María Gabriela Huidobro Salazar

Mujeres en la historia de Chile

Chile: Penguin Random House, 2024, 571 páginas.

 

 

 

 

El libro Mujeres en la historia de Chile de María Gabriela Huidobro, propone un recorrido por las protagonistas del pasado nacional que permite descubrir nuevos actores, relatos y perspectivas sobre el papel de las mujeres en la construcción del país. Este giro narrativo otorga reconocimiento a sus acciones en los hechos que han marcado el devenir histórico de Chile. Junto con enriquecer una línea de estudios académicos enfocada en el género y en la diversificación de problemáticas culturales, la obra resalta la importancia de las mujeres en los acontecimientos nacionales, más allá de los relatos tradicionales que suelen situar la política, la diplomacia y la guerra como ejes de la historiografía. Una de sus principales fortalezas es el abordaje de una investigación en escala de larga duración, desde las conquistadoras del siglo XVI hasta la interpretación de la figura de Gabriela Mistral en la actualidad. Este valioso esfuerzo rompe con la tendencia de profundizar en temáticas acotadas y desarrolla una perspectiva novedosa del papel de las mujeres a lo largo de la historia de Chile.

El libro de Huidobro hilvana los distintos procesos históricos del país con las biografías de las mujeres, fruto de un minucioso trabajo de investigación documental y el vasto conocimiento de cada época. Su escritura amena, el enfoque innovador y el rigor de la información consiguen vincular los acontecimientos sociales con las repercusiones y el papel que desempeñaron las mujeres. Para ello, la autora distingue entre el concepto de historia entendida como realidad pasada y la historiografía concebida como su relato. Desde esta premisa, la autora plantea que las mujeres han tenido una participación activa en la historia nacional, aunque los relatos las hayan relegado a actuaciones secundarias, pasivas o marginales. Esta visión, heredera de los orígenes de la disciplina en la antigua Grecia, consolidó una imagen de lo femenino restringida a los espacios privados del hogar o a la figura acompañante de un jefe de Estado, desconociendo su capacidad de agencia y sus aportes en el escenario público. La reflexión de Huidobro adquiere mayor importancia si se considera que las fuentes históricas se han producido desde la perspectiva masculina. Así, este libro significa una novedad no solo por la problemática que aborda, sino también por el lugar central que asigna a las mujeres en la historia de Chile.

La investigación de María Gabriela Huidobro se aproxima a la figura de las mujeres desde el siglo XVI, siendo una etapa caracterizada por la violencia, los conflictos y el desastre demográfico provocado por la conquista. Este contexto ha sido recordado como una sociedad predominantemente masculina, dedicada a la guerra. Según la autora, la invisibilidad de las mujeres durante este período respondería a los métodos que se utilizaron para registrar los hechos: crónicas, poemas épicos, cartas y relaciones de méritos, todos elaborados por hombres y con los conflictos armados como eje principal del análisis. Con estos registros como base, las narraciones terminaron reforzando una interpretación que privilegiaba el papel masculino. Con el propósito de revertir esta representación e incorporar a las mujeres en el relato, Huidobro profundiza en la trayectoria de vida de Inés de Suárez. Mediante esta microhistoria, el libro despliega el contexto cultural y moral de la época, así como los caminos que atravesaba la aplicación de la justicia hispana en el nuevo mundo. 

El proceso de conquista española en Chile refuerza el diálogo entre las experiencias de las mujeres y las condiciones de la sociedad. En lo que se podría considerar un espacio violento, el arribo al territorio implicaba estar dispuesto a fundar ciudades, defender localidades e incluso empuñar las armas para lograr el control hispano. Desde esta mirada innovadora del conflicto, Huidobro destaca las actuaciones de Beatriz de Salazar y Mencía de los Nidos. En ambos casos, la investigación se preocupa por reconstruir su papel activo y desmontar la presentación de las mujeres como un grupo anónimo. Para ello, se requiere una lectura minuciosa de la documentación, atendiendo a los detalles más sutiles que proporcionen datos sobre la historia de las conquistadoras en el país. El abordaje de estos casos responde a una decisión metodológica que enfatiza el papel activo de las mujeres en cada época y visibiliza sus colaboraciones en estos acontecimientos.

La incorporación de las mujeres en la sociedad mapuche enriquece la comprensión del período, pues los actores de la conquista no solo pertenecieron al mundo hispano. Su inclusión revela la diversidad de personajes, tramas y dinámicas que configuraron este contexto histórico. Sin embargo, el acceso al conocimiento de las mujeres de los pueblos originarios resulta complejo por la escasez de evidencias y porque la mayoría de la documentación disponible proviene de la visión hispana. Los cronistas, en este sentido, se han encargado de dar cuenta del papel que desempeñaron en el mundo prehispánico y su importancia en la sociedad. En esta línea, el libro examina su función mediante fuentes como La Araucana de Alonso de Ercilla y Arauco domado de Pedro Oña. Para la autora, este trabajo implicó un extenso recorrido historiográfico en busca de indicios que permitieran reconstruir el papel de las mujeres en la resistencia durante la guerra de Arauco, en un corpus documental marcado por la tendencia a narrar acciones masculinas.

Respecto del período colonial, Huidobro lo presenta como una época dinámica y diversa. Aunque suele considerarse como tres centurias caracterizadas por la estabilidad y la formación de estructuras políticas, sociales y económicas, incluso en los colegios se tiende a estudiar como el siglo del oro, sebo y trigo, según las actividades productivas predominantes. Contrario a esa lógica, la investigación propone mirar la colonia como una etapa fundamental para la construcción de la sociedad chilena. En el plano cultural, el sistema hispano impuso el modelo de la mujer asociada al hogar o la vida conventual, influido por la tradición cristiana. No obstante, a través de las biografías de María de Encío y Catalina de los Ríos, el libro ofrece retratos de mujeres que transgredieron las conductas establecidas por el orden patriarcal. Asimismo, presta atención a las mujeres del mundo popular que estaba constituido por trabajadoras insertas en el espacio público, aquellas que interactuaron con el sistema judicial o que llevaron una vida relacionada con los conventos. A este panorama se agregan las labores de mujeres esclavizadas, cuya experiencia también formó parte de la realidad colonial.

El proceso de independencia en Chile marcó un quiebre trascendental en el ámbito político; sin embargo, como señala Huidobro, las transformaciones en las esferas social y cultural avanzaron a un ritmo mucho más lento. La inserción de las mujeres se produjo de manera gradual y a través de acciones específicas. En esa línea, se destaca un oficio de José Miguel Carrera en 1812, en el que se establece que la educación femenina pasaría a ser responsabilidad del gobierno, dejando de concebirse como un asunto doméstico o familiar. En la práctica, estas disposiciones se enfrentaban a la prioridad que las familias otorgaban a las labores productivas para la subsistencia económica por sobre la asistencia a la escuela. El texto también indica que, si bien las ordenanzas universitarias no explicitaron la exclusión de las mujeres, en realidad eran rechazadas por no contar con las herramientas necesarias para aprobar los exámenes de ingreso. Una de las principales fortalezas del libro es el seguimiento de la trayectoria educativa femenina, desde los inicios en la educación primaria hasta su admisión en la universidad. Esta dinámica permite visibilizar las luchas, esfuerzos y disputas que atravesaron las mujeres para lograr su inclusión en el sistema educacional.

El libro se caracteriza por una redacción prolija y accesible a públicos amplios, lo que constituye uno de sus atributos, pues aproxima la disciplina histórica a la ciudadanía e instala el debate en torno a temáticas novedosas. En esa línea, apela a figuras reconocidas de la Independencia, como Javiera Carrera, distinguiendo su participación en la agitada política de esos años. Los relatos históricos tradicionales han privilegiado el protagonismo masculino durante la fundación de la república y en las guerras del siglo XIX. Frente a ello, la obra rescata el papel de mujeres como Candelaria Pérez en la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana, donde actuó como informante, mensajera e incluso soldado. Su desempeño en la contienda le valió reconocimiento popular y diversos homenajes. El texto recoge además sus testimonios, el abandono que sufrió en sus últimos años y sus experiencias durante la guerra, lo que contribuye a humanizar los personajes históricos y a mostrar que la historia nacional está sostenida tanto por las vivencias de mujeres como de hombres.

La guerra del Pacífico fue otra de las conflagraciones que marcaron el siglo XIX, y en medio de la violencia propia de la lucha armada, las mujeres tuvieron una actuación preponderante. En ocasiones empuñaron las bayonetas, mientras que en otras cumplieron labores esenciales para la logística del ejército, como el cuidado de los soldados enfermos y la distribución de alimentos. Entre las protagonistas resaltan Filomena Valenzuela e Irene Morales, cuyas trayectorias evidencian el quiebre vital que implicó su participación en la contienda. De este modo, el texto profundiza en las múltiples tareas que cumplieron las mujeres en las filas militares y contribuye a desmitificar la idea que las reduce solo al rol de cantineras durante el conflicto.

La investigación analiza los avances, los debates y la conformación de espacios educacionales femeninos en el siglo XIX. Para iniciar esta reflexión, Huidobro subraya que la ausencia de participación política ciudadana de las mujeres no equivalía a que estuvieran impedidas de aportar al proyecto republicano. En una escala de larga duración, llama la atención constatar que hace menos de cien años las mujeres aún carecían de derechos electorales, hecho que puede ser leído como un avance reciente, pero también como reflejo del estado de exclusión política en que se hallaban a comienzos del siglo XX. Esta relación entre educación y política se explica porque la formación escolar era considerada un requisito fundamental para su inclusión en la vida cívica. La superación de esta premisa requirió una transformación cultural que tardó varias generaciones y que se desenvolvió entre impulsoras y resistencias en la sociedad.

Durante las primeras décadas del siglo XIX se produjeron diversos intentos por organizar colegios y constituir un proyecto educativo femenino. La historia de la enseñanza en Chile estuvo caracterizada por acontecimientos y figuras clave, entre ellas la fundación de colegios promovidos por Fanny Delauneux, Étienne Versin y las hermanas Cabezón. En esta línea, el texto recoge una doble dinámica que abarca la incorporación de las mujeres al sistema educativo y la apertura de estas instancias hacia los sectores populares. Este proceso también requería fortalecer los niveles primario y secundario. En este último, las religiosas de los Sagrados Corazones de Jesús y María tuvieron un papel preponderante en la fundación de la Escuela Normal de Preceptoras, siendo la primera institución destinada a formar mujeres en el ámbito educacional. Estos capítulos muestran el carácter azaroso de los cambios históricos y que los proyectos de enseñanza no siguieron una trayectoria lineal, la obtención de los derechos educativos de las mujeres dependió de las iniciativas y los esfuerzos de actores específicos de la sociedad.

El libro cuenta con un sólido respaldo bibliográfico en cada capítulo. Tanto en los pies de página como en las referencias finales se presenta un listado detallado de la literatura consultada. A ello se suman los perfiles biográficos de las mujeres citadas en la obra, lo que permite conectar sus trayectorias vitales con los procesos y los contextos históricos. Entre ellas destaca Mercedes Marín Recabarren, quien promovió la educación como un camino esencial para el bienestar femenino y para fortalecer su posición en el hogar. En este marco, también se abordan las figuras de Antonia Chacón y Rosario Vargas, cuyas vocaciones pedagógicas estuvieron orientadas a los sectores populares. Asimismo, el libro analiza las implicancias y efectos del denominado Decreto Amunátegui (1877), que autorizó a las mujeres para rendir exámenes conducentes para la obtención de títulos profesionales.

La investigación profundiza en los cambios culturales y en la formación de espacios que promovieron el desarrollo de las mujeres, como los salones literarios. Estos lugares fueron instancias de expresión, debates e intercambio de ideas entre los miembros de la élite. En ese marco, se caracterizan las trayectorias de Carmen Arriagada y Enriqueta Pinto como exponentes que dejaron una huella en el horizonte cultural chileno del siglo XIX. La primera, por ejemplo, impulsó la creación de una escuela para niñas en Talca. De este modo, la investigación responde a su título y alcanza una dimensión nacional al presentar acontecimientos que abarcan distintas localidades del país. El libro también examina el rol de las mujeres como agentes de transformación en una sociedad que aún no reconocía la importancia histórica de la educación femenina. En la práctica, este cambio requirió la creación de periódicos, la escritura de textos y la formación de espacios que propugnaran la inclusión de las mujeres en el ámbito público.

El ingreso de las mujeres a la universidad se ejemplifica en los casos de Eloísa Díaz Insunza y Ernestina Pérez Barahona. En este apartado, el libro explora las características de las aulas universitarias, la interacción de las mujeres en el espacio académico y la elaboración de sus memorias de titulación. De igual manera, la investigación se detiene en las pioneras de otras disciplinas, recogiendo a lo largo del capítulo detalles de su vida cotidiana en la universidad, como la inexistencia de baños para mujeres o la obligación de asistir acompañadas por sus madres. Con el tiempo, el número de egresadas fue en aumento, a medida que se ampliaban las posibilidades de acceso a la educación superior y que los procesos de formación demostraban ser exitosos. Como plantea Huidobro, las primeras mujeres abrieron un camino que invitó a otras a seguir sus pasos.

A pesar de los avances alcanzados, la imagen de la mujer en la prensa de inicios del siglo XX continuaba asociada a los espacios privados. Por ejemplo, las reseñas publicadas tras el fallecimiento de un hombre solían destacar sus acciones públicas, su labor política o biografías que resaltaban sus dotes como estadistas. En contraste, las descripciones sobre las mujeres distinguían atributos emocionales, su rol en el bienestar familiar y su condición de baluarte del honor. Esta distinción cultural entre hombres y mujeres da cuenta del ethos de la época y confirma la persistencia de una sociedad patriarcal, donde predominaban los sesgos, exclusiones y los espacios reservados a la masculinidad.

En las primeras décadas del siglo XX, las mujeres enfrentaron los rigores de la denominada cuestión social, caracterizada por la precariedad laboral y la ausencia de un sistema de seguridad social. En este contexto, la pauperización afectó de manera compleja a las mujeres. Ante esta crisis, la legislación promovió cambios que se materializaron en la promulgación de leyes dirigidas a la protección de la maternidad obrera, el descanso dominical y el fomento de la educación técnica industrial. En ese marco, se destacaron mujeres obreras que propiciaron la creación de sindicatos, la organización de los trabajadores y la difusión de ideas en la prensa, fortaleciendo redes de apoyo en el mundo laboral. La autora también dedica atención a la historia de las trabajadoras en las industrias del norte chileno, resaltando los aportes de líderes como Eloísa Zurita Arriagada y Teresa Flores.

El libro realiza un balance sobre la irrupción de las mujeres en los espacios políticos y públicos a inicios del siglo XX, un análisis que resulta meritorio gracias al recorrido histórico que la investigación hace de las décadas previas. En esa línea, la elección de una escala temporal amplia permite distinguir las dinámicas de cambio, los quiebres históricos y, en particular, la situación de las mujeres en los albores de la centuria. En este contexto, se presentan retratos detallados de Teresa Wilms Montt, Delia Rojas Garcés y Amanda Labarca como exponentes de la creación cultural en este período. Para las décadas posteriores, se rescata la figura de Elena Caffarena Morice y, finalmente, se abordan las propuestas de Gabriela Mistral, cuyas posturas son puestas en tensión a propósito de los debates sobre el feminismo.

En este recorrido, la investigación ofrece un relato detallado de la acción de las mujeres a lo largo de la historia de Chile. Esta trayectoria indaga su importancia en los procesos sociales e invita a reflexionar sobre sus biografías, estrechamente vinculadas a los distintos contextos históricos. En esta propuesta innovadora se reafirma la premisa de otorgarles protagonismo. Mujeres en la historia de Chile constituye una investigación contundente que proporciona un retrato acabado de sus actuaciones, su integración en distintos ámbitos y la trascendencia de su contribución a la reducción de las desigualdades. Este relato entrega nuevas perspectivas para comprender el pasado nacional y aporta elementos valiosos para renovar la discusión historiográfica.