguiana del
otro como expresión e interpretación de su interioridad es suficiente para
reflexionar acerca de la percepción del prójimo.
5. Reflexiones finales
Si comprendemos
al prójimo como cuerpo, entonces el yo lo percibe como corporalidad en medio
del mundo. No obstante, si el prójimo es comprendido en cuanto carne, entonces
el yo lo percibe como expresión de un intus auténtica y radicalmente de él, del
prójimo. De hecho, habría que precisar que esa percepción no es solo una
experiencia que informa de un algo en el mundo, sino que es
percepción-interpretación que da cuenta de un alguien, una persona con alma y
cuerpo. En sentido estricto: “el cuerpo vivido es la frontera entre yo y mundo, entre lo
real y lo virtual, un constante dinamismo entre superficie y profundidad, o más
bien entre expresión e intimidad” (Gobbi 212).
El prójimo
para Ortega, evidentemente, es carne expresiva abierta a la comunicación e
interpretación de la otredad desde su génesis. De allí la radicalidad en la
caracterización del cuerpo como expresión, pues permite a Ortega pensar la vida
privada del yo en relación directa con el otro, es decir, mi radical intimidad
y latencia expresada manifiestamente a un prójimo. Como escribe el propio
Ortega en El hombre y la gente “el hombre no aparece en la soledad –aunque su verdad última es
su soledad–: el hombre aparece en la socialidad como el Otro, alternando con el
Uno, como el reciprocante” (148).
La
importancia de volver sobre el estatuto del cuerpo y, por extensión, del
prójimo en Ortega se debe a que revisar la cuestión de la expresión implica,
por un lado, delinear elementos centrales para un análisis hermenéutico del
cuerpo y de la dimensión intersubjetiva que atraviesa la experiencia subjetiva.
Por otro, conduce a una reflexión ampliada de la persona en la filosofía
orteguiana, esto es, no solo respecto de la estratificación que hemos referido
en el presente escrito, más complejo aún, respecto de la persona, del hombre,
caracterizado genéticamente como abierto al prójimo.
Esto último
es, sin lugar a duda, una de las tareas centrales no solo de la filosofía
orteguiana, sino de la filosofía contemporánea, a saber: reflexionar acerca de
la expresividad como suelo sobre el cual se monta una filosofía del prójimo
(esto en su sentido amplio, es decir, tanto ética, política,
epistemológicamente, etc.). Finalmente, considérese este señalamiento con el
siguiente pasaje de Ortega, donde invita a reflexionar desde el nosotros:
El hombre está a
nativitate abierto al
otro que él, al ser extraño; o, con otras palabras: antes
de que cada uno de nosotros cayese en la cuenta de sí mismo, había tenido ya la experiencia básica de
que hay los que no son “yo”, los Otros; es decir, que el Hombre al estar a
nativitate abierto al
otro, al alter que
no es él, es, a nativitate, quiera o no, gústele o no, altruista. (El hombre y
la gente 150)
Bibliografía
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[1] Giulia Gobbi, estudiosa de la filosofía de
Ortega, recientemente describió de un modo sintético parte del recorrido
crítico de su pensamiento en relación con la tradición filosófica de comienzos
del siglo XX: “La reflexión orteguiana sobre el cuerpo hunde sus raíces en su
amplia arquitectura filosófica que representa un unicum en la historia del pensamiento español. Ortega no se ocupó del problema del
cuerpo humano stricto sensu, sino hablando de una antropología
filosófica que llevaba a la luz el problema del yo y por consiguiente la
relación entre yo, cuerpo y mundo. Sus artículos más específicos sobre el tema
de la corporalidad se concentraron entre el 1924 y el 1929, sin embargo, hay
una serie de estudios y artículos en torno al 1913 y 1914, en los cuales las
influencias fenomenológicas sobre el tema son más evidentes. Dichos artículos
son Sensación, construcción e intuición y Sobre el concepto de sensaciones. Además, cabe decir que el punto de partida más
sugerente para la explicación del tema es el célebre Meditaciones del Quijote del 1914, donde se profundizan algunos conceptos
que incluyen y explican la corporalidad en un sentido más amplio, es decir
profundidad y superficie, perspectiva y circunstancia” (206).
[2] A propósito de este punto, resulta pertinente
apuntar, junto con Jorge Acevedo, que “frente al realismo, al viejo idealismo y
al idealismo fenomenológico Ortega postula que lo que verdaderamente hay y es dado es un absoluto acontecimiento, consistente en la coexistencia mía con las
cosas” (La sociedad 83). Por su parte, Javier San Martín ha
sostenido que, junto con una lectura crítica de tal idealismo fenomenológico,
en Ortega puede trazarse con propiedad una fenomenología cuyo horizonte es el
de la razón vital y la historia (La fenomenología 13-15).
Antonio Gutiérrez Pozo, en continuidad con esta línea interpretativa, ha
sostenido que existe un ejercicio de renovación fenomenológica a partir del
raciovitalismo orteguiano, alineando las nociones de conciencia natural con
ejecutividad de la vida (“Vida, conciencia”).
[3] En su célebre texto a
propósito de la corporalidad en Ortega, Orringer ha escrito que esta idea de
perspectiva conduce a lo que Ortega denominará como intracuerpo: “Ortega
acentúa la variedad de perspectivas sensoriales en la contemplación del cuerpo
no solo desde fuera, sino también desde dentro” (17). Este desde dentro, que es
el intracuerpo orteguiano, es lo que se pondrá de relevancia en la
estratificación entre vitalidad, alma y espíritu.
[4] Habría que señalar, por lo demás, que la
circunstancialidad del cuerpo obliga al yo a una perspectiva determinada desde
donde percibe el mundo circundante: “El cuerpo en que vivo infuso, recluso,
hace de mí inexorablemente un personaje espacial. Me pone en un sitio y me
excluye de los demás sitios. No me permite ser ubicuo. En cada instante me
clava como un clavo en un lugar y me destierra del resto. El resto, es decir,
las demás cosas del mundo están en otros sitios y solo puedo verlas, oírlas y
tal vez tocarlas desde donde yo estoy” (Ortega y Gasset, El hombre y la gente 125).
[5] Es preciso señalar que, en este caso, la
referencia a la fenomenología husserliana se ciñe estrictamente a su etapa
estática, es decir, a una aproximación analógica del cuerpo (Körper) de la alteridad. En otras palabras, el contraste que se vislumbra entre
ambos autores debe ser referido a este modo de dar cuenta de la alteridad y no
al posterior desarrollo de la fenomenología genética y generativa. Respecto de
estas últimas etapas, es más bien el Leib, la empatía, la
intersubjetividad constituyente de la Lebenswelt y la
comunidad intencional en su sedimentación histórica las que adquieren
relevancia. Al respecto, el estudio de Osés Gorraiz (1989) sobre la sociología
en Ortega resulta ilustrativo al afirmar que “para Ortega criticar la
fenomenología [estática] sería un imperativo, pues esa teoría no representaba
más que la forma última y mejor elaborada del idealismo” (70). Aún más: “Ortega
comienza su ataque a Husserl analizando la dificultad que este encuentra para
constituir al otro” (298). En este sentido, se comprende que la crítica de
Ortega surge en tanto esta fenomenología se encuentra atravesada por
dificultades que le imposibilitan constituirse como sistema, aunque sí la
recoge como método válido para reflexionar sobre la razón histórica de la realidad
radical.
[6] A propósito de la compleja y escurridiza relación
entre Husserl y Ortega, Javier San Martín (“Ortega y Husserl”) se ha referido a
ella como una “línea ascendente de desidentificación” (113), en la medida en
que existe una primera adopción del método husserliano, que va
desidentificándose en la medida que Ortega emprende su “segunda navegación” y
Husserl, por su parte, continúa el despliegue argumentativo de su fenomenología
hacia el tópico de las sedimentaciones y formaciones histórico-intersubjetivas.
Javier San Martín señala que una dificultad no menor en la relación entre ambos
“proviene de la fenomenología misma, pues es difícil decir qué fenomenología
tiene en cuenta Ortega cuando asegura que se salió de ella. […] En la década de
los treinta Ortega rechaza parte de la fenomenología de las Ideas [de acuerdo con lo señalado anteriormente, su etapa estática], la única que
él, como la mayor parte de los lectores de Husserl, conocía. Pero cuando se
publican las dos primeras partes de La crisis de las ciencias europeas [enfoque generativo], se sorprende porque esa
fenomenología era semejante a la que él estaba haciendo. Pero justifica su
crítica a la fenomenología con el convencimiento de que ese texto, que le
parecía incompatible con las Ideas, provenía de Fink, lo que fue desmentido por
la historia” (109).
[7] Al respecto, Lasaga indica una breve, pero
importante aclaración: “no reside en que lo mineral no tenga un interior –desde
Meditaciones del Quijote sabemos que es propio de toda superficie
contener virtualmente una dimensión de profundidad, de interioridad– sino en
que lo interior de la carne es justamente lo que la constituye como tal; es su
propiedad específica y actual, no meramente virtual y posible” (194).
[8] Por lo mismo, apunta Ortega, “la
diferente actitud nuestra ante la carne y ante el mineral estriba en que, al
ver carne, prevemos algo más que lo que vemos; la carne se nos presenta, desde
luego, como exteriorización de algo esencialmente interno. El mineral es todo
exterioridad; su dentro es un dentro relativo” (Sobre la expresión 577). Entonces, la
percepción del prójimo, desde una proximidad arcaica, es percepción de una
superficie de campos latentes y virtuales que aparecen ante nuestro aparecer
común.
[9] En este sentido, hay una
distinción fundamental entre la filosofía orteguiana y la cuestión del Otro en
la fenomenología estática de Husserl, desde donde se comprendería el
distanciamiento orteguiano. De hecho, el filósofo español plantea una dura
crítica a la síntesis analógica del otro, en cuanto la reflexión husserliana de
la localización de mi cuerpo y el cuerpo del otro quedaría presa en la
descripción del cuerpo perceptivo, es decir, del Körper, siendo que, para dar con una aparición real del otro, de su vida
radical, habría que pensar no a partir del Körper, sino del Leib
del otro. Leemos de Ortega: “El error garrafal consiste en suponer que la
diferencia entre mi cuerpo y el del Otro es solo una diferencia en la
perspectiva, la diferencia entre lo visto aquí y lo visto desde aquí –hinc– allí –illic.
Pero la verdad es que eso que llamo ‘mi cuerpo’ se parece poquísimo al cuerpo
del otro. La razón es esta: mi cuerpo no es mío solo porque me es la cosa más
próxima, tanto que me confundo con él y estoy en él, a saber, aquí. Esto sería
tan solo una razón espacial. Es mío porque me es el instrumento inmediato de
que me sirvo para habérmelas con las demás cosas –para verlas, oírlas,
acercarme o huir de ellas, manipularlas, etc. Es el instrumento u órgano
universal con que cuento; por eso mi cuerpo me es el cuerpo orgánico por
excelencia. Sin él no podría vivir y en calidad de ser la cosa del mundo cuyo
“ser para” me es más imprescindible, es mi propiedad en el sentido más estricto
y superlativo de la palabra. Todo esto lo ve perfectamente Husserl. Mas, por lo
mismo, sorprende que identifique la idea del “cuerpo que es mío”, con el cuerpo
del Otro, que solo me es a través de mi cuerpo, de mi ver, de mi palpar, oír,
resistirme, etc. La prueba de que son casi totalmente diferentes es que las
noticias que de mi cuerpo tengo son principalmente de dolores y placeres que él
me da y en él aparecen, de sensaciones internas de tensión o aflojamiento
muscular, etc. En suma, mi cuerpo es sentido principalmente desde dentro de él,
es también mi “dentro”, es el intra-cuerpo, al paso que del cuerpo ajeno
advierto solo su exterioridad, su forma foránea, su fuera” (El
hombre y la gente 163-164). Como hemos señalado
anteriormente, esto se contextualiza, particularmente, en la lectura que Ortega
hace de textos como Ideas, donde aún existe una noción estática del sentido
fenomenológico de toda otredad. Hacia textos como Meditaciones
cartesianas y, especialmente, Crisis, Husserl ya plantea la cuestión del Leib como matriz central en la relación intersubjetiva, a su vez que
destaca el sustrato histórico de la comunidad intersubjetiva.
[10] Al respecto Ortega señala: “¿es que alguien ha
visto todo un cuerpo? ¿Quién ha visto, por ejemplo, entera una naranja? De
cualquier sitio que la miremos encontraremos solo de ella la cara que da a
nosotros; su otro haz queda siempre fuera de nuestra visión. Lo único que
podemos hacer es dar vueltas en torno al objeto corporal y sumar los aspectos
que sucesivamente nos presenta; pero entero y de un golpe, con auténtica e
inmediata visión, no lo vemos nunca. Conviene no olvidar esta sencilla
observación, porque de ordinario creemos que el mundo material nos es por
completo patente y, en cambio, el mundo íntimo nos es por completo inasequible.
En ambos sentidos se exagera” (Sobre la
expresión 579-580).
[11] Recordemos un importante pasaje de El hombre y la gente: “La vida del otro no me es realidad patente como
lo es la mía: la vida del otro, digámoslo deliberadamente en forma gruesa, es
solo una presunción o una realidad presunta o presumida –todo lo infinitamente
verosímil, probable, plausible que se quiera–, pero no radicalmente,
incuestionable, primordialmente ‘realidad’ […] A todas estas realidades
presuntas, a fin de no confundirlas con la realidad radical, las llamaremos
interpretaciones o ideas nuestras sobre la realidad” (142-143). En
consideración con este carácter interpretativo propio de la dimensión
intersubjetiva y, en rigor, del hacer ejecutivo de la realidad radical,
Gutiérrez Pozo ha sostenido el preminente carácter hermenéutico que existe en
los planteamientos de Ortega sobre la razón vital y, especialmente, la historia
en tanto que hacer común (“La vida”).