Revista de Humanidades n.º 54: 509-537

ISSN 0717-0491, versión impresa

ISSN 2452-445X, versión digital

DOI: https://doi.org/10.53382/issn.2452-445X.1049

revistahumanidades.unab.cl

 

A mulher é uma degenerada (1924)

traducción del ensayo de María Lacerda de Moura

 

 

Javiera Hernández Arriagada

Universidad Andrés Bello

Departamento de Humanidades

Sazié 2325, Santiago

 

 

María Lacerda de Moura (1887-1945) –pensadora brasileña de comienzos del siglo XX– fue una intelectual transdisciplinar: profesora, escritora, editora y reconocida militante y conferencista. Aunque es considerada pionera de lo que hoy se conoce como anarcofeminismo, su obra sigue siendo de difícil acceso. En los años setenta, el movimiento feminista brasileño retomó algunos de sus postulados, sin referenciar su autoría. La vigencia de la autora para el debate feminista actual radica en su visión del feminismo como una vía de emancipación integral para la mujer, en contraste con el feminismo liberal y el sufragismo, que concentraron sus esfuerzos en la conquista de derechos políticos

En “La mujer es una degenerada” publicado en 1924, la autora cuestiona los discursos científicos y médicos imperantes en la época, particularmente las tesis del psiquiatra portugués Miguel Bombarda, quien a partir de postulados pseudocientíficos (como los denomina Lacerda de Moura) pregonaba la supuesta inferioridad intelectual de la mujer, justificando su rol de subalternidad y el limitado espacio de actuación en la sociedad; acusándolas, además, de ser un elemento degenerador de la especie humana.

A través de una argumentación irónica y polémica, el ensayo de Lacerda de Moura se constituye como una réplica a Bombarda para desmantelar los fundamentos biológicos, antropológicos y morales del antifeminismo, abogados no solo por el psiquiatra portugués sino por diversos intelectuales. De esta forma, pone de relieve la crítica a la inferioridad intelectual femenina, así como la denuncia de los prejuicios sobre la esterilidad, la maternidad y la sexualidad de las mujeres. Asimismo, se abordan las nociones de raza y degeneración, dejando en evidencia sus inconsistencias científicas. El texto articula una defensa de la emancipación femenina desde una perspectiva materialista y crítica de la modernidad, que nos permite ampliar la visión en los debates contemporáneos.

“La mujer es una degenerada” es una traducción inédita del texto de Lacerda de Moura, publicado en su tercera edición por Civilização Brasileira Editora en 1932. La traducción del portugués al español del ensayo, además de la traducción de citas en francés empleadas por la autora, son mías.

 

La mujer es una degenerada[1]

 

 

“La mujer es una degenerada” es una serie de reflexiones y, como no estoy autorizada por la ciencia sino por mis lecturas y observaciones de cada día, necesito apoyarme en los científicos.

No es un robo: no hago como aquellos que no citan, sino que copian… No sigo el ejemplo numeroso de esos científicos que nos entregan, como si fuera de primera fuente, tesis muy conocidas.

Reivindico mi derecho: lo que es mío, es muy mío.

 

 

El conocido psiquiatra, Miguel Bombarda, en su libro La epilepsia y las pseudo epilepsias, lanzó sobre la mujer el siguiente anatema: “La mujer es una degenerada”. Y considera “ridículo” cualquier esfuerzo “en pos de la independencia de la mujer y de su elevación hacia el hombre”.

 

“El mal no sería tan grande, dice él, si solamente se tratara de algunas decenas de degeneradas más radicales, las que luego de esterilizadas, anularían un elemento de degeneración de la especie”. “Pero tanto la propaganda como las necesidades de la existencia, arrastran cada vez más, a un número mayor de mujeres; un elemento más del descarrilamiento en la población, porque la mayor parte se esteriliza y, lo que es aún peor, este es un elemento que aviva el fuego de la degeneración; los excesos y las fatigas intelectuales que vienen a doblegar el papel del hombre en su acción degenerativa”. “Es de gran interés para las razas y la conservación de su pureza, combatir a toda costa la invasión de las sociedades por parte de esos modernos bárbaros, tan queridos por el hombre”. “Es necesaria una contrapropaganda que defienda las posiciones tomadas. “Toda tolerancia en este ámbito es un error que nuestros hijos tendrán que pagar”.

 

Analizaremos por partes la teoría de Bombarda, teoría aceptada por un número importante de miembros de la sociedad, y la combatiremos con las fuerzas que disponemos, una vez agotada la ciencia de la que ha hecho apostolado un representante directo del antifeminismo.

Bombarda considera ridículo cualquier esfuerzo en pos de la elevación de la mujer hacia el hombre. ¿De qué elevación habla? En la actualidad el denominado sexo fuerte es de una mediocridad alarmante; no se vislumbra ni mentalidad ni cosa alguna que provoque un deseo de imitación. Por el contrario. Si la mentalidad masculina tradicional tuviera algo de consciente, ciertamente la mujer no estaría en ese estado de ignorancia, tan atrasada. ¿Y desde el punto de vista de la moral?… me parece que no se refiere a ese tema el Sr. Bombarda. Además, es demasiado mediocre el deseo de querer ser igual al hombre… de reivindicar sus derechos, dentro de esta estructura social de esclavos y de máquinas al servicio de la mediocracia y de la industrialización. Nuestra discusión va mucho más lejos.

Incluso discutiendo con inteligencia, he escuchado a hombres de valor real, convencidos de que la mujer (por lo menos la mujer brasileña) es siempre más inteligente que el hombre brasileño. E incluso, nunca he escuchado dudas sobre tal opinión. Estoy, desde hace mucho, convencidísima, gracias a mis observaciones, que la mujer brasileña es muchísimo más inteligente que el hombre brasileño. Lo que ella es, ciertamente, es aprovechadora… saca partido de su situación, emplea la astucia, la única arma que le dejaron para defensa propia. Y, perezosa, se acomoda como puede: cuando se trata de cortarse el pelo a la Garçonne, no como medida higiénica, sino siguiendo un precepto de moda, cuando se trata de disfrazar e ir con el marido a los cabarets elegantes, cuando es momento de tomar champaña en los años nuevos en los hoteles más chic y ser compañera en el festejo de los concursos de piernas… cuando se trata de salir sola, ahí entonces ella quiere ser independiente, feminista, libre, pero, cuando es necesario luchar por la vida, conseguir un trabajo para ganarse el sustento, o sacrificar la moda y sus caprichos, entonces ella se apoya en una muleta, prefiere ser “protegida”… Y armoniza todo: es independiente cuando le conviene, es “sumisa y finge ternura”, cuando lo considera necesario. Y las de la “alta sociedad” viven entre “él y el otro”, regalando caricias y poniendo en juego todas sus “virtudes” de dedicación, de “sensibilidad”… Y esos hombres a quienes supuestamente le tenemos “envidia”… ellos también saben armonizar todas esas situaciones, aunque abofeteando, entre copas de champaña o en los cabarets, acompañados o no, de sus siempre “virtuosas acompañantes”.

 

 

Degeneración

 

Bombarda habla tanto de la degeneración, pero, ¿quién se degenera o quién degenera más a la descendencia?: ¿la media docena de feministas modernísimas (eso es tema para otro día), o los millones de hombres que usan y abusan del alcohol, de la morfina, de la cocaína, del opio, y de otros vicios inconfesables?

El feminismo nació ayer, a raíz de las necesidades de defensa dentro de la sociedad capitalista y, ¿es desde hoy que las sociedades se vienen degenerando? ¿Si en Roma todavía no existía el feminismo, por qué entonces se corrompieron y degeneraron las civilizaciones romanas? ¿Y la sífilis? No fue inventada por el feminismo ni en los tiempos de las reivindicaciones femeninas, ¿y los innumerables cerebros masculinos atacados por ella, serán de una altura que valga la pena querer alcanzar?

Esos hombres buscadores de placer hablan de excesos y fatigas intelectuales, pero y ¿de los excesos y fatigas de otro género las cuales degeneran más rápidamente?

Si el exceso siempre es perjudicial, convengamos que los trabajos intelectuales, si por un lado generan fatiga al organismo, por otro, exaltan las energías latentes, y de ahí se originan fuerzas nuevas, restauradoras, que no se ponen en práctica sino cuando existe vida interior, y estarán adormecidas si los excesos provienen de los bailes, de las diversiones comunes, de los cabarets, de los placeres del juego, o de cualesquiera víscera.

 

 

Esterilidad

 

Más aún: hablan solo de la esterilización femenina, en cambio, la medicina habla sobre la esterilidad masculina. Hay mujeres que solo tienen hijos en el segundo matrimonio. Pero, se nos convenció que muchas cosas son naturales para la mujer y deprimentes para el hombre…

De ahí se originan una serie de absurdos prejuicios abrazados no solo por el hombre, sino también protegidos por la “inocencia o sumisión e inconsciencia de la mujer”. El tema es esquivado y considerado como impropio, incómodo, sobre todo porque los hombres se “encolerizan” y se sienten ofendidos en su dignidad.

Bombarda considera la educación femenina, la emancipación de la mujer como una poderosa fuerza degeneradora, como un elemento de esterilidad.

Partamos por mi propio caso, ya que alguna vez me denominaron líder de la emancipación femenina en Brasil. De hecho, infelizmente, no tengo hijos, pero mi madre que no estudió tuvo solo dos hijas.

En relación a mí, puedo decir que me casé a los diecisiete años; antes de eso, estudié para no ser analfabeta. Mis colegas de la Escuela Normal de Barbacena andan por ahí, llenas de hijos, modelos auténticos de criadoras, de madres de familia; mi hermana tuvo cinco y tres de esos hijos fueron prematuros.

Toda esta aburrida exposición tiene por objetivo probar que no fue la educación primaria, ni el diploma de profesora normalista lo que me hizo estéril, claramente.

Casada durante diez años, llevé la vida que toda recién casada lleva: bordando, cosiendo, pintando adornos para la casa, tocando piano, paseando, conversando inútilmente, durmiendo bien y comiendo mejor, leyendo novelitas, gozando de una buena salud general y sin haber tenido hijos.

Hace solo diez años (1924) que leo seriamente y, en ese período de tiempo, solo hace seis que llevo una vida de escritora y de propagandista de la emancipación femenina. ¿Podemos entonces, atribuir a esta actividad que realizo hoy, mi esterilidad de años atrás? Eso, más que un infantilismo, sería mala fe. ¿Y por qué no tuve hijos antes de dedicarme a una vida más consciente y más útil?

La mujer hotentote, dicen los antropólogos, tiene en promedio tres o cuatro hijos. Es una suerte para ella tener uno, dos o ninguno. ¿Será la extraordinaria vida del pensamiento (!) de la hotentote lo que le va provocando la esterilidad?

En orden inverso: la mujer alemana es mucho más fecunda e instruida.

Las causas son otras, y no hay peor ciego que el que no quiere ver. Pues, si la mujer vino al mundo solo para parir hijos, ¿qué incoherencia de la naturaleza es hacer estéril a la mujer, cuando es una cuestión que ocurre de manera tan excepcional en los animales? No se trata de una degeneración, de excesos o de otras cosas que podrían ser evitadas o desviadas, pues la esterilidad femenina existió en todos los tiempos: en la Biblia podemos corroborarlo en muchos casos. Entonces, no es el resultado de la civilización moderna y sus depravaciones.

Pero todo esto tiende a materializar demasiado la vida. La sed de verdad nos hace conscientes, el ansia de sueños y de ideas nos coloca en condiciones de adorar a los dioses que viven en el mundo interior de nuestras visiones superiores.

Y si el hombre vuela, más allá del macho, hacia lo desconocido, ¿por qué la mujer tendrá que permanecer encadenada, exclusiva, eterna e inevitablemente al papel de hembra?

Es una prueba más de la brutalidad, del sensualismo y del egoísmo masculino: el hombre quiere ir más allá de sus especulaciones científicas, filosóficas, artísticas, pero cuando baja al mundo, necesita encontrar lo derivado materializado, concretado, para la satisfacción de su naturaleza inferior. Así, disfruta de su mentalidad y de su instinto. A la mujer le restan solamente la inconsciencia, la debilidad sin defensa, la maternidad con su cortejo de dolores y amarguras y el yugo masculino. Y así todo funciona muy bien. Y pobre de aquella que proteste, pobre de aquella que tenga el coraje de decir algo fuera de las normas establecidas.

Si al menos leyó y no asimiló, no digirió, unió palabras inconexas, tiene motivo de desesperación.

Por eso, frecuentemente, me dicen señorita… Y reclamo siempre: soy casada y puedo hablar en nombre de las solteras. No es motivo de desesperación: no soy vieja, ni me pasé la vida en medio de nubes blancas, como ya supondrán. No hablo de mí: reivindico los derechos de mi sexo, de todas las mujeres. Además de todo, el tener hijos, no debe, ni puede impedir pensar. No son cosas incompatibles.

Al contrario, es necesario, e incluso, imprescindible para el beneficio de los mismos individuos, considerados como organismo animal, que ambas ideas se armonicen.

Llegamos a la siguiente conclusión: si la hotentote salvaje no tiene más de cuatro hijos y es comúnmente estéril o si tiene solo uno o dos hijos, está claro que la mujer civilizada no puede atribuir su esterilidad a la instrucción rudimentaria que recibe cuando siente el fuerte deseo de enfrentar la avalancha de reacciones antifeministas.

Lo que convierte a la mujer civilizada en estéril es el anhelo de placer y de luchar por la vida, es el lujo y la ostentación en los salones y la comunidad de los hombres y las mujeres sin mentalidad ni conciencia, es el mercantilismo de los contrabandistas de las salud, de esos médicos comerciantes y libertinos, es el anhelo de satisfacciones materiales al precio del asesinato de los hijos indefensos (crimen mayor que el asesinato de hombres que se pueden defender); marido y mujer, médico y enfermeros, cómplices de esos atentados en todo momento.

¿Y por qué la sociedad condena la maternidad libre? ¿Cuántas grandes almas femeninas de este mundo, desean fervorosamente un hijo?, ¡no deseando en absoluto al marido!… Son justamente esas, las llamadas emancipadas, las inteligentes, las con carácter, las que no sostienen el yugo del señor mediocre y pretencioso, muy por debajo del nivel de ellas, mientras que, se entregarían felizmente al yugo de una maternidad absorbente.

Y al carácter femenino al que atacan, es el combate a la rebeldía y a la superioridad moral, a la insumisión, al deseo de libertad en el amor, en el más amplio sentido de la palabra.

 

 

De las razas y de su pureza

 

Que todo lo que sea del interés de las razas y de su pureza lo combatiremos. Esa es otra ingenuidad.

Veamos lo que es posible saber respecto de la tan celebrada pureza de las razas.

Las teorías de las razas se apoyan en el índice cefálico, en las diferencias craneológicas, el color de la piel, la estatura, el pelo, etc., etc., sin bases justificadas, porque todo eso es falso.

Este asunto merece ser desarrollado en extenso: no cabe en los límites de unas cuantas páginas. Lo resumiremos. Quiero solo justificar mis palabras de protesta respecto de la afirmación de Bombarda.

“No hay razas, hay pueblos”, afirma Colajanni. La antropología es una “ciencia mal definida y sujeta a toda suerte de errores”, dice Finot.

Comencemos con un ejemplo: el índice cefálico de los griegos modernos es de 76 a 81 y no pueden proporcionar grandes hombres” ¡y los antiguos griegos tenían un índice 76! Las contradicciones son evidentes.

Aristóteles decía que el hombre llega a ser más inteligente que los otros animales porque su cabeza tiene dimensiones relativamente pequeñas.

Los antropólogos de las razas estiman la proporción entre la grandeza de la cabeza y la grandeza de la inteligencia.

Parchappe y Broca responden que la imbecilidad y la estupidez dependen de la pequeñez de la cabeza. Parchappe comparó las medidas de las cabezas de cincuenta hombres de inteligencia normal, encontró siete dimensiones inferiores a las del imbécil observado, mientras que trece de ellos poseían dimensiones levemente superiores. Una cabeza de mujer inteligente fue encontrada, por el mismo profesor, con las dimensiones de la cabeza de un idiota.

Parchappe considera que la inteligencia puede manifestarse de manera normal en una cabeza de volumen inferior, igual o solo levemente superior al volumen de las cabezas de los idiotas. Para él, la inteligencia nunca es proporcional al volumen de la cabeza. En la colección de imbéciles de Parchappe, el que tenía la cabeza más pequeña tenía solo 460 milímetros de circunferencia horizontal, este era el más inteligente del grupo: era el único que hablaba y conocía el valor del dinero.

Sergi cree que, después de la medición del índice, ese cráneo, que debía ser dolicocéfalo puede ser braquicéfalo y viceversa.

Y el cráneo varía según la constitución física. ¿Y las deformaciones craneanas como estética para algunos pueblos?

También se modifican las formas del cráneo como consecuencia de la alimentación, tanto en el hombre como en los animales.

Manouvrier señala que es difícil hacer corresponder las variaciones del cráneo con las variaciones de la inteligencia, y dice que “es un error querer hacer de la variación del índice cefálico una especie de frenología de las razas, porque ningún hecho biológico lo justifica”. Por el contrario, las variaciones del índice cefálico son muy insignificantes desde el punto de vista fisiológico. En la braquicefalia, el cráneo gana en anchura lo que pierde en longitud”.

 

 

Dolicocéfalos y braquicéfalos

 

El tipo ideal de los antropólogos de las razas es el dolicocéfalo; pues bien, ese tipo es encontrado frecuentemente entre salvajes y pueblos primitivos.

Finot cita cifras y más cifras en favor de ese caso. En relación con el peso del cerebro concluye con un ejemplo: un gato y un león; en el gato la proporción del peso del cerebro con el cuerpo es de 1 a 106, en el león es de 1 a 546. ¿El gato es entonces 5 veces más inteligente que el león? ¿Se concluye entonces (mientras el animal es más pequeño, más ventajosa se muestra la porción del cerebro en relación con el cuerpo) que los animales pequeños son relativamente más inteligentes que los animales grandes?

Broca considera ridícula la pretensión de dependencia entre el grado de inteligencia y las dimensiones y, en consecuencia, de las formas de la cabeza.

Broca, Parchappe y tantos otros afirman que el ejercicio intelectual aumenta el peso y el volumen del cerebro y, por tanto, de la inteligencia. A esas mismas conclusiones llegaron Lacassagne, Cliquet, Ferri, Vitalis, Galton, Vann, etc. Nystrom llegó a los mismos resultados, esto es, a conclusiones opuestas a las de los predicadores de la teoría de los dolicocéfalos superiores.

Finot sale de las normas establecidas por los antropólogos de las razas diciendo que “la forma redondeada (braquicefalia) presenta la ventaja de que puede contener relativamente más masa cerebral en un espacio mínimo. ¡El futuro está en los cráneos grandes, en los braquicéfalos!”.

Respecto de lo anterior, Ammon, sabio alemán, aconseja el alcohol, “el libertinaje” y toda suerte de vicios: poner a disposición de los “inferiores” la cachaza, el desenfreno, provocar rápidamente su degeneración para hacerlos desaparecer. Los inferiores son para él, ¡los braquicéfalos! Y Kant, Laplace y Voltaire, eran braquicéfalos.

El profesor Langer, austríaco, anatomista notable, cree que la modificación de la estructura craneal no depende solo del trabajo intelectual, sino también de que nuestro aparato de masticación depende de la forma del cráneo.

Con respecto a la cubicación se podría citar mucho.

Morton, sobre esas experiencias, llegó a la conclusión de que los negros de África y de Oceanía serían muy superiores a los americanos.

El peso depende de la estatura, de la edad, del sexo. Y siguiendo a Finot: “ninguna de las teorías basadas en ese factor (craneología) puede resistir, desde ese punto de vista (peso del cerebro) la más mínima crítica”.

Lo más interesante es lo siguiente: “a medida que envejecemos, el peso del cerebro disminuye notablemente. A partir del año cuarenta y cinco el cerebro comienza a disminuir; a los noventa años ha perdido hasta 120 gramos en hombres y menos de 90 en mujeres (cálculos de Broca, Topinard, etc.). El peso del cerebro también aumenta con el ejercicio y disminuye en ausencia de cualquier trabajo intelectual”.

Esa es una ley antropológica con la cual todos los antropólogos concuerdan y que pone en duda sus propias teorías, probando que, además de la materia con la cual forjan y deducen leyes y teorías, hay otras leyes y otras fuerzas desconocidas por la ciencia oficial, fuerzas y leyes y energías muy por encima de esa ciencia pretenciosa, la que desafía las deducciones livianas que sirven a sus propios intereses, a sus opiniones personales y apasionadas.

Si a medida que envejecemos el peso del encéfalo disminuye de manera sensible y si la inteligencia es proporcional al peso del encéfalo, también la inteligencia debería disminuir notablemente después de los 45 años en el hombre y, antes de esa edad, en la mujer.

Eso no ocurre: hay centenas de ejemplos que podrían servir para el caso; me limitaré al ejemplo clásico: Rousseau. Después de los 45 años este hombre produjo mucho y con toda la fuerza de la inteligencia. Algunos comienzan ahí su carrera. Y, en relación con la mujer, en opinión del célebre antifeminista y antropólogo, justamente lo contrario: ella solo podrá ser alguien después de entrar en la vejez… ¡Qué contradicción!

La proporción de pérdida de peso del cerebro del hombre y de la mujer también da espacio a muchas deducciones interesantes. ¿Y cómo es que el peso del encéfalo, después de cierta edad, disminuye a falta de todo trabajo intelectual” ¿Qué importa entonces el peso del encéfalo?

En los experimentos, sobre las medidas y el peso del encéfalo han sido observadas esas leyes, han sido observadas seriamente, sin ideas preconcebidas, y considerando las edades de los individuos – hombres y mujeres – ¿se ha hecho el cálculo proporcional de esa pérdida?

Si después de los 45 años va disminuyendo notoriamente el peso y, con él, como consecuencia lógica, debe disminuir la inteligencia (inversamente: al aumento del peso del cerebro la inteligencia crece), ¿cómo es que la edad de oro del hombre va mucho más lejos y cómo es que los intelectuales, los sabios, los pensadores llegan a edades avanzadísimas algunas veces, con todas las facultades y sentidos vivos y agudizados más que el hombre común, y produciendo ardorosamente? Está claro que a los 90 años ocurre un salto formidable al retroceso, pero no solo en el cerebro, sino en todo el organismo. Y, en ciencia no hay excepciones. La excepción prueba la existencia de una ley desconocida.

Sería necesario que estudiáramos cráneos y encéfalos de mediocres, anormales, de pensadores y artistas.

Después de eso, ¿llegaríamos a una conclusión satisfactoria? Estoy segura de que todavía no.

Existen leyes desconocidas para nosotros, estamos imbuidos de una ciencia fallida, pretenciosa.

Continuemos nuestro razonamiento:

“Los salvajes de ayer pueden civilizarse fácilmente mañana; y, en el espacio de ciento cincuenta años, nos dirá E. Reclús, el negro ha recorrido una buena cuarta parte de la distancia que lo separa de los blancos”.

Y Finot todavía agrega: “Si decimos europeo, es solo una manera de hablar. Se trata del cráneo civilizado, que se distingue del cráneo de los pueblos incivilizados, que se distingue del cráneo de los pueblos incivilizados privados del ejercicio cerebral que esto les impone”. Si es así, ¿qué es lo que impide a la mujer infantil de hoy pensar mañana?

Hay pruebas de que los europeos son descendientes de negros de África desde tiempos inmemoriales. Así piensan Sergi, Brinton, Verneau, Menton, Albert Gaudry, Pittard, etc.

Desde el punto de vista fisiológico no hay razas, observan incluso que la vida sexual, la fecundidad, el período de gestación son siempre los mismos, en todos los lugares, en todas las criaturas humanas. En los animales no es así.

También para Buffon, la raza no es sino una variedad criada y fijada por las influencias climatológicas, la alimentación y las costumbres.

Otra cosa interesante observada por los antropólogos: las medidas craneales de los judíos austríacos corresponden a las de los hombres intelectuales de los Estados Unidos; las medidas de los judíos del Cáucaso corresponden a los habitantes de Rusia meridional. Cuestión de localización.

Los primeros son usureros, calculistas, economistas, negociantes, abogados, médicos; los últimos trabajan más materialmente, en labores agrícolas, por ejemplo. Todavía más: el color de la piel depende del calor, de la alimentación, de la humedad atmosférica, de la abundancia o la falta de bosques, de la latitud.

Los abisinios son diferentes en los montes o en las planicies. Los árabes de la Meca no son los mismos árabes de Yemen, del sur de Damasco o de Nubia: en los climas amenos son claros, en La Meca son amarillo oscuro y pierden los trazos característicos de los beduinos; en Yemen tienen el perfil clásico de los griegos, en Damasco son más bajos y de cabellos abundantes; en Nubia son negros. (Observaciones de Escayrac de Lauture, citadas por Finot).

“La pigmentación de la piel parece un acondicionamiento o defensa a la acción de los rayos químicos o activos del sol, muy dañinos a la sustancia viva; donde la mayor radiación solar se corresponde con la mayor pigmentación” (A. Peixoto – Higiene).

Imposible citar tantas observaciones contra la antropología de las razas.

Veamos, por último, lo que nos dice Oliveira Martins en su Antropología; “Broca encontró entre los cráneos de la fosa común y los de los cementerios de los ricos en París, diferencias de capacidad más profundas que en las de razas antropológicamente bien distantes: ¿se puede inferir de ello que en París cohabitan dos razas naturales, la de los pobres y la de los ricos? No; son, desgraciadamente, solo ¡dos razas sociales!” Eso basta para conocer la opinión de Oliveira Martins.

Si esto es así, tampoco hay razas puras. Gustave Le Bon contesta a la existencia de las razas puras: “en los pueblos civilizados ya no hay razas naturales, ¡apenas razas artificiales creadas por las condiciones históricas!” Y Colajanni dice que “la superioridad y la inferioridad de las razas depende del momento en que se les observa”.

Y si los antropólogos echan por tierra la posibilidad o el mito de la raza aria o de la descendencia aria de los europeos, toda la teoría de las razas se cae, es claro: “estos llamados arios nunca existieron como un pueblo primitivo sino solo como una invención de los eruditos de gabinete” (H. Hartmann) o “el estado ario de unidad tópica nunca ha sido descubierto” (Virchow); toda la teoría de las razas es, pues, salida de los gabinetes de los sabios teóricos.

La descendencia de los celtas, de los galos, de los germanos, todo eso es problemático.

Bien, si no hay razas, no hay hombres condenados eternamente a la inferioridad, es cosa de desarrollo, de civilización. Tiene razón Finot: “un estudioso que se atreva a pronunciar un veredicto de barbarie de por vida contra un pueblo, sea quien sea, merecería ser recibido con hilaridad”.

En este mismo sentido entonces, la mujer no está condenada perpetuamente a la inferioridad intelectual, a menos que constituya una raza aparte. Lo que ocurre, es lo siguiente: “Si los europeos modernos excluyen a las mujeres de tantas carreras útiles, bajo el pretexto de que su naturaleza no es adecuada para ellas, esta lógica se asemeja a la máxima esclavista demasiado familiar que niega al esclavo o al oprimido, en general, la capacidad de ser libre y, en consecuencia, la libertad, en interés del opresor” (Buchner – L’homme selon la science).

¿Cómo puede la ciencia prejuiciar fenómenos de ese orden y consecuentemente sus leyes?

Lo que está comprobado es que la actividad desarrolla el órgano y que la biología nos habla de la atrofia de los mismos órganos por la inactividad. Si se modifica la causa, el efecto será alterado. Todas las grandes y poderosas civilizaciones nacieron de la barbarie, de grupos y hasta de pequeños gregarios de la salvajería primitiva. Lo que se dice de la mujer se debería decir de la mayoría de los hombres, de la masa, de la incapacidad mental, de los vulgares, de los mediocres, de los ignorantes. El hombre heredó la tendencia autoritaria mientras cultivó la sumisión femenina; continúa siendo el señor, el súper, el protector, y quiere conservar el servilismo, la inferioridad, la dependencia de la protegida. Lo que existe es el interés masculino y la comodidad, la pereza de la mujer y su ignorancia y servilismo cultivados calculadamente a través de los milenos.

 

 

Solo el óvulo se salva en el gran desastre

 

Pasemos a otro punto del libro de Bombarda: “La degeneración de la mujer es parcial: el organismo entero es una decadencia; solo el óvulo se salva en el gran desastre”. ¿Es posible eso?, que de buena fe me respondan los científicos. ¿Es decadencia o es que no llegó al pleno desarrollo? ¿La naturaleza se equivocó en la mitad del género humano haciendo una ley de tamaña monstruosidad?

Error benéfico en la creación de dos mitades que se complementan, indispensables la una para la otra, para la vida del sentimiento y para la multiplicación de la especie. Un error como ese es lo que podemos llamar de ley natural… ley biológica: dos individuos diferentes esencialmente bajo el punto de vista fisiológico; para la armonía social, para la creación de un tercero que tendría que buscar su mitad y así sucesivamente.

Continúa Bombarda: “No es necesario conocer muy a fondo los hechos embriológicos para saber que la sexualidad femenina simplemente representa una suspensión del desarrollo; esto bastaría para caracterizar de teratológico (de ¡monstruoso!) el organismo de la mujer”. Lo que el psiquiatra denomina como teratológico es lo que constituye otra ley biológica en la formación del individuo encargado de llevar al hijo en su seno.

 

 

Superioridad biológica y fisiológica de la mujer

 

Voy a argumentar con la obra del Dr. Alexandre Roster citada en el libro Eve Réhabilitée de Claire Galichon, (Femina Superior, 1906). En este fragmento señala:

 

la superioridad del sexo femenino es tanto biológica como fisiológica. El potencial dinámico –es decir, la fuerza que un organismo puede desarrollar en condiciones óptimas– es extremadamente grande en los fetos femeninos, y su valor es inmenso. La célula bien nutrida, rebosante de nutrientes y lista para dividirse, nos presenta el óvulo maduro, el elemento femenino, en toda su esencia y valor absoluto.

Por otro lado, la célula desdichada, hambrienta y ansiosa, apenas cubierta por su membrana, con escasos rastros de gránulos nutritivos, incapaz de desarrollarse por sí sola, nos señala, en sus formas ágiles, al espermatozoide, el elemento masculino.

A esta aseveración, debemos añadir que el embrión femenino, en sus primeras etapas de desarrollo ovárico, es superior al masculino porque, además de ser más rico en nutrientes, requiere una mayor cantidad de tejido plástico para su nutrición  y establece esta superioridad durante la menstruación… y, por si fuera poco, la naturaleza dota a la hembra de cualidades latentes que la convierten en el centro de atracción, capaz de atraer al masculino hacia su órbita y posteriormente dominarlo para funciones reproductivas específicas.

La mujer representa el tipo y el hombre la variedad. Una vez formado el individuo, el macho posee glándulas mamarias que lo acercan a la hembra, pero en el resto de las características de su esqueleto y epidermis, se asemeja al animal. La pelvis, que en la hembra tiene un tipo distintivo, se asemeja a la pelvis de los monos en los hombres. La superficie del cuerpo, cubierta de pelo, más o menos completamente, lo acerca de nuevo a los animales.

 

 

Continúa la discusión sobre el cerebro

 

En relación con el peso del encéfalo, la balanza del Sr. Bombarda se inclina hacia el lado del hombre. Este asunto ya lo he rebatido en trabajos anteriores y en este mismo libro, y me parece, como ya vimos, irrelevante. Opinión que comparte Topinard: “no hay diferencia entre los sexos en lo que respecta al desarrollo del cerebro, e incluso se podría argumentar, teniendo en cuenta lo que la anatomía comparada da como el verdadero progreso del cerebro, que las mujeres están más avanzadas que los hombres en la evolución del cerebro”. La situación es la siguiente: “la velocidad de la evolución cerebral de la mujer no es constantemente inferior, sino inferior, igual o superior, en determinados períodos, a la velocidad de evolución cerebral del hombre” y “para la superioridad del volumen cerebral adquirido post natu del hombre, opera como uno de los dos principales factores a la superioridad inicial adquirida en la fase intra-uterina”, e incluso: “La mujer posee una psicosis infantil y un cerebro también infantil porque y solo porque fue sometida a una selección que procuró este resultado” (La mujer y la sociogénesis, Tito Livio de Castro).

La superioridad inicial y ese porque y solo porque se contradicen irremediablemente.

 

 

El tipo humano legítimo – el tipo varonil.

 

“La feminidad, dice el Sr. Bombarda, es una variación del único tipo humano legítimo, el tipo varonil; es una variación de larga data, profundamente arraigada”.

Esta es una cuestión que me dejó perpleja. Volviendo a los tiempos prehistóricos encontramos o nos hacemos la idea del hombre y de la mujer con la misma musculatura, el mismo salvajismo, la misma brutalidad, en gregarios, nómadas, casi sin lenguaje. Luchaban con las mismas armas: la fuerza física. Pero, en ese período el hombre ya era hombre y la mujer era mujer. No existía un único tipo varonil legítimo o un único tipo humano legítimo; el varonil. Todos los órganos y las funciones de esos órganos también funcionaban en la mujer. Tenía la fuerza y el salvajismo del hombre, pero físicamente, es decir, fisiológicamente, era mujer, eso está claro.

Ahora, veamos cómo hubo una variación del tipo masculino hacia el tipo femenino de hoy. Antes del período neolítico, antes de que el hombre domesticara al reno, el primer animal que el hombre buscó domesticar y lo consiguió; fue la mujer. Le era muy difícil luchar cuerpo a cuerpo con los primitivos animales y necesitaba que alguien le obedeciera, alguien a quien pudiera someter: luchó con la mujer, la venció, la subyugó, la domesticó.

Determinó sus labores, le exigió trabajos, tareas, la castigó y repitió el castigo brutalmente hasta que ella se dio por vencida y comenzó entonces, a maravillarse con la fuerza bruta… Se quedó en el hogar, realizando las primitivas labores domésticas y, desde entonces, todos conocemos el resultado de ese atentado a la libertad femenina y de sumisión, servilismo, de la falta de carácter de los esclavos, de los tutelados, de los subalternos, eso en términos morales. Respecto del aspecto físico: la función desarrolla el órgano; es una ley biológica. Sus formas, su cuerpo, las dimensiones de sus miembros, todo el organismo –sin estar en contacto con las luchas cuerpo a cuerpo, ni con los hombres ni con la fieras– se fue adelgazando, sus músculos disminuyeron su fuerza y aumentaron su delicadeza. Se sintió protegida y se volvió perezosa, cómoda y, sin problemas serios que resolver, no requería hacer uso de su cerebro.

Pero, respecto de lo que significa haber pertenecido a un tipo humano legítimo, un tipo único, varonil; no conozco otra explicación. Lo que nos dice la opinión injustificada de Tito Livio de Castro es que: “la inferioridad femenina es constante en el presente y en el pasado humano”, “la evolución de los primates es masculina”, “en los antropoides como en el homo sapiens el sexo masculino tiene un cerebro más grande”. En este caso no hubo dificultad alguna para el hombre primitivo en subyugar a la mujer primitiva. Fue su primera presa.

 

 

La inferioridad femenina es constante en el presente

y en el pasado humano

 

Retomando lo señalado por Tito Livio de Castro; si “el tipo masculino pasó por más variadas transformaciones y adaptaciones cerebrales que el femenino” y “como la inferioridad femenina es constante en el presente y en el pasado humano”, no se puede admitir que el fenómeno embriológico sea una causa determinante de alguna condición social de los primitivos tiempos de la especie. La craneometría aplicada a los antropoides proporciona los mismos resultados, demostrando así, que se trata de una herencia en el orden de los primates. Un estudio minucioso de las especies zoológicas nos muestra los tipos caracterizados según igualdad de evolución de los sexos o según la superioridad femenina, refutando la opinión inicial que se podría formar, de que la inferioridad femenina es un corolario de la diferenciación sexual. Por otro lado, “la mayor evolución cerebral es un aspecto perfectamente distintivo en relación con el sexo; caracteriza casi tanto al sexo masculino como a las glándulas mamarias del sexo femenino”. Como se ve, todo es errado, incompleto. De las hipótesis, sin demostración, hacen principios y enuncian teoremas y corolarios imaginarios, utilitarios para opiniones sin fundamentos, a intereses personales. Si el cerebro caracteriza al hombre como las glándulas mamarias a la mujer; ¿por qué no admitimos la hipótesis de que son característicos de los sexos, corolarios de la diferenciación sexual? Sin embargo, esto no va más allá de una mera hipótesis, lo que está comprobado es que la mujer no habiendo precisado de su cerebro, tuvo un órgano que se atrofió por la inutilidad, y que la actividad intelectual aumenta el poder mental tanto en hombres como mujeres.

Está comprobado que los negros en África originaron al cerebro francés de hoy: Schuré, Romain Rolland, Anatole France, Barbusse… etc., además de Madame de Stael, George Sand, Clemence Royer y hasta a Madame Curie. En ese sentido, ¿qué es lo que impide la “elevación de la mujer hacia el hombre” o el desarrollo de la mentalidad femenina? Solo existe una objeción: comodidad, indolencia, los hábitos serviles de la mujer de hoy, seleccionada en vista de ese mismo objetivo: la esclavitud y la tutela social.

Podríamos ir más lejos: ¿a qué llaman inferioridad?, ¿a la diferencia?

 

 

El papel de los padres es absolutamente equivalente

en la fecundación del embrión

 

Felix Le Dantec dice que el papel de los padres, bajo el punto de vista hereditario es absolutamente equivalente en la formación del cigoto, del embrión; no se trata de una continuación de un ser en otro ser, ya que hay colaboración equivalente de dos seres diferentes”, etc.

¿Cómo entonces la superioridad del cerebro masculino puede ser memoria orgánica, si los embriones masculinos y femeninos son absolutamente iguales, si no tienen sexo o, más exactamente, si tienen ambos sexos? ¿Cómo es que la memoria orgánica deja escapar a un genio? Si la inferioridad del cerebro femenino contribuye a la degeneración de la especie (bajo el punto de vista de Tito Livio) o, en último caso, si impide el máximo desarrollo, si su incapacidad craneana y psicológica es un hecho y si ese hecho tiene importancia en el nacimiento de un nuevo ser, si puede actuar en el organismo nuevo; ¿no sería natural que la humanidad, en el estado en el que se encuentra, con la mujeres y su cerebro infantil, no pudieran parir un Edison, un Tarde, un Topinard, un Binet, una Montessori, un Broca, un Poincaré, o incluso un Bombarda… por lo tanto, la presión femenina ejercida sobre lo mínimo lo impediría?

Sí, concuerdo con que la inferioridad femenina debe ejercer influencia en el embrión, pero tampoco es la superioridad masculina la que proporciona la gesta de los genios o los talentos ¿Cuáles fueron los ancestros de Homero, Hipatia, de Sócrates, de Dante, Víctor Hugo, George Sand, Curie, Clemence Royer, Comte, Schuré, Rousseau, Michelet, Racine, Molière, Corneille, etc.? (por mencionar ejemplos clásicos).

Me contentaría con conocer la influencia ancestral masculina, contraponiéndola a la influencia materna deprimente. La ciencia oficial no explica la aparición del genio y afirma presuntamente cosas absurdas, no comprobadas.

Decretar perentoriamente lo que no está comprobado experimentalmente, equivale a negar en absoluto lo que escapa de nuestra comprensión, o lo que está más allá de la mentalidad corta de los idiotas y presumidos bajo el rótulo de la ciencia oficial. No es así que se consigue llegar al conocimiento de la verdad. El papel del científico debe consistir en agrupar hechos, observar, catalogar, formular hipótesis y… esperar.

 

 

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El Sr. Bombarda o la opinión por él sustentada, discute sobre la mujer, lo que debería discutir con la masa, con la mediocridad.

Diferentes son las naturalezas excepcionales y las anormales, superiores e inferiores.

Cae en contradicciones observando la “desigual resistencia de los dos sexos a la imitación de prácticas criminales, de hechos en los que se ve a la misma mujer, ser un día una criminal de la peor calaña, y, al día siguiente, una esposa dedicada y una tierna madre”.

En ese sentido, psicológicamente, la mujer representa la variedad y el hombre el modelo. Más adelante afirma que existe en ella “cierto grado de anomalía mental que la torna medio antagónica con el ambiente social”. A propósito de eso, vale mencionar que el ambiente social para el señor Bombarda es el ambiente masculino.

“La degeneración que ocurre como resultado de una construcción cerebral defectuosa se representa por la ausencia o la disminución de la capacidad de adaptación al medio”

Si ella no se adapta al medio (y, psicológicamente volvió a ser el tipo) como es que “el hombre hace de ella lo que quiere, como se vuelve maleable al mínimo soplido del hombre que la domina por el amor al que se consagra”. “Gracias a los sentimientos, se hace de la mujer cuánto se quiere; una criatura despreciable, una criminal o una heroína”.

Y es el mismo profesor quien habla de “impotencia del ejemplo de la educación viciosa delante de organizaciones bien conformadas” (lo que es una gran verdad) y cita ejemplos. Habría que preguntarse: ¿existen las mujeres prototípicamente conformadas, rebeldes a las influencias externas? Y, ¿pueden nacer mujeres prototípicamente bien conformadas, de padres degenerados? ¿La heredabilidad lo explica?

El propio autor pone en duda lo absoluto de la heredabilidad, y no hay remedio sino colocar un punto de interrogación delante de tales hechos.

Todavía lanza sobre nosotras las mujeres la anatema de lo formidable.

 

 

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La mujer fue esclava en todos los tiempos. Es necesario repetirlo. ¿Cómo exigir de los esclavos las virtudes de desarrollo de los hombres libres?

¿La literatura de cabecera, refinada, la literatura de los Bois de Boulogne, de los boulevards, de las Avenidas, no se empeña acaso, en conservarla, irresponsable, dependiente?

¿El hombre quiere tener de esposa a una mujer de alma incorruptible? ¡No! Él siempre la desea con un pie en el abismo, la desea frágil, inconsciente, vigilada, trivial, incluso, para crecer en su papel de protector, de guardián, para aconsejar, para ser respetado, temido (influencia ancestral, recuerdo del gineceo y del harem…) El hombre tiene en sí, el intertanto de sus múltiples y antagónicas naturalezas; un alma de sultán y de sueño eterno con el paraíso de Mahomet…

Creo que fue Max Nordau quien dijo que en París las mujeres son delineadas, esculpidas, hechas bajo los moldes de los poetas, los escritores. La novela francesa dicta el modelo de la mujer parisiense. Ella piensa, tiene gestos y actitudes a la refinada usanza de los intelectuales franceses. ¿Los dandys de la literatura no buscan exclusivamente la gloria de los boudoirs galantes?

Los hombres han tenido por objetivo conservar la irresponsabilidad femenina, la eterna futilidad del sexo, puesto que así es más fácil comprar a la mujer con bombones, encajes, abanicos y perlas…

Ella le es agradable bajo todas las formas; al cargarla en el pecho como a un infante, al engañarla con algunos metros de seda o una jarra de Sevres o un Gobelin y jugar con cuántos niños fuera posible.

Si la mujer piensa, será más complicada su situación y el hombre no se querrá dar el trabajo de examinar si esa situación le trae o no más bienestar, más belleza y más encantos en la vida conyugal.

Él es egoísta y vive en la burbuja de sus intereses y, aun así dice que son las mujeres quienes ven muy limitado el horizonte… que son ellas las de ideas insignificantes. Ese hecho solo puede ser apreciado por los hombres superiores, que son poquísimos. Y la verdad es que encontramos en nuestro camino muchos de ellos que se interesan por nuestras reivindicaciones, que aceptan todas nuestras ideas y hasta las pregonan con entusiasmo, en algunos casos, incluso afectando los intereses propios, ellos son para nosotras, sin embargo, incondicionales.

Todos saben que los griegos del templo de Sócrates y de la envergadura de un Jenócrates, de un Demóstenes educaban a las heteras o hetairas para la voluptuosidad del alma, para los altos torneos de la inteligencia, y las adoraban, las divinizaban.

Muchos no logran imaginar cómo será la sociedad futura cuando las mujeres reúnan los tres aspectos de la educación completa: una mujer intelectual para los deleites del espíritu, una mujer de perfección de forma para la perpetuación de la belleza física, una mujer de sentimental, fuerza y moral para el ascenso del corazón. Solo ven la forma, la materia, las curvas sensuales, el sexo y nada más.

Y si al menos el arte de esas personas plasmase la más bella forma, envolviendo esa vibración en un velo de fantasía idealista, pero ni siquiera posee arte para enmascarar el instinto.

Bombarda habla de que es “la falta de vigor cerebral la que pone a la mujer en un nivel muy diferente al del hombre” ¿y de dónde proviene la falta de vigor cerebral? ¿No será acaso de los siglos de esclavitud, de la falta de educación o de una educación que la subestima?

Si pusiésemos en una isla o en una ciudad cerrada, a cierto número de niños y niñas, y los educáramos de manera contraria a la que se hace actualmente; los hombres para el trabajo doméstico y para obedecer, y, a las mujeres, para las labores oficiales, para la intelectualidad y para mandar, ¿al cabo de algún tiempo el cerebro del hombre no se volvería inferior?

Eso hasta ahora, después de la superioridad, pretenciosamente indiscutible del Sr. Bombarda, en relación con la mujer, inferior desde su nacimiento de la costilla de Adán.

Y entonces veríamos a la mujer pensando cosas serias, sobre problemas sociales y a aquellos hombres, preocupándose por las menudencias de la vida, las futilidades, discusiones y malentendidos, chismes y todo lo demás que le atribuyen a la mujer.

Pero no es necesario ir tan lejos. El dandy está a nuestro lado, limándose las uñas, maquillándose la cara y las manos, colocándose cremas y polvo de arroz en las ojeras, neurótico, histérico, sin haber sido criado según la hipótesis formulada.

Continuemos con Bombarda:

 

Si alguna vez por la energía del espíritu, la mujer consigue levantarse, y solo después que la vida sexual ha cesado, solo entonces también su organización física tiende a aproximarse de la del hombre, por la fórmula y numerosas características”.

Y es por eso que, desde hace mucho, pienso que después de la menopausia, la mujer es un hombre.

 

Otra observación inexacta, capciosa.

Todo lo que la mujer ha hecho de enérgico, de viril, es de los 30 a los 50 años, salvo excepciones. Adicional a eso, en la vida moderna la acción enérgica de la mujer comienza a los 20 años.

Ahora, las viejas, sin los celos de los maridos, sin el recelo de la maledicencia, viajan, adquieren energía de maneras y de lenguaje, tienen ciertas regalías que las muchachas no pueden tener; subyugadas por el peso de los prejuicios sociales, por la mirada severa de los padres, por el celo de los maridos, por las exigencias de los hijos: ¡la eterna tutela! Después, en la vejez, su ausencia, su libertad de acción, no solo es tolerada sino incluso deseada.

Se me ocurre la siguiente observación: en Río de Janeiro, los maridos y los hermanos celosos no permiten a su mujer o a su hermana, asistir solas a los lugares de élite, a la Avenida, etc. Muchas veces, casi siempre el pretexto es tomar el trolebús, el desastre del automóvil, en fin, todos los peligros de una gran ciudad, en movimiento… Sin embargo, ellos suben y bajan de los trolebuses y andan solos por todas partes, entre los automóviles y los camiones, las abuelitas tambaleantes, las viejitas arrugadas y, muchas veces algunas de ellas se pierden y los periódicos dicen con el lenguaje viril de los hombres fuertes: después de vieja volvió a ser niña.

 

***

 

¿Qué nombres femeninos célebres encontramos en las ciencias, en las artes, en la música, en la pintura o en las letras? Un siglo entero de libertad femenina solo da la miserable penuria como la última medida del cerebro de la mujer finaliza el autor de “este breve estudio que no es una inútil digresión”.

Ni siquiera cita las innumerables excepciones, y no tiene grandeza de espíritu para afirmar que, en ciencia, no hay excepciones: la excepción, repito, es la confirmación de una ley desconocida para el científico.

Las excepciones femeninas prueban que la mujer se construye y se vale por sí misma y, para eso, necesita empujar los prejuicios y hacer volar su pensamiento más allá de las minucias de la vida y de las futilidades sociales.

Es el arrojo, el despertar, la revuelta.

El hombre educó a la mujer según su gusto. Desde Hipatia de Alejandría hasta Madame Blavatsky y a Curie, mujeres asombrosas atravesando diversas áreas, de las matemáticas, del arte, pensadoras que se educaron y desarrollaron con esfuerzo propio, dando muchas veces, o más bien, casi siempre, un empujón formidable a los prejuicios sociales.

Sí, fueron excepciones. Sin embargo, cuando los hombres se preguntan por estas célebres figuras femeninas, ¿no las comparan con las excepciones masculinas?

También se cuentan con los dedos de la mano los nombres de los genios y de los talentos masculinos; estos tampoco son mayoría.

¿Son un número mayor? Ciertamente. En ese sentido, la mujer es aventajada.

Ellos tuvieron la libertad, las escuelas, todas las facilidades. Para ellas, el gineceo, la esclavitud doméstica en todos sus aspectos, el ridículo: la sociedad en su sabiduría masculina, o mejor aún; los hombres en su sensatez decretaron la inferioridad de la mujer, y, bajo el pretexto de que ella es más pura (la libertad no excluye la pureza) exigen su recato, que sea poco vista, que respete la voz del mundo, que tenga cuidado con lo que puedan decir de ella; en fin: la encadenaron a la razón, la convirtieron en una prisionera de la sociedad. Al final de algunos siglos, cuando ella buscó su lógica, su sentido, su razonamiento, ella ya estaba paralítica.

Y si la amarraron a la razón, le dieron alas a su imaginación, la dejaron volar por el mundo de la fantasía y bordaron su vida con lentejuelas, diamantes, terciopelos púrpuras y camafeos, y de ahí nació una nueva especie; la melindrosa.

¡Qué esperaban! Ella fue obra del hombre y de su sabiduría infinita…

Ahora, exigen los seguidores de Bombarda que “en un siglo entero de libertad femenina” (¡vaya qué libertad!) ¡surgieran nombres y más nombres de mujeres ilustres!

Si fuera un científico honorable no se sentiría en el derecho a exigir “la última medida del cerebro”.

¿Cuántos siglos serán necesarios para que ella despierte de ese letargo? ¿Cuántos siglos más serán necesarios para que aprenda a pensar y descubra el misterio del eterno femenino?

Y es el mismo Sr. quien nos habla de la “esclavitud disfrazada en que vive la mujer casada, tantas veces agravada por malos tratos que el beso en la hora siguiente viene a hacer olvidar”.

Yo no discuto solo con un hombre, con el Sr. Bombarda, con Lombroso o con Ferri: protesto contra la opinión antifeminista de que la mujer nació exclusivamente para ser madre, para el hogar, para jugar con el hombre, para divertirlo.

El Sr. Bombarda fue solo mi pretexto para decirlo.

 



[1]     María Lacerda de Moura, A mulher é uma degenerada (Río de Janeiro: Civilização Brasileira Editora, 1932). Texto digitalizado disponible en <https://fernandagrigolin.com/wp-content/uploads/2024/10/A_mulher_e_uma_degenerada_reduz.pdf>.