Relato de viaje y experiencia vital

la biografía itinerante de Odorico de Pordenone

Revista de Humanidades n.º 53: 59-79

ISSN 0717-0491, versión impresa

ISSN 2452-445X, versión digital

DOI: <https://doi.org/10.53382/issn.2452-445X.975>

revistahumanidades.unab.cl

José Miguel de Toro

Universidad de los Andes

jmdetoro@uandes.cl

ORCID: 0000-0002-1220-9376

Relato de viaje y
experiencia vital:
la biografía itinerante de Odorico de Pordenone1

Travel account and life experience:

the itinerant biography of Odoric of Pordenone

José Miguel de Toro

Universidad de los Andes,

Av. Monseñor Álvaro del Portillo 12.455, Santiago, Chile

Resumen

El artículo tiene por objetivo analizar el relato de viaje del fraile franciscano Odorico de Pordenone († 1331) como fuente para el conocimiento de su personalidad, ya que este documento es el único que nos transmite información fidedigna sobre su vida. El autor se involucró de manera consciente en su relato, de tal modo que este, además de transmitir los aspectos materiales del viaje (regiones, ciudades, objetos y pueblos encontrados) muestra la personalidad activa y abierta del fraile. Tres aspectos dan cuenta de ello: la comunicación de emociones de manera desinhibida, la postura frente a las religiones orientales y el conocimiento de las ciudades italianas del norte. De esta forma el relato de viaje se convierte en una pieza autobiográfica de primer orden.

Palabras clave: Odorico de Pordenone, siglo XIV, relato de viaje, Oriente.

Abstract

The aim of this article is to analyze the travel account of the Franciscan friar Odoric of Pordenone († 1331) as a source for the knowledge of his personality, since this document is the only one that transmits reliable information about his life. The author consciously involved himself in his account, therefore it transmits the material aspects of the journey (regions, cities, objects and people visited) as well as the active and open personality of the friar. This can be seen in three elements: the communication of emotions in an uninhibited manner, the posture towards oriental religions and the knowledge of cities of northern Italy. In this way the travel account becomes an autobiographical piece of first order.

Keywords: Odoric of Pordenone, 14th Century, Travel Accounts, Orient.

Recibido: 29/04/2025 Aceptado:31/07/2025

1. Introducción

Uno de los géneros literarios cultivados durante la Edad Media europea fue el odepórico. Durante estos siglos los caminos del continente estaban llenos de viajeros: monjes, embajadores, soldados, peregrinos, y un sinfín de desplazados se movilizaban por las rutas antiguas y nuevas del continente en una dinámica muy activa que hacía variar la fisonomía de los pueblos constantemente (Aznar 19-47). Y algunos de esos viajeros, si bien en un número muy inferior respecto del total, dejaron constancia escrita de sus experiencias nutriendo así este tipo de literatura, es decir, los itinerarios y relatos de viaje, cuyo contenido podía variar desde una breve peregrinación a Santiago de Compostela hasta el periplo de Marco Polo, por ejemplo, que abarcó varios miles de kilómetros hasta que llegó a la corte de Kublai Kan en Pekín. Este último viaje forma parte de aquellos que tuvieron lugar entre 1245 y 1353 y que pretendía llegar hasta las comarcas alejadas y exóticas de la India, Catay y las islas del Sudeste Asiático.

Los viajeros a Oriente de esta época no escribieron biografías propiamente tales. No obstante, sus relatos de viaje contienen abundante información personal respecto del viaje y sus circunstancias, de manera que son fuentes valiosas para reconstruir su historia vital y la de personajes colectivos tales como el burgués comerciante, el misionero mendicante y el noble soldado. Estos relatos, frecuentemente escritos en primera persona a partir de recuerdos vívidos, algunos gratos y otros terribles, tejen la experiencia de cada viajero y, para efectos de la metodología de trabajo con la documentación medieval, muchas veces constituyen casi lo único que se sabe de cada personaje. Además, desde el punto de vista de la escritura biográfica, Jay Rubenstein (25-26) señala que los modelos medievales siguen el patrón agustiniano de las Confesiones, patrón que no es otro que concebir la vida como una peregrinación. Por eso, en el caso de los viajeros ocurre que su vida tiende a identificarse con su peregrinación a Oriente, de manera que generalmente no hacía falta agregar nada más a lo que ellos dejaron escrito o recordaron.

Uno de los casos más paradigmáticos del valor biográfico de los relatos de viaje es el de Odorico de Pordenone († 1331). Este fraile franciscano protagonizó una larga travesía por tierras orientales siguiendo la ruta de la seda meridional que lo llevó a visitar el golfo Pérsico, la India, los archipiélagos malayos y gran parte de China. Permaneció tres años en la corte imperial y en su ruta de regreso a Europa, esta vez por la vertiente septentrional, visitó las regiones inhóspitas del Asia central y quizás el Tíbet (García Espada 88-90). No sabemos nada sobre su vida, a parte de lo que él mismo dejó en la narración de su itinerario, lo que ha llevado a especulaciones diversas sobre su origen, la fecha de su nacimiento, su actividad en la península itálica y un posible viaje a Tierra Santa (Domenichelli 95; Popeanga 48). En relación con su viaje a Oriente, salió de Europa en fecha desconocida, lo más probable en 1317 o 1318. En cambio, sí está atestiguado que regresó a Venecia en 1330 y falleció de una enfermedad grave al año siguiente, luego de intentar ir a la corte papal de Aviñón (Tilatti 24). Antes de morir dictó sus recuerdos al hermano Guillermo de Solagna, a instancias del superior Guidotto, quien no quería que la valiosa información que había recabado en Oriente se perdiera con la desaparición del fraile viajero. Durante esos días tendría largas conversaciones con los hermanos del convento, pero desconocemos el contenido de ellas. Ahora bien, la Relatio de su travesía, como se la conoce, se popularizó inmediatamente al punto de que a los pocos años de su muerte ya circulaba en varias versiones, tanto en latín como en lenguas vernáculas (Andreose, Le voyage xvii-xviii).

La vida de este misionero se llegó a identificar a tal extremo con el viaje que realizó en Asia, que pocos años después de la muerte del franciscano, una embajada llegó a Aviñón para solicitar al papado la canonización de Odorico y lo único que tenían a su disposición era el relato de sus viajes más el testimonio de algunos milagros realizados junto a su tumba (Chiesa 28). En esta misma lógica, el presente artículo tiene por objetivo abordar el relato de viaje del fraile como una pieza autobiográfica y analizar sus potencialidades en cuanto dispositivo transmisor de la vida del protagonista. No solo en los grandes rasgos (lugares que visitó, cortes que frecuentó), sino también en las características personales del viajero, como individuo y como representante del colectivo misional. Si bien puede parecer criticable la subjetividad con que se escribían estos testimonios medievales, algo que sin duda los distancia de los registros de los viajeros científicos del siglo XIX, imbuidos del espíritu racionalista que los llevaba a describir la flora y la fauna con independencia del observador, mi hipótesis es que precisamente esta subjetividad es la que hace del género odepórico medieval una fuente llena de dinamismo y colorido, que habla más del propio autor de la narración que de lo observado durante el camino. Alvise Andreose (“Les dangers” 229-30) considera que la relación de Odorico no otorga un lugar importante a la autorrepresentación del yo como actor del viaje. Sin embargo, si atendemos a cómo dice las cosas, veremos que el fraile de Pordenone ofrece un discurso muy desinhibido, expone sus recuerdos agradables, sus temores, sus frustraciones; en definitiva, abre su alma rica en experiencias para contribuir a la edificación de los franciscanos de su época y de todos los que habrían de leer su relato en el futuro.

2. Antecedentes

En primer lugar, el relato de Odorico está lleno de paradojas. Ya Thomas Tanase (569) y Folker Reichert (Asien und Europa 236) notaron la incoherencia entre el motivo del viaje declarado al inicio del relato y el desarrollo del mismo. En efecto, el franciscano dice haberse hecho a la mar “para ganar algunos frutos de almas” (I, 3)2, no obstante, en los episodios posteriores prácticamente no se habla de conversiones ni bautizos y, de hecho, la actividad misional del fraile brilla por su ausencia. Esto sin duda lleva a cuestionarse las verdaderas razones del viaje, siendo posible que haya salido de Europa huyendo de las presiones que sufrían los miembros de la facción franciscana de los espirituales (Reichert, Die Asienreise 468). Por otra parte, la Relatio usada como prueba para el proceso de canonización, no menciona sus virtudes ni hechos milagrosos, descontando dos episodios que se verán a continuación. En este sentido, está lejos de ser una hagiografía. Tiempo después, entre 1369 y 1373, se compuso la Chronica XXIV generalium ordinis Minorum en la que se incorporó una vida hagiográfica de Odorico, donde ahora así se pone énfasis en la heroicidad de sus virtudes, sus devociones, su celo apostólico y el tenor de su vida cristiana (Tilatti 10). Pero esa vita tiene muy poco que ver con la Relatio.

En segundo lugar, la secuencia de lugares visitados por el franciscano no debe tomarse como un itinerario. Christine Gadrat-Ouerfelli (“Nommer” 202-04) mostró que en los relatos de viaje la descripción de lugares (regiones, provincias, ciudades) no se hace necesariamente siguiendo la ruta que emplearon los viajeros, sino que remite a una construcción de carácter narrativo. En el caso de Marco Polo es muy notorio. En el caso de Odorico, sí puede establecerse que pasó primero por India, donde recogió las reliquias de los mártires de Tana, y luego se dirigió a China para depositarlas en el convento de Zaitón3. Pero las islas, regiones y ciudades mencionadas entre medio y después cumplen sobre todo una función retórica.

En tercer lugar, Odorico se involucró intencionadamente en la narración. Este recurso, presente también en otros viajeros (Juan de Marignolli, por ejemplo), cumple una función retórica: probar la veracidad de lo que se asevera. “Yo vi” (ego vidi), “yo estuve” (fui), “con mis propios ojos” (propriis oculis) son algunas de las expresiones utilizadas por los narradores para convencer de los asuntos expuestos, aun cuando parezcan insólitos a los lectores europeos. Además, cuando el viajero no pudo comprobar algunas de sus afirmaciones personalmente, se protege de las críticas remitiendo a informantes “fidedignos” (a personis fidedignis). Ya en las líneas introductorias, el fraile declara que en Oriente “oí y vi muchas cosas grandes y maravillosas que puedo narrar con veracidad” (I, 4)4.

De esta manera, el relato de viaje presenta las dos caras de una misma moneda: por una parte, aparece claramente sesgado por la mediación del autor, pero, por la otra, es esa misma subjetividad (el hecho de haber estado allí y haber presenciado los hechos) lo que otorga la veracidad a lo que se cuenta. Cuando Odorico habla de la región de Patin (Sudeste Asiático), refiere cómo los habitantes hacían pan con una sustancia que destilaban de ciertos árboles y resulta ser un alimento delicioso. Por si quedaran dudas, añade “yo mismo, Fray Odorico, comí de él. Todas estas cosas las vi con mis propios ojos” (XIV, 13)5. Ya instalado en Cambalech, la capital del Imperio chino de los Yuan (actual Pekín), el franciscano se siente muy admirado por la gran cantidad de monasterios y monjes que había en la ciudad; monjes budistas, ciertamente. Le produjeron tal impresión que exclama: “Yo estuve en uno de esos monasterios, el que había por lo menos tres mil religiosos que tenían once mil ídolos” (XXI, 6)6. Por último, en algunos casos deja en claro que indagaba, preguntaba, intentaba averiguar de los habitantes locales para obtener noticias de primera mano sobre algún asunto. Es el caso de la ciudad de Camsai, en China, donde quiso saber la extensión de la ciudad: “Pedí información de ella meticulosamente a cristianos, sarracenos, idólatras y a todos los demás, quienes me respondieron unánimemente que su circuito medía cien millas por lo menos” (XXIII, 11)7. El involucramiento del autor, más que restar valor, otorga una espontaneidad y un carácter personal que convierten la Relatio en un registro único.

En fin, del análisis del relato de viaje como narrativa se pueden rescatar, entre otros, tres aspectos de la vida y personalidad de Odorico: sus emociones respecto de las cosas nuevas y exóticas que encontró en Oriente, un dejo de intolerancia frente a las religiones orientales, incluso frente a los grupos cristianos de denominaciones extraeuropeas, y un conocimiento fino de las ciudades del norte de Italia. Veamos estos aspectos uno por uno.

3. Odorico de Pordenone, un viajero despierto

El franciscano no permaneció impávido frente a las circunstancias que le tocó vivir. Al contrario, a lo largo de la narración no duda en expresar sus sensaciones y emociones cuando encuentra lugares que le maravillan, le atraen o le repugnan. Sin duda que la sensación más recurrente es el asombro. Como ocurre en la mayoría de los textos que nos legaron los viajeros a Oriente en la Edad Media, esas lejanas comarcas eran una fuente inagotable de mirabilia que provocaban la admiración de los europeos (Karnes 135-41). La exuberancia de su naturaleza, la rareza de sus animales, la abundante riqueza, las costumbres de los habitantes, todo era motivo para provocar el asombro de los viajeros. La crónica de Odorico no escapa a ello, es más, el franciscano sigue un modelo narrativo bastante cercano al de Marco Polo, a quien probablemente leyó, que está fuertemente basado en una retórica de las maravillas y cosas insólitas (Gadrat-Ouerfelli, Lire 162-63; Andreose, Le voyage xxii; Tanase 610-16). En el reino de Zampa, el fraile tuvo la oportunidad de presenciar a unos peces sorprendentes que llegaban a la orilla del río y se lanzaban a tierra para que las gentes los cogieran, y cuando preguntó por qué obraban así, le dijeron que era porque querían honrar al emperador (XV, 6-12).

En muchos de estos casos, la admiración suele estar unida a la exageración. En la ciudad india de Polumbo, por ejemplo, “nace el mejor jengibre del mundo. En esta ciudad se hacen tantos y tan grandes tratos comerciales que a muchos parece casi increíble” (X, 1-2)8. Igualmente, el palacio de la isla de Java es un palacio realmente espléndido. “Para decirlo brevemente y de una vez, este palacio es más rico y hermoso que cualquier otro que haya en el mundo” (XIII, 12)9. La ciudad de Cescala, ya en China, tiene una flota tan grande “que a algunos les parecería casi increíble. Pues toda Italia no posee tantos y tan grandes navíos como esta sola ciudad” (XX, 4-5)10. No menos asombroso es el palacio del Gran Kan, edificado en el suburbio de Taido, cerca de Cambalech. La inmensidad del inmueble (cuatro millas de perímetro) tiene dentro un patio con un monte artificial donde está edificado “otro palacio que es el más bello del mundo” (XXVI, 6)11. En su interior posee veintidós columnas de oro y “todos sus muros están cubiertos de pieles de color rojo que, según se dice, son las pieles más nobles que existen en el mundo” (XXVI, 14)12.

El narrador es consciente de que sus afirmaciones pueden suscitar el escepticismo de los lectores, por eso a menudo se protege aduciendo que él estuvo en los lugares descritos. Hablando de la isla Dondin, tierra que describe en detalle por las muchas excentricidades y cosas admirables que observó, dice:

Allí se encuentran muchas otras novedades que no pongo por escrito porque nadie podría creerlas a menos que las viera, pues no hay en el mundo tantas y tan grandes maravillas como las hay en este reino. Hice escribir esto porque estoy seguro y no dudo en absoluto que las cosas son así como las cuento. (XVIII, 22-4)13

Lo mismo ocurre con uno de los prodigios que el franciscano observó en la corte del gran Kan. Allí presenció cómo los juglares que amenizaban uno de los banquetes desplazaban por el aire vasos de oro llenos de vino, para darlo a beber a los asistentes. Y ante semejante hazaña, debe aclarar: “las cosas que ocurren en su corte, a algunos les parecerían increíbles si no las vieran con sus propios ojos” (XXX, 3)14. En resumen, Odorico no teme dejarse asombrar por las maravillas de Oriente. Pero como explica Eugenia Popeanga (50-53), su texto corresponde a una etapa de transición entre los sobrios relatos del siglo XIII, esforzados por mantener la verosimilitud de lo narrado (cosa que se descubre ya en los títulos: Itinerario, Historia), y los libros de maravillas del siglo XIV, preocupados más en divertir y colmar la avidez de exotismo de los lectores.

En cuanto a sus inclinaciones y gustos, el viajero se expresa con parquedad de palabras, pero con un léxico significativo, lo que evidencia que sus observaciones responden a su situación vital frente a los hechos considerados. Durante el periplo hubo muchas cosas que le gustaron: las perdices amaestradas de Trapesonda (quod placuit michi valde), los prados de pastoreo y los ancianos de la ciudad de Giob (pulcherrima pascua, pulcherrime senes), los hombres de Caldea, a quienes encontró hermosos, no así a las mujeres (pulchri homines; turpes mulieres), la región de Zampa (multum est pulchra), los hombres y las mujeres de la provincia de Mansi, a quienes encontró bellos en extremo (corpore pulchri; pulcherrime), un bellísimo bosque en las cercanías de Cambalech (pulcherrimum; valde mirabile) y, en fin, el canto de los juglares de la corte del gran Kan, muy agradable al oído (magna iucunditas est audire). En una palabra, Odorico gozó con las delicias de Oriente, con sus paisajes, sus habitantes, sus artistas, sus edificaciones. En la ciudad de Camsai tuvo la oportunidad de conocer una mansión con un gran jardín donde había tres mil simios. El franciscano confiesa que al ver este espectáculo se echó a reír a carcajadas (multum cepi ridere). Todo esto acerca notoriamente al protagonista del viaje al lector, produciéndose un vínculo con la comunidad emocional de la audiencia (Valtrová 97-98), en la medida en que el relator entra en sintonía con los lectores a través de sensaciones y sentimientos reconocibles y compartidos.

Sin embargo, no todo fue agradable. Algunas cosas, menos en comparación con las positivas, fueron calificadas negativamente por el viajero. El valle arenoso que encontró cerca de la ciudad de Gest lo encontró admirable, pero peligroso (valde mirabile et periculosum) (V, 1). Hay tres episodios donde Odorico siente pavor e incluso teme por su vida. Primero, en Tana (India), después de haber recuperado los huesos de unos mártires franciscanos, una noche, los musulmanes prendieron fuego a la casa donde estaba alojado. Mientras las llamas consumían la morada, el fraile se retiró hacia un rincón aferrándose con todas sus fuerzas a los huesos sagrados. Y, en virtud del poder de las reliquias, salió indemne del incendio, mientras que las llamas devoraron las otras esquinas de la casa. También gracias a estas reliquias Odorico logró sortear una segunda prueba. Esta se presentó durante el viaje en barco a China, cuando se acabó por completo el viento. Y tanto duraba esta situación que la tripulación ya desesperaba hasta que el religioso arrojó uno de los huesos al mar e inmediatamente se levantó el viento favorable y pudieron continuar la travesía hasta llegar sanos y salvos a su destino. El último episodio es el peor de todos: Odorico atraviesa el valle de los muertos, que era regado irónicamente por el río de las Delicias. Allí tuvo la peor experiencia de todo el viaje (magnum terrible ego vidi; michi timor maximus incumbebat). Debió caminar rodeado de cadáveres entre unos sonidos de ultratumba, y en eso se le apareció en la ladera de una montaña la cara de un hombre terrible. Lo embargó un miedo tan grande que casi creyó perder la vida (pre nimio timore spiritum perdere penitus me credebam). Odorico pasó la prueba repitiendo como un mantra el versículo bíblico “Verbum caro factum est”, aunque luego reconoce abochornado que no tuvo el coraje de acercarse al rostro del hombre. Según Andreose (“Les dangers” 226-44), la fama de santidad del franciscano le vendría precisamente de haber pasado con éxito las pruebas del océano sin viento y del valle de los muertos. Pero como hemos visto, el relato es más bien vago y no indica explícitamente el ejercicio de unas virtudes admirables, salvo la fe (y el desprendimiento de unas riquezas que encontró a la salida del valle). En cambio, muestran al personaje en trance, lleno de miedo, frágil y humano.

Incluso en algunos momentos es posible percibir en el relato de Odorico una sensación de frustración, debido a que los planes no estaban resultando como quería. Al inicio del viaje, cuando recorría Mesopotamia, tuvo noticia de la existencia de los restos del arca de Noé, embarcación que había encallado en lo alto de una montaña. Como buen devoto cristiano, el fraile quiso visitar tan preciadas reliquias, pero no fue posible. Por eso declara que “Yo habría subido con gusto si mis compañeros hubieran querido esperarme” (II, 3)15. Más adelante, cuando estuvo en la isla de Lamorí, en el Sudeste Asiático, conoció un pueblo cuyos habitantes andaban completamente desnudos. Intentó explicarles que debían cubrirse para guardar el pudor que propone el cristianismo, pero los habitantes de la isla le retrucaron los argumentos respondiéndole que no era necesario, porque Dios había creado a Adán desnudo y que, por tanto, cubrir el cuerpo era contrario a su voluntad. El fraile se dio cuenta, confundido y avergonzado, de que se burlaban de él (de me multum truffabantur) (XII, 4).

4. La postura de Odorico frente a las religiones orientales

A diferencia de otros viajeros franciscanos, por ejemplo, Juan de Marignolli (De Toro, “Reflexiones” 261-63), Odorico es poco comprensivo con las religiones de las comunidades que encontró en su paso hacia Cambalech. No ya para con los pueblos islámicos, que habían martirizado a los cuatro compañeros de orden en Tana y con los cuales no había posibilidad alguna de diálogo (Chiesa 34-36), sino más bien con los cristianos orientales, especialmente los nestorianos, y los paganos de diversas denominaciones.

Valtrová (106) advierte que Odorico rechaza y desdeña a los nestorianos. El fraile no retiene palabras muy duras contra estas comunidades de la India. En Mobar, donde estaba la supuesta tumba de Santo Tomás, refiere que “cerca de la iglesia hay unas quince casas de cristianos nestorianos que son pésimos herejes y están llenos de maldad” (X, 24)16. Quizás el hecho de que fueran cristianos, pero herejes, en tierras donde el islam ganaba terreno cada año no dejaba indiferente al franciscano. Precisamente en Tana, donde los frailes fueron martirizados por mano de los musulmanes, Odorico refiere que también había casas de cristianos nestorianos, que son “cismáticos y herejes” (scismaticis et heretici) (VIII, 3). ¿Habrá tenido algún problema con ellos por querer visitar la tumba del apóstol Tomás? ¿Consideraba Odorico que los nestorianos de la India colaboraban con los musulmanes? En cualquier caso, más adelante debió matizar su juicio porque en la ciudad de Iamsay, ya en China, encontró tres iglesias de este grupo de cristianos, pero, en vez de recriminarlos, reconoce su actitud religiosa (virorum religiosorum) (XXV, 2).

Los llamados idólatras no tienen mejor suerte que los nestorianos en las consideraciones de Odorico, aunque se cuida mucho de hacer una distinción. Es bastante cauto al caracterizar la religión de los chinos (sobre todo el budismo), en cambio, se ensaña criticando las creencias y costumbres religiosas de los pueblos más periféricos del Imperio Yuan y en las islas del océano Índico. En Polumbo, el franciscano observó que las personas consagraban a sus hijos e hijas a un ídolo sediento de sangre y los sacrificaban. Además, refiere la pésima costumbre que tenía este pueblo de quemar a sus muertos y, en el caso de que la mujer del difunto viviera aún, la quemaban viva junto con el cadáver. El horror del viajero se expresa en estas sencillas frases: “este pueblo hace muchas otras cosas que sería una abominación escribir y oír” (X, 14)17, y “allí ocurren otras muchas cosas asombrosas y bestiales” (X, 21)18. Los habitantes de la isla de Dondin ofrecían a los viajeros costumbres igualmente reprobables. La más llamativa era que cuando los padres enfermaban sin posibilidad de recuperación, los hijos les deban muerte sofocándolos y luego se los comían en un banquete ritual. Por eso la isla es calificada de “inmunda” (immundum) (XVIII,1) y los hombres de “perversos” (mali homines) (XVIII, 2). Ciertamente que el canibalismo era abiertamente reprobado por el viajero franciscano. Los habitantes de la isla de Lamorí son tildados de dañinos y llenos de maldad (gens pestifera est et nequam) (XII, 9), porque comían carne humana como quien come carne bovina. Pero, además, desde antiguo el cristianismo propiciaba la inhumación de los muertos, por lo cual las costumbres funerarias como la cremación o la necrofagia ritual aparecían como abominables (De Toro, “¿Un mundo?” 536-39).

A diferencia de la barbarie encontrada en las islas, los misioneros de la época siempre valoraron la profunda espiritualidad de las religiones chinas (Chiesa 34-36). De hecho, Juan de Montecorvino alababa en su carta de 1306 la disciplina de los monjes budistas, que encontraba más rigurosa que la de los monjes occidentales (Dawson 230). El mismo Odorico, como ya se dijo, se llenó de estupor al ver la multitud de monjes que había en los monasterios chinos. Pero no entra en mayores detalles de sus prácticas. El único hecho que lleva la marca de la censura tiene que ver con el palacio del gran Kan. Amén de la riqueza de las instalaciones, del fasto y del boato de la corte, el fraile señala que había muchos pavos reales de oro, es decir, hechos de metal, que movían las alas cuando alguien batía las palmas en su entorno. Odorico, intrigado, concluye que “esto sucede, o por arte diabólica, o por algún artificio subterráneo” (XXVI, 22)19. Este vínculo entre artes mecánicas y magia, proverbial en la conciencia europea por lo demás, no alcanza a empañar las costumbres de los chinos. Tanto es así que, hacia el final del relato, el viajero narra con orgullo cómo el soberano Yuan hizo reverencias ante una cruz que le presentó el obispo franciscano del lugar (XXXVIII).

5. Un agente activo en el norte de Italia

Un último aspecto de la vida de Odorico que sobresale del relato de su viaje, es el buen conocimiento que tenía de las ciudades del norte de Italia. Desconocemos por completo qué hizo el fraile antes de emprender su viaje a Oriente. No obstante, como hizo notar Andrea Tilatti (22-23), conocía muy bien las ciudades del norte de la península, puesto que con frecuencia compara las urbes orientales con las italianas. Difícilmente se puede comparar lo que no se conoce, y Odorico tiene en mente los recuerdos de su patria para apreciar la fisonomía de las ciudades orientales, su longitud, su extensión, el uso de los ríos y la disposición de las viviendas, entre otros elementos. Esto último es especialmente válido cuando se trata de las dimensiones. En la provincia de Mansi (sur de China), los núcleos urbanos eran “tan grandes que ni Vicenza ni Treviso podrían compararse con ellas” (XIX, 5)20. Odorico calcula que Cescala es tres veces más grande que Venecia (XX, 2) y que Zaitón, por su parte, dobla en tamaño a Bolonia (XXI, 4). Camsai, por último, es tan grande que solo sus suburbios son más extensos que Venecia y Padua (XXIII, 5).

La relación de las urbes orientales con los cursos de agua le recuerda también a las ciudades italianas. El viajero observa que Camsai estaba situada sobre las aguas de una laguna, como Venecia (XXIII, 7), calculando que tenía más de 12.000 puentes y que uno de sus lados estaba ubicado junto a un río, lo que le evoca la disposición de Ferrara, por lo tanto, concluye que era más larga que ancha (XXIII, 9-10). Los desbordes del río Caramoran le recuerdan igualmente a la ciudad de Ferrara y a los destrozos que el río Po provoca en ella cuando se sale de su cauce (XXV, 20). Algunas cosas particulares también encienden sus recuerdos. En el reino de Zampa (sudeste asiático), encontró un caparazón de tortuga tan grande que estimaba que su circunferencia era más grande que la cúpula de la iglesia de San Antonio de Padua (XV, 13).

El fraile es, pues, un buen conocedor de la geografía urbana del norte de Italia. Y un aspecto muy relacionado con ella, al menos desde el punto de vista económico, es el comercio, un mundo que no le era ajeno; al menos en lo que se refiere a los precios. En numerosas ocasiones Odorico refiere lo barato que resulta comprar los productos orientales como enebro, dátiles, perdices, azúcar, ruibarbo, seda y otros, y lo hace traduciendo los valores a las monedas de sus lectores, los sueldos grossi y los florines. Por lo tanto, puede decirse que estamos frente a una persona que ha estado bien inmersa en los asuntos del mundo: sabe de precios, conoce las ciudades, es capaz de estimar las riquezas que acumulan los mercaderes. ¿Habrá sido un predicador errante? ¿Acaso realizó labores diplomáticas por cuenta de alguna ciudad? En cualquier caso, estos detalles nos revelan una personalidad activa en contacto directo con los asuntos del siglo.

6. Consideraciones finales

Los recuerdos del franciscano Odorico de Pordenone, que tomaron finalmente la forma de un relato de viaje, dejan ver mucho más allá de la materialidad propia de los desplazamientos por Oriente. Además de las descripciones de lugares exóticos y de pueblos desconocidos, en las líneas de esas descripciones se trasluce la figura de su autor, que se involucró con toda su corporeidad y emocionalidad en los eventos narrados. La comunidad emocional vinculada a los recuerdos del viaje contribuye, a su vez, a situar la Relatio en un horizonte personal e individual cargado de experiencias vitales. Y esto con total intencionalidad, de manera que para comprender las vicisitudes que vivió el fraile en las tierras de Oriente es necesario pasar a través de sus percepciones y sensaciones, empatizando de alguna manera con él en las distintas circunstancias. No se trata solo de creer o no creer lo que él cuenta (para lo cual echa mano a una retórica muy marcada en la que se involucra plenamente), sino de revivir con él los momentos de la travesía. Los últimos dos episodios del texto, el paso por el valle de los muertos y el encuentro con el gran Kan que reverencia la cruz, constituyen de alguna manera una excepción, pues contienen elementos alegóricos que los acercan al género hagiográfico (Andreose, “Les dangers” 244). Por esta razón, algunos críticos han planteado la posibilidad de que fueran añadidos con posterioridad a la composición de la Relatio (Chiesa 40).

Odorico no es el único que actúa así. Otros viajeros también demostraron una sensibilidad especial a la hora de registrar sus recuerdos en tierras lejanas, dejando plasmadas su personalidad y sus propias preocupaciones en el texto. Por ejemplo, Juan de Marignolli (Orden de los Frailes Menores), que realizó un largo viaje por India, China y el sudeste asiático en calidad de legado del papa Benedicto XII entre 1338 y 1353. A la vuelta, compuso la llamada Cronica Boemorum, escrita a petición del emperador Carlos IV de Luxemburgo, que adornó con sus recuerdos de Oriente. En ella se aprecia bien la personalidad crítica de Juan, siempre deseoso de conocer las causas de las cosas, encontrar explicaciones de los fenómenos novedosos e incluso corregir a las autoridades que, a su juicio, habían errado en sus descripciones de Asia. Los varios años que Juan estuvo en Catay le suscitaron gratos recuerdos, al punto de escribir: “Vimos la belleza del mundo a través de tantas ciudades, tierras, villas y cosas que ninguna lengua podría ser suficiente para expresarlo”21. La misma impresión de majestuosidad le produjo el río Caramoran (Huang Ho), que consideró como el más grande del mundo. Y, al igual que Odorico, Juan buscaba la aceptación del público lector anteponiendo la experiencia personal in situ: “Yo lo atravesé” (quem ego transivi).

Así pues, en relatos de viaje como el de Odorico y otros misioneros, se aprecia una combinación de género autobiográfico, conocimientos enciclopédicos y narrativa odepórica, el todo marcado con una fuerte conciencia de sí mismo. La expresión de voluntades, percepciones, emociones y sensaciones se vuelve parte integrante del relato, haciendo que el viajero protagonista se vaya revelando a medida que avanza por el espacio recorrido. De esta manera, los lectores no solo encontrarán la descripción de regiones lejanas y exóticas, sino también –y sobre todo– encontrarán a una persona de carne y hueso que experimentó vitalmente esas regiones.

Bibliografía

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  1. 1 Este artículo ha sido realizado con apoyo del proyecto de investigación Fondecyt regular 1250342 de ANID, Gobierno de Chile.

  2. 2 “Ad partes infidelium volens ire ut fructus aliquos lucrifacerem animarum” (Marchisio 119). Las referencias a la Relatio de Odorico han sido tomadas de la edición crítica de Annalia Marchisio. A menos que se diga lo contrario, todas las traducciones del latín son propias.

  3. 3 He decidido usar los nombres castellanos empleados en la traducción de Nilda Guglielmi, ya que los lectores pueden estar familiarizados con estas formas en nuestra lengua.

  4. 4 “Multa magna et mirabilia audivi atque vidi que possum veraciter enarrare” (Marchisio 119).

  5. 5 “De quo ego frater Odoricus comedi, hec autem omnia propriis oculis vidi” (Marchisio 166).

  6. 6 “In uno autem istorum monasteriorum ego fui, in quo bene erant tria milia religiosorum habentium undecim milia idolorum” (Marchisio 182)

  7. 7 “De ipsa autem diligenter inquisivi a christianis, saracenis, idolatris cunctisque allis, qui omnes uno ore loquuntur dicentes quod bene centum miliaria circuit” (Marchisio 187).

  8. 8 “In qua nascitur melius zinziber quuod nascitur in mundo; tot et tanta mercimonia sunt in hac civitate quod quasi incredibile videtur” (Marchisio 153).

  9. 9 “Ut autem breviter et finaliter nos loquimur, hoc palatium est ditius et pulchrius aliquo quod hodie sit in mundo” (Marchisio 164).

  10. 10 “Hec civitas tantum navigium habet et ita magnum, quod quasi aliquibus incredibile videtur ; nam tota Italia non habet navigium ita magnum sicut hec civitas sola habet” (Marchisio 180).

  11. 11 “In quo edificatum est unum aliud palatium, quod est pulcherrimum de mundo” (Marchisio 196-7).

  12. 12 “Omnes muri eius cooperti sunt pellibus rubeis, de quibus dicitur quod sunt nobiliores pelles que sunt in mundo” (Marchisio 197).

  13. 13 “Multe alie novitates illic habentur, quas modo scribere non curo; nam nisi homo eas vidisset, eas credere non posset, cum in tot mundo non sunt tot et tanta mirabilia quot sunt un hoc regno. Hec autem scribi feci, quia certus sum et in nullo dubito quod sicut refero ita est” Marchisio 178).

  14. 14 “Illa que in curia sua fiunt, esset quibusdam incredibile nisi propriis oculis viderent” (Marchisio 211).

  15. 15 “In quem libenter ascendissem si mea societas me prestolari voluisset” (Marchisio ).

  16. 16 “Penes etiam quam ecclesiam sunt forte quindecim domus nestorinorum, idest christianorum qui sunt nequissimi et pessimi heretici” (Marchisio 156).

  17. 17 “Multa autem alia facit populus iste que scribere et audire abhominatio quedam est” (Marchisio 155).

  18. 18 “Et sic de multis aliis mirabilibus et bestialitatibus que fiunt illic” (Marchisio 155).

  19. 19 “Hoc autem fit vel arte diabolica vel ingenio quod sub terra sit” (Marchisio 198).

  20. 20 “Que in tantum sunt magne ille civitates, quod neque Vincencia neque Tarvisium in earum numerum ponerentur” (Marchisio 179).

  21. 21 “Vidimus gloriam mundi in tot civitatibus, terris, villis et rebus, que nulla li[n]gua posset reprimere sufficienter” (Emler 496).