Revista de Humanidades n.º 54: 509-537
ISSN 0717-0491, versión impresa
ISSN 2452-445X, versión digital
DOI: https://doi.org/10.53382/issn.2452-445X.1049
revistahumanidades.unab.cl
A
mulher é uma degenerada (1924)
traducción del ensayo de María Lacerda de Moura
Javiera
Hernández Arriagada
Universidad
Andrés Bello
Departamento de
Humanidades
Sazié 2325,
Santiago
María Lacerda de Moura (1887-1945) –pensadora brasileña de
comienzos del siglo XX– fue una intelectual transdisciplinar: profesora,
escritora, editora y reconocida militante y conferencista. Aunque es
considerada pionera de lo que hoy se conoce como anarcofeminismo,
su obra sigue siendo de difícil acceso. En los años setenta, el movimiento
feminista brasileño retomó algunos de sus postulados, sin referenciar su
autoría. La vigencia de la autora para el debate feminista actual radica en su
visión del feminismo como una vía de emancipación integral para la mujer, en
contraste con el feminismo liberal y el sufragismo, que concentraron sus
esfuerzos en la conquista de derechos políticos
En “La
mujer es una degenerada” publicado en 1924, la autora cuestiona los discursos
científicos y médicos imperantes en la época, particularmente las tesis del
psiquiatra portugués Miguel Bombarda, quien a partir de postulados
pseudocientíficos (como los denomina Lacerda de
Moura) pregonaba la supuesta inferioridad intelectual de la mujer, justificando
su rol de subalternidad y el limitado espacio de actuación en la sociedad;
acusándolas, además, de ser un elemento degenerador
de la especie humana.
A través de
una argumentación irónica y polémica, el ensayo de Lacerda
de Moura se constituye como una réplica a Bombarda para desmantelar los
fundamentos biológicos, antropológicos y morales del antifeminismo, abogados no
solo por el psiquiatra portugués sino por diversos intelectuales. De esta
forma, pone de relieve la crítica a la inferioridad intelectual femenina, así
como la denuncia de los prejuicios sobre la esterilidad, la maternidad y la
sexualidad de las mujeres. Asimismo, se abordan las nociones de raza y
degeneración, dejando en evidencia sus inconsistencias científicas. El texto
articula una defensa de la emancipación femenina desde una perspectiva
materialista y crítica de la modernidad, que nos permite ampliar la visión en
los debates contemporáneos.
“La mujer
es una degenerada” es una traducción inédita del texto de Lacerda
de Moura, publicado en su tercera edición por Civilização
Brasileira Editora en
1932. La traducción del portugués al español del ensayo, además de la
traducción de citas en francés empleadas por la autora, son mías.
La mujer es una degenerada[1]
“La mujer es una degenerada” es una serie de
reflexiones y, como no estoy autorizada por la ciencia sino por mis lecturas y
observaciones de cada día, necesito apoyarme en los científicos.
No es un robo: no hago como aquellos que no citan,
sino que copian… No sigo el ejemplo numeroso de esos científicos que nos
entregan, como si fuera de primera fuente, tesis muy conocidas.
Reivindico mi derecho: lo que es mío, es muy mío.
El conocido
psiquiatra, Miguel Bombarda, en su libro La epilepsia
y las pseudo epilepsias,
lanzó sobre la mujer el siguiente anatema: “La mujer es una degenerada”. Y
considera “ridículo” cualquier esfuerzo “en pos de la
independencia de la mujer y de su elevación hacia el hombre”.
“El mal no sería tan
grande, dice él, si solamente se tratara de algunas decenas de degeneradas más
radicales, las que luego de esterilizadas, anularían un elemento de
degeneración de la especie”. “Pero tanto la propaganda como las necesidades de
la existencia, arrastran cada vez más, a un número mayor de mujeres; un
elemento más del descarrilamiento en la
población, porque la mayor parte se esteriliza y, lo que es aún peor, este es
un elemento que aviva el fuego de la degeneración; los excesos y las fatigas
intelectuales que vienen a doblegar el papel del hombre en su acción
degenerativa”. “Es de gran interés para las razas y la conservación de su
pureza, combatir a toda costa la invasión de las sociedades por parte de esos
modernos bárbaros, tan queridos por el hombre”. “Es necesaria una
contrapropaganda que defienda las posiciones tomadas. “Toda tolerancia en este
ámbito es un error que nuestros hijos tendrán que pagar”.
Analizaremos
por partes la teoría de Bombarda, teoría aceptada por un número importante de
miembros de la sociedad, y la combatiremos con las fuerzas que disponemos, una
vez agotada la ciencia de la que ha hecho apostolado un representante directo
del antifeminismo.
Bombarda
considera ridículo cualquier esfuerzo en pos de la
elevación de la mujer hacia el hombre. ¿De qué elevación habla? En la
actualidad el denominado sexo fuerte es de una mediocridad alarmante; no se
vislumbra ni mentalidad ni cosa alguna que provoque un deseo de imitación. Por
el contrario. Si la mentalidad masculina tradicional tuviera algo de
consciente, ciertamente la mujer no estaría en ese estado de ignorancia, tan
atrasada. ¿Y desde el punto de vista de la moral?… me parece que no se refiere
a ese tema el Sr. Bombarda. Además, es demasiado mediocre el deseo de querer
ser igual al hombre… de reivindicar sus derechos, dentro de esta estructura
social de esclavos y de máquinas al servicio de la mediocracia y de la
industrialización. Nuestra discusión va mucho más lejos.
Incluso
discutiendo con inteligencia, he escuchado a hombres de valor real, convencidos
de que la mujer (por lo menos la mujer brasileña) es siempre más inteligente
que el hombre brasileño. E incluso, nunca he escuchado dudas sobre tal opinión.
Estoy, desde hace mucho, convencidísima, gracias a mis observaciones, que la
mujer brasileña es muchísimo más inteligente que el hombre brasileño. Lo que
ella es, ciertamente, es aprovechadora… saca partido de su situación, emplea la
astucia, la única arma que le dejaron para defensa propia. Y, perezosa, se
acomoda como puede: cuando se trata de cortarse el pelo a
la Garçonne, no como medida higiénica, sino siguiendo un precepto
de moda, cuando se trata de disfrazar e ir con el marido a los cabarets elegantes, cuando es momento de tomar
champaña en los años nuevos en los hoteles más chic y ser compañera en el festejo de los
concursos de piernas… cuando se trata de salir sola, ahí entonces ella quiere
ser independiente, feminista, libre, pero, cuando es necesario luchar por la
vida, conseguir un trabajo para ganarse el sustento, o sacrificar la moda y sus
caprichos, entonces ella se apoya en una muleta, prefiere ser “protegida”… Y
armoniza todo: es independiente cuando le conviene, es “sumisa y finge
ternura”, cuando lo considera necesario. Y las de la “alta sociedad” viven
entre “él y el otro”, regalando caricias y poniendo en juego todas sus
“virtudes” de dedicación, de “sensibilidad”… Y esos
hombres a quienes supuestamente le tenemos “envidia”…
ellos también saben armonizar todas esas situaciones, aunque abofeteando, entre
copas de champaña o en los cabarets, acompañados o no, de sus siempre
“virtuosas acompañantes”.
Degeneración
Bombarda habla
tanto de la degeneración, pero, ¿quién se degenera o quién degenera más a la
descendencia?: ¿la media docena de feministas modernísimas (eso es tema para
otro día), o los millones de hombres que usan y abusan del alcohol, de la
morfina, de la cocaína, del opio, y de otros vicios inconfesables?
El
feminismo nació ayer, a raíz de las necesidades de defensa dentro de la
sociedad capitalista y, ¿es desde hoy que las sociedades se vienen degenerando?
¿Si en Roma todavía no existía el feminismo, por qué entonces se corrompieron y
degeneraron las civilizaciones romanas? ¿Y la sífilis? No fue inventada
por el feminismo ni en los tiempos de las reivindicaciones femeninas, ¿y los
innumerables cerebros masculinos atacados por ella, serán de una altura que valga la pena querer alcanzar?
Esos
hombres buscadores de placer hablan de excesos y fatigas intelectuales, pero y
¿de los excesos y fatigas de otro género las cuales degeneran más rápidamente?
Si el
exceso siempre es perjudicial, convengamos que los trabajos intelectuales, si
por un lado generan fatiga al organismo, por otro, exaltan las energías
latentes, y de ahí se originan fuerzas nuevas, restauradoras, que no se ponen
en práctica sino cuando existe vida interior, y estarán adormecidas si los
excesos provienen de los bailes, de las diversiones comunes, de los cabarets,
de los placeres del juego, o de cualesquiera víscera.
Esterilidad
Más aún: hablan
solo de la esterilización femenina, en cambio, la medicina habla sobre la
esterilidad masculina. Hay mujeres que solo tienen hijos en el segundo
matrimonio. Pero, se nos convenció que muchas cosas son naturales para la mujer
y deprimentes para el hombre…
De ahí se
originan una serie de absurdos prejuicios abrazados no solo por el hombre, sino
también protegidos por la “inocencia o sumisión e inconsciencia de la mujer”.
El tema es esquivado y considerado como impropio, incómodo, sobre todo porque
los hombres se “encolerizan” y se sienten ofendidos en su dignidad.
Bombarda
considera la educación femenina, la emancipación de la mujer como una poderosa
fuerza degeneradora, como un elemento de esterilidad.
Partamos
por mi propio caso, ya que alguna vez me denominaron líder de la emancipación femenina en Brasil. De
hecho, infelizmente, no tengo hijos, pero mi madre que no estudió tuvo solo dos
hijas.
En relación
a mí, puedo decir que me casé a los diecisiete años; antes de eso, estudié para
no ser analfabeta. Mis colegas de la Escuela Normal de Barbacena
andan por ahí, llenas de hijos, modelos auténticos de criadoras, de madres de
familia; mi hermana tuvo cinco y tres de esos hijos fueron prematuros.
Toda esta
aburrida exposición tiene por objetivo probar que no fue la educación primaria,
ni el diploma de profesora normalista lo que me hizo estéril, claramente.
Casada
durante diez años, llevé la vida que toda recién casada lleva: bordando,
cosiendo, pintando adornos para la casa, tocando piano, paseando, conversando
inútilmente, durmiendo bien y comiendo mejor, leyendo novelitas, gozando de una
buena salud general y sin haber tenido hijos.
Hace solo
diez años (1924) que leo seriamente y, en ese período de tiempo, solo hace seis
que llevo una vida de escritora y de propagandista de la emancipación femenina.
¿Podemos entonces, atribuir a esta actividad que realizo hoy, mi esterilidad de
años atrás? Eso, más que un infantilismo, sería mala fe. ¿Y por qué no tuve hijos antes de
dedicarme a una vida más consciente y más útil?
La mujer
hotentote, dicen los antropólogos, tiene en promedio tres o cuatro hijos. Es
una suerte para ella tener uno, dos o ninguno. ¿Será la extraordinaria vida del
pensamiento (!) de la hotentote lo que le va provocando la esterilidad?
En orden
inverso: la mujer alemana es mucho más fecunda e instruida.
Las causas
son otras, y no hay peor ciego que el que no quiere ver. Pues, si la mujer vino
al mundo solo para parir hijos, ¿qué incoherencia de la naturaleza es hacer
estéril a la mujer, cuando es una cuestión que ocurre de manera tan excepcional
en los animales? No se trata de una degeneración, de excesos o de otras cosas
que podrían ser evitadas o desviadas, pues la esterilidad femenina existió en
todos los tiempos: en la Biblia podemos corroborarlo en muchos casos. Entonces,
no es el resultado de la civilización moderna y sus depravaciones.
Pero todo
esto tiende a materializar demasiado la vida. La sed de verdad nos hace
conscientes, el ansia de sueños y de ideas nos coloca en condiciones de adorar
a los dioses que viven en el mundo interior de nuestras visiones superiores.
Y si el
hombre vuela, más allá del macho, hacia lo desconocido, ¿por qué la mujer
tendrá que permanecer encadenada, exclusiva, eterna e inevitablemente al papel
de hembra?
Es una
prueba más de la brutalidad, del sensualismo y del egoísmo masculino: el hombre
quiere ir más allá de sus especulaciones científicas, filosóficas, artísticas,
pero cuando baja al mundo, necesita encontrar lo derivado materializado,
concretado, para la satisfacción de su naturaleza inferior. Así, disfruta de su
mentalidad y de su instinto. A la mujer le restan solamente la inconsciencia,
la debilidad sin defensa, la maternidad con su cortejo de dolores y amarguras y
el yugo masculino. Y así todo funciona muy bien. Y pobre de aquella que
proteste, pobre de aquella que tenga el coraje de decir algo fuera de las
normas establecidas.
Si al menos
leyó y no asimiló, no digirió, unió palabras inconexas, tiene motivo de
desesperación.
Por eso,
frecuentemente, me dicen señorita… Y reclamo siempre: soy casada y puedo hablar
en nombre de las solteras. No es motivo de desesperación: no soy vieja, ni me
pasé la vida en medio de nubes blancas, como ya supondrán. No hablo de mí:
reivindico los derechos de mi sexo, de todas las mujeres. Además de todo, el
tener hijos, no debe, ni puede impedir pensar. No son cosas incompatibles.
Al
contrario, es necesario, e incluso, imprescindible para el beneficio de los
mismos individuos, considerados como organismo animal, que ambas ideas se
armonicen.
Llegamos a
la siguiente conclusión: si la hotentote salvaje no tiene más de cuatro hijos y
es comúnmente estéril o si tiene solo uno o dos hijos, está claro que la mujer
civilizada no puede atribuir su esterilidad a la instrucción rudimentaria que
recibe cuando siente el fuerte deseo de enfrentar la avalancha de reacciones
antifeministas.
Lo que
convierte a la mujer civilizada en estéril es el anhelo de placer y de luchar
por la vida, es el lujo y la ostentación en los salones y la comunidad de los
hombres y las mujeres sin mentalidad ni conciencia, es el mercantilismo de los
contrabandistas de las salud, de esos médicos comerciantes y libertinos, es el
anhelo de satisfacciones materiales al precio del asesinato de los hijos
indefensos (crimen mayor que el asesinato de hombres que se pueden defender);
marido y mujer, médico y enfermeros, cómplices de esos atentados en todo
momento.
¿Y por qué la sociedad condena la
maternidad libre? ¿Cuántas grandes almas
femeninas de este mundo, desean fervorosamente un hijo?, ¡no deseando en absoluto al marido!… Son justamente esas, las
llamadas emancipadas, las inteligentes, las con carácter, las que no sostienen
el yugo del señor mediocre y pretencioso, muy por debajo del nivel de ellas,
mientras que, se entregarían felizmente al yugo de una maternidad absorbente.
Y al
carácter femenino al que atacan, es el combate a la rebeldía y a la
superioridad moral, a la insumisión, al deseo de libertad en el amor, en el más
amplio sentido de la palabra.
De
las razas y de su pureza
Que todo lo que
sea del interés de las razas y de su pureza lo combatiremos. Esa es otra
ingenuidad.
Veamos lo
que es posible saber respecto de la tan celebrada pureza de las razas.
Las teorías
de las razas se apoyan en el índice cefálico, en las diferencias craneológicas,
el color de la piel, la estatura, el pelo, etc., etc., sin bases justificadas,
porque todo eso es falso.
Este asunto
merece ser desarrollado en extenso: no cabe en los límites de unas cuantas
páginas. Lo resumiremos. Quiero solo justificar mis palabras de protesta
respecto de la afirmación de Bombarda.
“No hay
razas, hay pueblos”, afirma Colajanni. La
antropología es una “ciencia mal definida y sujeta a toda suerte de errores”,
dice Finot.
Comencemos
con un ejemplo: el índice cefálico de los griegos modernos es de 76 a 81 “y no pueden proporcionar grandes hombres”
¡y los
antiguos griegos tenían un índice 76! Las contradicciones son evidentes.
Aristóteles
decía que el hombre llega a ser más inteligente que los otros animales porque
su cabeza tiene dimensiones relativamente pequeñas.
Los
antropólogos de las razas estiman la proporción entre la grandeza de la cabeza
y la grandeza de la inteligencia.
Parchappe y
Broca responden que la imbecilidad y la estupidez dependen de la pequeñez de la
cabeza. Parchappe comparó las medidas de las cabezas
de cincuenta hombres de inteligencia normal, encontró siete dimensiones
inferiores a las del imbécil observado, mientras que trece de ellos poseían
dimensiones levemente superiores. Una cabeza de mujer inteligente fue encontrada,
por el mismo profesor, con las dimensiones de la cabeza de un idiota.
Parchappe
considera que la inteligencia puede manifestarse de manera normal en una cabeza
de volumen inferior, igual o solo levemente superior al volumen de las cabezas
de los idiotas. Para él, la inteligencia nunca es proporcional al volumen de la
cabeza. En la colección de imbéciles de Parchappe, el
que tenía la cabeza más pequeña tenía solo 460 milímetros de circunferencia
horizontal, este era el más inteligente del grupo: era el único que hablaba y
conocía el valor del dinero.
Sergi cree
que, después de la medición del índice, ese cráneo, que debía ser dolicocéfalo
puede ser braquicéfalo y viceversa.
Y el cráneo
varía según la constitución física. ¿Y las deformaciones craneanas como
estética para algunos pueblos?
También se
modifican las formas del cráneo como consecuencia de la alimentación, tanto en
el hombre como en los animales.
Manouvrier
señala que es difícil hacer corresponder las variaciones del cráneo con las
variaciones de la inteligencia, y dice que “es un error querer hacer de la
variación del índice cefálico una especie de frenología de las razas, porque
ningún hecho biológico lo justifica”. “Por el contrario, las variaciones del
índice cefálico son muy insignificantes desde el punto de vista fisiológico. En
la braquicefalia, el cráneo gana en anchura lo que pierde en longitud”.
Dolicocéfalos
y braquicéfalos
El tipo ideal
de los antropólogos de las razas es el dolicocéfalo; pues bien, ese tipo es
encontrado frecuentemente entre salvajes y pueblos primitivos.
Finot cita
cifras y más cifras en favor de ese caso. En relación con el peso del cerebro
concluye con un ejemplo: un gato y un león; en el gato la proporción del peso
del cerebro con el cuerpo es de 1 a 106, en el león es de 1 a 546. ¿El gato es
entonces 5 veces más inteligente que el león? ¿Se concluye entonces (mientras
el animal es más pequeño, más ventajosa se muestra la porción del cerebro en
relación con el cuerpo) que los animales pequeños son relativamente más
inteligentes que los animales grandes?
Broca
considera ridícula la pretensión de dependencia entre el grado de inteligencia
y las dimensiones y, en consecuencia, de las formas de la cabeza.
Broca, Parchappe y tantos otros afirman que el ejercicio
intelectual aumenta el peso y el volumen del cerebro y, por tanto, de la
inteligencia. A esas mismas conclusiones llegaron Lacassagne, Cliquet, Ferri, Vitalis, Galton, Vann, etc. Nystrom llegó a los mismos resultados, esto es, a
conclusiones opuestas a las de los predicadores de la teoría de los
dolicocéfalos superiores.
Finot sale de
las normas establecidas por los antropólogos de las razas diciendo que “la
forma redondeada (braquicefalia) presenta la ventaja de que puede contener
relativamente más masa cerebral en un espacio mínimo. ¡El futuro está en los
cráneos grandes, en los braquicéfalos!”.
Respecto de
lo anterior, Ammon, sabio alemán, aconseja el
alcohol, “el libertinaje” y toda suerte de vicios: poner a disposición de los
“inferiores” la cachaza, el desenfreno, provocar rápidamente su degeneración
para hacerlos desaparecer. Los inferiores son para él, ¡los braquicéfalos! Y
Kant, Laplace y Voltaire, eran braquicéfalos.
El profesor
Langer, austríaco, anatomista notable, cree que la modificación de la
estructura craneal no depende solo del trabajo intelectual, sino también de que
nuestro aparato de masticación depende de la forma del cráneo.
Con
respecto a la cubicación se podría citar mucho.
Morton,
sobre esas experiencias, llegó a la conclusión de que los negros de África y de
Oceanía serían muy superiores a los americanos.
El peso
depende de la estatura, de la edad, del sexo. Y siguiendo a Finot:
“ninguna de las teorías basadas en ese factor (craneología) puede resistir,
desde ese punto de vista (peso del cerebro) la más mínima crítica”.
Lo más
interesante es lo siguiente: “a medida que envejecemos, el peso del cerebro
disminuye notablemente. A partir del año cuarenta y cinco el cerebro comienza a
disminuir; a los noventa años ha perdido hasta 120 gramos en hombres y menos de
90 en mujeres (cálculos de Broca, Topinard, etc.). El
peso del cerebro también aumenta con el ejercicio y disminuye en ausencia de
cualquier trabajo intelectual”.
Esa es una
ley antropológica con la cual todos los antropólogos concuerdan y que pone en
duda sus propias teorías, probando que, además de la materia con la cual forjan
y deducen leyes y teorías, hay otras leyes y otras fuerzas desconocidas por la
ciencia oficial, fuerzas y leyes y energías muy por encima de esa ciencia
pretenciosa, la que desafía las deducciones livianas que sirven a sus propios
intereses, a sus opiniones personales y apasionadas.
Si a medida
que envejecemos el peso del encéfalo disminuye de manera sensible y si la
inteligencia es proporcional al peso del encéfalo, también la inteligencia
debería disminuir notablemente después de los 45 años en el hombre y, antes de
esa edad, en la mujer.
Eso no
ocurre: hay centenas de ejemplos que podrían servir para el caso; me limitaré
al ejemplo clásico: Rousseau. Después de los 45 años este hombre produjo mucho
y con toda la fuerza de la inteligencia. Algunos comienzan ahí su carrera. Y,
en relación con la mujer, en opinión del célebre antifeminista y antropólogo,
justamente lo contrario: ella solo podrá ser alguien después de entrar en la
vejez… ¡Qué contradicción!
La
proporción de pérdida de peso del cerebro del hombre y de la mujer también da
espacio a muchas deducciones interesantes. ¿Y cómo es que el peso del encéfalo,
después de cierta edad, disminuye “a falta de todo trabajo intelectual” ¿Qué importa entonces
el peso del encéfalo?
En los
experimentos, sobre las medidas y el peso del encéfalo han sido observadas esas
leyes, han sido observadas seriamente, sin ideas preconcebidas, y considerando
las edades de los individuos – hombres y mujeres – ¿se ha hecho el cálculo
proporcional de esa pérdida?
Si después
de los 45 años va disminuyendo notoriamente el peso y, con él, como
consecuencia lógica, debe disminuir la inteligencia (inversamente: al aumento
del peso del cerebro la inteligencia crece), ¿cómo es que la edad de oro del
hombre va mucho más lejos y cómo es que los intelectuales, los sabios, los
pensadores llegan a edades avanzadísimas algunas veces, con todas las
facultades y sentidos vivos y agudizados más que el hombre común, y produciendo
ardorosamente? Está claro que a los 90 años ocurre un salto formidable al
retroceso, pero no solo en el cerebro, sino en todo el organismo. Y, en ciencia
no hay excepciones. La excepción prueba la existencia de una ley desconocida.
Sería
necesario que estudiáramos
cráneos y encéfalos de mediocres, anormales, de pensadores y artistas.
Después de
eso, ¿llegaríamos a una conclusión satisfactoria? Estoy segura de que todavía
no.
Existen
leyes desconocidas para nosotros, estamos imbuidos de una ciencia fallida,
pretenciosa.
Continuemos
nuestro razonamiento:
“Los
salvajes de ayer pueden civilizarse fácilmente mañana; y, en el espacio de
ciento cincuenta años, nos dirá E. Reclús, el negro
ha recorrido una buena cuarta parte de la distancia que lo separa de los
blancos”.
Y Finot todavía agrega: “Si decimos europeo, es solo una
manera de hablar. Se trata del cráneo civilizado, que se distingue del cráneo
de los pueblos incivilizados, que se distingue del cráneo de los pueblos
incivilizados privados del ejercicio cerebral que esto les impone”. Si es así,
¿qué es lo que impide a la mujer infantil de hoy pensar mañana?
Hay pruebas
de que los europeos son descendientes de negros de África desde tiempos
inmemoriales. Así piensan Sergi, Brinton, Verneau, Menton, Albert Gaudry, Pittard, etc.
Desde el
punto de vista fisiológico no hay razas, observan incluso que la vida sexual,
la fecundidad, el período de gestación son siempre los mismos, en todos los
lugares, en todas las criaturas humanas. En los animales no es así.
También
para Buffon, la raza no es sino una variedad criada y fijada por las
influencias climatológicas, la alimentación y las costumbres.
Otra cosa
interesante observada por los antropólogos: las medidas craneales de los judíos
austríacos corresponden a las de los hombres intelectuales de los Estados
Unidos; las medidas de los judíos del Cáucaso corresponden a los habitantes de
Rusia meridional. Cuestión de localización.
Los
primeros son usureros, calculistas, economistas, negociantes, abogados,
médicos; los últimos trabajan más materialmente, en labores agrícolas, por
ejemplo. Todavía más: el color de la piel depende del calor, de la
alimentación, de la humedad atmosférica, de la abundancia o la falta de
bosques, de la latitud.
Los
abisinios son diferentes en los montes o en las planicies. Los árabes de la
Meca no son los mismos árabes de Yemen, del sur de Damasco o de Nubia: en los
climas amenos son claros, en La Meca son amarillo oscuro y pierden los trazos
característicos de los beduinos; en Yemen tienen el perfil clásico de los
griegos, en Damasco son más bajos y de cabellos abundantes; en Nubia son
negros. (Observaciones de Escayrac de Lauture, citadas por Finot).
“La
pigmentación de la piel parece un acondicionamiento o defensa a la acción de
los rayos químicos o activos del sol, muy dañinos a la sustancia viva; donde la
mayor radiación solar se corresponde con la mayor pigmentación” (A. Peixoto – Higiene).
Imposible
citar tantas observaciones contra la antropología de las razas.
Veamos, por
último, lo que nos dice Oliveira Martins en su Antropología; “Broca encontró entre los cráneos de la
fosa común y los de los cementerios de los ricos en París, diferencias de
capacidad más profundas que en las de razas antropológicamente bien distantes:
¿se puede inferir de ello que en París cohabitan dos razas naturales, la de los
pobres y la de los ricos? No; son, desgraciadamente, solo ¡dos razas sociales!”
Eso basta para conocer la opinión de Oliveira Martins.
Si esto es
así, tampoco hay razas puras. Gustave Le Bon contesta
a la existencia de las razas puras: “en los pueblos civilizados ya no hay razas
naturales, ¡apenas razas artificiales creadas por las condiciones históricas!”
Y Colajanni dice que “la superioridad y la
inferioridad de las razas depende del momento en que se les observa”.
Y si los
antropólogos echan por tierra la posibilidad o el mito de la raza aria o de la
descendencia aria de los europeos, toda la teoría de las razas se cae, es
claro: “estos llamados arios nunca existieron como un pueblo primitivo sino
solo como una invención de los eruditos de gabinete”
(H. Hartmann) o
“el estado ario de
unidad tópica nunca ha sido descubierto” (Virchow); toda la teoría de las razas
es, pues, salida de los gabinetes de los sabios teóricos.
La
descendencia de los celtas, de los galos, de los germanos, todo eso es
problemático.
Bien, si no
hay razas, no hay hombres condenados eternamente a la inferioridad, es cosa de
desarrollo, de civilización. Tiene razón Finot: “un
estudioso que se atreva a pronunciar un veredicto de barbarie de por vida
contra un pueblo, sea quien sea, merecería ser recibido con hilaridad”.
En este
mismo sentido entonces, la mujer no está condenada perpetuamente a la
inferioridad intelectual, a menos que constituya una raza aparte. Lo que
ocurre, es lo siguiente: “Si los europeos modernos excluyen a las mujeres de
tantas carreras útiles, bajo el pretexto de que su naturaleza no es adecuada
para ellas, esta lógica se asemeja a la máxima esclavista demasiado familiar
que niega al esclavo o al oprimido, en general, la capacidad de ser libre y, en
consecuencia, la libertad, en interés del opresor” (Buchner – L’homme selon la science).
¿Cómo puede la ciencia prejuiciar fenómenos de ese
orden y consecuentemente sus leyes?
Lo que está
comprobado es que la actividad desarrolla el órgano y que la biología nos habla
de la atrofia de los mismos órganos por la inactividad. Si se modifica la
causa, el efecto será alterado. Todas las grandes y poderosas civilizaciones
nacieron de la barbarie, de grupos y hasta de pequeños gregarios de la
salvajería primitiva. Lo que se dice de la mujer se debería decir de la mayoría
de los hombres, de la masa, de la incapacidad mental, de los vulgares, de los
mediocres, de los ignorantes. El hombre heredó la tendencia autoritaria
mientras cultivó la sumisión femenina; continúa siendo el señor, el súper, el protector, y quiere conservar el
servilismo, la inferioridad, la dependencia de la protegida. Lo que existe es el
interés masculino y la comodidad, la pereza de la mujer y su ignorancia y
servilismo cultivados calculadamente a través de los milenos.
Solo
el óvulo se salva en el gran desastre
Pasemos a otro
punto del libro de Bombarda: “La degeneración de la mujer es parcial: el
organismo entero es una decadencia; solo el óvulo se salva en el gran
desastre”. ¿Es posible eso?, que de buena fe me respondan los
científicos. ¿Es decadencia o es que no
llegó al pleno desarrollo? ¿La naturaleza se equivocó en la mitad del género humano haciendo una
ley de tamaña monstruosidad?
Error
benéfico en la creación de dos mitades que se complementan, indispensables la
una para la otra, para la vida del sentimiento y para la multiplicación de la
especie. Un error como ese es lo que podemos llamar de ley natural… ley
biológica: dos individuos diferentes esencialmente bajo el punto de vista
fisiológico; para la armonía social, para la creación de un tercero que tendría
que buscar su mitad y así sucesivamente.
Continúa
Bombarda: “No es necesario conocer muy a fondo los hechos embriológicos para
saber que la sexualidad femenina simplemente representa una suspensión del
desarrollo; esto bastaría para caracterizar de teratológico (de ¡monstruoso!)
el organismo de la mujer”. Lo que el psiquiatra denomina como teratológico es
lo que constituye otra ley biológica en la formación del individuo encargado de
llevar al hijo en su seno.
Superioridad
biológica y fisiológica de la mujer
Voy a
argumentar con la obra del Dr. Alexandre Roster citada en el libro Eve
Réhabilitée de Claire Galichon, (Femina Superior, 1906). En este fragmento señala:
la superioridad del
sexo femenino es tanto biológica como fisiológica. El potencial dinámico –es
decir, la fuerza que un organismo puede desarrollar en condiciones óptimas– es
extremadamente grande en los fetos femeninos, y su valor es inmenso. La célula
bien nutrida, rebosante de nutrientes y lista para dividirse, nos presenta el
óvulo maduro, el elemento femenino, en toda su esencia y valor absoluto.
Por otro lado, la
célula desdichada, hambrienta y ansiosa, apenas cubierta por su membrana, con
escasos rastros de gránulos nutritivos, incapaz de desarrollarse por sí sola,
nos señala, en sus formas ágiles, al espermatozoide, el elemento masculino.
A esta aseveración,
debemos añadir que el embrión femenino, en sus primeras etapas de desarrollo
ovárico, es superior al masculino porque, además de ser más rico en nutrientes,
requiere una mayor cantidad de tejido plástico para su nutrición y establece esta superioridad durante la
menstruación… y, por si fuera poco, la naturaleza dota a la hembra de
cualidades latentes que la convierten en el centro de atracción, capaz de
atraer al masculino hacia su órbita y posteriormente dominarlo para funciones
reproductivas específicas.
La mujer representa
el tipo y el hombre la variedad. Una vez formado el individuo, el macho posee
glándulas mamarias que lo acercan a la hembra, pero en el resto de las
características de su esqueleto y epidermis, se asemeja al animal. La pelvis,
que en la hembra tiene un tipo distintivo, se asemeja a la pelvis de los monos
en los hombres. La superficie del cuerpo, cubierta de pelo, más o menos
completamente, lo acerca de nuevo a los animales.
Continúa
la discusión sobre el cerebro
En relación con
el peso del encéfalo, la balanza del Sr. Bombarda se inclina hacia el lado del
hombre. Este asunto ya lo he rebatido en trabajos anteriores y en este mismo
libro, y me parece, como ya vimos, irrelevante. Opinión que comparte Topinard: “no hay diferencia entre los sexos en lo que
respecta al desarrollo del cerebro, e incluso se podría argumentar, teniendo en
cuenta lo que la anatomía comparada da como el verdadero progreso del cerebro,
que las mujeres están más avanzadas que los hombres en la evolución del
cerebro”. La situación es la siguiente: “la velocidad de la evolución cerebral
de la mujer no es constantemente inferior, sino inferior, igual o superior, en
determinados períodos, a la velocidad
de evolución cerebral del hombre” y “para la superioridad del volumen cerebral
adquirido post natu del hombre, opera como uno de los dos
principales factores a la superioridad inicial adquirida en la fase
intra-uterina”, e incluso: “La mujer posee una psicosis infantil y un cerebro
también infantil porque y solo porque fue sometida a una selección que procuró
este resultado” (La mujer y la sociogénesis, Tito Livio de Castro).
La
superioridad inicial y ese porque y solo porque se contradicen
irremediablemente.
El
tipo humano legítimo – el tipo varonil.
“La feminidad,
dice el Sr. Bombarda, es una variación del único tipo humano legítimo, el tipo
varonil; es una variación de larga data, profundamente arraigada”.
Esta es una
cuestión que me dejó perpleja. Volviendo a los tiempos prehistóricos
encontramos o nos hacemos la idea del hombre y de la mujer con la misma
musculatura, el mismo salvajismo, la misma brutalidad, en gregarios, nómadas,
casi sin lenguaje. Luchaban con las mismas armas: la fuerza física. Pero, en
ese período el hombre ya era
hombre y la mujer era mujer. No existía un único tipo varonil legítimo o un
único tipo humano legítimo; el varonil. Todos los órganos y las funciones de
esos órganos también funcionaban en la mujer. Tenía la fuerza y el salvajismo
del hombre, pero físicamente, es decir, fisiológicamente, era mujer, eso está
claro.
Ahora,
veamos cómo hubo una
variación del tipo masculino hacia el tipo femenino de hoy. Antes del período neolítico, antes de que el hombre
domesticara al reno, el primer animal que el hombre buscó domesticar y lo
consiguió; fue la mujer. Le era muy difícil luchar cuerpo a cuerpo con los
primitivos animales y necesitaba que alguien le obedeciera, alguien a quien
pudiera someter: luchó con la mujer, la venció, la subyugó, la domesticó.
Determinó
sus labores, le exigió trabajos, tareas, la castigó y repitió el castigo
brutalmente hasta que ella se dio por vencida y comenzó entonces, a
maravillarse con la fuerza bruta… Se quedó en el hogar, realizando las
primitivas labores domésticas y, desde entonces, todos conocemos el resultado
de ese atentado a la libertad femenina y de sumisión, servilismo, de la falta
de carácter de los esclavos, de los tutelados, de los subalternos, eso en
términos morales. Respecto del aspecto físico: la función desarrolla el órgano;
es una ley biológica. Sus formas, su cuerpo, las dimensiones de sus miembros,
todo el organismo –sin estar en contacto con las luchas cuerpo a cuerpo, ni con
los hombres ni con la fieras– se fue adelgazando, sus
músculos disminuyeron su fuerza y aumentaron su delicadeza. Se sintió protegida
y se volvió perezosa, cómoda y, sin problemas serios que resolver, no requería
hacer uso de su cerebro.
Pero,
respecto de lo que significa haber pertenecido a un tipo humano legítimo, un
tipo único, varonil; no conozco otra explicación.
Lo que nos dice la
opinión injustificada de Tito Livio de Castro es que: “la inferioridad femenina
es constante en el presente y en el pasado humano”, “la evolución de los
primates es masculina”, “en los antropoides como en el homo
sapiens el sexo
masculino tiene un cerebro más grande”. En este caso no hubo dificultad alguna
para el hombre primitivo en subyugar a la mujer primitiva. Fue su primera
presa.
La
inferioridad femenina es constante en el presente
y
en el pasado humano
Retomando lo
señalado por Tito Livio de Castro; si “el tipo masculino pasó por más variadas
transformaciones y adaptaciones cerebrales que el femenino” y “como la
inferioridad femenina es constante en el presente y en el pasado humano”, no se
puede admitir que el fenómeno embriológico sea una causa determinante de alguna
condición social de los primitivos tiempos de la especie. La craneometría
aplicada a los antropoides proporciona los mismos resultados, demostrando así,
que se trata de una herencia en el orden de los primates. Un estudio minucioso
de las especies zoológicas nos muestra los tipos caracterizados según igualdad
de evolución de los sexos o según la superioridad femenina, refutando la
opinión inicial que se podría formar, de que la inferioridad femenina es un
corolario de la diferenciación sexual. Por otro lado, “la mayor evolución
cerebral es un aspecto perfectamente distintivo en relación con el sexo;
caracteriza casi tanto al sexo masculino como a las glándulas mamarias del sexo
femenino”. Como se ve, todo es errado, incompleto. De las hipótesis, sin
demostración, hacen principios y enuncian teoremas y corolarios imaginarios,
utilitarios para opiniones sin fundamentos, a intereses personales. Si el
cerebro caracteriza al hombre como las glándulas mamarias a la mujer; ¿por qué no admitimos la hipótesis de que
son característicos de los sexos, corolarios de la diferenciación sexual? Sin
embargo, esto no va más allá de una mera hipótesis, lo que está comprobado es
que la mujer no habiendo precisado de su cerebro, tuvo un órgano que se atrofió
por la inutilidad, y que la actividad intelectual aumenta el poder mental tanto
en hombres como mujeres.
Está
comprobado que los negros en África originaron al cerebro francés de hoy: Schuré, Romain Rolland, Anatole France, Barbusse…
etc., además de Madame de Stael, George Sand, Clemence Royer y hasta a
Madame Curie. En ese sentido, ¿qué es lo que impide la “elevación de la mujer
hacia el hombre” o el desarrollo de la mentalidad femenina? Solo existe una
objeción: comodidad, indolencia, los hábitos serviles de la mujer de hoy,
seleccionada en vista de ese mismo objetivo: la esclavitud y la tutela social.
Podríamos
ir más lejos: ¿a qué llaman inferioridad?, ¿a la diferencia?
El
papel de los padres es absolutamente equivalente
en
la fecundación del embrión
Felix Le Dantec dice que el papel de los padres, bajo el punto de
vista hereditario es absolutamente equivalente en la formación del cigoto, del
embrión; no se trata “de una continuación de un ser en otro ser, ya que hay
colaboración equivalente de dos seres diferentes”, etc.
¿Cómo entonces la superioridad del cerebro masculino
puede ser memoria orgánica, si los embriones masculinos y femeninos son
absolutamente iguales, si no tienen sexo o, más exactamente, si tienen ambos sexos? ¿Cómo es que la
memoria orgánica deja escapar a un genio? Si la inferioridad del cerebro
femenino contribuye a la degeneración de la especie (bajo el punto de vista de Tito Livio) o, en último
caso, si impide el máximo desarrollo, si su incapacidad craneana y psicológica
es un hecho y si ese hecho tiene importancia en el nacimiento de un nuevo ser,
si puede actuar en el organismo nuevo; ¿no sería natural que la humanidad, en el estado en el
que se encuentra, con la mujeres y su cerebro infantil, no pudieran parir un
Edison, un Tarde, un Topinard, un Binet, una
Montessori, un Broca, un Poincaré, o incluso un Bombarda… por lo tanto, la
presión femenina ejercida sobre lo mínimo lo impediría?
Sí,
concuerdo con que la inferioridad femenina debe ejercer influencia en el
embrión, pero tampoco es la superioridad masculina la que proporciona la gesta
de los genios o los talentos ¿Cuáles fueron los ancestros de Homero, Hipatia, de
Sócrates, de Dante, Víctor
Hugo, George Sand, Curie, Clemence
Royer, Comte, Schuré, Rousseau, Michelet, Racine,
Molière, Corneille, etc.? (por mencionar ejemplos clásicos).
Me
contentaría con conocer la influencia ancestral masculina, contraponiéndola a
la influencia materna deprimente. La ciencia oficial no explica la
aparición del genio y afirma presuntamente cosas absurdas, no comprobadas.
Decretar
perentoriamente lo que no está comprobado experimentalmente, equivale a negar
en absoluto lo que escapa de nuestra comprensión, o lo que está más allá de la
mentalidad corta de los idiotas y presumidos bajo el rótulo de la ciencia
oficial. No es así que se consigue llegar al conocimiento de la verdad. El
papel del científico debe consistir en agrupar hechos, observar, catalogar,
formular hipótesis y… esperar.
***
El Sr. Bombarda
o la opinión por él sustentada, discute sobre la mujer, lo que debería discutir
con la masa, con
la mediocridad.
Diferentes
son las naturalezas excepcionales y las anormales, superiores e inferiores.
Cae en
contradicciones observando la “desigual resistencia de los dos sexos a la
imitación de prácticas criminales, de hechos en los que se ve a la misma mujer,
ser un día una criminal de la peor calaña, y, al día siguiente, una esposa
dedicada y una tierna madre”.
En ese
sentido, psicológicamente, la mujer representa la variedad y el hombre el
modelo. Más adelante afirma
que existe en ella “cierto grado de anomalía mental que la torna medio
antagónica con el ambiente social”. A propósito de eso, vale mencionar que el
ambiente social para el señor Bombarda es el ambiente masculino.
“La
degeneración que ocurre como resultado de una construcción cerebral defectuosa
se representa por la ausencia o la disminución de la capacidad de adaptación al
medio”
Si ella no
se adapta al medio (y, psicológicamente volvió a ser el tipo) como es que “el
hombre hace de ella lo que quiere, como se vuelve maleable al mínimo soplido
del hombre que la domina por el amor al que se consagra”. “Gracias a los
sentimientos, se hace de la mujer cuánto se quiere; una criatura despreciable,
una criminal o una heroína”.
Y es el
mismo profesor quien habla de “impotencia del ejemplo de la educación viciosa
delante de organizaciones bien conformadas” (lo que es una gran verdad) y cita
ejemplos. Habría que preguntarse: ¿existen las mujeres prototípicamente
conformadas, rebeldes a las influencias externas? Y, ¿pueden nacer mujeres
prototípicamente bien conformadas, de padres degenerados? ¿La heredabilidad lo
explica?
El propio
autor pone en duda lo absoluto de la heredabilidad, y no hay remedio sino
colocar un punto de interrogación delante de tales hechos.
Todavía
lanza sobre nosotras las mujeres la anatema de lo formidable.
***
La mujer fue
esclava en todos los tiempos. Es necesario repetirlo. ¿Cómo exigir de los
esclavos las virtudes de desarrollo de los hombres libres?
¿La literatura de cabecera, refinada, la literatura de
los Bois de Boulogne, de los boulevards, de las Avenidas, no se empeña acaso, en
conservarla, irresponsable, dependiente?
¿El hombre quiere tener de esposa a una mujer de alma
incorruptible? ¡No! Él siempre la desea con un pie en el abismo, la desea
frágil, inconsciente, vigilada, trivial,
incluso, para crecer en su papel de protector, de guardián, para aconsejar,
para ser respetado, temido (influencia ancestral, recuerdo del gineceo y del
harem…) El hombre tiene en sí, el intertanto de sus múltiples y antagónicas
naturalezas; un alma de sultán y de sueño eterno con el paraíso de Mahomet…
Creo que
fue Max Nordau quien dijo que en París las mujeres
son delineadas, esculpidas, hechas bajo los moldes de los poetas, los
escritores. La novela francesa dicta el modelo de la mujer parisiense. Ella
piensa, tiene gestos y actitudes a la refinada usanza de los intelectuales
franceses. ¿Los dandys de la literatura no buscan
exclusivamente la gloria de los boudoirs galantes?
Los hombres
han tenido por objetivo conservar la irresponsabilidad femenina, la eterna
futilidad del sexo, puesto que así es más fácil comprar a la mujer con
bombones, encajes, abanicos y perlas…
Ella le es
agradable bajo todas las formas; al cargarla en el pecho como a un infante, al
engañarla con algunos metros de seda o una jarra de Sevres o un Gobelin y jugar con cuántos niños fuera posible.
Si la mujer
piensa, será más complicada su situación y el hombre no se querrá dar el
trabajo de examinar si esa situación le trae o no más bienestar, más belleza y
más encantos en la vida conyugal.
Él es egoísta y vive en la
burbuja de sus intereses y, aun así dice que son las
mujeres quienes ven muy limitado el horizonte… que son ellas las de ideas
insignificantes. Ese hecho solo puede ser apreciado por los hombres superiores,
que son poquísimos. Y la verdad es que encontramos en nuestro camino muchos de
ellos que se interesan por nuestras reivindicaciones, que aceptan todas
nuestras ideas y hasta las pregonan con entusiasmo, en algunos casos, incluso
afectando los intereses propios, ellos son para nosotras, sin embargo, incondicionales.
Todos saben
que los griegos del templo de Sócrates y de la envergadura de un Jenócrates, de un Demóstenes educaban a las heteras o
hetairas para la voluptuosidad del alma, para los altos torneos de la
inteligencia, y las adoraban, las divinizaban.
Muchos
no logran imaginar cómo será la sociedad futura cuando las mujeres reúnan los
tres aspectos de la educación completa: una mujer intelectual para los deleites
del espíritu, una mujer de perfección de forma para la perpetuación de la
belleza física, una mujer de sentimental, fuerza y moral para el ascenso del
corazón. Solo ven la forma,
la materia, las curvas sensuales, el sexo y nada más.
Y si al
menos el arte de esas personas plasmase la más bella forma, envolviendo esa
vibración en un velo de fantasía idealista, pero ni siquiera posee arte para
enmascarar el instinto.
Bombarda
habla de que es “la falta de vigor cerebral la que pone a la mujer en un nivel
muy diferente al del hombre” ¿y de dónde proviene la falta de vigor cerebral?
¿No será acaso de los siglos de esclavitud, de la falta de educación o de una
educación que la subestima?
Si
pusiésemos en una isla o en una ciudad cerrada, a cierto número de niños y
niñas, y los educáramos de manera contraria a la que se hace actualmente; los
hombres para el trabajo doméstico y para obedecer, y, a las mujeres, para las
labores oficiales, para la intelectualidad y para mandar, ¿al cabo de algún
tiempo el cerebro del hombre no se volvería inferior?
Eso hasta
ahora, después de la superioridad, pretenciosamente indiscutible del Sr.
Bombarda, en relación con la mujer, inferior desde su nacimiento de la costilla
de Adán.
Y entonces
veríamos a la mujer pensando cosas serias, sobre problemas sociales y a aquellos
hombres, preocupándose por las menudencias de la vida, las futilidades,
discusiones y malentendidos, chismes y todo lo demás que le atribuyen a la
mujer.
Pero no es
necesario ir tan lejos. El dandy
está a nuestro lado,
limándose las uñas, maquillándose la cara y las manos, colocándose cremas y
polvo de arroz en las ojeras, neurótico, histérico, sin haber sido criado según
la hipótesis formulada.
Continuemos
con Bombarda:
Si alguna vez por la
energía del espíritu, la mujer consigue levantarse, y solo después que la vida
sexual ha cesado, solo entonces también su organización física tiende a
aproximarse de la del hombre, por la fórmula y numerosas características”.
Y es por eso que,
desde hace mucho, pienso que después de la menopausia, la mujer es un hombre.
Otra
observación inexacta, capciosa.
Todo lo que
la mujer ha hecho de enérgico, de viril, es de los 30 a los 50 años, salvo
excepciones. Adicional a eso, en la vida moderna la acción enérgica de la mujer
comienza a los 20 años.
Ahora, las
viejas, sin los celos de los maridos, sin el recelo de la maledicencia, viajan,
adquieren energía de maneras y de lenguaje, tienen ciertas regalías que las
muchachas no pueden tener; subyugadas por el peso de los prejuicios sociales,
por la mirada severa de los padres, por el celo de los maridos, por las
exigencias de los hijos: ¡la eterna tutela! Después, en la vejez, su ausencia,
su libertad de acción, no solo es tolerada sino incluso deseada.
Se me
ocurre la siguiente observación: en Río de Janeiro, los maridos y los hermanos
celosos no permiten a su mujer o a su hermana, asistir solas a los lugares de
élite, a la Avenida, etc. Muchas veces, casi siempre el pretexto es tomar el
trolebús, el desastre del automóvil, en fin, todos los peligros de una gran
ciudad, en movimiento… Sin embargo, ellos suben y bajan de los trolebuses y
andan solos por todas partes, entre los automóviles y los camiones, las
abuelitas tambaleantes, las viejitas arrugadas y, muchas veces algunas de ellas
se pierden y los periódicos dicen con el lenguaje viril de los hombres fuertes:
después de vieja volvió a ser niña.
***
“¿Qué nombres femeninos
célebres encontramos en las ciencias, en las artes, en la música, en la pintura
o en las letras? Un siglo entero de libertad femenina solo da la miserable
penuria como la última medida del cerebro de la mujer” finaliza el autor de “este breve estudio que no es una
inútil digresión”.
Ni siquiera
cita las innumerables excepciones, y no tiene grandeza de espíritu para afirmar
que, en ciencia, no hay excepciones: la excepción, repito, es la confirmación
de una ley desconocida para el científico.
Las
excepciones femeninas prueban que la mujer se construye y se vale por sí misma
y, para eso, necesita empujar los prejuicios y hacer volar su pensamiento más
allá de las minucias de la vida y de las futilidades sociales.
Es el
arrojo, el despertar, la revuelta.
El hombre
educó a la mujer según su gusto. Desde Hipatia de Alejandría hasta Madame Blavatsky y a Curie, mujeres asombrosas atravesando
diversas áreas, de las matemáticas, del arte, pensadoras que se educaron y
desarrollaron con esfuerzo propio, dando muchas veces, o más bien, casi
siempre, un empujón formidable a los prejuicios sociales.
Sí, fueron
excepciones. Sin embargo, cuando los hombres se preguntan por estas célebres
figuras femeninas, ¿no
las comparan con las excepciones masculinas?
También se
cuentan con los dedos de la mano los nombres de los genios y de los talentos
masculinos; estos tampoco son mayoría.
¿Son un número mayor? Ciertamente. En ese sentido, la
mujer es aventajada.
Ellos
tuvieron la libertad, las escuelas, todas las facilidades. Para ellas, el
gineceo, la esclavitud doméstica en todos sus aspectos, el ridículo: la
sociedad en su sabiduría masculina, o mejor aún; los hombres en su sensatez
decretaron la inferioridad de la mujer, y, bajo el pretexto de que ella es más
pura (la libertad no excluye la pureza) exigen su recato, que sea poco vista,
que respete la voz del mundo, que tenga cuidado con lo que puedan decir de
ella; en fin: la encadenaron a la razón, la convirtieron en una prisionera de
la sociedad. Al final de algunos siglos, cuando ella buscó su lógica, su
sentido, su razonamiento, ella ya estaba paralítica.
Y si la
amarraron a la razón, le dieron alas a su imaginación, la dejaron volar por el
mundo de la fantasía y bordaron su vida con lentejuelas, diamantes, terciopelos
púrpuras y camafeos, y de ahí nació una nueva especie; la melindrosa.
¡Qué
esperaban! Ella fue obra del hombre y de su sabiduría infinita…
Ahora,
exigen los seguidores de Bombarda que “en un siglo entero de libertad femenina”
(¡vaya qué libertad!) ¡surgieran
nombres y más nombres de mujeres ilustres!
Si fuera un
científico honorable no se sentiría en el derecho a exigir “la última medida
del cerebro”.
¿Cuántos
siglos serán necesarios para que ella despierte de ese letargo? ¿Cuántos siglos
más serán necesarios para que aprenda a pensar y descubra el misterio del
eterno femenino?
Y es el
mismo Sr. quien nos habla de la “esclavitud disfrazada en que vive la mujer
casada, tantas veces agravada por malos tratos que el beso en la hora siguiente
viene a hacer olvidar”.
Yo no
discuto solo con un hombre, con el Sr. Bombarda, con Lombroso o con Ferri:
protesto contra la opinión antifeminista de que la mujer nació exclusivamente
para ser madre, para el hogar, para jugar con el hombre, para divertirlo.
El Sr.
Bombarda fue solo mi pretexto para decirlo.
[1] María Lacerda de Moura, A
mulher é uma degenerada (Río de Janeiro:
Civilização Brasileira Editora, 1932). Texto digitalizado disponible en <https://fernandagrigolin.com/wp-content/uploads/2024/10/A_mulher_e_uma_degenerada_reduz.pdf>.