Revista de Humanidades n.º 54: 263-291
ISSN 0717-0491, versión impresa
ISSN 2452-445X, versión digital
DOI: https://doi.org/10.53382/issn.2452-445X.1039
revistahumanidades.unab.cl
Bildungsroman, derrota y melancolía en las novelas roqueras
Antipop
de Patricio Jara y La
Armada Invencible de Antonio Ortuño
Bildungsroman, Failure, and
Melancholy in the Rock Novels Antipop by
Patricio Jara and La Armada Invencible by Antonio Ortuño
Dr.
Francesco Di Bernardo
Benemérita
Universidad Autónoma de Puebla
Facultad de
Filosofía y Letras
Av. Don Juan de
Palafox y. Mendoza 410, Puebla, México
francesco.di@correo.buap.mx
ORCID:
0000-0002-9972-4003
Resumen
El presente
artículo discute las novelas Antipop (2016), del escritor chileno Patricio
Jara, y La Armada Invencible (2022), del escritor mexicano Antonio Ortuño, que se
centran en el intento de los protagonistas de realizar sus ambiciones musicales
juveniles en condiciones de precariedad económica y existencial. Enmarcando la
lectura en el contexto de la historia de la relación entre el rock y las
juventudes latinoamericanas, en el presente artículo se afirma que estas
novelas se configuran como ejemplos de Bildungsroman centrados en la narración de una crisis,
una derrota y un desarrollo frustrado.
Palabras claves: Bildungsroman,
literatura chilena, literatura mexicana, Antonio Ortuño, Patricio Jara.
Abstract
The article reads the novels Antipop (2016), by Chilean writer Patricio Jara, and La Armada Invencible (2022), by Mexican writer
Antonio Ortuño, both of which center on their protagonists’ attempts to pursue
their youthful musical ambitions amid economic and existential precarity.
Situating the analysis within the history of the relationship between rock and
Latin American youth cultures, this article argues that these novels can be
read as examples of the Bildungsroman shaped by the
narration of crisis, failure, and frustrated development.
Keywords: Bildungsroman, Chilean
literature, Mexican literature, Antonio Ortuño, Patricio Jara.
Recibido: 07/06/2024 Aceptado: 25/04/2025
El presente
artículo discute las novelas Antipop (2016), del escritor chileno Patricio
Jara (Antofagasta, 1974), y La Armada Invencible (2022), del escritor mexicano Antonio
Ortuño (Guadalajara, 1976), y afirma que estas se configuran como ejemplos de Bildungsroman que se articula en torno a la narración
de una crisis/derrota. Las dos obras se centran en personajes adultos –entre
treinta y cuarenta años–, quienes nos ofrecen una retrospectiva de sus intentos
de revivir sus ambiciones musicales juveniles en medio de condiciones de
precariedad económica y existencial. Ambas novelas tienen como protagonistas a
jóvenes metaleros que, al reflexionar sobre el destino de sus proyectos
musicales –en su mayoría frustrados y solo excepcionalmente realizados–, construyen
un relato retrospectivo de sus trayectorias vitales, cuyas experiencias pasadas
y presentes se articulan en estrecha sintonía con su música predilecta[1].
Antipop está narrada en primera persona por el
protagonista, Claudio Eicke, quien en 1999 abandona sus estudios de ingeniería
para dedicarse al oficio de ingeniero del sonido y a su aspiración de producir
bandas rock de nicho. No obstante, cuando el cantante pop Humberto Cifuentes
–conocido artísticamente como El Vecino de Arriba– le ofrece la producción de
su próximo álbum, Claudio se ve enfrentado a una duda existencial entre la
urgencia de obtener ingresos en un contexto de precariedad económica y su resistencia
visceral a los imperativos de una música sometida a la lógica mercantil. Por su
parte, La Armada Invencible narra las vicisitudes de un grupo de amigos
cuarentones, cada uno atravesado por crisis de índole existencial, profesional
y/o afectiva, que, impulsados por Barry –antiguo líder de la agrupación–,
emprenden el intento de reactivar su banda de heavy metal, surgida en los años formativos de la
adolescencia. La historia se construye a partir de los testimonios de los
miembros de la banda, y en particular desde la perspectiva de Yulian, el
protagonista, quienes son entrevistados en el marco de un documental realizado
por Luisma, sobrino de uno de los músicos, el Gordo Aceves.
Más allá de
las afinidades metaleras que unen a los protagonistas, las reseñas de las dos
novelas han identificado un leitmotiv en una quijotesca defensa del rock y de
la música alternativa que navega a contracorriente de la industria musical. Si Antipop ha sido definida como una novela
centrada en la celebración de “la dignidad de la música bien hecha, aunque no
la toquen en las radios ni llegue a los ranking” (“La escena”), también se ha
señalado que en La Armada Invencible “el rock […] es […] un género musical
que se defiende a capa y espada” (Ruvalcaba). Asimismo, las revisiones críticas
de las novelas destacan que el relato de los protagonistas está determinado por
una desesperanzada búsqueda de la “juventud perdida” (Rivas) que se combina con
una mirada desencantada y un aura melancólica que aflige a los protagonistas de
las dos novelas y que satura la atmósfera de la narración. En Antipop
y La
Armada Invencible, por
lo tanto, los protagonistas enfrentan una experiencia de derrota que trasciende
lo estrictamente individual –ya sea la imposibilidad de resistir la lógica
mercantil en la novela de Jara, o la incapacidad de concretar los anhelos
rockeros en la de Ortuño– para configurarse como una derrota generacional de
carácter cultural y social. En las dos obras se hace referencia al declive del
rock y el auge de géneros musicales de éxito comercial tales como el pop
comercial (en Jara) y el hip hop, trap, reggaetón y corridos tumbados (en
Ortuño). Por otro parte, las novelas abordan implícitamente el fracaso de una
generación precarizada laboral y financieramente, individuos en sus cuarenta
años inmovilizados en lo que Pedraza Mandujano define como una “juventud
tardía” (101). Si para los personajes de la novela esta juventud tardía se
manifiesta en revivir tardíamente “una etapa de la vida que ya pasó” (101), es
la inestabilidad económica y social, y por ende existencial, lo que impide a
los protagonistas cruzar “the threshold and be considered truly adult” (Durham
2), en un contexto socioeconómico donde el concepto de entrada en la adultez
está asociado a la participación en la producción de valor para el mercado
capitalista (Weiss 3-5).
Las
novelas, en torno a la dicotomía juventud/adultez, se configuran como
Bildungsroman, dado que
las retrospectivas de los protagonistas se modelan en la forma de relato del
desarrollo y evolución de un proyecto hacía un desenlace. Aunque la narración
no abarca el período canónico del Bildungsroman –es decir, de la infancia a la adultez–,
tal como ocurre en el género de la novela de formación, en las obras estudiadas
se narra un proceso de evolución y transformación y concientización de los
protagonistas respecto de su lugar en la sociedad en un contexto de
transformación social, histórica y cultural.
Enmarcando
la lectura en el contexto de la historia de la relación entre el rock y las
juventudes latinoamericanas, en el artículo se propone una lectura de Antipop y La Armada
Invencible como casos
paradigmáticos de novelas de formación que estructuran sus narrativas en torno
a experiencias de crisis y derrota. Para ello, el análisis se apoya en las
conceptualizaciones del Bildungsroman elaboradas por Mikhail Bakhtin, Franco
Moretti y Tobias Boes, entre otros enfoques críticos, con el objetivo de
examinar ambas obras a partir de los tropos característicos de la novela de
aprendizaje. La perspectiva teórica del presente trabajo se funda en que el Bildungsroman es un género que ha producido un interés
global como herramienta para indagar la relación entre el sujeto y la sociedad
en diferentes épocas y latitudes (Graham 1), más allá de interpretaciones más
restrictivas de sus características formales. Por lo tanto, se sostiene que el Bildungsroman es un género adaptable a diferentes
contextos sociales, históricos y geográficos, por lo que la definición es
empleable más allá de los límites canónicos del relato que abarca la infancia a
la adultez para abordar el proceso de desarrollo, evolución (o involución) del
individuo en su contexto histórico y social. Sin embargo, el argumento central
del artículo surge de las proposiciones de Stević, quien afirma que la crisis,
en sus diferentes declinaciones tales como la muerte, la inadaptación o el
fracaso, no se configura como excepción y, por lo tanto, como ejemplo de anti-Bildungsroman, sino como un elemento constitutivo de
la novela de formación (8). Finalmente, la definición freudiana de melancolía
como imposibilidad de superación del duelo (244-245) sienta las bases para la
conexión entre la modalidad melancólica de las novelas y la cuestión de la
derrota/crisis. Esta última, asimismo, es interpretada mediante la teorización
de Fisher respecto de la melancolía como expresión de resistencia a la cultura
mercantilizada de la sociedad neoliberal actual.
1. El rock en América Latina: desarrollo y
autonomía
Uno de los
momentos más significativos del relato de Claudio en Antipop ocurre cuando el protagonista cuenta las
circunstancias en las cuales decidió empezar su carrera en la producción
musical:
Fue el jueves 2 de
septiembre de 1999 el día exacto cuando comenzaron a definirse las cosas que me
pusieron en el camino que he seguido hasta hoy. A media mañana, mientras
limpiaba el grabador, me acordé de mis compañeros de universidad. Los imaginé
en las clases en que estarían en ese instante, con las materias que iban
aprendiendo […] Esa mañana decidí que no volvería a la universidad. Con todo lo
que acababa de comprar, además de algunas otras cosas, montaría un estudio
pequeño que luego haría crecer. Le metería tiempo y dinero y lo apostaría todo
para que me fuera bien. Aún más: si para lograrlo, aparte de salirme de la
carrera, debía dejar Antofagasta e instalarme en Santiago, donde tienes más
gente, más bandas y, por lo tanto, más opciones de probar y de probarte, había
que hacerlo sin mayores ceremonias. Me recorrió un escalofrío. Era puro miedo.
Mitad por la decisión de partir y arreglármelas solo, y mitad por dejar a mi
mamá. Aunque diría que esa parte, en vez de miedo, era culpa que guardé bien al
fondo del estómago, pues nada de lo que vendría en las próximas semanas sería
fácil. (90)
El pasaje
en cuestión pone en escena un tropo característico del Bildungsroman: el momento de súbita toma de conciencia
que precipita una transformación radical en la trayectoria del protagonista y
abre paso a un desenlace marcado por la incertidumbre. En consonancia con este
arquetipo, lo que se representa es, a su vez, una instancia de ruptura
estructural en el proceso de formación. Claudio decide desatender las
expectativas de un joven de “clase media, de padre contador y de madre
secretaria” (45), es decir, completar su carrera universitaria en ingeniería y
encontrar un trabajo seguro en su campo. De manera similar, en La
Armada Invencible, el
personaje de Barry opta por destinar sus recursos económicos no a una inversión
orientada a la maximización de su capital económico, sino a la materialización
de uno de sus anhelos más persistentes: la adquisición del bar en el que la
banda solía presentarse durante su juventud, con el propósito de convertirlo en
el espacio simbólico y material del retorno del grupo llamado La
Armada Invencible.
Estas
rupturas de las expectativas paternas y societales figuran otra cesura decisiva
presente ya en la obra fundacional del Bildungsroman, Los años de
aprendizaje de Wilhelm Meister de Goethe (1790). Efectivamente, de acuerdo con Moretti, “[a]lready in
Meister’s case, ‘apprenticeship’ is no longer the slow and predictable progress
towards one’s father’s work, but rather an uncertain exploration of social
space” (4). El repudio del
modelo familiar y de las expectativas societales en favor de una exploración de
la autonomía del sujeto, alude a la manera en la que el rock irrumpió en las
sociedades del continente a mediados del siglo veinte. Mientras que en Estados
Unidos el rock, y la cultura y la estética vinculadas a él, se caracterizó como
una expresión de las clases populares, en América Latina este género musical
fue inicialmente adoptado por las clases medias y altas como manifestación de
aspiración a la modernidad. Sin embargo, a fines de los años sesenta, el rock
fue revindicado también como expresión cultural de las clases populares
(Pacini, Fernández y Zolov 9). La juventud latinoamericana veía en el rock una
fuerza innovadora y, sobre todo, una subversión de “the traditional patriarchal
values, or buenas costumbres, of their elders” (Pacini, Fernández y Zolov 9) y
de la cultura paternalista fomentada por la clase dirigente de los estados
nación en la época del desarrollismo en la región. La estética del rock como
forma de afirmación identitaria, sustentada en la transgresión y en la actitud
desafiante se manifiesta también en las páginas iniciales de La
Armada Invencible, donde
el protagonista, Berry, complacido consigo mismo y trazando una analogía entre
su figura y la de Robert Plant (vocalista de Led Zeppelin), emprende la
iniciativa de revivir la banda como expresión de una renovada confianza en su
propia identidad, confirmado a sí mismo: “soy un pinche rockstar” (6). La
escena inicial de la novela de Ortuño evoca precisamente el espíritu de la
fuerza disruptiva del rock que llegó a América Latina como cultura
contestataria y como forma de expresión identitaria de una juventud que decide
volverse autónoma de las tradiciones paternalistas.
La
recepción, así como el impacto cultural y social del rock en los contextos
nacionales donde se ambientan las novelas –México y Chile–, comparten
trayectorias históricas convergentes. Surgido a principio de los años sesenta,
la difusión del rock coincidió cronológicamente con la expansión de los ideales
de modernización capitalista “while at the same time challenging the very
social and ideological foundations of those capitalist hegemonic projects”
(Pacini, Fernández y Zolov 9). En el contexto mexicano, “[l]a juventud mexicana
[…] se apropiaría rápidamente de este género musical como la vía de expresión
de sus deseos y de la construcción de una identidad propia” (Torres 66). Sin
embargo, la cultura del rock pronto empezó a ser percibido como una amenaza
para “las convenciones morales, paternalistas y patriarcales que formaban parte
de la ideología hegemónica mexicana” (66) y, por ende, criticada y combatida
por el poder político, los medios de comunicación oficiales y por algunos
sectores del mundo intelectual. El rock, así como una literatura y un cine
provocativo, fueron los ingredientes de una revolución cultural con la cual la
juventud mexicana comenzaba a cuestionar el nacionalismo paternalista promovido
por el gobierno del hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), que
respondió con la clausura de varios locales de música en 1965 (Pensado 214-215)
y, de manera más trágica, con la represión de Tlatelolco en 1968[2].
De manera análoga, la década de los sesenta constituye un punto de inflexión en
el que la difusión del rock entre la juventud chilena converge con el
surgimiento de movimientos orientados al cambio social y político, donde los
sectores juveniles emergen como actores sociales de relevancia, “desafiantes
del orden tradicional en diversos planos” (Lamadrid y Baeza 70). Por estas
razones, la difusión del rock en Chile desató un pánico moral entre los
sectores más conservadores del país (González 19), que culminó con las feroces
críticas de la prensa conservadora al festival de Piedra Roja de 1970, conocido
como el Woodstock chileno (Mularski 75). Con el recrudecimiento del conflicto
político y social hacia fines de la década de los sesenta y comienzos de los
setenta, el campo musical chileno comenzó a verse afectado por las
polarizaciones ideológicas propias del contexto de la Guerra Fría. En este
escenario, el rock quedó atrapado en una disputa cultural entre derecha e
izquierda, siendo objeto de una recepción ambivalente por parte tanto de los
sectores conservadores como de ciertas corrientes de la izquierda, que lo
juzgaban con suspicacia. Si, por un lado, los sectores conservadores se
apropiaron de la llamada música típica (cueca y tonada) como expresiones de
esta chilenidad tan central de su ideología nacionalista, por otro lado, en el
contexto de la Guerra Fría “the adoption of North American images, practices, products, and
traditions served as a representation of one’s opposition to the Soviet Union
and Castro” (Mularski 78). Por el contrario, los sectores de la izquierda, más
vinculados a la nueva canción, interpretaban el rock como una expresión
cultural del consumismo capitalista y del imperialismo norteamericano (78). Sin embargo, con la
creciente popularidad del rock, la juventud chilena “formulated their own
associations between particular rock sounds and their individual experiences
and identity as young Chileans” (79). No obstante, con el golpe de Estado de Pinochet y la
dictadura, fue el canto nuevo, con su recuperación de instrumento folklóricos y
andinos y referencias a la nueva canción (Osorio 261), que encarnó los
sentimientos subversivos y de resistencia a la política cultural oficial de la
junta (“Chile 1973-1990”), sin que faltaran las experimentaciones y las
hibridaciones con el rock a través de las influencias del rock psicodélico y la
integración de la guitarra eléctrica (Mularski 89).
En los años ochenta, en toda la región latinoamericana tanto los/as
artistas y su audiencia empezaron a desinteresarse por la polémica sobre la
politización del rock y “enacted a politics of anti-politics, repudiating at
the level of sound and performance not only the old hegemonic ideology of the
socialist Left but the ascendant ideology of neoliberal capitalism as well”
(Pacini, Fernández y Zolov 17), mientras que los años noventa fueron testigos
de la incorporación de elementos de música local e hibridación con otros género
en el contexto de una creciente globalización. A pesar de la más reciente crisis y del eclipse de este género musical
en el panorama musical mainstream, a lo largo de su
historia, tanto en América Latina como en otras latitudes, “rock has served as
a vehicle for participatory action and a site for expressing […] agency that is
[…] impossible to express through other means” (Pacini, Fernández y Zolov 20). Es precisamente la capacidad del rock para habilitar
formas de agencia individual lo que ha sido identificado, en el ámbito
de la literatura latinoamericana, como un elemento central. Esta focalización
en el desarrollo de la autonomía y la subjetividad del individuo constituye,
además, un rasgo estructural de las narrativas que reactivan los tropos
característicos del Bildungsroman. En el México de los
años sesenta y setenta, novelas de la llamada Onda, tales como La tumba (1966) De perfil (1966) y Se está
haciendo tarde (1973) de José Agustín, Gazapo (1965) y Compadre lobo (1977) de Gustavo Sainz, o Pasto verde (1968) y El rey criollo (1970) de Parménides García
Saldaña, encarnan perfectamente la combinación entre referencias a la música
rock y tropos del Bildungsroman para abordar la temática de la formación de la identidad juvenil y desarrollo de un individuo
autónomo. Sin embargo, como argumenta Torres, el Bildungsroman roquero se proyecta transversalmente a lo largo de la
región latinoamericana y entre diversas generaciones, configurándose como un
dispositivo narrativo recurrente en la representación de procesos de
subjetivación juvenil, como se demuestra en novelas tales como ¡Que viva la música! (1977), del
colombiano Andrés Caicedo, Mala onda (1991) del chileno
Alberto Fuguet, Cómo desaparecer
completamente (2004) de la autora argentina Mariana Enríquez y Mi nombre es Rufus (2008) del también argentino Juan
Terranova (309-310), y Dile que no estoy (2007) de la
escritora chilena Alejandra Costamagna. Antipop y La Armada Invencible se escriben sin duda
en esta tradición del Bildungsroman roquero, concentrándose
en sujetos que parecen destinados a no encajar en la sociedad de sus tiempos y
a fracasar en su proceso de desarrollo.
2. Aprendizajes
Desde su
elaboración teórica por parte de Karl Morgenstern, el Bildungsroman ha estado sujeto a variadas
interpretaciones teóricas. El filólogo alemán, que acuña el concepto, define el
Bildungsroman como una expresión inherentemente
alemana (655), vinculada a la tradición del idealismo alemán (Boes 4) y
arraigada a la interpretación de Humboldt del concepto de Bildung “as a process of social and
psychological growth dependent on a productive encounter between the free
individual and the world” (Stević 3). Sin embargo, Boes desmitifica la
inherente alemanidad de este género narrativo, afirmando que si Morgenstern
hablaba en un tiempo en el cual el Estado nación alemán todavía no existía
(1820), el tiempo alemán que supuestamente representaría el espíritu del Bildungsroman, existiría solo en términos de ilusión y
aspiración (6). A la tradición que
identifica al Bildungsroman como una expresión propiamente alemana, que va de
Morgenstern a Dilthey, se opone otra que lo interpreta como un ejemplo
universal de expresión de la modernidad (Boes 4). En este sentido, Bakhtin afirma que en el Bildungsroman el desarrollo del sujeto/protagonista se
completa en su tiempo histórico y Moretti define el tropo de la evolución de la
juventud hacía la madurez como una “‘symbolic form’ of modernity” (5). Por otro
lado, Esty señala que la novela de aprendizaje modernista rompe la temporalidad
canónica de este género y propone una “violation of the developmental paradigm
that seemed to govern ninenteenth-century historical and fictional forms” (3).
La subversión de los arquetipos y de la ideología que caracteriza al Bildungsroman modernista es retomada y reformulada por
su replanteamiento poscolonial, que reconfigura las convenciones del género
para constituirse en “a political act of counter-colonisation, a reimagining
and reinvention, a process of becoming through the act of unmaking its
predecessor and unmasking the Bildungsroman’s ideological flaws” (Hoagland
225).
En el
contexto hispanoamericano, el Bildungsroman se establece precisamente como
herramienta para cuestionar el sujeto moderno en el contexto del proceso de
modernización de los nuevos estados nación independizados (Escudero 40). La
aparición del Bildungsroman hispanoamericano es el resultado de una combinación
entre la influencia europea y géneros de la narrativa ya establecidos en la
región, tales como la picaresca, la gauchesca, la narrativa de aventura y la
novela sentimental y la epistolar (Escudero 48-49). En consecuencia, la novela
de formación latinoamericana se caracteriza por un prominente nivel de
combinación de “varias técnicas narrativas, según avance la experimentación con
la estética novelística” (Escudero 111).
Las
diferentes y, a veces, antitéticas teorizaciones del Bildungsroman
evidencian que es un
género altamente flexible, apto para la descripción de “a protagonist striving
to reconcile individual aspirations with the demands of social conformity”
(Graham 1) en diferentes épocas y en diferentes latitudes. Como afirma Bennet, el
Bildungsroman ha sido una forma que a lo largo de la
historia ha sido “fully capable of resonating with meaning in a number of
widely divergent quarters” (6). Esto es debido también a su maleabilidad, ya
que sus características “are not meant to be read prescriptively” sino como un
“espectro” (Downward 170)[3].
En consecuencia, aun cuando en Antipop y La Armada
Invencible no se
representa el habitual recorrido de la infancia a la adultez, la incorporación
de diferentes tropos de este género novelístico permite asociarlas al espectro
del Bildugnsroman.
Como se ha discutido anteriormente, en Antipop el proceso de formación se desencadena en el momento
altamente simbólico de la concientización de una necesidad del sujeto
protagonista de lograr autonomía desprendiéndose de las presiones familiares
y/o del entorno comunitario y social. Según la interpretación de Bakhtin, luego
de la ruptura simbólica, el Bildungsheld[4] emprende un “true
process of becoming or development” (17). Este proceso de devenir es caracterizado por un aprendizaje a través
del cual el personaje protagónico del Bildungsroman toma conciencia de sus propias necesidades y
habilidades (Jeffers 2) y fabrica su identidad. En Antipop el paciente trabajo y la dedicación hacía la
realización de sus ambiciones musicales, es evidente en el relato de Claudio
que recuerda que “[e]n ese tiempo lo único que me
interesaba era construir mi propio estudio de grabación y hacer discos” (4). De
igual manera, en La Armada
Invencible, Yulian narra las primeras etapas de construcción de su identidad de
músico. Con la ironía que caracteriza la novela, Yulian relata su origen como
bajista de la banda y su aprendizaje musical desempeñándose como air guitarrist[5] hasta que:
[t]oqué tanto en el
aire que me harté y un fin de año, cuando mi madre cobró el aguinaldo, le pedí
de regalo una guitarra. La quería eléctrica, y a ella solo le alcanzó para una
de palo, normalita y sólida, pero con cuerdas de reserva y acompañada por un
cuaderno que se llamaba “Método de guitarra fácil” que, además, traía de regalo
el “Método de bajo fácil”. No había bajos acústicos disponibles en las tiendas
de música de la ciudad, es decir, los había, pero eran los tololoches de los
mariachis: no obstante, si uno le movía las cuerdas a la guitarra podía emular
más o menos el sonido del bajo. (68)
La anécdota
activa el tropo característico del proceso formativo que se configura a partir
de –y en tensión con– una condición estructural de adversidad, que actúa
simultáneamente como obstáculo y catalizador del desarrollo subjetivo. Este
tropo es ejemplificado por el personaje de Pip de Grandes
esperanzas (1860-1861)
de Dickens, modelo canónico del Bildungsroman o, en el contexto latinoamericano, por
Silvio Astier de El juguete rabioso (1926) de Arlt. Ambos personajes luchan
para desarrollar su identidad en un contexto caracterizado por una falta de
oportunidades (Escudero 157). Exactamente como en el ejemplo dickensiano y
arltiano, los protagonistas de Antipop y de La Armada
Invencible se ven
confrontados con una serie de pruebas simbólicas que encarnan la tensión
estructural entre la aspiración al éxito y la experiencia de la derrota,
constituyéndose como momentos decisivos en la configuración de su proceso de Bildung. A su vez, esta tensión evoca el
dinamismo y la instabilidad juvenil propias del Bildungsroman (Moretti 5). El tropo de los obstáculos
que se interponen al desarrollo del protagonista, y que se genera de la
influencia de la picaresca en la novela de aprendizaje (Bakhtin 11), es aludido
en Antipop por Claudio cuando irónicamente menciona que en 1999 –cuando decidió
emprender su carrera de ingeniero del sonido– “también muchas personas decían
que el mundo se iba a acabar el 1 de enero del 2000” (4). Las palabras de
Claudio anticipan metafóricamente las posibles desgracias que amenazan a sus
ambiciones. Tal como Pip en el clásico Bildungsroman
dickensiano o como
Silvio Astier en El juguete rabioso, los protagonistas de las novelas de
Jara y Ortuño atraviesan una serie de pruebas estructurantes, entre las que se
destacan la precariedad económica, la experiencia de la pérdida
(particularmente la muerte) y diversas formas de abandono afectivo o social,
que operan como vectores fundamentales en la configuración de su trayectoria
formativa. Moretti define esta carrera de obstáculos que las figuras
protagónicas del Bildungsroman están obligadas a completar como el
“bewitching and risky process full of ‘great expectations’ and ‘lost
illusions’” (5) arquetípico de este género.
En el caso
de La Armada Invencible, el abandono es una de las causas de las grandes
desilusiones de los protagonistas. Un primer ejemplo es la decisión del
talentoso guitarrista solista, el Mustio[6],
de marcharse de la banda:
El Mustio soltó la
noticia de su partida […] Dejó claro que prefería la escuela al grupo. No vamos
a vivir de esto, proclamó, está muy chido que el disco salga en Europa, pero no
va a pasar nada con él […] Y yo quiero hacer algo en la vida. Estudiar, irme de
esta ciudad de mierda. Estoy hasta la madre. No quiero nada de esto que
hacemos. (35)
La tensión
entre la ruptura con las expectativas societales y familiares y el miedo a no
encajar en la aceptabilidad social es aquí representada por la decisión del
Mustio de dejar la banda. La resolución y la actitud del Mustio epitomizan el
tropo del Bildungsroman del sujeto joven “perenially dissatisfied and
restless” (Moretti 4). La respuesta del líder de la banda, Berry, que asesta un
puñetazo en plena cara al Mustio, por el contrario, evoca el ímpetu
revolucionario, para decirlo con las palabras de Moretti, que, junto a la
inestabilidad, caracteriza a la esencia juvenil (5). Sin embargo, el abandono
toma una forma aún más trágica cuando poco después de que el Mustio se marchara
de la banda, “[u]nos meses después, Isaías se nos murió” (La
Armada 40). La muerte
del baterista señala un giro radical en la historia de la banda y del
desarrollo y evolución de cada uno de los personajes de la novela. Igualmente,
el protagonista de Antipop se confronta con un abandono que marca un antes y
después en su existencia: la muerte del padre y el fin de la relación con una
joven llamada Kathy. Ambas historias están relatadas en uno de los capítulos
iniciales de la novela, cuando Claudio da cuenta de su vida antes de empezar su
carrera como productor. Como el abandono del Mustio y la muerte de Isaías en La
Armada Invencible, el
desenlace infeliz de la historia con Kathy y la muerte del padre produce una
cesura en la evolución del protagonista de Antipop. La cesura simbólica se ve enfatizada
por la estructura de la novela, en la medida en que el capítulo subsiguiente
muestra a Claudio iniciando la construcción de su estudio de grabación,
adquiriendo equipamiento analógico financiado mediante la venta de las
pertenencias de su padre, gesto que marca una transición significativa en su
trayectoria existencial y profesional. El mismo Claudio se demuestra consciente
de que durante el proceso de aprendizaje, “[a] medida que vas tomando
decisiones, entran y salen personas de tu vida” (92) y de que, por ende, la
pérdida es un elemento inherente de dicho proceso.
A menudo en
el Bildungsroman la muerte (o la pérdida) señala una ruptura
simbólica, una cesura que desata una transformación del/a protagonista y que
puede producir o “an allegory of displacement that describes the breaking of
affective bonds” necesario por la exitosa reinserción del protagonista en la
sociedad a través de su adhesión a la ideología dominante (Anderson y Reales
376), o, por contrario, el “abject failure” que, según Stević, caracteriza larga parte de la
tradición de la novela de aprendizaje (14).
La crisis, por lo tanto, es un factor clave que revela lo que Moretti define
como la inherente contradicción que caracteriza la estructura del Bildungsroman (6), que se construye alrededor de una tensión entre
éxito y fracaso y de los cambios repentinos de las circunstancias de los
personajes protagónicos.
3. Derrota, melancolía y Bildung
En las dos novelas la cesura simbólica en la existencia de
los protagonistas se origina en opuestas circunstancias de la vida. En La Armada Invencible, la ruptura se produce
en el ápice de la trayectoria de la banda, después del lanzamiento de un álbum,
cuando su “material saldría en Europa”, donde “empezaron a tramar una gira” (La Armada 34). El abandono del
Mustio y la muerte de Isaías, por lo tanto, configuran una cesura entre la
posibilidad de concreción de las ambiciones y la desilusión causada por el cese
a las actividades de la banda. Por otro lado, en Antipop, la muerte del padre y
el fin de la relación con Kathy inducen a Claudio a tomar la decisión radical
de dejar los estudios universitarios y salirse de la casa materna para
emprender un nuevo comienzo en su vida. A pesar de las dificultades económicas
del protagonista, gracias a la relativa fama de su estudio de grabación –“calificado
por ciertas revistas […] como ‘el secreto mejor guardado del rock nacional
independiente’” (Antipop 5)–, Claudio transita hacia una fase ulterior
de su proceso de desarrollo, que se distingue, no obstante, por una inherente
tensión entre posibilidad y crisis.
En ambas novelas, efectivamente, los ciclos
ruptura-transformación imponen a los protagonistas a enfrentar lo que Stević
define como “irresolvable
disputes about the available ways of living” que comúnmente aflige al
Bildungsheld (2). En este sentido, la
manera en la cual está caracterizado el destino de los protagonistas de las
novelas de Jara y Ortuño recalca una larga tradición del Bildungsroman[7], en la cual, a pesar de los triunfos ocasionales de
los/as protagonistas, hay una inclinación a narrativas “of unbecoming, oddly
committed to strife and failure, denial and frustration” (Stević 1). Este
constituye un aspecto fundamental de las narrativas formativas poscoloniales,
en las que los espectros persistentes de la violencia colonial producen un
desplazamiento estructural que desemboca en un “widespread disenfranchisement”
como elemento central de la existencia de las figuras protagónicas del Bildungsroman poscolonial (Hoagland 220). El desarrollo frustrado,
asimismo, es también un arquetipo de la tradición de la novela de formación
latinoamericana, ya que en esta “resulta sumamente difícil encontrar un bildungsroman exitoso” (Escudero 145).
La fluctuación en la existencia de Claudio es evidente
cuando, a pesar de que su “estudio boutique” (5) se haya vuelto un objeto deseado en
la escena de rock alternativo chileno, el protagonista se ve obligado a
enfrentar repetidamente momentos de grave crisis económica:
tenía un trabajo en
progreso (una pequeña banda de rock sicodélico de Buin a la que no sacaba nada
con pedirle dinero adelantado porque eran todos universitarios). Tenía todo
eso, menos de dónde sacar para comida, por lo tanto no me sentí pobre, sino algo
peor: me sentí miserable. (Antipop 109)
Claudio describe la condición de las juventudes globales que transitan
a la adultez en un contexto de exacerbación de la precarización laboral en el
sector de las artes. Este estado de precariedad es la precondición para que
llegue la propuesta de El Vecino de Arriba, a quien Claudio consideraba como un
“artista, como otros de su generación, [que] tenía ambiciones mucho más grandes
que su talento, y también muchas más oportunidades de las tolerables” (4). Sin
embargo, a pesar del desprecio de Claudio por el artista, termina aceptando
producir su álbum dado que, como relata el protagonista,
cuando
sabes lo que es no tener un peso en los bolsillos por varios días y has
dependido de las naranjas que da el árbol del patio o del parrón del
vecino para echarte algo al estómago, aguantas lo que venga y tiras para
adelante. (4)
Una similar
evocación de la precariedad laboral y existencial está presente en la historia
de Yulian en La Armada Invencible[8]. El mismo personaje cuenta que después
del desmantelamiento de la banda, apresurado por las necesidades de conseguir
un salario, deja los estudios en la escuela de arte para emplearse como
diseñador gráfico en el taller de tuning[9] de automóviles de su compañero de banda,
el Gordo Aceves, por un salario que solo le alcanza “para la renta y para
ofrecerle un poco a la Niña” (La Armada 96), su hija. Al igual que Claudio con la
producción del álbum de El Vecino de Arriba, Yulian a lo largo de la novela
expresa ampliamente su insatisfacción por un trabajo que limita sus ambiciones
artísticas (en este caso como diseñador gráfico). En un largo párrafo, el
personaje principal de La Armada Invencible se desahoga sobre la frustración de que
sus habilidades artísticas estén al servicio de clientes con deplorables
sensibilidades estéticas que buscan de él
que alguien volviera
presentable la cagada que les flotaba en la imaginación […] Así me ganaba el
salario […] Mi vida se trataba de eso, de trazar, al gusto de un descerebrado,
caballitos, trotones, calaveras neuróticas, tigres padrotes y siluetas de damiselas
con tetas y nalgas imposibles, de cohete espacial. (11)
Las
situaciones descritas en ambas novelas retratan lo que Fisher define una
condición típica del artista en un contexto neoliberal caracterizado por los
recortes o ausencia de servicios públicos que puedan ofrecer al artista un
soporte económico que pueda aliviar la presión de un inmediato éxito comercial,
así como por los elevados alquileres en lugares donde mayormente se concentra
la producción artística (19). Fisher, además añade que la cultura musical es
emblemática de la condición de las artes bajo el neoliberalismo, debido a que
el enfoque de la industria es principalmente en la búsqueda del éxito
comercial, por lo que se produce una tendencia a lanzar música similar a la que
ya ha producido rendimiento económico para la compañía discográfica en detrimento
de la innovación y de la calidad (20). En varias circunstancias los
protagonistas de las dos novelas expresan su disgusto por la música
mercantilizada. Si en Antipop Claudio menciona en varias ocasiones la falta de
talento de El Vecino de Arriba –personaje que encarna la música pop comercial–,
en La Armada Invencible esta crítica se expresa con un lenguaje a menudo
soez, como cuando Yulian arremete contra “banda, norteño o pop o canciones
mierderas” (La Armada 11), definiéndola en otra ocasión como “mierda que vomitan la radio, la
tele, o Internet que tanto les gusta” (41). En un primer nivel de lectura, esta
actitud hostil hacia la música contemporánea podría interpretarse como una
manifestación clásica del conflicto intergeneracional en torno a las preferencias
musicales. No obstante, si bien especialmente en La Armada
Invencible se advierte
una evocación de los buenos tiempos pasados, no es la nostalgia concebida como
idealización o, en términos de Jameson, como fetichización del pasado (7-10),
el afecto dominante en las novelas. En estas novelas, el pasado nunca se
presenta como un espacio de confort o acogida que remita a la noción de nóstos, el regreso al hogar, según su
etimología griega. No obstante, como observa Casey, la dimensión del álgos (dolor) revela la coexistencia de
recuerdos gratos con la aflicción (201). En efecto, el pasado en estos textos
se vincula más estrechamente con una angustia existencial. Este pasado,
simbolizado por el vínculo emocional que los protagonistas mantienen con la
música de su juventud, funciona como un síntoma de lo que, en términos
freudianos, se conceptualiza como melancolía. En su análisis sobre las
diferencias entre duelo y melancolía, Freud sostiene que cuando se diluye la
distinción entre la realidad presente del sujeto que añora y el objeto de ese
añoro –en el caso de las novelas, la juventud, las aspiraciones artísticas
frustradas o el sonido del pasado–, el proceso de duelo por el objeto perdido
transita a una etapa patológica de imposibilidad de desligarse de aquello que
ya no está (244-45). Si Claudio busca máquinas analógicas para reproducir un
sonido de un pasado musical que él considera superior al actual, y si Yulian y
sus amigos se embarcan en la misión de refundar la banda, estos anhelos se configuran
simbólicamente como una expresión de melancolía, un rechazo de separarse de
aquello que ya no existe. Sin embargo, en ambas novelas la melancolía se
configura también como una forma de resistencia, un rechazo a conformarse con
la muerte del rock. Como sostiene Fisher, el regreso y permanencia de los
fantasmas del pasado (haunting) –como imposibilidad de superación del
duelo– es también una expresión de rechazo a la rendición a la realidad
mercantilizada del presente (26-27). Efectivamente, en la novela de Jara, el
protagonista revindica el “estar fuera o en el borde de la realidad –como ser
“Antipop” en una cultura masiva y consumista–” (“Patricio Jara ajusta”),
mientras que, como señala el mismo Ortuño en una entrevista, los personajes de La
Armada Invencible
reivindican la melancolía como una de
las pocas
heroicidades […] para una persona hoy día, el aferrarse a las cosas que ya
perdió y que solo quedan como los símbolos de lo que fue su juventud o de los
tiempos en los que se sentía un poco más libre. (Santos Cid)
La
resistencia a renunciar a una identidad propia y a adaptarse a las coordenadas
de la sociedad contemporánea –regida por una lógica musical subordinada a los
dictados del mercado– se manifiesta de forma explícita en las voces de los
personajes, tal como cuando Claudio afirma que:
Cuando has visto
morir proyectos excelentes por falta de atención, cuando has sido testigo del
momento en que músicos formidables caen derrotados tras años de batallar contra
la invisibilidad y el desinterés, no puedes ser indiferente, no puedes olvidar y
debes tomar partido. (Antipop 5)
Finalmente,
Claudio reafirma su identidad roquera al conferir al álbum de El Vecino de
Arriba una “potencia” (139) propia de este género musical, que lleva a la
prensa a calificar al músico como un “rockero modelo” (141). En este sentido,
el filtro antipop evocado en el título de la novela puede interpretarse como
una declaración de principios: una afirmación de la identidad estética y
existencial de Claudio, así como una forma de resistencia frente a la
mercantilización de la música y, por extensión, de la realidad. Por otro lado,
para Yulian, el concierto que conmemora tanto el regreso como la disolución
definitiva de la banda –realizado en el mismo bar donde el grupo solía
presentarse en su juventud– constituye, igualmente, una forma de declaración de
resistencia.
Y todos esos pinches
metaleros que se rindieron y le dieron las nalgas al cansancio, los pendejos
que acabaron vistiendo camisitas de cuadros de color violeta y bailando toda
esa basura de charangas […] se sentirán unos vendidos y se les va a apretar el culo
de vergüenza cuando nos escuchen hablar a cualquiera de nosotros, cuando
subamos al pinche escenario y tiemblen porque regresó La Armada Invencible.
(155)
A pesar de
la fugaz existencia de esta segunda conformación de la banda, es precisamente
la posibilidad de reivindicar su identidad lo que permite a Yulian y a sus
amigos culminar –aunque en un momento posterior al que convencionalmente
establecido por las normas sociales– su proceso de formación mediante la
reivindicación de su propia identidad. Esta afirmación de su propia
autenticidad adquiere un carácter decisivo incluso en un contexto profundamente
transformado tanto a nivel personal como histórico. En este sentido, los
protagonistas se resisten a abandonar el fantasma de su identidad, aferrándose
a una versión persistente de sí mismos frente al devenir del tiempo y al cambio
social. Como afirma Yulian: “[h]ace decenios nos dicen que nuestra música está
muerta, que no interesa, que son nada más berridos y estática. Pero nada nos
deprime: en el fondo, adoramos que nos odien. Uno se vuelve metalero, siempre,
por venganza” (207).
Sin
embargo, en el final de ambas novelas esta venganza se sublima simbólicamente.
En Antipop, tomando irónicamente distancia de su propia producción, Claudio
afirma que “[l]as personas comprarán el disco y lo escucharán cinco o seis
veces […] luego se cansarán y lo dejarán en la repisa” (142). Claudio no solo
acepta el fracaso de que el álbum que ha producido quede en el olvido, sino que
celebra esta derrota como parte de su batalla contra un ecosistema musical
dominado por las exigencias del mercado. En este caso, es precisamente la
experiencia de la derrota la que posibilita la culminación de su proceso de Bildung, entendido como afirmación de su
subjetividad en el entramado del mundo social y simbólico. De manera similar,
en La Armada Invencible se propone, a través del humor amargo que caracteriza
la novela de Ortuño, un final igualmente simbólico. La historia culmina con el
drama de Yulian, quien, tras el último concierto de la banda, pierde de forma
definitiva a Pato –la guitarrista solista que había sustituido al Mustio–, el
gran amor de su vida, debido a su incapacidad de expresarle sus sentimientos, a
pesar de que eran correspondidos. Además, pierde su empleo tras un conflicto
con el Gordo Aceves. Al día siguiente, consciente de haberlo perdido todo –no
solo a sus amigos, su trabajo y a la mujer que amaba, sino también, de manera
simbólica, su juventud–, Yulian sale de su casa con la guitarra al hombro y, sentado
en una banca, comienza a tocar su música favorita. En este momento, aparece el
trapper, Iñaki, “el urbano, el cantante ‘de aquí’” (298), animado por el grupo
de seguidores que lo acompaña, irrumpe en el espacio interpretando una canción
y, al notar a Yulian con su guitarra, le solicita –o más bien le exige– que le
proporcione “un beat para cantarle encima” (298). Irritado por la arrogancia de
Iñaki, Yulian se levanta y empuña “la guitarra de palo como un hacha de guerra”
y la rompe sobre la cabeza del trapper (298), para después arrepentirse, no
tanto de la acción violenta más bien porque “aquella era una buena guitarra”
(299). Con esta escena de sublimación irónica, Yulian completa su proceso de Bildung conciliándose con la idea de que su
identidad se construye sobre los escombros de una tremenda derrota como aquella
sugerida por el nombre de la banda –homónima del título de la novela–, que
evoca la flota española enviada por Felipe II a la conquista de Inglaterra en
1588 y que fracasó en el intento.
4. Coda
Antipop y La armada invencible son novelas que proponen una reflexión sobre el paso
del tiempo, el fin de la juventud y sobre el momento de hacer un balance entre
la concreción de las expectativas y las desilusiones. La cultura musical,
prototípico campo de batalla entre generaciones, constituye un perfecto telón
de fondo para pensar la formación del individuo en un contexto de
transformaciones históricas, sociales y culturales. Para proponer su lectura de
estas cuestiones, las novelas de Jara y Ortuño emplean tropos de la novela de
aprendizaje, un género de la narrativa donde tradicionalmente se manifiestan
las preocupaciones por la formación de la identidad del individuo en su tiempo
histórico. Asimismo, el Bildungsroman ofrece una perspectiva privilegiada
hacía las presiones sociales (Stević 184) que conforman la complejidad de la
vida en la sociedad actual. En las novelas analizadas, esta mirada al devenir
del sujeto se manifiesta en una atención por las continuas fluctuaciones entre
búsqueda del éxito y fracaso en la vida de los protagonistas Claudio y Yulian.
Esta dicotomía se resuelve principalmente a través de la crisis y de la
derrota. Este aspecto, no obstante, no convierte a las novelas en anti-Bildungsroman, dado que, como señalan Stević (184) y
Escudero (145), la exploración de la crisis como eje estructurante de la
existencia moderna constituye una preocupación central de este género de la
narrativa, especialmente en su desarrollo dentro de la tradición latinoamericana,
donde esta dimensión adquiere una visibilidad particular. Es precisamente el
fracaso el que se erige como motor del proceso mediante el cual los
protagonistas de las novelas analizadas afirman su subjetividad en el mundo. Su
derrota es el resultado de una agencia activa: una forma de resistencia
consciente –quizás quijotesca o sin causa– frente a los valores y lógicas de la
cultura dominante del presente.
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[1] Antonio Ortuño ha
efectivamente publicado una lista de reproducción para escuchar el soundtrack de la novela: https://open.spotify.com/playlist/1D2zGDDeeTudqJwXDCjZgn?si=5dc54103a7b043a8&nd.
[2] La influencia de la
cultura hippie estadounidense y de las bandas británicas de rock brindó a la
juventud mexicana la oportunidad de integrarse a un movimiento de alcance
global y facilitó la exploración de nuevas formas de identidad nacional que se
apartaban de la ideología nacionalista promovida por el Estado. En
consecuencia, el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz empezó a manifestar una
creciente impaciencia hacia el rock, percibiéndolo como una forma de protesta
social y alarmándose ante el potencial subversivo de la revolución musical
contemporánea (Pensado 168-169). Para consolidar el apoyo popular necesario que
legitimara la represión del movimiento estudiantil, resultaba esencial mantener
la representación de los estudiantes como sujetos desorientados, resentidos,
utópicos, inseguros y/o peligrosos, fácilmente manipulables por enemigos
externos de la nación (202). En este contexto, la subcultura rockera fue
señalada ante la opinión pública como un claro ejemplo de la presunta
degeneración moral de la juventud en el marco de la movilización estudiantil.
Posteriormente, en un recrudecimiento de las políticas de represión cultural,
el gobierno de Luis Echeverría Álvarez impulsó en 1973 una iniciativa que
condujo a la prohibición total de los conciertos de rock en el país (“Festival
Avándaro”).
[3] En su discusión del
género en el bildungsroman, Summerfield y Downward emplean el concepto de spectrum del
género para aplicarlo al género literario del Bildungsroman y subrayar las variadas formulaciones de las narraciones del
desarrollo, aprendizaje y formación.
[4] Héroe/heroína del Bildungsroman: el personaje protagonista de la novela de aprendizaje.
[5] Air
guitar es una forma de espectáculo en la cual el
artista toca una guitarra imaginaria entre sus manos.
[6] Nombre irónicamente
inspirado por Dave Mustaine, el líder de Megadeth, una de las bandas
fundacionales del thrash metal, al quien el Mustio se parece por su pelo largo y pelirrojo y su
estilo guitarrístico.
[7] Stević incluye en esta tradición novelas
de aprendizajes tales como Las ilusiones
perdidas de Honoré de Balzac (1837), David
Copperfield (1850) y Grandes
esperanzas de Charles Dickens, El
molino del Floss (1860) de George Eliot.
[8] La
cuestión de la precariedad laboral y existencial en la época contemporánea es un tema
que los autores han abordado en sus obras anteriores: Ortuño en El buscador de cabezas (2006) y Recursos humanos (2007), y Jara en Geología de un planeta desierto (2012).
[9] Tuning (o tuneo en la versión hispanizada de la palabra) indica la
práctica de aportar modificaciones a un automóvil para cambiar su rendimiento o
estética.