Revista de Humanidades n.º 54: 469-505

ISSN 0717-0491, versión impresa

ISSN 2452-445X, versión digital

DOI: https://doi.org/10.53382/issn.2452-445X.1048

revistahumanidades.unab.cl

 

 

“Apuntes sobre la higiene del corsé” (1905) por Ernestina Pérez: moda, ciencia e higienismo desde la perspectiva de una médica chilena[1]

 

“Apuntes sobre la higiene del corsé” (1905) by Ernestina Pérez: Fashion, Science, and Hygienism from the Perspective of a Chilean Woman physician

 

 

Damaris Landeros Tiznado

Universidad de Valparaíso

Serrano 546, Valparaíso

damaris.landeros@uv.cl

ORCID: 0000-0002-2209-7013

 

Andrea Robles Parada

Universidad Andrés Bello

andreaisolroblesp@gmail.com

ORCID: 0000-0001-7945-0781

 

Carolina Campos Chávez

Universidad de Valparaíso

Serrano 546, Valparaíso

nina.campch@gmail.com

ORCID: 0009-0005-2470-9166

 

 

Resumen

 

La conferencia “Apuntes sobre la higiene del corsé”, presentada por la doctora Ernestina Pérez en el Segundo Congreso Médico Latinoamericano (Buenos Aires, 1904), ofrece una entrada singular al cruce entre medicina, género y cultura material. Este artículo analiza su intervención a partir de tres ejes: la dimensión médica de su propuesta higienista, la economía femenina en torno al corsé y el lugar que esta prenda ocupó como tecnología de género y objeto discursivo en la configuración del cuerpo femenino. En diálogo y tensión con el discurso médico de su tiempo, la doctora Pérez propuso medidas preventivas orientadas a mejorar el uso y la confección del corsé, pero no su eliminación. Su mirada, ambivalente pero estratégica, permite comprender el corsé no solo como una prenda funcional, sino también como un dispositivo de agencia y control en el que las mujeres desempeñaron un rol activo.

 

Palabras clave: doctora Ernestina Pérez, corsé, medicina higienista, economía femenina, cuerpo femenino.

 

Abstract

 

The presentation “Apuntes sobre la higiene del corsé”, presented by Dr. Ernestina Pérez at the Second Latin American Medical Congress (Buenos Aires, 1904), offers a unique entry point into the intersection of medicine, gender, and material culture. This article analyzes her intervention through three key axes: the medical dimension of her hygienist proposal, the feminine economy surrounding the corset, and the role this garment played as a gendered technology and discursive object in shaping the female body. In both dialogue and tension with the medical discourse of her time, Dr. Pérez proposed preventive measures aimed at improving the use and manufacture of the corset—but not its elimination. Her ambivalent yet strategic perspective allows us to understand the corset not only as a functional garment, but also as a device of agency and control in which women played an active role.

 

Keywords: Dr. Ernestina Pérez, Corset, Hygienist medicine, Female economy, Female body.

 

Recibido: 20/06/2025           Aceptado: 14/08/2025

 

 

 

Introducción

 

Mientras Ernestina Pérez preparaba su disertación sobre la anatomía del cráneo para presentar en el Segundo Congreso Médico Latinoamericano (Buenos Aires, 1904), decidió incluir otro tema que consideraba igualmente relevante: el corsé y sus efectos en el cuerpo de las mujeres. La presentación de su disertación “Apuntes sobre la higiene del corsé” fue toda una novedad, considerando que esta prenda era vista como un asunto reducido a las tendencias de la moda y la vanidad femenina. No obstante, su elección fue motivada por dos factores socioculturales: el creciente interés de la medicina y el higienismo por la salud de las mujeres, y la influencia y popularidad que dicha prenda había adquirido en la vida cotidiana de estas.

Desde fines del siglo XIX, el uso del corsé empezó a popularizarse entre mujeres de todas las clases sociales, convirtiéndose paulatinamente en una prenda esencial del guardarropa femenino (Díaz-Marcos 25). Durante este proceso, el corsé sufrió una transformación significativa: aunque inicialmente se mantuvo como una prenda de lujo reservada para la aristocracia, se volvió accesible a sectores más diversos de la población gracias a las técnicas de fabricación a gran escala. Este cambio se insertó en un contexto más amplio de transformación cultural y económica, que incluyó el auge del gusto por la moda, el consumo como fenómeno cultural, la revolución en las ventas a través de grandes tiendas, la publicidad y la industrialización de la confección del vestuario (Dussaillant, Las reinas). El uso del corsé simbolizó, independiente de su costo y calidad, siguiendo a Dussaillant, no solo una democratización del lujo, sino también la posibilidad de experimentarlo (18), pues permitió que mujeres de distintos sectores sociales accedieran a una silueta a la moda.

Por su parte, el interés de los médicos higienistas por el corsé se intensificó a medida que se publicaban textos que advertían sobre sus efectos nocivos en la salud de las mujeres (Steele)[2]. Entre esas voces, el médico chileno Alejandro del Río, una de las figuras más destacadas del higienismo e impulsor de la higiene pública en Chile, lo describió como “un arma para enfermar”, advirtiendo que la compresión excesiva de la cintura ocasionaba serios trastornos en las vísceras abdominales: “el hígado sufre bastante, a tal punto que a veces está estrangulado” (Ríos en Correa 79-80)[3]. La discusión en torno a estos cuestionamientos puso en conflicto dos visiones sobre el cuerpo femenino: una estética y la otra médica-científica. La primera valoraba el corsé como un símbolo de elegancia y moralidad (Müller 237), y la segunda, lo cuestionaba por sus consecuencias en la salud de las mujeres, proponiendo que el bienestar debía prevalecer sobre las exigencias de la moda. En ese contexto, los médicos higienistas deslizaban dos intereses en sus discursos, por una parte, una preocupación genuina por la salud de las mujeres y, por otra, una pulsión de control y disciplinamiento del cuerpo femenino (Durán, “Medicalización”). Frente a esta disputa, la doctora Pérez decidió preparar sus observaciones, en las que analizaba el corsé desde una perspectiva médica, relacionada con la política de salud de los cuerpos femeninos, y desde un punto de vista estético, pues buscó promover una experiencia más saludable con esta prenda sin rechazar su uso.

El objetivo de este artículo es examinar el corsé como artefacto cultural desde una perspectiva femenina, a partir de las observaciones de la doctora Ernestina Pérez en su texto “Apuntes sobre la higiene del corsé”; considerando asimismo el papel que desempeñaron las mujeres en su uso, confección y circulación, a fin de contextualizar y enriquecer las reflexiones que ella proponía. El argumento que guía este trabajo es que la doctora Pérez no rechazó el corsé, sino que abogó por una reforma higienista para su confección, apoyándose en su autoridad médico-científica y, sobre todo, en su experiencia como usuaria, así como en las vivencias de las mujeres que atendía en su consulta. Su perspectiva aportó una visión femenina a un debate dominado por una mirada masculina, que redujo el corsé a un objeto de consumo y de alteración del cuerpo femenino. Además, al considerar el corsé como un artefacto cultural se nos revela el papel crucial de mujeres –corseteras, modistas, costureras y consumidoras– en el sistema de producción y en la creación de sus significados, lo que permite interpretar esta prenda como un dispositivo en disputa y, en algunos casos, incluso emancipatorio.

 

 

1.      Apuntes para estudiar el corsé

 

Al analizar el corsé como artefacto cultural y dispositivo social buscamos entender cómo esta prenda fue objeto de múltiples cuestionamientos e interpretaciones que abarcó ámbitos diversos como la moda, la salud, la tecnología y el género; y también explorar las razones por las cuales las mujeres decidieron usarlo a pesar de las críticas y debates. Si bien los artefactos aluden a objetos cuya función principal es práctica o instrumental, se vuelven culturales cuando exceden esta utilidad y adquieren la capacidad de expresar, simbolizar y representar aspectos culturales (Isava 445). En este sentido, el corsé excedió su utilidad vestimentaria como objeto sartorial, pues activó en su uso la circulación y producción de una serie de prácticas, discursos, y significados. De ahí que, a lo largo de su historia, el corsé ha pasado de ser una prenda a un objeto de moda, de una tecnología ortopédica a un instrumento que modifica el cuerpo femenino, de un símbolo de la sujeción de las mujeres a un ícono de resistencia y de autonomía sexual (Steele; Vigarello).

Sin embargo, la historia del corsé no debe reducirse en términos de opresión versus liberación ni moda versus comodidad y salud (Steele). Más bien se ha configurado y moldeado en la interacción con otros objetos estéticos como los vestidos y los pantalones (Bard); contextos culturales como la modernidad; discursos como el higienismo, el consumo y la publicidad (Durán, “Medicalización”; Dussaillant, Las reinas, “Entre la condena”); y prácticas sociales vinculadas a la moda, la elegancia y la distinción, donde las mujeres han sido las principales protagonistas. De hecho, pese a ser una prenda de ropa interior, su influencia se extendió a diversos aspectos de la vida de las mujeres, configurando su identidad, su relación con el entorno y su lugar en la sociedad. Por lo tanto, el uso del corsé no fue una experiencia monolítica e inmutable entre las mujeres, más bien fue una práctica situada que adquirió distintos significados para sus usuarias (Steele). Desde esta perspectiva, el corsé debe entenderse como un artefacto cultural que formó parte de una red de dispositivos –siguiendo a Agamben–, que influyeron en cómo las mujeres experimentaron y vivieron su propia feminidad (moda, consumo, distinción). Por eso, aunque el corsé pudo ser visto como una imposición, también ofreció a las mujeres una forma de moldear su identidad femenina y su imagen social, actuando como un mecanismo que las ayudó a que expresaran y negociaran su feminidad en el contexto cultural y social de su tiempo.

Al definir la feminidad, el corsé se convirtió en una tecnología clave en la configuración y regulación de las normas de género relacionadas con la apariencia. Teresa de Lauretis, leyendo a Foucault, plantea que la diferencia sexo-género debe entenderse como “el producto y el proceso de un conjunto de tecnologías sociales, de aparatos tecno-sociales o bio-médicos” que configuran, regulan y normalizan las concepciones de lo masculino y lo femenino (8). A diferencia de Foucault, De Lauretis sostiene que las tecnologías de género, además de producir y regular las definiciones en esta materia, están atravesadas por tensiones y desafíos. Esto permite que los sujetos puedan cuestionarlas y reconfigurar sus propias representaciones. En esta misma línea, De Certeau plantea la creatividad como una táctica utilizada por los sujetos desprovistos de privilegios, quienes recurren a una serie de juegos de implicaciones y astucias minúsculas y cotidianas para subvertir las normas. Ludmer llama a estas tácticas las tretas del débil cuando han sido utilizadas por mujeres, que revelan aquellas operatorias contradictorias en que se subvierten los mandatos de género sin desafiarlos abiertamente. A su vez, este movimiento oscilante y ambiguo de subvertir, al mismo tiempo que se acata la norma, se inscribe en lo que Carolina Campos denomina transgresiones feministas. De ahí que, los cuestionamientos sobre el corsé plantean la pregunta sobre si fue una herramienta de disciplina o una forma de transgresión. En el siguiente apartado, revisamos el enfoque médico y social de la doctora Pérez para mostrar cómo los “Apuntes sobre la higiene del corsé” participaron en las discusiones sobre el control de los cuerpos femeninos y sobre los riesgos sanitarios atribuidos al uso de esta prenda.

 

 

2.      Ernestina Pérez y el discurso médico higienista

 

La presentación de la doctora Ernestina Pérez en el Segundo Congreso Médico Latinoamericano destacó por ofrecer una reflexión crítica, desde una perspectiva femenina, sobre las convenciones médicas y su impacto en la autonomía de las mujeres. Al combinar salud, género y moda, su intervención no solo sorprendió por su contenido, sino también por ser pronunciada ante un auditorio predominantemente masculino. Esta circunstancia, junto a la probable utilización del corsé en ese momento, dotó a su intervención de una dimensión personal y testimonial. Impulsada por el auge del movimiento higienista, las tensiones entre cultura y bienestar y su propia experiencia, elaboró una perspectiva particular que desafiaba a la de sus colegas hombres.

A diferencia del congreso realizado en Santiago en 1901, donde la higiene fue uno de los cinco temas abordados, en el Congreso de 1904 se convirtió en el tema central de intercambio[4]. Esto reflejó el creciente interés por los problemas sanitarios derivados de las transformaciones urbanas y sociales, un tema que se debatió ampliamente en los congresos médicos y científicos. Estos congresos surgieron en América Latina, a fines del siglo XIX, como espacios clave para el intercambio de investigaciones y avances médicos, inspirados en los encuentros científicos europeos. También funcionaron como plataformas para debatir sobre los problemas sanitarios, convirtiéndolos en foros esenciales para la formulación de propuestas dirigidas a los gobiernos y a los profesionales de la salud.

En Chile, el primer congreso médico tuvo lugar en 1889 y fue organizado por la Sociedad Médica Chilena, asociación creada veinte años antes con la misión de impulsar el avance en los estudios de la medicina. El éxito del encuentro, junto con el crecimiento del intercambio científico entre los países latinoamericanos, impulsó a la Sociedad Médica a ampliar su convocatoria, organizando en 1901, el ya mencionado, Primer Congreso Médico Latinoamericano en Santiago, el que fue seguido de una segunda versión en 1904 organizada por los médicos de Buenos Aires. Sin embargo, estos encuentros científicos, desarrollados en un entorno de control y homosociabilidad masculina, tuvieron dinámicas de exclusión hacia las mujeres, limitando su participación en los debates sobre medicina y salud pública. Esta situación reprodujo las barreras históricas que experimentaban las mujeres en los ámbitos profesionales y del conocimiento, donde a pesar de su creciente presencia en áreas como la enfermería y la partería (Zárate), su participación siguió siendo marginal, lo que desconocía su capacidad para intervenir en los espacios decisivos relacionados con la salud.

En este sentido, la presencia de la doctora Ernestina Pérez en el Segundo Congreso Médico Latinoamericano resulta reveladora al tensionar esa predominancia masculina[5]. Su presencia, junto a Cecilia Grierson (la primera doctora argentina) y Sara Justo (una de las primeras odontólogas del país vecino) adquiere especial relevancia en las pocas imágenes conservadas del evento. En una de esas fotografías tomadas durante el congreso (fig. 1), las tres médicas emergen de manera destacada en un grupo preferentemente masculino. A partir de su vestuario, se visibilizan en medio de una sociedad médica no acostumbrada o receptiva a la participación femenina; este contraste no solo es visual, sino también simbólico. En una segunda fotografía (fig. 2), las tres médicas posan juntas, capturando un momento de camaradería profesional entre estas pioneras. La imagen constituye, además, un registro visual de la participación femenina en un campo de conocimiento que, a comienzos del siglo XX, estaba notablemente masculinizado, es decir, definido y ejercido casi exclusivamente por hombres.

 

Figura 1

Fotografía del Congreso Médico con las doctoras Ernestina Pérez (Chile) y Cecilia Grierson (Argentina) a la izquierda.

 

 

Fuente: “Segundo Congreso Médico Latinoamericano”, Caras y Caretas, 16 de abril de 1904, p. 32.

 

Figura 2

Las doctoras Ernestina Pérez, Cecilia Grierson y Sara Justo,

una de las primeras odontólogas argentinas.

 

 

Fuente: “Segundo Congreso Médico Latinoamericano”, Caras y Caretas,

16 de abril de 1904, p. 31.

 

El título de médico-cirujano de Ernestina Pérez no implicó necesariamente su plena integración a la sociedad médica, un espacio todavía marcado por barreras de género. Si bien fue la segunda mujer en titularse en medicina en Chile, su figura ha quedado muchas veces eclipsada por la de Eloísa Díaz, la primera en alcanzar ese logro; sin embargo, juntas protagonizaron el hito que marcó el inicio de la apertura de las profesiones universitarias para las mujeres. A pesar de su brillante formación académica[6], la inserción de Ernestina Pérez en este espacio estuvo condicionada a la necesidad de demostrar constantemente sus competencias en el campo científico y profesional[7]. Los recuerdos de su paso por la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile dan cuenta de las dificultades y prejuicios que debió enfrentar para demostrar sus capacidades. En una nota en el diario El Mercurio, con motivo de un homenaje en su honor se señala:

 

La doctora Pérez hizo una extensa historia, en la que relató, muchos episodios de su vida de lucha y de estudio. Habló de las penalidades que hubo de sufrir cuando ingresó a la Escuela de Medicina, ya que, junto con encarar las tareas del estudio, tenía que mantener su voluntad indomable ante los prejuicios que tendían siempre a minarla. (“El homenaje” 13)[8]

 

Durante sus años de formación médica, el debate estuvo marcado por el auge del higienismo, una corriente en expansión entre ciertos profesores de la Facultad de Medicina y en los debates de la Sociedad Médica, particularmente intensificados a raíz de la epidemia de cólera de 1886[9]. Estos profesionales denunciaron los problemas sanitarios derivados de la cuestión social, como el hacinamiento, las epidemias, el alcoholismo y el analfabetismo, e incorporaron el pensamiento higienista europeo para proponer estrategias de mitigación. Entre estas se destacaron políticas de higienización de la población, que incluyeron la mejora de viviendas, el abastecimiento de agua potable, así como el desarrollo de infraestructura sanitaria mediante la creación de hospitales, hospicios y campañas de vacunación (Simón y Sánchez). No obstante, el higienismo fue más allá del ámbito sanitario al incorporar una dimensión moral, vinculando el cuerpo y el espacio a valores sociales y culturales con el propósito de construir un proyecto regenerador, orientado al desarrollo y la estabilidad de la nación bajo los ideales burgueses de orden y modernidad (Durán, Higienismo; Folchi). Esta preocupación por el control de los cuerpos fue abordada por la doctora Pérez en su memoria de título, extendiéndola al vestuario como otra instancia de preocupación de la problemática higienista, aplicando el control sanitario desde una perspectiva regeneradora.

En su memoria de título, Elementos de higiene popular (1887), la futura doctora Pérez examinó la relación entre la salud de la población y hábitos cotidianos, un enfoque que marcaría la base de su posterior conferencia sobre la higiene del corsé. Para este trabajo, decidió convertir su disertación de grado en un manual de divulgación, en el que los principios higienistas se traducían en recomendaciones prácticas para la vida cotidiana. Su objetivo era suplir la carencia de textos específicos sobre higiene, especialmente aquellos dirigidos a la enseñanza de esta “en todas las escuelas de la república, sobre todo en las de mujeres” (3). El manual abarcó una amplia gama de temas, desde la alimentación y las bebidas hasta el cuidado de los infantes, el consumo de tabaco, el ejercicio físico, el sueño, el orden de las habitaciones y, también, el vestuario. La elección de este formato se vincula a la obligatoriedad de la enseñanza de la higiene establecida en 1872: aunque esta normativa promovió la creación de manuales, muchos de estos mezclaban higiene con urbanidad, reduciendo su enfoque preventivo a lo moral y social (Toro; Egaña y Monsalve). Frente aquello, Pérez convirtió su memoria en un manual de higiene preventiva dirigido a un público amplio, en especial a las clases populares[10].

En el capítulo de su memoria dedicado al vestuario, Ernestina Pérez presenta su primer análisis del corsé desde una perspectiva higiénica, al señalar:

 

para que no produzca graves trastornos y enfermedades es necesario que no esté mui apretado, como alguna, señorita [sic] acostumbran para hacerse una cintura delgada; que permita la libertad en los movimientos, i la completa respiracion [sic] para lo cual no tendrá varillas de acero; sino barbas de ballena. (95)

 

Como se puede leer, la recomendación de Pérez se centró en la interacción entre el cuerpo y el corsé, señalando los peligros derivados de un uso inapropiado, al mismo tiempo que destacó los detalles constructivos de la prenda, los que reflejaban su complejidad tecnológica. Al estar destinada a las clases populares, y al incluir referencias al corsé, su memoria evidenciaba que no se trataba de un accesorio exclusivo de las élites, sino que también formaba parte de la experiencia femenina popular, motivo por el cual fue objeto de atención en los discursos médicos de la época.

En ese sentido, el higienismo médico manifestó una fuerte oposición a esta prenda, argumentando su impacto negativo en la salud de las embarazadas y los altos índices de mortalidad infantil derivados del “mal régimen de las madres durante el embarazo” (Zárate 18). Este rechazo no solo respondía a motivos sanitarios, sino también a objetivos político-demográficos, que buscaban garantizar el nacimiento de ciudadanos saludables, funcionales y productivos. Con ese fundamento, médicos higienistas se fueron atribuyendo el derecho de intervenir y normar el cuerpo femenino, justificando su control en nombre del bienestar colectivo (Del Campo; Pieper Mooney). El corsé pasó a ser, entonces, un objeto de discusión: defendido en el terreno estético como signo de feminidad y distinción y cuestionado por la medicina higienista como amenaza para la maternidad, revelando tensiones de género y de clase que definían el papel reproductor asignado a las mujeres.

Lejos de rechazar su uso, Pérez mantuvo una postura pragmática, la que expresaría más tarde en su conferencia de 1904, al argumentar que el verdadero problema residía en el uso incorrecto o excesivo del corsé, y no en la existencia misma de la prenda. Su enfoque revela una continuidad en su postura, pues ya entonces mostraba una comprensión matizada de las tensiones entre los ideales estéticos y las necesidades higiénicas, considerando las influencias sociales y culturales que moldeaban las decisiones de las mujeres, sin perder de vista los riesgos para su salud. También dejaba entrever que el corsé no era un accesorio reservado a las élites, sino una prenda extendida también entre los sectores populares[11], una realidad que no dejaba de suscitar inquietudes respecto de los posibles efectos negativos de un uso indebido sobre la salud femenina y el bienestar de los futuros hijos. La existencia de modelos maternale[12] y de corsés para niñas y adolescentes[13] evidencia hasta qué punto formaba parte de la vida cotidiana femenina. Su función, sin embargo, no se limitaba a modelar la silueta: también ofrecía soporte al busto y a las capas de tela de las faldas, necesidades presentes en todas las etapas de la vida de las mujeres y que dieron origen a una industria de considerable importancia.

 

 

3.      De modas, siluetas y corseteras: producción y consumo del corsé

 

En su conferencia de 1904, la doctora Ernestina Pérez entregó una mirada matizada que combinaba tanto su formación higienista como su experiencia personal con el corsé. Esa vivencia la llevó a interesarse en las prácticas de confección y consumo. Por ello, propuso la necesidad de “someter el uso del corsé, a instrucciones por escrito, que deberán darse, cuando se venden, y que indicarán el modo de usarlo” y enseñar conocimientos de anatomía y fisiología a “las alumnas que siguieren el curso de corseteras en las escuelas profesionales” (579). Con estas medidas buscaba instalar un enfoque preventivo que protegiera la salud de las mujeres desde una perspectiva higienista y personalizada.

Al mismo tiempo, ese interés por normar la prenda se extendía a su confección y a las prácticas de vestir, ámbitos en los que las mujeres desempeñaban un papel activo. El corsé, prenda esencial para las mujeres, desde los modelos más simples hasta los más sofisticados, dio lugar a una economía femenina desarrollada por y para mujeres, centrada en la fabricación de productos destinados al consumo femenino. Tal como señala Alanna McKnight, esta economía implicaba la intervención de mujeres en cada fase del proceso, desde su producción en manos de corseteras y costureras en una industria en desarrollo, hasta su comercialización en tiendas gestionadas por vendedoras y su adquisición para uso personal por parte de las consumidoras. La publicidad del corsé reforzaba esta lógica al insistir en tres aspectos fundamentales: la confección requería la destreza y conocimiento especializado de una corsetera (producción), la calidad del corsé era decisiva para garantizar un ajuste perfecto del vestido (el objeto) y, pese a tratarse de una prenda íntima y oculta, se presentaba como indispensable para moldear la silueta femenina (uso)[14]. Siguiendo a Arjun Appadurai, estos anuncios reflejaban la vida social del corsé, revelando cómo sus condiciones de producción, el significado cultural del objeto y la experiencia de la consumidora estaban estrechamente ligados. Desde esta perspectiva, el corsé no debe entenderse solo en términos de consumo femenino, sino también –como dejó entrever la doctora Pérez– en relación con su proceso de fabricación y su influencia en las prácticas cotidianas de vestir de las mujeres. De este modo, el corsé formó parte de una economía femenina en la que las mujeres, al involucrarse en cada etapa del proceso, impulsaron el desarrollo y consolidación de esta industria.

La producción nacional de corsés se expandió a raíz del auge económico impulsado por el ciclo salitrero a fines del siglo XIX. Antes de este desarrollo, los corsés eran mayoritariamente importados o fabricados a medida en talleres de corseteras, siendo considerados productos de lujo o de alto costo. El aumento de la inversión privada y pública facilitó una modernización capitalista que se manifestó en la expansión del mercado interno, que dejó de depender solo de bienes importados al incorporar una creciente producción manufacturera. Además, este auge económico propició el desarrollo de un comercio que sobrepasaba la sutil frontera de lo indispensable (Dussaillant, Las reinas). Ambos avances fomentaron el surgimiento de una incipiente industria corsetera que, a su vez, se complementó con el desarrollo de un comercio especializado, que combinaba el comercio detallista con la aparición de grandes almacenes. En ese proceso, las políticas proteccionistas fueron fundamentales para este desarrollo industrial, cobrando impulso con la creación en 1883 de la Sociedad de Fomento Fabril (Sofofa). En 1894, esta promovió una reforma aduanera que aumentó los impuestos a la internación de corsés y disminuyó los aplicados a la importación de materias primas destinadas a su fabricación, favoreciendo la producción local (“Actas” 271).

Para la primera década del siglo XX, la industria nacional del corsé ya estaba asentada, como lo demuestra la publicidad de varias fábricas, entre ellas la Fábrica Parisiense de Corsés Maison Pouget V., la Fábrica de Corsés J. Bañados y Cía., la Fábrica de Corsés La Colmena y la Fábrica a Vapor de Corsés La Fama. Estas ofrecían tanto corsés producidos en masa como hechos a medida, y se dedicaban simultáneamente a la producción y a la venta al detalle de sus productos. En una nota publicada en La Lira Chilena en 1902, se ofrece un vistazo sobre la industria de corsetería de la época, detallando el proceso de producción de corsés en la fábrica de Juan Bañados:

 

Todo el trabajo sale del taller de la directora situado en un elegante vestíbulo i va a la sala donde tiene lugar las dos primeras operaciones: el tizado i el corte.

Consiste el tizado en dipeñir sobre la tela los modelos de las diversas piezas que han de componer el todo i en enumerarlas para que no se confundan las de tipos diferentes. Esta operación tan sumamente fácil, ocupa una sola operaria.

En seguida tiene lugar el corte, que se realiza con pasmosa rapidez, mediante una poderosa máquina con una finísima sierra que puede cortar 60 docenas diarias i 120 telas superpuestas de una sola vez.

Contiguo a este departamento hai otro más espacioso donde tiene lugar la tercera modificación, el pespunte, o sea, la operación de unir las diferentes piezas. En esta sala trabajan 466 niñas, cada una de las cuales cuenta, para su tarea, con una buena máquina de triple fuerza, sistema Standart, movidas por un motor de gas sistema Otto, vertical, de 18 caballos de fuerza.

I sigue la cuarta operación, el recorte, que se hace para emparejar los extremos del corsé.

Después viene el emballenado, para lo cual se emplean piececitas cuadrengulares de acero o de cuerno, i aquí se da trabajo a no pocas operarias.

Vienen aun las siguientes operaciones: engalonar, colocar la blonda, bordar, ojetillar, aplanchar i, finalmente, encajonar. […]Estas son, pues, las múltiples fases porque la materia prima pasa, para convertirse en un artículo elegante, bien trabajado i barato. (“Don Julio Bañados” 3)

 

Es interesante observar que las mujeres que trabajaban en las fábricas de corsés eran llamadas operarias, y no corseteras. Esta distinción se debe a que el oficio de corsetera, existente antes de la industrialización, era ejercido por mujeres que, al igual que las modistas, diseñaban y confeccionaban los corsés y gestionaban pequeñas empresas, a menudo vinculadas a su nombre. Estas artesanas satisfacían la demanda de corsés personalizados y a medida, ofreciendo una alternativa más económica a los corsés importados. El prestigio de estas corseteras se evidencia en su participación en las diversas exhibiciones de productos industriales realizadas en el país a fines del siglo XIX. Con la aparición de fábricas, la producción de corsés experimentó una diversificación significativa, abarcando tanto modelos fabricados en serie como confeccionados a medida, desde opciones más asequibles hasta modelos más exclusivos, lo que permitió que un público más amplio pudiera acceder a esta prenda. La aparición de estas fábricas no desplazó a las corseteras en su rol artesanal. Más bien, la expansión de la industria reveló una creciente necesidad de mano de obra especializada, que llevó a la incorporación de obreras-corseteras a las fábricas. Aunque esto aparentemente integró a las corseteras en el contexto industrial emergente, también reflejó una tendencia hacia la estandarización y la subordinación de habilidades artesanales a los procesos de producción masiva. Esto explica, por ejemplo, que la Sofofa impulsara la creación de escuelas profesionales para niñas –nombradas por Pérez en su conferencia– donde se les formaba en corsetería, así como en modas, sombrerería, sastrería, bordado, lencería, entre otros (“La enseñanza” 307-308; Hutchison).

Si bien, con la industrialización, los capitales masculinos sustentaron la industria del corsé, la empresa en sí debía proyectarse como una industria completamente femenina. Un ejemplo de esta dinámica es el viaje a Europa de Julio Bañados, propietario de la Fábrica de Corsés J. Bañados y Cía., en busca de una experta corsetera francesa para dirigir la sección de medida de la fábrica. En un movimiento publicitario para atraer una mayor clientela femenina, la fábrica publicitó la llegada de Madame Mollet en el diario El Mercurio de Santiago, mencionando solo su nombre. Para luego revelar que se trataba de “una maestra francesa, i como francesa, llena de elegancia, amabilidad i simpatía, traída expresamente de París, donde gozaba de gran fama” (Montalvini 8). Tal fue la expectación, como describe el columnista de La Lira Chilena en 1903, que “Descubierto en Santiago el enigma de madame Mollet, no quedó nadie tranquila en su casa, todo el mundo deseo conocerla i … arreglar su talle” (8).

La publicidad fue decisiva para el crecimiento de la industria nacional del corsé, transformando su función de una simple prenda de vestir con un propósito práctico en un objeto de moda asociado a la belleza y elegancia. Para la fecha en que la doctora Ernestina Pérez expuso sus “Apuntes de la higiene del corsé”, en las revistas se insistía en que, independientemente de la sofisticación o sencillez del vestido que las mujeres usaran, la elegancia se infería del uso del corsé. Una muestra de esta tendencia es cómo se promocionaban los corsés en 1905: “Los corsés de La Colmena llaman la atención por su flexibilidad, por su elegancia y por su solidez. Dan al cuerpo el tipo característico de la dama elegante, y su constante uso lo modifica hasta perfeccionarlo” (“La Colmena” 49). En otras palabras, la elegancia no dependía solo del vestido, sino también del corsé y su capacidad de moldear y perfeccionar el cuerpo femenino. Diseñado para ajustar y reducir la cintura y el busto, el corsé buscaba crear una figura estilizada y definida, estableciendo una alianza con el vestido para construir la silueta femenina. Relación que se reflejaba en los múltiples figurines que aparecían en las revistas magazinescas de la época como también en fotografías de la vida social, donde aparecían mujeres de la clase alta, e incluso de la clase media y obreras (figs. 3 y 4). Estos indicios revelan que el uso del corsé trascendió las barreras sociales, extendiéndose de manera transversal entre las mujeres chilenas a comienzos del siglo XX.

 

Figura 3

Fotografías de mujeres en el centro de Santiago, 1906

 

 

Fuente: “Sorpresas fotográficas”, Sucesos, 12 enero 1906, p. 33.

 

Figura 4

Socias de la Sociedad Manuel Rodríguez

 

 

Fuente: “De Concepción”, Sucesos, 2 febrero 1906, p. 36.

 

En la última imagen (fig. 4) se aprecia que las integrantes de la Sociedad de Obreras Manuel Rodríguez visten con blusas entalladas y cinturas marcadas, silueta difícil de alcanzar sin el uso del corsé, ya fuera en versiones más rígidas o en modelos más sencillos. Esa misma silueta se observa también en las escenas callejeras de la época (fig. 3), donde mujeres de distintos sectores sociales aparecen con faldas largas y cinturas definidas. En ambos casos –y en especial entre las obreras– el corsé no solo moldeaba el cuerpo según los ideales estéticos vigentes, sino que tendía también a proyectar una imagen de disciplina y corrección moral, atributos valorados en los espacios laborales y en los sociales.

A medida que el corsé se transformó en un objeto de moda, la industria corsetera se esforzó en ofrecer una variedad de modelos, adaptados a los movimientos de renovación e innovación característicos del sistema de la moda (Simmel; Lipovetsky; Montalva). La producción de los diversos diseños de corsés, ampliamente publicitados en la época, se centró en reducir el abdomen y las caderas, como ejemplificaban los modelos más clásicos de la Maison Pouget V. (fig. 5), mientras que, por otro lado, se buscaba ofrecer “flexibilidad, elegancia y solidez”, tal como lo destacaba la Fábrica La Colmena (fig. 6). Estos diseños ilustran la evolución del corsé desde la cintura de avispa, también conocida como de reloj de arena, hacia el modelo denominado corsé recto o abdominal. El primero, predominante a fines del siglo XIX, acentuaba una curva pronunciada en la cintura, además de elevar y realzar el busto. En cambio, el segundo, que comenzó a popularizarse a comienzos del siglo XX, se caracterizaba por un frente plano que sostenía el abdomen, arqueaba la espalda, seguía la curva natural de la cintura y alargaba las caderas.

 

Figura 5

Publicidad de la fábrica de corsé Maison Pouget V.

 

 

Fuente: La Lira Chilena, 12 junio 1904, s.p.

 

Figura 6

Publicidad de la fábrica de corsé La Colmena.

 

 

Fuente: Sucesos, 6 enero 1905, p. 49.

 

Esta modificación del corsé surgió en el contexto del movimiento de reforma del vestuario respaldado por las autoridades médicas, que, al criticar las complicaciones de salud asociadas a su uso, promovió su eliminación. El mercado, por su parte, capitalizó esta inquietud al introducir diversos modelos etiquetados como higiénicos por su efectividad y beneficios para la salud. En este escenario, la doctora Pérez redactó su memoria de título y, más tarde, su conferencia en el congreso médico, y en ambas abordó la reforma del vestuario. A diferencia de sus profesores y colegas, no se alineó con los esfuerzos por eliminar el corsé, entendiendo tanto su uso práctico como la dependencia de las usuarias a esta prenda. Su postura sugiere que reconocía la relevancia del corsé en la dinámica del mercado laboral femenino, pero puso en cuestión el supuesto valor higiénico de los modelos producidos en masa.

 

 

4.      El corsé de Ernestina: artificialidad, resistencia y agenciamientos corporales

 

A la luz de las tensiones entre medicina, género y consumo, la conferencia “Apuntes sobre la higiene del corsé” presentada por la doctora Pérez se revela como un texto cargado de significados que se desprenden del entramado discursivo en el que se inscribe: uno que configura al corsé como tecnología de género, mercancía moderna y objeto de intervención médica desde una perspectiva higienista. Es esta red de sentidos la que le otorga a su intervención una carga simbólica relevante. Para ella, el corsé es una prenda funcional y un accesorio de la moda vestimentaria, pero su importancia no se agota en lo práctico ni en lo estético. En sus “Apuntes” lo presenta como sostén y armadura, un dispositivo que resguarda y transforma el cuerpo femenino en una construcción viva y mutable.

En la primera de sus ocho observaciones, la doctora Pérez afirma que “El corsé podría suprimirse si en la actualidad se usara el traje que usaban las egipcias, griegas, romanas […] porque los vestidos no tenían cinturas” (574). Al contrastar los vestidos de su época, compuestos por múltiples capas, con las túnicas ligeras de las egipcias y griegas, y enfocarse en que estas últimas no requerían del corsé, pues se sostenían únicamente sobre los hombros de las mujeres, la doctora Pérez plantea una distinción fundamental entre dos modos de estructurar el cuerpo mediante el vestuario. Para ella, las culturas clásicas lograban preservar la forma natural del cuerpo con un diseño de vestimenta más simple y orgánico, sin recurrir a prendas restrictivas. En cambio, en el contexto moderno, el corsé se presenta como un dispositivo que busca corregir y mantener una silueta específica, respondiendo a las exigencias de la moda de su tiempo y contexto, lo que implica una intervención más estructurada y artificial sobre el cuerpo femenino. Como señala en el segundo punto:

 

El [corsé] necesita dar un punto de apoyo que haciendo menos fatigosa la posición vertical del tronco, en cualquiera de sus actitudes, sostenga las piezas del vestido, sin que en él se ejerza constricciones, sobre todo en la cintura, porque el peso que gravitaría no solo sería el de los vestidos, sino también del aire que circula entre los vestidos, enaguas, etc. (575)

 

Es por esta razón que el corsé cumple una función mecánica esencial: redistribuir el peso del atuendo, aliviando la fatiga postural y operando en una lógica de cuidado que va más allá de lo estético, sino incluso dentro de las normas de los que podríamos llamar cuidados higiénicos. En la misma observación, ella concluye:

 

el corsé debe apoyarse en los huesos de las caderas, para que estas soporten sin perjuicio el peso de los vestidos y del aire y que él haga el papel de una coraza protectora que aísle los órganos delicados del ultraje de las presiones parciales del vestido. (575)

 

Aunque a principios del siglo XX, el vestuario femenino estaba abandonando el uso de amplias enaguas, almohadones y armazones interiores (como los polizones y las crinolinas), los vestidos ajustados continuaron siendo la tendencia predominante. Sumado a su función mecánica, el corsé se erige como una coraza protectora que resguarda los órganos y mitiga los embates de un vestuario implacable, reforzando el rol protector. De ahí que no nos deba sorprender que el corsé pueda ser comparable a las armaduras medievales, que no solo ofrecían protección física, sino que también representaban una defensa activa frente a los peligros del combate.

Al igual que la armadura preparaba al caballero para la batalla, el corsé revestía el cuerpo femenino de una defensa simbólica para enfrentar un mundo estructurado bajo una lógica masculina. Esta coraza pareciera proteger a sus usuarias en las contiendas propias del mercado matrimonial y la esfera pública, donde su identidad y su feminidad eran objeto de constante deseo y escrutinio. Así, el corsé no solo ofrecía protección física frente a las inclemencias climáticas y resguardo de las zonas más delicadas del cuerpo femenino, sino también operaba como una barrera simbólica y material frente a las interacciones asociadas al galanteo, al deseo masculino e incluso a situaciones de acceso no consentido al cuerpo. En una sociedad que vigilaba y regulaba estrictamente la conducta y la corporalidad femeninas, el corsé se convirtió en garante de la honra, dotado de un valor moral que contrastaba con las representaciones burlescas difundidas por la prensa de la época, donde era reducido a un simple símbolo de vanidad (Müller 242).

Al mismo tiempo, el diseño del corsé estaba concebido para aislar y exagerar ciertas partes del cuerpo femenino, comprimiendo la cintura y realzando el busto, configurando una silueta deliberadamente orientada a captar la mirada masculina. Esto lo convirtió en un emblema de una estética que valoraba la belleza y la sensualidad como atributos inherentes a la feminidad. Sin lugar a dudas, esta función estética encierra una paradoja: ofrece una sensación de protección frente a esa misma objetivación, mientras que contribuye a objetivar el cuerpo femenino al moldearlo según cánones externos, articulando una tensión que nos permite comprender lo controversial de la prenda. En este sentido, el corsé no solo configuraba la silueta, sino que actuaba como reservorio de la identidad femenina, que se encontraba en pugna constante frente a un espacio social que intentaba apropiársela y definirla. De ahí, por ejemplo, que en sus observaciones la doctora señale el carácter imprescindible del corsé, incluso concluyendo la disertación en un llamado a sus colegas: “al corsé debe considerársele como un aparato indispensable, al presente, pero cuya fabricación debe llenar el requisito ineludible de que él sea individual” (578). Esta síntesis representa la resistencia de las propias usuarias a abandonarlo, como lo plantea la doctora: “por la fuerza de las cosas no se puede aceptar la idea de la supresión absoluta del corsé” y el deseo de explicarles su función a sus colegas, además de las formas de solucionar los problemas asociados a la prenda. En este marco, y siguiendo a De Lauretis, el corsé forma parte de una larga genealogía de tecnologías corporales de género –maquillaje, polizones, pelucas, cirugías, etc.– ideadas no solo para embellecer, sino para moldear y disciplinar el cuerpo conforme a cánones cambiantes, tecnologías utilizadas y, como hemos visto, también elaboradas por mujeres.

El corsé dejó de ser una moda efímera, convirtiéndose a comienzo del siglo XX en una práctica corporal profundamente interiorizada por las mujeres, pese a las críticas cada vez más frecuentes sobre sus repercusiones en la salud. Esa arraigada aceptación quedó plasmada en la columna de moda de Zig-Zag de 1911, donde su autora respondió a una campaña que tachaba al corsé de “instrumento de tortura”. Lo describió como una “salvaguarda” que obligaba a “mantenernos derechas y lucir una silueta firme”, concluyendo: “Estamos demasiado acostumbradas al corset, por un largo atavismo, para renunciar a él enteramente” (Teka s.p.). El corsé, más que un artefacto vestimentario, fue adquiriendo un registro emocional, comparable a lo que ocurre hoy con el sostén (brasier), cuya ausencia genera en muchas mujeres una sensación de vulnerabilidad. Su argumento también destaca la dimensión ortopédica del corsé, aquella que corrige la postura, símbolo de distinción social asociado al autocontrol corporal y al refinamiento. Por esta razón, en los apuntes, el centro de la crítica es hacia los efectos del corsé mal ajustado o defectuosamente confeccionado, detallando los diversos trastornos físicos que podían derivarse de la presión en la fisiología interna del cuerpo: comprime vísceras abdominales, dificulta la circulación pélvica, empuja los órganos hacia abajo y borra el “cono invertido” natural de la pelvis. De ahí la consecuencia de trastornos digestivos, circulatorios, respiratorios y, sobre todo, reproductivos. Para la medicina de comienzos del siglo XX, centrada en la función materna como núcleo de la identidad femenina, cualquier artefacto que alterara esa región resultaba alarmante. Esta idea encuentra resonancia en el concepto de prótesis propuesto por P. B. Preciado: el corsé, al igual que el dildo, no posee una esencia fija, sino que opera como tránsito e injerto, revelando la plasticidad corporal y su potencial para asumir formas artificiales. Esta plasticidad expresa la tensión existente entre una medicina higienista preocupada por preservar una supuesta naturaleza femenina y las prácticas culturales que, históricamente, han transformado y redefinido el cuerpo de las mujeres.

Las representaciones gráficas que caricaturizaban las desviaciones causadas por el exceso de compresión del corsé, como las cinturas imposiblemente delgadas que daban la impresión de que sus usuarias quedaban partidas en dos, reflejaban la incomprensión del discurso masculino sobre la relación de las mujeres con la prenda. Esta interacción, en la que las mujeres transforman sus cuerpos y adaptan sus siluetas mediante dispositivos, pone de manifiesto una capacidad de gestión y modificación corporal que generaba temor en el discurso médico-científico masculino. El miedo radicaba en que estas prácticas otorgaban a los cuerpos femeninos una agencia que desafiaba las normas tradicionales de control.

A su vez, en su apartado sexto la doctora señala:

 

Al llamar la atención de los médicos sobre los trastornos diversos que produce el corsé en general, lo hago porque tal vez ellos no dan la importancia que estas observaciones merecen, atribuyendo muchas veces estos trastornos a otras causas muy distintas que los hacen descuidar la exigencia del uso de un corsé higiénico. (577)

 

Esta afirmación subraya cómo, a pesar del gran número de mujeres que lo utilizaban, existía un notable desconocimiento por parte de la comunidad médica sobre los efectos de la prenda y, en general, sobre la anatomía femenina. En contraste, en los apuntes de la doctora Pérez, se destaca la experiencia empírica con frases como “he podido ver” o “estas observaciones”, resaltando el carácter experimental y vivencial de su trabajo. Esto sugiere que sus observaciones se nutrían de su práctica médica, más que de meras conjeturas, lo que permite leer sus apuntes como un ejercicio que articula la experiencia clínica con el estudio académico.

Ahora bien, este aspecto que podríamos pensar taxativo en el trabajo de la médico no deja de dar cuenta de que a lo largo de los “Apuntes”, una de las características más destacadas es la oscilación, es decir, la alternancia o cambio constante entre diferentes posiciones, perspectivas o actitudes en su conferencia. Por una parte, la doctora Ernestina Pérez no despliega de lleno una mirada paternalista que le niega a las mujeres el potencial de analizar y comprender el cuerpo femenino, pero a pesar de ello, no deja de juzgar negativamente algunas prácticas vestimentales de las mujeres. Se puede inferir que una de las razones de dicha oscilación es el temor ante las consecuencias de esas modificaciones corporales, sobre todo si atendemos que la primera vez que es enunciado este discurso su público estaba compuesto mayoritariamente por hombres profesionales vinculados con la salud. Es posible que esas miradas, atentas a Ernestina en la tarima, condensaran expectación y escrutinio frente a lo que iba a decir, pues su auditorio esperaba que confirmara el rechazo al corsé. En ese clima, cada palabra adquiría el valor de una prueba: debía demostrar solvencia científica sin desafiar de manera frontal las convenciones del campo médico, dominado por varones. Por ello, recurrir al lenguaje higienista no fue un simple recurso de estilo, sino una estrategia calculada de legitimación: hablar desde un terreno compartido con sus pares para abrir un espacio de autoridad propio. Esa elección discursiva se convirtió en su armadura, no porque disipara el conflicto, sino porque le permitió desplegar una voz femenina en una arena profundamente asimétrica, donde la posibilidad misma de intervenir dependía de una negociación cuidadosa con el poder profesional. En esa tensión se revela la fragilidad y la audacia de su gesto: inscribirse en el discurso médico dominante para, desde allí, abrir una grieta que permitiera reconsiderar el lugar de las mujeres en la interpretación de su propio cuerpo.

De ahí que los “Apuntes” den cuenta de la posibilidad de que Ernestina pudiera hablar sobre el corsé desde una perspectiva encarnada, marcada por su doble inscripción como usuaria y ginecóloga. Desde ese cruce, habría podido comprender y validar las experiencias femeninas asociadas a esta prenda, así como presentarse como una mujer autorizada para estudiar, analizar y prescribir sobre el cuerpo de sus congéneres. Pero, al mismo tiempo, su locus de enunciación nunca dejó de estar teñido por el discurso médico masculino y el higienismo como perspectiva de análisis, ya que no tomar estos paradigmas acentuaría su posición marginal en los círculos médicos. De ello se desprende cierta conflictividad en su postura, la que equivocadamente podría leerse como inconsistencia dentro de los apuntes de la médico. Sin embargo, esta debe entenderse como un lugar límite, una estrategia de sobrevivencia en un ambiente hostil, aquella táctica “creada en base a la experiencia personal, colectiva, actual y de otras mujeres”, en otras palabras, una transgresión feminista (Campos 35).

Además, pone un matiz en un tipo de género textual que pretende ser prescriptivo y objetivo –pensemos que estos apuntes funcionan como un tipo de texto normativo como los manuales o instructivos–, que en este caso pareciera carecer de una posición imperativa y consistente porque no puede imponer una perspectiva desde este lugar fronterizo de negociación. Esta posición siempre implica una tensión y heterogeneidad, en tanto comprende que existe un conflicto entre un lado y otro, no hay total síntesis de estas dos miradas. Es por ello que en el primer apartado señala que se debe eliminar el corsé y en el segundo da a entender que no se lo hará, poniendo posibilidades y percepciones en la mesa, sin establecer claramente consecuencias. Finalmente, es por este motivo que describe una larga lista de enfermedades en los apartados cuarto, quinto y sexto, pero también señala que la causa de estas no se desprende del objeto en sí, sino que de la interacción con el mismo. Ernestina no cree que el corsé sea el problema, pues localiza la solución en la vigilancia de su confección y uso para así cambiar las prácticas de interacción y no la eliminación total, en tanto su uso es necesario y tiene sentido.

Ella llama a sus colegas a comprender que la solución reside en las propias mujeres, aquellas que confeccionan, diseñan y usan esta prenda, otorgándoles acceso a conocimientos generales de anatomía que les permitan tomar mejores decisiones en relación con su confección y uso. Cierra su conferencia señalando lo siguiente:

 

No terminaré estos apuntes, sin antes aconsejar de someter el uso del corsé, a instrucciones por escrito, que deberán darse, cuando se venden, y que indicarán el modo de usarlo, ajustándose a la higiene que estas observaciones me han sugerido y si se hiciera una cartilla, con elementos de anatomía y fisiología que sirviera para el estudio de las alumnas que siguieren el curso de corseteras. (579)

 

No será para ella la condena moral ni la prohibición tajante la solución, sino el reconocimiento tanto del saber práctico como de la necesidad del acceso al conocimiento científico para darle sustento a la economía femenina en torno a esta prenda. Sabe que son esos saberes y prácticas –de corseteras, costureras y usuarias– los que, en última instancia, pueden ofrecer respuestas a las dolencias señaladas, y no la censura o el rechazo que en ese momento promovían sus colegas.

 

 

 

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[1]     Este artículo se enmarca en el proyecto Fondecyt de iniciación 11241271, “Intercambios y tráficos: Estrategias colaborativas para la auto y coformación en trayectorias intelectuales femeninas en el campo cultural chileno (1850-1940)”, dirigido por la Dra. Damaris Landeros.

 

[2]     Diversos médicos europeos expresaron posturas críticas hacia el corsé. Frederick Treves, cirujano inglés del London Hospital, sostenía en 1882 que incluso un uso moderado bastaba para deformar el cuerpo. William Henry Flower, anatomista inglés, afirmaba en Fashion in Deformity (1881) que el corsé resultaba más perjudicial para la salud que la deformación del cráneo o el vendado de pies. Por su parte, Ludovic O’Followell, médico francés, publicó Le Corset (1905) y Le Corset et les organes (1908), donde documentó las deformidades producidas por esta prenda, aunque abogaba por reformarla antes que abolirla, llegando a colaborar con revistas de corsetería de lujo. En general, la mayoría de los médicos se mostró contrarios al corsé, aunque algunos defendieron versiones higiénicas o un uso moderado (Steele 80).

 

[3]     Para el higienismo, la vestimenta debía cumplir una función estrictamente sanitaria: proteger de la suciedad externa y de las variaciones de la temperatura. El corsé, sin embargo, contradecía este principio, pues los médicos lo señalaban como responsable de comprimir el cuerpo femenino hasta dificultar la respiración, alterar la circulación y restringir los movimientos, con lo que incluso entorpecía las labores cotidianas. En esta misma línea, Alejandro del Río lo describió como un verdadero peligro para la salud en su obra Lecciones de hijiene pública i privada: (apuntes tomados por los alumnos) curso profesado en la Escuela de Medicina de 1901, un texto destinado a la formación de futuros médicos, en el que la crítica al corsé se integraba al saber académico y pasaba a formar parte de la enseñanza médica.

 

[4]     Esto se reflejó en las temáticas de las sesiones y en la organización de una Exposición Internacional centrada únicamente en la higiene, que puso especial énfasis en la salubridad, higiene pública y los avances en tecnología en esta materia (“La inauguración” 23).

 

[5]     Es importante señalar que la doctora chilena Eloísa Díaz participó en el congreso con la conferencia “Disposiciones sobre higiene escolar en Chile”, que fue incluida en las actas. Sin embargo, no aparece en las fotografías del congreso publicadas en la prensa argentina.

 

[6]     En el contexto de su trayectoria universitaria, Ernestina Pérez destacó tempranamente entre sus pares, demostrado por los premios que recibió producto de sus notables calificaciones en algunas de las asignaturas cursadas durante este período formativo: “Medalla de oro, premio de Química Inorgánica, siendo la primera niña que obtuvo premios universitarios; 1.er premio de Hijiene; 2.º de Cirujía; 2. º premio por sus preparaciones anatómicas en la Exposición de 1884. Distinciones en Anatomía Patolójica” (Zanelli 61).

 

[7]     Podría pensarse que la obtención del título de médico cirujano fue suficiente para que las primeras mujeres universitarias alcanzaran reconocimiento en su campo. El caso de Cecilia Grierson en Argentina ilustra esta realidad. A pesar de su formación como médica, Grierson tuvo que desempeñarse también como maestra normalista para sostenerse económicamente. Como señala Flavia Fiorucci, “Grierson pudo ser médica porque continuó siendo maestra”, lo que evidencia el impacto paradójico de la profesionalización femenina, que actuó “a la vez como un límite y una posibilidad” (42). Este ejemplo ilustra cómo la profesión médica por sí sola no siempre ofrecía a las mujeres el respaldo económico ni el reconocimiento necesarios para lograr una plena consolidación en ese campo.

 

[8]     Eloísa Díaz también mencionó estas dificultades, aunque las describió como anécdotas y travesuras de juventud, acciones que, vistas desde la perspectiva actual, no parecen tan inofensivas: “Recuerdo, nos agregó, que en aquellos primeros días los estudiantes de todos los cursos, al término de cada clase se formaban en dos filas para hacerme pasar por el centro, y esta broma cariñosa de la muchachada terminaba con entusiastas aplausos: Después algunos de mis compañeros me venían a esperar a la salida de mi casa, vivía entonces en la Alameda, para acompañarme hasta la Escuela” (“La doctora” 5).

 

[9]     El auge del higienismo en Chile se produjo en la década de 1880, especialmente tras la epidemia de cólera de 1886, que llevó a la promulgación de la Ordenanza General de Salubridad y a la instauración de la vacunación obligatoria en 1887, medidas que marcaron el paso hacia un control sanitario más sistemático (Illanes 66-69). Entre los médicos higienistas más destacados de esos años se encontraban Alejandro del Río, Federico Puga Borne, Francisco Puelma Tupper y Máximo Cienfuegos, quienes impulsaron la modernización de la salud pública y la prevención de enfermedades. Cuando Ernestina Pérez cursaba sus estudios de medicina, la Universidad de Chile ya contaba con la cátedra de Higiene, en un contexto dominado por el higienismo como proyecto social y político de control sanitario (Cruz-Coke 421-425).

 

[10]    En su memoria señalaba: “En un país como Chile, en que las más vulgares nociones de esta importante ciencia [higiene] son desconocidas, tanto por el pueblo, como por la gente más o menos acomodada, la necesidad de ser conocida se hace más importante, cuando observamos enfermedades que como la tisis pulmonar, la viruela etc. i la causa de la enorme mortandad de los párvulos, afecciones todas sobre las cuales, las reglas higiénicas tienen una acción positiva, así, la que esto escribe está firmemente convencida que, cuando estos conocimientos se popularicen y se aprovechen sus ventajas, la población se duplicará y aun triplicará en un tiempo relativamente corto, y la generación que se levante será fuerte y vigorosa” (1-2). Esta vocación educativa la retomó en 1918 con la publicación de Manual de la enfermera en el hogar, orientado a la clase media y expresión de su intención sostenida de elaborar textos prácticos de formación higiénica.

 

[11]    Esta observación se puede complementar con la publicidad de corsés en las revistas La Lira Chilena en 1902 y 1904 y Sucesos entre 1902 y 1906, revisadas para este estudio, donde se ofrecían modelos en una amplia gama de calidades y precios, distinguiendo entre la producción en serie y los confeccionados a medida, lo que sugiere su circulación entre diversos estratos sociales.

 

[12]    El Museo Histórico Nacional conserva en su Colección Textil y de Vestuario un corsé maternal, que tuvimos la oportunidad de examinar gracias a las gestiones de Emilia Müller. Su diseño, pensado para adaptarse a los cambios del cuerpo durante la gestación, ofrecía soporte y permitía prolongar la vida social de las embarazadas. Como señalan Emilia Müller y Catalina Rivera en Pasado de moda: historias de una colección, entre las mujeres de la élite la maternidad debía vivirse en reclusión doméstica, y este tipo de pieza posibilitaba sostener la respetabilidad femenina sin renunciar del todo al espacio público (84).

 

[13]    El corsé para niñas formaba parte de la oferta corsetera en Chile, disponible en distintos materiales y precios, con modelos identificados por nombres como Berta, Elena, Visita o Primavera. Esta variedad quedó documentada en la Monografía de industria: fábrica a vapor de corsées de J. Bañados i Cía. de 1901 (Leiva 12), y se reforzó en la publicidad de la fábrica difundida en La Lira Chilena durante 1902 y 1903, lo que evidencia la temprana incorporación de las niñas al uso de esta prenda destinada a moldear el cuerpo femenino.

 

[14]    En una de sus publicidades en la prensa de la época, la Casa Pouget, expresaba: “La elegancia y distinción en el vestir es un verdadero arte y constante preocupación de la gente de buen tono: entre los objetos del traje, el corset es uno de los factores que desempeña el rol más importante; inútil son los esfuerzos de una buena costurera o la inteligencia del sastre, si se estrella contra un corset de forma inadecuada o en desuso” (“Fabrique Parisienne” s.p.).