Sistema nervioso de Lina Meruane

por una narrativa más allá del principio antrópico

Revista de Humanidades n.º 53: 329-356

ISSN 0717-0491, versión impresa

ISSN 2452-445X, versión digital

DOI: <https://doi.org/10.53382/issn.2452-445X.984>

revistahumanidades.unab.cl

Laura Soledad Romero

Consejo Nacional de Investigaciones

Científicas y Técnicas

romero@iech-conicet.gob.ar

ORCID: 0000-0002-3572-598X

Sistema nervioso
de Lina Meruane:
por una narrativa más allá
del principio antrópico

Sistema nervioso by Lina Meruane:
For a narrative beyond the anthropic principle

Laura Soledad Romero

Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas

Rosario, Argentina

Resumen

En este artículo analizamos la novela Sistema nervioso de la escritora chilena Lina Meruane. El propósito es trazar una lectura desde la materialidad de los cuerpos hasta la conexión con el imaginario cósmico, lo que abre escalas temporales que no se limitan a lo estrictamente humano. Mostramos, por un lado, que las lecturas biopolíticas encuentran en esta novela sus límites y, por otro, arribamos a una crítica que propugne un más allá del principio antrópico. El trabajo sostiene como hipótesis que desde la lectura de la enfermedad como espectro se puede arribar a la consideración de una narrativa más allá del principio antrópico. Finalmente, esbozamos una conclusión en torno a la política espectral y las posibilidades de la memoria.

Palabras clave: narrativa contemporánea, temporalidades, principio antrópico, cosmología, espectros, Lina Meruane, Sistema nervioso.

Abstract

In this article we analyse the novel Sistema nervioso by the Chilean writer Lina Meruane. The aim is to trace a reading from the materiality of bodies to the connection with the cosmic imaginary, which opens up the consideration of temporal scales that are not limited to the strictly human. We show, on the one hand, that biopolitical readings find their limits in this novel and, on the other, we arrive at a critique that advocates a beyond the anthropic principle. The paper hypothesises that a reading of illness as a spectre can lead to the consideration of a narrative beyond the anthropic principle. Finally, we outline a conclusion on spectral politics and the possibilities of memory.

Keywords: contemporary Narrative, Temporalities, Anthropic Principle, Cosmology, Specters, Lina Meruane, Sistema nervioso.

Recibido: 12/06/2024 Aceptado: 25/03/2025

1. Introducción

En este artículo abordamos la novela Sistema nervioso (2018) de la escritora chilena Lina Meruane desde una perspectiva crítica contemporánea que permite leer de otro modo el problema de la corporalidad y la enfermedad. Para dicho análisis tomamos como marcos de orientación teórico dos perspectivas en principio poco compatibles: por un lado, los nuevos materialismos, en particular Jane Bennett, y por otro, el singular pensamiento metafísico de Fabián Ludueña Romandini. La apelación a dos referencias teóricas en apariencia heterogéneas (materialista uno, metafísico otro) se fundamenta en la necesidad de desbordar las lecturas biopolíticas que abundan en la crítica de la escritora chilena.

Aunque centrado en el análisis de Sistema nervioso, no desdeñaremos la relación con otros textos de la autora, como Fruta podrida (2007) y Sangre en el ojo (2012), con las que constituye una suerte de trilogía de la enfermedad. Entendemos que la singularidad de Sistema nervioso radica, en gran parte, en solicitar una lectura que desborde la perspectiva biopolítica, entendida esta última como enlazada a un principio antrópico, que la imaginación de la novela extiende mucho más allá tanto de lo humano como de la vida. En este sentido, propondremos otro modo de leer la enfermedad, comprendiendo la falla del organismo como una experiencia que implica lo humano y lo no humano, lo orgánico y lo inorgánico. Por último, la ampliación del horizonte individual y humano, hacia una perspectiva cosmogónica, implicará abandonar la noción de finitud para considerar el problema de la extinción como categoría no ya de la biología, sino de la metafísica.

En el documental Nostalgias de la luz (2010) de Patricio Guzmán, un grupo de astrónomos busca vida en las lejanas galaxias mientras un grupo de mujeres rastrean los restos de los detenidos desaparecidos durante la dictadura de Pinochet. El relato establece una continuidad entre la materia ósea escondida en el desierto de Atacama y las perspectivas exorbitantes que abren la percepción de un universo en expansión que parece interminable, aunque se sabe finito: “Lo que tienen en común los huesos y las estrellas es el calcio” se afirma en un momento de la película.

Esta continuidad entre la materia terrestre y la estelar es un elemento que comparten el documental y la novela de Meruane. Haremos epicentro en Sistema nervioso, porque a diferencia de las novelas que la anteceden, no se trata aquí de la finitud, sino de un espacio que temporalmente reclama escalas no humanas. En ese sentido, Gabriel Giorgi sostiene que este tipo de intervenciones abre otra dimensión del tiempo donde la literatura, o mejor aún la novela, sería una especie de laboratorio espaciotemporal, que en sus recursos formales se hace eco del problema del tiempo no humano (4).

Por ello, la problemática en la que ahondamos no se cierne a la finitud de lo viviente, aunque esto no implique de ninguna manera dejar de considerarla, sino que instala en escena un espacio tiempo más vasto que podemos llamar cosmológico. Los discursos del fin de mundo (Danowski y Viveiros de Castro 21) alertan sobre escenarios apocalípticos como consecuencia del cambio climático, que en la escritura de Meruane se presenta en el extractivismo (Fruta podrida) o en los biopoderes operando sobre los cuerpos (Sangre en el ojo). Y si bien en Sistema nervioso el deterioro irreversible del planeta se patentiza a lo largo de toda la novela, se percibe un matiz inquietante: el universo, así como nació, perecerá. Es decir, lo que linda con la nada no es la muerte, cuya condición se ha teorizado como lo más propio del hombre, sino la extinción planetaria a escalas infinitas.

La consideración de una topología cosmológica trae aparejado el problema de la materia en relación con la vida y la no vida. Nos detendremos especialmente en la propuesta de Jane Bennett para concebir los términos de una materia vibrante como una vitalidad inherente a la materialidad de la cosa antes conocida como objeto (23). La materia se configura como actante, término que Bennett toma de Bruno Latour:

un actante es una fuente de acción que puede ser o bien humana o bien no-humana; es aquello que posee eficacia, que es capaz de hacer cosas, que tiene la suficiente coherencia como para introducir una diferencia, producir efectos, alterar el curso de los acontecimientos. (Bennett 11)

Sin embargo, desde una nueva perspectiva metafísica, sin abandonar los recursos que nos brindan los nuevos materialismos, tensionamos las categorías de la vida con la distinción conceptual propuesta por Ludueña Romandini (Más allá del principio) en el seno del principio antrópico, para ensayar una relectura crítica de la biopolítica, especialmente de la noción de resistencia. Ludueña Romandini propone distinguir entre principio antrópico fuerte y principio antrópico débil: el primero es el que coloca al ser humano en el centro del universo. Aunque el pensamiento de la vida –fundamentalmente el biopolítico– se ha desembarazado de este principio, sigue atado a uno débil, porque la vida, al ser el centro de una historia de la que en realidad es una parte infinitesimal (la del universo inorgánico), continúa enlazada al antropismo, pues el paradigma de la vida sigue siendo la humana. La relación fundamental que la cosmología ha tejido entre el universo, la vida y el hombre (por no mencionar la temporalidad) aseguran un primado del principio antrópico débil (Más allá 57). Dice en Sistema nervioso:

Probablemente siempre estemos enfermos y no lo sepamos. Y aunque de niña pensaba que la habían asustado con todas esas historias de lo que podía padecer un cuerpo, solo después ha comprendido que esas historias eran apenas un resumen. Porque lo raro es vivir. (237)

La cita nos posiciona en una dimensión donde la vida no es un a priori, y tampoco se instituye como el principio fundamental por el cual se rige la narración, aunque en una primera instancia lo parezca, sino que, a nuestro entender, hace patente no solo la extrañeza del vivir sino también lo azaroso de su continuidad pues, como lo sugiere la novela, hay muchas posibilidades de interrupción en una vida. La contingencia propia de la vida converge con la extrañeza por la cual el universo mismo existe y persiste, tan azaroso y necesario como ese punto singular en el que el tiempo comenzó: el llamado Big Bang.

Según Ludueña Romandini, el poshumanismo contemporáneo profundizó en los modos en los que se ha construido la categoría de lo viviente y, también, en la posibilidad cada vez más concreta y urgente de pensar la vida en general ante un horizonte de extinción absoluta (provocado o no por la agencia humana), que reclama ir más allá del abandono del antropocentrismo para pensar, de manera más radical, si acaso es posible cuestionar el principio antrópico que hace de la vida la categoría fundante de toda política y de toda filosofía. En esa región extraña, según Ludueña Romandini, se sitúa una nueva metafísica1 y una nueva filosofía política cuyos protagonistas son los espectros (Otonello 188), que en nuestra lectura atienden a los campos de la memoria y el testimonio.

Sistema nervioso se despliega en cinco capítulos que toman el vocabulario de la astronomía y los fenómenos cosmológicos: “agujeros negros (presente inquieto)”, “estallido (meses antes)”, “vía láctea (pasado imperfecto)”, “polvo de estrellas (entre tiempos)” y “gravedad (tiempo futuro)”. Cada uno de estos apartados indica un modo en el que el tiempo se da. Novela sobre el tiempo y novela del tiempo, también novela de los cuerpos que comprende humanos, vegetales, volátiles y todos los modos de darse de las dimensiones astrofísicas.

2. Cuerpos que gravitan

En la física clásica un cuerpo físico es un cuerpo con masa, no solo energía, que se extiende en tres dimensiones por el espacio (trayectoria, posición y orientación) y su existencia se prolonga durante cierto tiempo. El cuerpo humano, al igual que otros cuerpos vivientes, lleva consigo una serie de transformaciones que implican inevitablemente el deterioro, la mutación, la enfermedad, la muerte o, en términos del pensamiento filosófico, el carácter finito del viviente humano. En la novela, la confrontación con el horizonte de finitud asedia de múltiples maneras: “se estaba muriendo, como todos, desde la infancia, y seguía cumpliendo años, como tantos, cada abril” (Sistema 78).

Los cuerpos parecen estar siendo atraídos por las regiones oscuras del cosmos, como si fuesen presas de un principio del cual no pueden escapar, al igual que cualquier objeto puesto ante los agujeros negros2: “mediría el desplazamiento de las estrellas que se estiraban alrededor del agujero [negro] giratorio voraz punto de no retorno que se las iba a tragar” (14). Sistema nervioso diseña una cartografía de habitantes enfermos. Un amplio espectro de cuerpos enfermos, de modo que la enfermedad se dice de muchas maneras. La familia restituye la relación con la herencia por un extraño destino genético, pues ser familia implica un mapa de posibles enfermedades. Pero el sujeto enfermo también se expresa con las secuelas de un accidente, las enfermedades condicionadas por el medio, las infecciones, y hasta el deseo de enfermar. Como las arenas que avanzan en el desierto de Atacama y en el nihilismo decadente nietzscheano, la enfermedad parece arrasarlo todo, lo que, desde luego, se relaciona con el feroz asolamiento de los modelos neoliberales.

La narrativa de Meruane, en las tres novelas, instala a las mujeres enfermas en el centro de la historia para diagnosticar un modo de ser en el mundo fallido, tullido, fallado, que desde su propio deterioro amenaza la estabilización de los cuerpos normativos (cuerpos hegemónicos, cuerpos sanos). Hay una fuerte impronta en la idea de que la creación –en muchos casos destructiva– está más del lado del cuerpo que de la conciencia. De manera que un cuerpo no está nunca a priori definido, sino que se transforma por lo que puede hacer y también por lo que puede crear, destruir y asimilar (hasta crear nuevos órganos: “como si la tristeza fuera una nueva función de los órganos” (Sistema 102)). Por ello, la salud petrificada es más dañina que la peor enfermedad, tal como proclaman la voz de unos jóvenes que protestan: “La inmunidad será nuestra muerte” (Sistema 53). Luego indagaremos con especial énfasis las apariciones de enfermedades autoinmunes.

La configuración del cuerpo en Fruta podrida, la primera novela de esta serie, ancla en el cuerpo enfermo y en los procesos biopolíticos, cuya finalidad es el sacrificio de otros vivientes en pos de los cuerpos (que importan). En esta primera novela, el cuerpo funciona a modo de derrame y expansión, es decir, no son claros los límites de dónde comienza y termina un cuerpo. En este caso sería más propicio señalar, como varios autores proponen, el cuerpo como materia. La novela aboga por una extensión más allá de la normalidad de los cuerpos, lo extenso (cuerpo en tanto materia) aludiría a modos de autodestrucción o de autodeterminación. De manera que si existe una voluntad (casi en términos físicos) en Fruta podrida es un deseo de autoafectación. Por otra parte, un primer acercamiento sería pensar que esta novela emplea la enfermedad como metáfora de la degradación medioambiental (Bournot 67). Nos distanciamos de esta lectura metafórica: “La enfermedad, más que como metáfora, opera aquí performativamente en tanto se torna una vía de exploración de la materialidad de los cuerpos” (Francica 73). Entonces, los cuerpos enfermos no funcionarían como metáfora del deterioro ambiental, sino que, en todo caso, ambas materias (cuerpos y medioambiente) resultarían afectadas en el mismo proceso predatorio.

Por su parte, Sangre en el ojo inscribe otros modos estructurantes de las potencias que son las materias corpóreas, cuya multiplicidad de fuerzas –en tanto configuraciones posibles de lo real– exploran las posibilidades del cuerpo (afecto-afectado) enfermo. El cuerpo afectado se instituye por medio de un crescendo narrativo deviniendo una exacerbación de las fuerzas de carácter predatorio. Esta novela resulta la más claramente autobiográfica, pues trabaja con la propia historia (archivo) de la enfermedad de la escritora, lo que no necesariamente arroja un saber más verdadero, sino, en todo caso, un saber del cuerpo que escribe y que en su afección afecta sus escritos. La novela muestra el modo en que el sistema de control pretende apoderarse del cuerpo enfermo, que es reducido y transformado en mera base de datos que, a su vez, formará parte de un catálogo, otra cifra más que llena un archivo donde la historia del paciente se transformará en expediente clínico (Mansilla 200).

Entonces, podemos pensar el cuerpo como materia, siguiendo a Andrea Kottow en su lectura de Sangre en el ojo y Sistema nervioso en relación con lo monstruoso, pero tomando distancia de su planteamiento que considera que en ambas novelas el límite es la muerte (6). Pues Sistema nervioso, si bien recupera el interrogante por las posibilidades del cuerpo, se instala a su vez en un movimiento que contempla, pero trasvasa los límites de la materialidad humana, hacia lo que podemos llamar una dimensión espectral.

Nos interesa pensar con Bennett los poderes activos que emanan desde los no-sujetos. En esta clave podemos leer la “la agencia material o efectiva de las cosas no humanas o no del todo humanas” (Bennett 12) en la novela. Las agencias no humanas se relacionan con la dimensión cósmica3, ligada a la constitución última de los cuerpos, pues el cuerpo en su descomposición se encuentra con los materiales primarios que cuantifican todo cuerpo físico; lo originario coincide con lo último, el principio con el final:

El antiguo filósofo de la inflamación se había enfriado hacía veinte siglos y yacía tieso, bajo tierra. Pero no podía yacer, ni tieso ni vestido ni desnudo, pensó Ella, sino desintegrado y diseminado bajo las ruinas. Se lo había explicado Él, su experto en huesos: del cadáver no quedaría ni una astilla ni un gramo de cerebro sudor pelos en el pecho. Solo calcio y fósforo. Y átomos de hidrógeno, dijo Ella, moléculas. Ese cuerpo ya no estaría expuesto ni a la más ínfima posibilidad inflamatoria. (Sistema 19)

Este pasaje condensa la lógica central de la novela: la transfiguración de la corporalidad humana en materia inerte hace explícito el bucle entre principio y final, desmantelando la idea de un cuerpo que muere como evento excepcional. La novela radicaliza la experiencia de la descomposición al enfatizar que el cuerpo, al perder toda forma reconocible, retorna a su condición elemental y cósmica (calcio, fósforo, átomos), situando lo humano como un instante efímero en el ciclo indiferente de la materia. En este marco, la enfermedad –habitualmente pensada como degradación de la vida– se reconfigura como una vía para evidenciar la continuidad entre lo orgánico y lo inorgánico, mostrando que la falla del cuerpo anticipa y revela su destino material común a todas las cosas.

El alcance de la novela en los modos de darse lo humano, lo ya no humano, y lo que nunca fue humano, sugiere la pregunta por la relación de la materia con la vida. Como señalamos, es en este punto donde se tensan las lecturas de la narrativa de la escritora chilena con el lente biopolítico4. Frente a una suerte de uso inflacionario de la biopolítica (y sus compuestos) deberíamos procurar una suerte de atención epistemológica de las categorías5.

Las llamadas ficciones de la enfermedad han sido leídas mayoritariamente en términos de resistencia biopolítica, tal es así que la propia escritora ha explicitado que en Fruta podrida quería experimentar con la biopolítica actual (Meruane, “Frutas”). Anota Cynthia Francica: “Tanto Betina Keizman (2017) como Isabel Quintana (2017) señalan la capacidad de resistencia de estos cuerpos en mutación frente a marcos biopolíticos normativos” (65). En contraste, la propia Francica piensa en un campo extendido de la biopolítica que propugne un más allá de lo humano: “Cuerpos que evidencian modos de resistencia a marcos normativos, pero a la vez […] plantean y visibilizan una (bio) política expandida, es decir, la necesidad de interrogar escalas que exceden lo propiamente humano para pensar la subjetividad femenina” (75). En cuanto a Sangre en el ojo, Nerea Oreja señala que “En la narrativa de Meruane, cuerpo y literatura devienen espacios políticos de resistencia” (99). Por su parte, Daniel Noemi Voionmaa, desde el análisis de Sangre en ojo, complejiza la noción al distinguir literatura de resistencia de escritura de resistencia. Se ubica en la segunda para mostrar de qué modo la novela articula “estrategias de resistencia escriturales y los modos en que estas estrategias se articulan y desplazan” (párr. 7). Dichos aparatos escriturales según el autor contribuyen a crear una ética y una estética de resistencia. Nos interesa rescatar este último planteamiento, porque el autor se hace cargo del carácter polisémico del término y lo ciñe a tres sentidos bien explicitados6.

Ahora bien, ¿se puede leer toda la trilogía, especialmente Sistema nervioso, en términos de dicha resistencia? Desde luego, es posible. Sin embargo, nuestra propuesta, atendiendo a la singularidad de la novela, es una lectura en clave cosmológica y espectrológica: el espectro designa una región paraontológica que establece un punto de indistinción entre la vida y la muerte (Ludueña Romandini, La comunidad 14). En este sentido, la corporalidad no se opone materialmente al espectro, sino que es posible designar modos por los cuales lo espectral hiende los cuerpos. Más aún, consideramos que las obras ficcionales que toman como clivaje el cuerpo encarnan una corporalidad acosada7. Estas corporalidades responden a una trama narrativa, conceptual, filosófica, de acción y reacción en la física de la materia.

No es casual que se trate en la mayoría de los casos de enfermedades de tipo autoinmunes que atacan al cuerpo desde sí mismo. Un Ello piensa (Cragnolini) del cuerpo que tiende a su propia extinción; en ese sentido, vemos las enfermedades que recorren la novela y la importancia de los ataques del cuerpo a sí mismo, las llamadas autoinmunes que pueblan la obra: “Porque a veces el cuerpo tiene sus propias ideas. Sus desquites. Sus ataques por la espalda” (Sistema 49).

En Sistema nervioso el diagnóstico se reviste de opacidad, no resulta transparente para la ciencia, en paralelo con esos agujeros negros8 que la protagonista ve, pero no ve en el sentido de una conciencia que intenciona (o apunta) a un objeto percibido. Dice la protagonista: “Lo que no se ve es la causa” (37). Entonces la opacidad con la cual se presentan los cuerpos inscribe la presencia de los agujeros negros:

Retrato del agujero masivo en el centro de la galaxia. Es un ombligo tan oscuro que nadie ha podido verlo, solo adivinarlo cuando atrae estrellas fluorescentes y nubes de gas a esa espiral elíptica peligroso periscopio que lo consume todo. (29)

Antes de enfermar, ella desea enfermar, luego descubre que siempre estuvo bajo esa condición. Su pareja le advierte: “Be careful what you wish for” (16). Nuevamente, algo del cuerpo reacciona, algo padece. Estamos ante la caja negra, el sistema nervioso, uno de los más complejos del cuerpo humano; de las múltiples funciones que tiene, una de ellas es recibir y procesar la información del interior y del entorno. En tanto relaciona el adentro (cuerpo) con el afuera (entorno), esa relación se completa con las respuestas que damos, en tanto cuerpo, a los estímulos provenientes de lo que nos rodea (Kottow 7).

Las ciencias médicas necesitan objetivar para diagnosticar, eminentemente a través de imágenes y análisis, y eso implica el uso de máquinas: “Si el médico no recibe muestras, resultados, imágenes precisas. Ahí se le acaban los ejemplos. Pero las dos saben que no siempre se necesita ver para creer pensar morir de manera repentina” (Sistema 43). De manera preponderante en “Agujeros negros (presente inquieto)” el resonador magnético parece irradiar la verdad, pero otra vez se instala en el enigma, qué dice (o hace) el cuerpo de Ella que no rehúsa ser leído (y objetivado). Por ello, no dar con el diagnóstico dispara las dudas en la paciente, porque nada resistiría al poder esclarecedor de las máquinas que examinan.

La ausencia o vacilación en el diagnostico desnuda otro aspecto, fuertemente arraigado, la patologización: “No por ser mujer soy una demente” (25). La cuestión de género, como mácula negativa en el proceso de diagnóstico en las prácticas médicas, es una constante que se expresa a lo largo de todas las ficciones de la enfermedad en Meruane. En las novelas se explicita una apropiación del cuerpo femenino por un tipo de saber, el médico (masculino) que, aun cuando intente mostrar su carácter objetivo, asume posiciones morales y políticas que ubican a la mujer en la condición de no saber, fingir, exagerar, recalando en la típica caracterización de la histérica. Dice Sistema nervioso, “El médico despliega una sonrisa involuntaria, inoportuna, insoportable, una sonrisa convulsiva: your nervous face. Nervio o nerviosismo, quién sabe. […] El neurólogo debería saberlo pero es un médico prejuicioso” (25).

Esta desestabilización de los saberes médicos, que se muestran incapaces de captar plenamente la experiencia del cuerpo enfermo, abre paso a una comprensión más amplia de la corporalidad: no solo como mera portadora de síntomas, sino como un agente material inserto en un entramado de fuerzas físicas y afectivas. La novela propone así un universo en el que la agencia no es patrimonio exclusivo del sujeto humano, sino que se distribuye entre cuerpos y cosas, tanto orgánicas como inorgánicas.

En esta línea, Bennett rescata la familiaridad del término poder-cosa con el conatus spinoziano que reza: “Cada cosa, en cuanto está en ella, se esfuerza por perseverar en su ser (Spinoza 132) y continua en la demostración de la proposición 6: “y por lo tanto se esfuerza, en cuanto puede y está en ella, por perseverar en su ser” (132). De allí Bennett señala el carácter común de los cuerpos humanos y no humanos por medio de una naturaleza conativa y concluye que “el conatus designa un poder presente en todo cuerpo” (34-35). Por otra parte, es importante señalar que las cosas (o los cuerpos) a su vez producen efectos (beneficiosos, perjudiciales) en los humanos y en otros cuerpos. Dice Bennett, “los cuerpos orgánicos e inorgánicos […] son todos afectivos” (17). Asimismo, Spinoza establece la noción de afecto, que refiere, en líneas generales, a la capacidad de acción y reacción que cualquier cuerpo tiene. Es a partir de esta noción que “los afectos crean un campo de fuerzas que tienden a no coagular en subjetividad” (Bennett 17).

Sistema nervioso denota que el espacio de una (mujer) en el cosmos es, a todas luces, o a todas sombras, un lugar nebuloso. No sería forzado decir que el sujeto narrativo de Meruane se relaciona con el mundo desde la perspectiva de las cosas; no hay un sujeto que gobierne el universo, sino un sujeto gravitando-actuando y siendo actuado (con poco oxígeno) en el mundo.

Por las leyes del movimiento de Newton, sabemos que los cuerpos se mueven por un principio básico de acción y reacción. En Sistema nervioso esto es llevado al extremo, al límite de desmontar la subjetividad del sujeto moderno. La novela no solo muestra un no saber profundo (yerran con los diagnósticos, son incapaces de predecir los ataques del cuerpo, no saben de sus propias vidas), sino que además no es clara y distinta la relación sujeto-objeto, entendiendo al sujeto como sujeto de conocimiento que accede a un contenido que proporcionaría el objeto (no hay un sujeto kantiano del conocimiento). Lo que hay, nuevamente, son cuerpos (en términos físicos), materias afectadas y materias que afectan (agenciamientos múltiples). Con el personaje Ella nos sumergimos, o elevamos, al terreno de la pura inmanencia, una vida que se vive y en ese vivir se afecta todo el tiempo.

Entonces, a través de la narración podemos preguntar por el lugar de la mujer en el cosmos (cuando hablamos de la mujer se trata de una posición política en una tradición que identificó el hombre al ser humano, y porque la escritura de Meruane posee una fuerte impronta feminista). Por algunos enclaves spinozianos, que van más allá de las lecturas que entienden que la búsqueda se limita a la felicidad, subrayamos que en esta búsqueda Spinoza se ve obligado a investigar la cuestión del lugar del hombre en el mundo, y así llegar a descubrir algo que sobrepasa su modestia meta inicial: la estructura general del universo (Caimi 24). Spinoza nos pide que abandonemos esa ilusión de ser el centro alrededor del cual se disponen los objetos del conocimiento; o todavía más, que nos liberemos de esa ilusión de ser el centro alrededor del cual se dispone el universo. En Meruane, salvando las distancias, sería un estar entre las cosas, que discontinúa cualquier soberanía del sujeto sobre los objetos. Es en el terreno de la inmanencia en el cual Meruane describe la física de los cuerpos, gravitando en un universo caótico, entablando relación con un planeta, entre otros, con un llamado mundo que se rige por sistemas que llevan consigo el principio de ruinas.

Sin embargo, es necesario señalar que Sistema nervioso podría ser pensada como una ontología de la falla, lo que vuelve tal vez insuficiente, aunque pertinente, el materialismo spinoziano. De ahí que apelemos a la espectrología para dar cuenta de esta dimensión. En ese sentido, lo espectral, allende lo material y lo inmaterial, indistinto a lo vivo y a lo muerto, acosa al cuerpo viviente. La enfermedad puede pensarse como una forma de este acoso. De hecho, la medicina moderna llama espectro al conjunto de enfermedades que comparten síntomas comunes, antecedentes familiares, sustrato biológico y respuesta terapéutica similar. En Sistema nervioso, la enfermedad desborda el cuerpo individual de la protagonista e implica una historia familiar, social y política. Pero, a la vez, el espectro da cuenta de la zona de indiscernibilidad entre la vida y la muerte: la experiencia del vivir como un originario estar muriendo, la de la muerte (de los otros) como supervivencia más allá del cuerpo individual. Por último, el tiempo del espectro disloca la cronología: implica un todavía-no y un ya-no, es decir, una no coincidencia consigo mismo en un presente vivo. Intentaremos dar cuenta de esta dislocación temporal en la singularidad de la novela.

3. Un tiempo, todos los tiempos

La pandemia de coronavirus puso en evidencia las dificultades de los sistemas de salud. Entre los graves problemas, la Organización Mundial de la Salud (OMS) alerta sobre el retroceso de los avances por la erradicación mundial de la tuberculosis, la infección más letal del mundo, que se propaga con mayor fuerza en los países más postergados del planeta. Se estima que de no tomar medidas mundiales urgentes podría desatarse un nuevo foco pandémico.

En la internación, el padre de la protagonista le sugiere leer la novela que le recomendó tiempo atrás: “Ese fue el libro que lo empujó hacia la medicina” (Sistema 236). Y señala los latidos de la enfermedad en el cuerpo: “La marca que le dejó la tuberculosis asintomática que tuvo no sabía cuándo. Llamaba calcificación a esa cicatriz” (236)9. A continuación, en el último capítulo, la alusión se vuelve explicita; el libro del padre es La montaña mágica publicada en 1924 por Thomas Mann: “Los tuberculosos de esa novela habitan altas cumbres borrascosas. Los sanos, las tierras bajas, los países bajos eran solo un país” (236). Este guiño puede ser una clave de lectura, pues la contemporaneidad de Sistema nervioso, no obstante, intertextualiza una de las novelas fundamentales sobre la enfermedad en el siglo XX.

La montaña mágica es una novela sobre el tiempo, hay cierto consenso en ello, pero el tiempo adquiere diversas dimensiones en la novela de Mann. En el tiempo de la enfermedad o, mejor aún, en el tiempo de aislamiento por la enfermedad que conlleva la internación en el sanatorio de Davos, se produce una abolición del sentido de la medición. A la inversa de los habitantes del llano, que son aquellos que miden el tiempo y sus vidas marchan al ritmo del calendario, los internos están en una especie de detención o fuera del tiempo. Entre estos modos del tiempo y espacio se traza una cierta topología inherente a la temporalidad, expresada en los de arriba y los de abajo, separándose el mundo de la vida cotidiana (salud, acción) del mundo de la enfermedad. Sin embargo, los habitantes del llano no saben que serán presas de la nueva enfermedad, mucho peor, que es la guerra mundial.

Al igual que en Sistema nervioso, la relación de inmunidad del médico, el sujeto de saber-poder en las prácticas biopolíticas, es interrumpida por la enfermedad, porque en la novela de Meruane todos están enfermos, y los médicos no son la excepción. Dos casos paradigmáticos: el padre de la protagonista, médico, y la Madre (no biológica), enferma en el pasado y médica. Del mismo modo, en La montaña mágica estamos en el reino en el que la muerte y la enfermedad han sido instituidas, pero no hay en la narrativa de Meruane una fascinación por la enfermedad (aunque tampoco se puede leer esta fascinación sin la comicidad a la que arriban algunos momentos de La montaña mágica). Desde luego, una de las diferencias radica en los imaginarios que una y otra novela despliegan, pues en Sistema nervioso la enfermedad y la propia muerte son parte de una porción aun mayor del universo material desde los astros: “Ella: la apaciguan las estrellas de su balcón, saber que están sin existir” (47).

La alusión al país del pasado en relación con el país del presente señala una topología precisa. Sin embargo, el país habitable se localizaría en un planeta que aún no ha sido descubierto y que quizás sea inhabitable. Recordemos que el libro abre con el capítulo “agujero negro (presente inquieto)”; es el tiempo del país del presente: “El país se había quedado a oscuras. Era un inmenso agujero negro, sin velas” (11). Esta primera escena retrotrae a la protagonista al país del pasado: “Siempre al borde de la catástrofe, su país del pasado solía sufrir de fallos eléctricos” (11). Pero en ambas novelas, con disimiles consecuencias, hay protagonistas mirando al cielo, como Hans Castorp estudiando astronomía con su tiempo de proporciones cósmicas.

Un tercer elemento, junto a la supresión del tiempo y la enfermedad, es la decadencia de la cultura europea (u occidental). En Sistema nervioso la decadencia es pensada mediante los sistemas de la familia burguesa, el capitalista –que incluye la mercantilización de los sistemas de salud (tema muy presente en toda la trilogía)–, la privatización del sistema educativo y la decadencia del Estado en pos del mercado. En Meruane esta fiesta de la muerte –que es la guerra y que se manifiesta como la nueva enfermedad– puede ser pensada como la crisis del sistema político, cuya fuerte impronta del libre mercado deja un margen ilimitado para que el sistema capitalista opere de modo tanatopolítico sobre las corporalidades, los territorios y las instituciones. Lo que Sistema nervioso trama en el horizonte es el pensamiento de la extinción, no solo la muerte (pues la muerte en todo caso remite, como ya señalamos, a la finitud individual del viviente humano), sino también a un plano de la materialidad. La falla masiva en los sistemas se expresa también en los sistemas informáticos, el reiterado error 404 da cuenta de ello y remite a algo que existía y dejó de existir.

Ahora bien, como hemos expuesto, Sistema nervioso no puede ser solo considerada como una novela del tiempo de la enfermedad (tampoco La montaña mágica lo es). Pero si situamos el tiempo en relación con la enfermedad, podríamos conjeturar, haciendo un uso biopoético10 para un término tomado de la medicina que la novela despliega, una suerte de desmielinización. Conjeturamos que un tiempo posible, para la novela, sería un tiempo desmielinizado, esto es, rescatando la experiencia de la protagonista y las conjeturas primeras sobre una enfermedad autoinmune: “Podría tratarse de una trampa tendida por un sistema defensivo descompensado que se desconoce a sí mismo, se rechaza atacando sus propios órganos, sus tejidos, sus células” (Sistema 39). Una definición parcial y simplificadora: la enfermedad desmielinizante (Michelli y otros) es cualquier afección que provoque un daño en la cubierta protectora (vaina de mielina) que rodea las fibras nerviosas del cerebro, los nervios ópticos y la médula espinal. Cuando la vaina de mielina se daña, los impulsos nerviosos se ralentizan o incluso se detienen, causando problemas neurológicos: “No es buena señal que emite su médula y desmielinización es la destrucción de la mielina que protege el nervio. Mielitis, repite Ella lentamente pronunciando ese nombre tan dulce, tan amargo, que le da tan mala espina” (31). ¿Qué presupone un tiempo o la experiencia de un cuerpo desmielinizado? Una experiencia del tiempo ralentizado implicaría retardar los procesos de producción del cuerpo en el sistema de consumo, la producción de la tesis de la protagonista, su trabajo docente, o la confesión postergada hasta el final de la novela. La idea de la esclerosis múltiple por la cual es sometida a pulsos de corticoides –“Corticoides para reparar su cortocircuito” (44)– entrama una hipótesis sobre el sistema nervioso en su condición de falla al producir una interrupción de ondas eléctricas, es decir, desmielinizando; una experiencia de la enfermedad que ralentiza toda experiencia posible. Es el error 404.

Si bien la narrativa de Meruane monta una cosmología no antropocéntrica, al ser una novela que se sitúa deliberadamente en la tradición de la novela moderna de la cual Mann fue epítome, esto funciona como un anclaje de un cierto resabio antrópico, en los términos de un principio antrópico débil (Ludueña Romandini, Más allá 57). Aunque podríamos dar un paso más y proponer un principio antrópico no débil, sino enfermo (fallado). Es decir, que esos resabios de vida antropocéntrica que conserva tal principio estén dinamitados desde el cuerpo. Por eso mismo, puede decirse que Sistema nervioso goza momentos de fuga del principio antrópico (un más allá del antropismo) y esos momentos los encuentra frente a presencias masiva de la materia cósmica inerte: “Ella que solo se dedicaba a inofensivas estrellas difuntas” (77).

El principio antrópico es derivado aún de la cuestión de la vida como una cuestión ontoteológica sutil: “en realidad, le da aún más entidad al hombre al hacerlo en el reino general de la vida que conduce a las formas superiores” (Ludueña Romandini, Más allá 62). Por ello nos hemos distanciado de las lecturas biopolíticas que versan sobre políticas de resistencias en la obra de Meruane. Sobre todo, porque interpretamos que en esta novela la vida es una potencia material más en el universo. Por eso la fascinación de inventarse otros planetas, porque en el fondo Ella sabe que no busca vida en los planetas, sino que se deslumbra con el agenciamiento de lo ya ido para siempre, es decir, las luces de las estrellas, la existencia de los agujeros negros.

Sistema nervioso invoca una sonoridad que incorpora en ella sonidos desmesurados y que en su enunciación se alejan de la voz humana: “la Madre gritando rugiendo berridos de cabra” (22). Por su parte también se escuchan los sonidos de las máquinas, por ejemplo, del resonador: “La resonancia es el aullido ciego de la medicina. Un rayo sonoro de imágenes en la impenetrable opacidad del cuerpo” (26). La caja de resonancia es puesta en relación directa con la figura del útero materno: “Cumplir años en esa cripta llena de ronquidos inhumanos es la maldición de la madre muerta a la que nunca debió invocar” (35). Hay una voluntad de que lo otro –las cosas materiales e inmateriales– hable, el texto invita a la escucha atenta de cierto crepitar de las cosas, como ejemplifica el capítulo “Estallidos (meses antes)”: “Él sabía que esos crujidos solo existían en su interior” (73); “Era un ruido vivo vibrante urgente” (73); “El estallido se le queda dentro del oído” (79). Lo que se evidencia es una materia sonora no necesariamente humana pero que circula alrededor y en los cuerpos humanos (Bennett 12). En Sistema nervioso las cosas y los objetos dejan de ser sordos y mudos, se asume que son vibrantes y tienen fuerza.

Otro recurso que corresponde a la estricta materialidad verbal se presenta como una serie de palabras amalgamadas en cursiva a veces unidas por el significado, a veces por la sonoridad pura. Ejemplo de ello: desde las primeras “flacas largas nebulosas” (11) hasta el final “nebulosa fugaz cortocircuito de estrellas” (262), “amniótico amnésico asesino” (35), “Pies muslo habla puntada sin hilo (44). Lorena Amaro lee estos conjuntos de palabras en cursivas como sinapsis nerviosas, que a su vez son proliferaciones lingüísticas: “los hallazgos de la novela: el embarazo, como el cáncer, es también una multiplicación celular. Las palabras aparecen así preñadas o enfermas […] porque la narrativa de Meruane nunca se agota en un solo sentido” (Amaro párr. 3). Una lectura pertinente si se advierten los ataques del cuerpo a lo largo de toda la novela.

Conjeturamos que el encabalgamiento de palabras en cursiva (siempre un conjunto pequeño) funciona en relación con el principio de gravedad de la física clásica. En la relatividad general, la gravedad se explica como una consecuencia de la curvatura del espacio-tiempo inducida por la presencia de un objeto con mucha masa. De modo que una posible lectura es que Meruane otorga a estos conjuntos una suerte de magnitud física creando un registro enunciativo singular: “El peso mismo de cada palabra atraída por la gravedad” (31). Este recurso no se deja aprehender fácilmente, porque no todos los campos gravitatorios responden a un mismo patrón de unión; por ejemplo, en las aliteraciones todas forman una sola palabra como si se aglutinaran, otorgando un cierto carácter poético, lo que explicaría, en parte, lo fragmentario del texto.

En otro registro se ubican las palabras “mal escritas” que el celular trascribe en idioma extranjero, como si la lengua materna desde el principio hubiera sufrido los contagios de otras lenguas (madres): “Y despidiéndose por escrito de esa Madre que es suya y ajena, teclea: gracias por preocuparte, un gran brazo. Solo al enviar su mensaje nota que sus dedos disléxicos han cortado una vocal” (Sistema 22).

4. Paradojas (im)posibles: extinción y después.

Al final de Sistema nervioso tiene lugar el episodio de reconciliación del padre con su hija, habilitado por la confesión. Allí surge la convicción de que el planeta es invivible, entonces imaginan otro destino: “¿escaparme contigo? […] ¿a otro planeta?, y titubea, su voz son muchas voces, su pregunta es nerviosa nebulosa fugaz cortocircuito de estrellas” (262). Pero ambos saben que los planetas de Ella son conjeturas y que es, precisamente, especialista en planetas inhabitables: la protagonista no busca los planetas que se prestan posibles para la morada humana (con vida). El comienzo de la novela, situada en el presente inquietante, dice: “Su último esfuerzo lo dedicaría a las estrellas que ya habían perdido su luz y colapsado sobre sí mismas formando densos agujeros negros” (13). Lo que se habita son las ficciones que hacen vivible reptar por un mundo en ruinas.

A través de la pregunta por un antibiótico de amplio espectro (aprovechemos el juego de palabras) perteneciente a la familia de las tetraciclinas, usada para tratar enfermedades sufridas por picaduras de abejas, se abre el horizonte inquietante del fin de los tiempos: “Las abejas, una especie en extinción que provocaría la desaparición de la humanidad” (239). Ludueña Romandini señala que la extinción puede ser interpretada en dos sentidos: como peligro, como catástrofe ecológica, o, más bien, como horizonte inescrutable que tiene la humanidad, y todos los seres vivientes, un destino ineluctable para la Tierra. La categoría de extinción intenta enfrentar a todo lo viviente que es su destino cósmico, que sería la verdadera escala donde requiere pensarse algún tipo de finitud, porque la individual es limitada respecto de la escala y responde todavía a la metafísica de la presencia. Por otro lado, el filósofo propone la categoría de extinción como un experimento mental, lo que significaría afrontar las consecuencias de vivir con ese horizonte para pensar una nueva metafísica, extinción como una especie de existenciario cósmico (Ludueña Romandini, Principios 45-58).

Desde cierta retórica de la extinción podemos leer el error que se reitera a lo largo de todo Sistema nervioso: “El error, sin embargo, estaba escrito en el cerebro. Errar era humano, por más que fuera difícil de admitir. Solo el error 404 era propio de la máquina” (243). Lo que se quiere indicar en el lenguaje de la informática es que 404 (not found) es el archivo que se busca y que no ha sido encontrado; se conoce también como enlace muerto o defectuoso. Algo que estaba en la red o bien ha sido cambiado a otra URL o bien ha sido borrado. Algo que existía deja de existir en el espacio informático. Enlace muerto, sistema, y relación con lo autoinmunitario: “si las células no te defienden de lo ajeno o si te defienden hasta de lo propio, es que el sistema se echó a perder […] Error 404” (Sistema 49-50).

Los agujeros negros (como figura ficcional) trazan una melodía con los diversos materiales de la novela, a la vez revelan el horror vacui en el pensamiento clásico señalando que el espacio está roto: “mediría los desplazamientos de las estrellas que se estiraban alrededor del agujero giratorio voraz punto de no retorno que se las iba a tragar” (14). El agujero negro también es una imagen de la extinción, pues una vez atravesado el horizonte de sucesos no hay retorno: “Porque un cuerpo no tendría conciencia de estar cayendo en un remolino cósmico, ese cuerpo continuaría navegando ciegamente hacia el interior y el eco lejano de ese mar sin marea lo distraería de los rumores de su propia agonía” (Sistema 29).

Para finalizar, siguiendo la línea del pensamiento de Ludueña Romandini, y solo para seguir pensando puntos de fuga en el camino a la extinción, nos gustaría reflexionar desde la espectrología. A lo largo del texto hemos mostrado con afán el límite de la extinción, pero a partir de lo espectral podemos suponer que ese límite puede ser desplazado (Ludueña Romandini, Principio 133). El espectro no es una región metafórica, sino que en el sentido más antiguo del término es la supervivencia a la muerte, que se ubica en los límites para desestabilizarlos.

Es evidente que la novela pone en primer plano los restos óseos de las víctimas de la dictadura de Pinochet. Varios trabajos ciñen su argumentación en la materialidad que proporciona la clave ósea11 y la conexión, como señalamos al principio, con las estrellas, a los fines de pensar políticas de la resistencia en torno a la memoria12. Nosotros, sin embargo, elegiremos un desvío. Para retratar algunas señales espectrales que la novela exhibe, nos detendremos en el personaje de la Amiga como soporte material de los ausentes, pues lo inmaterial se capta y se entiende por lo material, de modo que la espectrología sea experimentable en el cuerpo. A su vez no existe nada material que no sea eminentemente inmaterial. Cuando la “epidemia de la dictadura” (32) se instaura, los padres de la Amiga sufren la desaparición forzada: “Eligieron tres astros brillantes y les dieron el nombre de los padres ausentes. Y a la estrella pequeña, el nombre del primo. Ahí están, dijo Ella, en el cielo. El espacio se curvaba alrededor de la materia” (34). Pero es en la figura del árbol (figura que se puede pensar como un entre la vida y la muerte) donde se condensa la memoria a la cual estamos aludiendo:

Y quizás fuera mejor no recordarle ahora el tronco de alerce donde la Amiga le había enseñado la teoría de los anillos concéntricos que permitía calcular la edad del árbol. En los anillos del tronco podían leerse los cambios ocurridos en la tierra durante su crecimiento, había dicho con su voz aguda de niña. Los tiempos de sequía, los años de insolación. […] Aquí desaparecieron mis padres, dijo muy seria y se quedó callada y se quedó callada con la uña clavada en esa línea. (Sistema 191)

La presencia de los huesos, las estrellas, los árboles, dan cuenta de una memoria que se materializa más allá de lo vivo y de lo humano. La novela recrea una memoria colectiva del horror del genocidio tensionando los modos de la memoria y con ello del testimonio13. Da lugar a una memoria expandida (colectiva), que se expresa en la continua opacidad de la narración. Ese árbol ciñe la materia vegetal; al igual que las estrellas, inscribe la memoria del horror en el terreno de lo no-humano. Es así como Sistema nervioso monta una topografía capaz de desplazar la vida permitiendo pensar una narrativa de la muerte y del espectro: “Aun muertos, esos astros continuaban emitiendo su brillo pretérito” (66).

En suma, hemos propuesto una lectura de Sistema nervioso que parte de la enfermedad para expandir la narrativa hacia lo espectral y lo cosmológico, desbordando las interpretaciones biopolíticas habituales. La novela construye una materialidad vibrante que desafía la centralidad del principio antrópico, inscribiendo el cuerpo y la enfermedad en un horizonte donde la vida, la muerte y la extinción se entraman más allá de lo humano.

Bibliografía

Amaro, Lorena. “Lo raro es vivir”. Revista Santiago, 2019. www.revistasantiago.cl.

Arce, Rafael.Arcana Imperii. Tratado metafísico-político. La comunidad de los espectros III, de Fabián Ludueña Romandini”. El taco en la brea, año 6, n.º 2019, pp.116-118.

Bennett, Jane. Materia vibrante: una ecología política de las cosas. Buenos Aires: Caja Negra, 2022.

Bournot, Estefanía. “Abrir las heridas. Gerber, Meruane y Mendieta: geoescrituras de un planeta enfermo”. Letral, n.º 25, 2021, pp. 54-73.

Caimi, Mario. “Una nota a pie de página a la historia de la filosofía moderna”. Avatares filosóficos, n.º 1, 2014, pp. 22-26.

Cragnolini, Mónica. “Ello piensa: la ‘otra’ razón, la del cuerpo”. El problema económico. Yo-Ello-Super yo-Síntoma. Compilado por Juan Carlos Consentino. Buenos Aires: Imago Mundi, 2005, 147-158.

Danowski, Débora y Eduardo Viveiros de Castro. ¿Hay mundo por venir? Ensayo sobre los miedos y los fines. Buenos Aires: Caja Negra, 2019.

Francica, Cynthia. “Devenires de la corporalidad femenina en Fruta podrida (2007) de Lina Meruane: toxicidad, memoria y exterminio”. Estudios Filológicos, n.º 62, 2018, pp. 59-78.

Giorgi, Gabriel. “‘Temblor del tiempo humano’: política de la novela en Juan Cárdenas”. Cuadernos de Literatura, vol. 24, 2020, pp. 1-13.

Guzmán, Patricio (dir.). Nostalgia de la luz. 2010.

Hawking, Stephen. La teoría del todo. Madrid: Penguin Random House, 2013.

Kottow, Andrea. “Cuerpo, materialidad y muerte en Sangre en el ojo y Sistema nervioso de Lina Meruane”. Orillas, n.º 8, 2019, pp. 5-18.

Ludueña Romandini, Fabián. La comunidad de los espectros I: Antropotecnia. Buenos Aires: Miño y Dávila, 2010.

_. Más allá del principio antrópico: hacía una filosofía del Outside. Buenos Aires: Prometeo, 2012.

_. Principios de espectrología: la comunidad de los espectros II. Buenos Aires: Miño y Dávila, 2016.

_. Summa Cosmologiae. Breve tratado (político) de la inmortalidad: la comunidad de los espectros IV. Buenos Aires: Miño Dávila, 2020.

Mansilla, Juan. “Enfermedad y monstruosidad en Sangre en el ojo de Lina Meruane”. Kamchatka, n.º 10, 2017, pp. 197-215.

Meruane, Lina. Fruta podrida. Ciudad de México: FCE, 2007.

_. Sangre en el ojo. Santiago: Mondadori, 2012.

_. “Frutas en des-composición. Un acercamiento a la obra de Lina Meruane” (entrevista), Blog de la revista de literatura 88 Grados, 2015. <http://letrasietebolivia.blogspot.com/2015/08/entrevista.html>

_. Sistema nervioso. Buenos Aires: Eterna Cadencia, 2018.

Micheli, Federico y otros. Tratado de neurología clínica. Buenos Aires: Editorial Médica Panamericana, 2003.

Noemi Voionmaa, Daniel. “Con sangre en el ojo: para una escritura de resistencia”, Amerika, n.º 7, 2012. www.journals.openedition.org/amerika/3389. <https://doi.org/10.4000/amerika.3389>.

Otonello, Óscar. “Reseña bibliográfica Principios de Espectrología. La comunidad de los espectros II. Fabián Ludueña Romandini”. Revista Anacronismo e Irrupción, vol. 7, n.º 12, 2017, pp. 187-192.

Oreja, Nerea. “La escritura del desarme como punto de encuentro entre la enfermedad y la memoria en Sangre en el ojo: una nueva poética”. Itinerarios, n.º 27, 2019, pp. 97-114.

Quintana, Laura y Carlos Manrique. “Técnicas de poder y formas de vida: otras perspectivas en torno a la biopolítica”, Estudios Sociales, n.º 43, 2012.

Spinoza, Baruch. Ética demostrada según el orden geométrico. Madrid: Trotta, 2000.

Yelin, Julieta. Biopoéticas para las biopolíticas: el pensamiento literario latinoamericano ante la cuestión animal. Pittsburgh: Latin America Research Commons, 2020.


  1. 1 Respecto de esta nueva metafísica, Rafael Arce sostiene que “esta propuesta de pensar una metafísica posdesconstructiva (noción que Derrida habría rechazado como contrasentido) implica una ontología de lo invisible, pero no un espiritualismo, si se entiende que un espiritualismo conlleva el olvido o represión del cuerpo” (118).

  2. 2 Dice Stephen Hawking de los agujeros negros que “estos se forman cuando una estrella masiva, o un cuerpo aun mayor, colapsa sobre sí misma bajo su propia atracción gravitatoria” (6).

  3. 3 Si bien Bennett trabaja el poder-cosa principalmente de lo que se considera residual, nosotros hacemos un uso del poder-cosa en aquellas cosas que son actantes como la materia del espacio y que no son agentes humanos.

  4. 4 Tomando en consideración todas las investigaciones sobre la biopolítica en la actualidad, nos interesa hacer referencia a aquellas que tienen una actitud crítica con dicha categoría. En ese sentido, han sido centrales para los desarrollos de nuestra investigación los distanciamientos críticos que Ludueña Romandini realizó en su libro La comunidad de los espectros I. Antropotecnia. Allí, lleva adelante un trabajo crítico profundo del término, proponiendo su reconceptualización hacia la zoopolítica (20-40).

  5. 5 “Tal vez lo primero que habría que considerar son las modulaciones de esta inflación del término ‘biopolítica’, ligada con su uso crecientemente difundido en registros discursivos y metodológicos dispares, que lo llevan a adquirir una suerte de polisemia vertiginosa” (Quintana y Manrique s. n.).

  6. 6 Respecto de las acepciones, Noemi Voionma señala que “En efecto, de las nueve que posee la palabra según la RAE, notemos las siguientes:

    –la tercera, ‘conjunto de personas que clandestinamente de ordinario, se oponen con violencia a los invasores de un territorio o a una dictadura;’

    –la cuarta, ‘En el psicoanálisis, la oposición del paciente a reconocer sus impulsos o motivaciones inconscientes;’

    –y la octava: ‘Causa que se opone a la acción de una fuerza’”. (párr. 4)

  7. 7 Es el término que utiliza Ludueña Romandini para designar el modo de manifestación de los espectros. Para sus declinaciones, acosidad, acoso, a-cosa, ver Summa Cosmologiae (38, 46, 56, 95, 102, 112 y 137).

  8. 8 “Los agujeros negros son uno de los pocos casos en la historia de la ciencia en los que una teoría se desarrolló con gran detalle como un modelo matemático antes de que hubiera alguna prueba a favor de su corrección procedente de observaciones” (Hawking 41).

  9. 9 El calcio será un elemento recurrente en varios registros de la novela: los huesos (de los desparecidos) que el novio de la protagonista trata de devolverles la identidad, la calcificación producto de las enfermedades (cáncer, tuberculosis, osteoporosis) y por último el registro que comparten con el cielo, el calcio que habita en el cuerpo de las estrellas.

  10. 10 Dice Julieta Yelin de la biopoética que “La tesis en cuestión es que la lectura biopoética sería aquella que hace lugar o que produce un pensamiento del cuerpo, permitiendo, así, la observación de lo humano como proceso, esto es, la percepción de subjetividades todavía-no-humanas. El pensamiento del cuerpo podría ser entendido, desde este punto de vista, como una vía de aproximación a la forma-de-vida, una exploración de los procesos mediante los cuales los humanos están continuamente autoafirmándose. La labor del escritor y del crítico se conciben en este marco como prácticas generadoras de las condiciones para que el pensamiento del cuerpo tenga lugar, para que la vida (se) piense por sí misma” (129).

  11. 11 Entiendo por clave ósea una serie de indicios acerca de la materia de los huesos: los huesos de los desaparecidos, que aparecen en fosas comunes, las estrellas, los huesos que crujen y rompen los vivos, la cáscara de huevo, todas: culpa calcio semen yema (33) y polvo clara fugaces babosas (34).

  12. 12 Nerea Oreja hace un enclave desde la lectura de Sangre en el ojo con un triple eje: escritura-enfermedad-memoria: “la escritura se vuelve entonces punto de encuentro entre la enfermedad y la memoria” (99).

  13. 13 Esta perspectiva pondría en tensión las lecturas ancladas en archivos antropológicos, pues el objeto de testimonio se configura en los límites de lo humano y nos sugiere una nueva reconstrucción epistemológica.